martes, 26 de septiembre de 2017

House of Cards y Games of Thrones: ¿la salvaje disputa de poder en el afán por acceder y luego preservar privilegios?

Capítulo VII de Apostillas a Hello Lenin

(Trump, la revolución venezolana de julio de 2017, el ingreso del nazismo al parlamento alemán, “House of Cards” y otros asuntos dignos de consideración)

La “desprolija” lucha de poder entre potencias por imponer las reglas de juego de un orden global que las favorezca…

La desesperada búsqueda de cientos de naciones por preservar cierta autonomía como estados nacionales…

La degradación “ética” y cultural de multitud de integrantes de los sistemas políticos derivada de las dificultades que en la sociedad contemporánea encuentra la sociedad para controlar al poder…

Tales parecen ser los problemas del mundo.

¿Lo son?

Para poder imponer las reglas de juego según su conveniencia las potencias necesitan organizar su competitividad contemplando cuestiones económicas, político jurídicas, y culturales.

Buena parte de la obra del filósofo Hegel y posteriormente de su mejor alumno, el sociólogo Max Weber, se concentra en el análisis respecto a cómo deberían las potencias organizarse para imponerse sobre las demás.

Qué lecciones de la historia deberían considerar para organizarse de tal modo que les posibilite constituirse en “faros” de civilización.

Asegurar la calidad de su “poder”, antes de influir decisivamente en favor de sus intereses en territorios circundantes y lejanos.

¿Lo están logrando?

En la cosmovisión hegeliano – weberiana de la historia los conflictos entre las clases sociales parecen ser un fenómeno natural al que meramente hay que administrar, lo característico de la civilización es la existencia de intereses privados y comunidades nacionales en competencia.

Con lo que se subvalora el conflicto entre producción / apropiación / gestión de la riqueza por un lado y democracia, es decir, sociedad organizada institucionalmente, por otro.

Se observa su significación, pero en tanto y cuanto resulta necesario administrar ese conflicto con sofisticación para lograr consistencia institucional, estabilidad, en la gestión del poder del Estado NACIONAL.

Los hechos tal cual se observan a primera vista conducen a considerar “realista” un análisis como el que proponen Hegel y Weber.

Y ciertamente, el desconocimiento de los “hechos”, de los acontecimientos tal cual se expresan por razones históricas muy hondas en la práctica competitiva entre comunidades humanas no conduciría a buen puerto a quienes les resten relevancia.

Quizá por ello en medio de esa competencia entre estados imperialistas y estados nacionales que pugnan por preservar autonomía, el juego de poderes con base esencialmente en egoístas ambiciones grupales e individuales que describen las series televisivas y unos cuantos "intelectuales" pequeño burgueses, parece constituir la entera realidad.

Riqueza, poder administrativo (Estado) y política aparecen en ellas (en las series televisivas) como una y la misma cosa, pues interactúan apenas para incrementar la capacidad competitiva del estado nacional, aunque ni Hegel ni Weber lo expliciten claramente así.

¿Lo son?

Pues no, no son una y la misma cosa estado, riqueza y praxis política y no es la ambición personal de individuos carentes de ética alguna lo que caracteriza al conflicto civilizatorio, aunque si se observa la superficie de los hechos parece que así fuera.

Lo que en general ocurre en el sustrato de los conflictos geopolíticos y de clases al interior de las naciones es que la riqueza tiende a dirigir a la sociedad según sus intereses, y que en la sociedad dividida en clases la sociedad encuentra enormes dificultades para gobernar a la riqueza según los intereses de la especie humana como tal especie.

“La centralización del capital es indispensable para la existencia del capital como poder independiente”, subraya Carlos Marx cuando, al analizar las transformaciones que se producen en la India a raíz de la ocupación imperial británica, comienza a estudiar en dónde yace el nudo del conflicto civilizatorio.

Los conglomerados que casi desde el origen de la civilización organizan el proceso competitivo de producción de riqueza, para que el mismo resulte efectivo, necesitan que “la centralización del capital” asegure “la existencia del capital como poder independiente”, de lo cual emerge la necesidad de crear instituciones que garanticen esa “concentración”.

Esa es la razón por la cual el Estado como institución, como complejo administrativo, militar y jurídico emerge en el proceso de la civilización al mismo tiempo que se agudizan los conflictos entre comunidades humanas organizadas estatalmente, como subraya Engels en varios textos; y tal estado de cosas, aunque modificado en algunos de sus contenidos, persiste en formas más complejas, en el capitalismo.

De tal suerte, el Estado obedece a una necesidad funcional en el proceso de organización competitiva de las comunidades humanas: perfeccionar las condiciones competitivas (la producción de riqueza) respecto a otras comunidades y administrar los conflictos de clase en su interior, (las formas de distribución de esa riqueza producida socialmente).

Desde el momento en que organizada en pequeñas comunidades la especie humana comienza a transformar a la naturaleza en lugar de devenir meramente en ella, el poder deja ya de ser el resultado de mínimas diferencias físicas: las aptitudes para la caza y la pesca, las aptitudes guerreras o las que se expresan en una mayor capacidad para articular conflictos al interior de la horda.

Muy lenta pero progresivamente el poder en la forma de riqueza (trasformación productiva de la naturaleza) y en la forma Estado, comienza a constituirse en lo que todavía hoy parece ser, la fuerza que organiza la existencia en común: jefes guerreros, terratenientes, sacerdotes… presidentes, empresarios, militares, pontificadores, que disputan espacios de influencia en los procesos de toma de decisiones, un mundo de ambiciones personales y de castas que conduce a la “degradación” de la condición humana.

House of Cards y Games of Thrones: la salvaje disputa de poder en el afán por acceder y luego preservar privilegios.

El crudo “realismo” de las disputas por controlar monopólica o hegemónicamente el vértice de “la fuerza que organiza la existencia en común” por parte de intereses cada vez más enfocados en su propio beneficio.

El núcleo de los conflictos no es la especie humana en proceso de desarrollo como tal especie, sino la salvaje disputa por la “riqueza” …

Sin embargo, no es ninguna “maldad humana” que necesite redención lo que explica los conflictos, sino la escasez, la insuficiente, o aparente insuficiencia de la producción de riqueza para satisfacer las necesidades de todos los integrantes de la especie como tal especie.

Así, riqueza y Estado (autoridad general estabilizadora) emergen como fenómenos sociales casi al mismo tiempo. Y permanecerán indisolublemente ligados.

Cuanto más y de forma más eficiente es capaz de crear riqueza una comunidad, mejores serán sus condiciones competitivas en relación con otras comunidades en tiempos de escasez, es decir, cuando se ven en la necesidad de disputar el control sobre los productos de la naturaleza para perfeccionar sus condiciones de existencia.

Las necesidades productivas hacen emerger con el tiempo un nuevo conflicto, el poder dejará progresivamente de ser meramente la fuerza que organiza la existencia en común y comenzará a ser también un instrumento de creación de estabilidad entre quienes disponen de privilegios y quienes no.

El poder objetivo que algunos individuos alcanzan adquiere la forma de un privilegio al que, naturalmente, no se renuncia, puesto que el privilegio lo es en cuanto a disponer de mayores facilidades para asegurar la propia existencia y la del grupo con el cual se opera para preservarlo.

Y a partir de ello la significación del conflicto de clases en el proceso histórico comienza a adquirir tanta relevancia como la competencia competitiva de unas comunidades con otras.

La significación de las estructuras funcionales que organizan al mismo tiempo la existencia y la dominación de unos grupos sobre otros grupos que al nacer no disponen ya de los bienes en común, pues una parte de la sociedad ha ido apropiándose de ellos.

Y como los conflictos entre comunidades se incrementan, se acentúa también la relevancia de las formas de producción de riqueza, luego, quienes no disponen de privilegios comienzan a depender más y más de quienes los poseen.

Los conflictos al interior de la comunidad no cesan por ello, pero cuanto más sofisticadamente se administren, mejores condiciones competitivas logrará crear una comunidad para competir con otra en tiempos de escasez.

Esa es la razón honda por la cual, riqueza y Estado, aparecen como fenómenos casi indisociables en su origen histórico.

Pero ¿y la política? ¿El arte de organizar la existencia social contemplando la propia sociedad a TODOS los integrantes de la comunidad, pues al disponer TODOS de la aptitud de transformar o participar de los procesos de transformación de la naturaleza, (de producir trigo o portar armas para defender a la comunidad) no resulta posible excluirlos totalmente del proceso de toma de decisiones, salvo, naturalmente, que se les esclavice o domine autoritariamente en nombre de una entidad superior, con lo cual se anula la praxis política?

Como no podemos en este capítulo ahondar en todos los fenómenos económicos y político culturales que explican esos acontecimientos propios del proceso evolutivo de la especie humana, que al experimentar formas que perfeccionen la producción de sus condiciones de existencia va generando instrumentos más eficientes para lograrlo, nos estamos limitando a subrayar dos constantes: la lucha de clases y de grupos de poder al interior de la comunidad y la lucha entre estados para satisfacer el acceso a materias primas, bienes materiales y a los mercados que les resultan imprescindibles para preservar su carácter de comunidades, estados, autónomos.

No obstante, para “dar en el clavo” en el análisis de la compleja dialéctica estado, producción de riqueza, praxis política es necesario considerar la relevancia que adquiere a partir de la revolución burguesa la libertad política como un derecho a la par que el de la libertad competitiva en la producción.

Puesto que la praxis política adquiere relevancia histórica y cada vez más relevancia histórica cuando la IGUALDAD genética del género humano es puesta en evidencia por la sucesión de acontecimientos históricos tales como la revolución americana, la francesa o la bolchevique.

El conflicto entre privilegios adquiridos y derechos emerge en toda su significación revolucionaria y convulsiona la entidad de los conflictos al interior de la sociedad.

Así como en la Roma imperial y republicana la relevancia de la mecánica mediante la cual organizar los conflictos de intereses que los productores de riqueza tenían entre ellos y con el Estado, en cuanto representación del conjunto de la sociedad no esclava y como organizador de las inversiones militares y de infraestructura (acueductos, caminos) dio lugar al surgimiento del Derecho, las revoluciones burguesas y proletarias enfatizaron la relevancia de la calidad de la democracia.

Como indicamos en capítulos anteriores y en otros escritos, Vladimir Ilich Lenin procuró resolver los conflictos emanados de la dialéctica riqueza, estado, política, experimentando una forma de democracia directa que aspiraba se extendiera a casi todos los países europeos desarrollados para poder demostrar así al resto de la humanidad que tal era el camino para iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases y por lo tanto, también como forma de superar los conflictos geopolíticos.

Al fracasar ese proyecto y quedar confinada la experiencia a la atrasada Rusia, la competencia entre estados imperiales por controlar al mercado mundial vuelve a adquirir la centralidad político militar del proceso civilizatorio.

El teórico del derecho, Hans Kelsen, sugiere entonces que la única manera de administrar los conflictos es el Estado de Derecho al interior y progresivamente, el Derecho internacional, en las relaciones entre estados.

Y Max Weber, despreocupándose teóricamente (aunque no políticamente) de los conflictos entre estados, sugiere que el problema principal para administrar tanto los conflictos de clase como los de intereses es buscar el modo de garantizar la “legitimidad” de la autoridad, de la fuerza estatal que organiza la existencia competitiva.

El sistema de producción capitalista entre tanto, se muestra ostensiblemente como el más eficiente en la producción de riqueza y se extiende al mundo entero.

Pues sin producción de riqueza no se desenvuelve ni el conflicto de clases, porque las sociedades tienden a autodestruirse, ni el conflicto con otros Estados, pues el que más eficientemente produce sus condiciones de existencia se va imponiendo mediante prácticas imperialistas o neo imperialistas sobre todos los demás.

Como Weber es perfectamente consciente de la dialéctica estado nacional, capitalismo, elabora una teoría de la praxis política según la cual la “autoridad” (el control del gobierno del Estado) será el resultado de la pugna electoral entre convicciones políticas, (cosmovisiones ideológicas diferentes) pero al mismo tiempo, esa “autoridad” manejará los conflictos con otros estados según una “ética de la responsabilidad”, es decir, priorizando la adopción de decisiones que fortalezcan la capacidad competitiva del Estado nacional en relación con otros.

La “razón de estado” con la que se suelen justificar múltiples decisiones, entre ellas la “necesidad” de articular los intereses capitalistas privados con los del Estado nacional.

No se trata pues de una “ética” que considere la igualdad humana, la única ética posible, sino de un criterio de conducta en el ejercicio del poder propio de una organización de la sociedad cuya prioridad esencial es la adopción de decisiones que la fortalezcan como comunidad competitiva.

La disociación entre ética de la responsabilidad y ética de las convicciones implica, entonces, en los hechos, la anulación de toda ética.

Adquiere relevancia así una praxis estatal, que, aunque resulta “realista”, como respuesta al conflicto entre estados, inicia el proceso de “descomposición” que anula la significación político cultural de la política y del derecho pues tanto las formas políticas como jurídicas de administración de los conflictos resultan permeados por el interés de los grupos de privilegio: la riqueza que “captura” al Estado para sus propios fines.

Por ello Marx, Engels y Lenin le asignaban tanta importancia a lo que definieron como “la forma al fin descubierta” para iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases, la democracia directa, o radical, puesto que observaron que los conflictos de la civilización no se resolverían nunca meramente mediante el esfuerzo por contener político culturalmente la agresividad tanto en el comportamiento individual de los seres humanos sometidos a las tensiones propias del proceso de acumulación de capital como en la contención de la tendencia a lograr por la fuerza la concentración del poder en beneficio del proceso reproductivo del capital.

Consideraban que debía buscarse una solución a las causas profundas que explican la prevalencia una y otra vez de las disputas entre riqueza acumulada (privilegios) y sociedad.

La “descomposición” de una forma de producción y de una forma de organización de las condiciones de existencia que le es propia no es un proceso que pueda evitarse, en la sociedad dividida en clases y en medio de permanentes conflictos entre estados, mediante procedimientos político – jurídicos meramente.

¿Cómo puede evitarse la “descomposición”, el “capitalismo de los amigos” que por lo demás parece dirigirse aceleradamente hacia una forma todavía más grave de “centralización del poder” del capital: algo como una reproducción del sistema de castas?…

La única manera históricamente efectiva de administrar dialécticamente el conflicto entre riqueza, estado nacional y praxis política (prevalencia de las decisiones de la sociedad como unidad), es la democracia.

Pues aun cuando la praxis política democráticamente institucionalizada en formas parlamentarias o de democracia directa no puede desconocer la necesidad de articular el proceso de reproducción del capital con el proceso de preservación del Estado nacional, es decir la relación estado – riqueza contemplando las lógicas de reproducción del capital, esa necesidad histórico coyuntural más efectivamente se realiza cuanto más autónomamente puede intervenir la política en la administración del problema.

Y, aun así, puesto que los conflictos no se desenvuelven dentro de las fronteras de un estado nacional, sino en el mercado global, la ausencia de reglas de juego democráticas en la administración de las desigualdades a nivel mundial suele conducir a fenómenos como la emergencia de un Trump o al ingreso del nazismo al parlamento alemán.

Como estamos aquí hurgando en las causas profundas que explican el conflicto en la civilización, en lugar de dejarnos conducir al modelo interpretativo al que tienden los grupos de privilegio, (situados material e ideológicamente en la fortaleza desde la cual defienden los mismos), vamos a dedicar algunas páginas a compartir algunos textos de Marx que nos ayudarán, quizá, a mejor interpretar la complejidad de los fenómenos político - económicos que afectan a la civilización.

A modo de anticipo, compartimos para concluir este capítulo el fragmento completo del texto en el que Marx refiere a las “necesidades” políticas del capital:

“La centralización del capital es indispensable para la existencia del capital como poder independiente. Los efectos destructores de esa centralización sobre los mercados del mundo no hacen más que demostrar en proporciones gigantescas las leyes orgánicas inmanentes de la economía política, vigentes en la actualidad para cualquier ciudad civilizada.

El período burgués de la historia está llamado a sentar las bases materiales de un nuevo mundo: a desarrollar, por un lado, el intercambio universal, basado en la dependencia mutua del género humano, y los medios para realizar ese intercambio; y, por otro lado, desarrollar las fuerzas productivas del hombre y transformar la producción material en un dominio científico sobre las fuerzas de la naturaleza. La industria y el comercio burgueses van creando esas condiciones materiales de un nuevo mundo del mismo modo como las revoluciones geológicas crearon a la superficie de la Tierra. Y sólo cuando una gran revolución social se apropie las conquistas de la época burguesa, el mercado mundial y las modernas fuerzas productivas, sometiéndolos al control común de los pueblos más avanzados, sólo entonces el progreso humano habrá dejado de parecerse a ese horrible ídolo pagano que sólo quería beber el néctar en el cráneo del sacrificio".

Futuros resultados de la dominación británica en la India. Escrito el 22 de julio de 1853. Publicado en el New York Daily Tribune


Nota. El concepto de “disolución” de las formas históricas de producción es en la obra de Marx extremadamente importante, razón por la cual en este texto relativamente breve no podremos ahondar todo lo que resultaría necesario en él. El autor de este escrito desea dejar constancia por ello mismo que además de la lectura de los textos de Marx le fueron muy útiles para hurgar en sus contenidos varios libros del intelectual español David de Ugarte, que enfatiza en un rasgo del proceso, al que denomina “descomposición”. Como el proceso de “disolución” de una forma histórica de la producción competitiva de las condiciones de existencia -esclavismo, feudalismo, capitalismo- suele ser muy, muy largo, el concepto de “descomposición” resulta muy útil para analizar fenómenos que tienen lugar mientras la “disolución” definitiva ocurre, como por ejemplo cuando producción de riqueza y praxis política dejan de desenvolverse conflictivamente y pasan en cambio a imbricarse hasta que resulta difícil distinguir funcionalmente el rol social que cada forma de organización de la producción de las condiciones de existencia puede y por lo tanto, debería, cumplir en el proceso de la civilización.

Aviones de guerra de USA volando cerca del espacio aéreo norcoreano
(Continuará)

viernes, 15 de septiembre de 2017

¿Qué hay detrás de la agresividad de Trump y Corea del Norte?


Capítulo VI de Apostillas a Hello Lenin

La revolución venezolana de julio de 2017 constituye uno, nada más que uno, de los muchos procesos políticos que en cuanto su contenido principal, podrían definirse así: la búsqueda desesperada de autonomía nacional.

En sustancia, el "caso" Trump, el Brexit y el conflicto entre Corea de Norte y Corea del Sur se origina en el mismo fenómeno.

Corea del Norte constituye un caso de anulación de la democracia según la lógica estatal burocrática militarista y Corea del Sur constituye un caso de descomposición de la democracia según la lógica del “capitalismo de los amigos” … y ambas buscan desesperadamente ser autónomas… mientras tienen a su alrededor, en sus bordes, a China, Gran Bretaña, Japón y Estados Unidos.

Pero ¿cuál es el propósito por el que grupos de poder surcoreanos y norcoreanos “buscan desesperadamente” moverse autónomamente en relación con los conflictos geopolíticos? ¿Es la misma causa que explica a Trump y el Brexit?

¿Disponer de la “fuerza” que les permita desenvolverse con autonomía como comunidades nacionales en el mercado global?

El autor de este texto ha colocado ya desde su adolescencia en el centro de sus preocupaciones existenciales y políticas el combate radical contra toda forma autoritaria de gobierno, pero también contra toda práctica autoritaria de “gestión” (ya sea esta forma autoritaria velada o impúdica), de la riqueza generada socialmente.

Los dos problemas se resuelven en general mediante la consolidación de sistemas democráticos muy sólidos. Eso ocurrió empíricamente durante buena parte del siglo XX en unos cuantos países de occidente.

Pero una y otra vez la calidad de la democracia resulta erosionada por los conflictos entre intereses privados y estatal burocráticos de unas naciones con los intereses privados y estatal burocráticos de otras naciones.

A explicar por qué esto ocurre Marx dedicó horas y horas de investigaciones y miles y miles de páginas de suerte que no parece prudente “reducir” aquí su pensamiento a unas pocas frases, razón por la cual en este capítulo el lector puede sentir que cuando nos aproximamos a la descripción de las causas profundas que explican el problema, el objeto del análisis, las reales causas del problema, vuelven a “embrollarse”. Intentaremos enmendar esta dificultad más adelante.

¿Cuál ha sido en los, digamos, últimos setenta años, el principal obstáculo a la consolidación de sistemas democráticos sólidos, los que por lo general emergen como consecuencia de la acción política de los trabajadores, -los principales interesados en que ello ocurra para equilibrar las fuerzas con los grupos de privilegio- dentro de las fronteras nacionales de un Estado?

Lo ha sido, por lo menos así parece, el de la “descomposición” de los sistemas políticos que, en teoría, en cuanto sus integrantes son electos por los trabajadores, (en todas las sociedades capitalistas y casi todas ya lo son, la mayoría abrumadora de la población) deberían representar sus intereses.

Es decir, la política debería representar, poder representar, los intereses de la abrumadora mayoría de la sociedad y de la sociedad misma en cuanto comunidad humana que comparte afectos y una sucesión de vicisitudes experimentadas en común, una historia con la cual se sienten identificados.

Consideremos por ahora a los contenidos de esta “descomposición” de los sistemas políticos como el proceso mediante el cual un tal sistema de organización deja de representar el interés de la sociedad como tal sociedad y de una comunidad nacional como tal comunidad nacional para comenzar a intervenir en beneficio de intereses particulares de grupos de privilegio nacionales o extranjeros y/o en beneficio de ellos mismos como elite.

En el siglo XX se han producido esencialmente dos tipos de descomposición de los sistemas políticos (y frecuentemente, luego, también de los jurídicos y administrativos) y en tales circunstancias es cuando aparecen las soluciones militares.

El que se caracterizó por la absorción por parte de un grupo de poder del control monopólico de las estructuras institucionales de un Estado, anulando por lo tanto a la democracia, (el desenvolvimiento de la praxis política) y el que instaló una forma de organización de la conflictiva relación política – riqueza que antes en este escrito hemos denominado como “el capitalismo de los amigos”.

En los dos casos, lo que a primera vista se manifestó detrás de los sucesos que condujeron a la descomposición, fue (y es) “la búsqueda desesperada de autonomía nacional”.

El intento de una comunidad nacional por organizar satisfactoriamente sus condiciones de existencia de manera “autónoma”, prescindiendo del análisis crudo de las complejidades del modo de desenvolverse el capitalismo en el mercado global.

El nazismo, el estalinismo, el fascismo italiano, el integrismo islámico, las dictaduras militares, el peronismo, el franquismo… fueron (y en sus expresiones políticas son) todas formas desesperadas de búsqueda de autonomía nacional por medios más o menos violentos (por parte de grupos de privilegio económico nacionales que lograron manipular a su vez la desesperación de masas populares vulnerables) con el objeto de alcanzar el control monopólico de las estructuras del poder del Estado para lograrlo.

El “estalinismo” tuvo un rasgo particular.

La revolución bolchevique procuró crear la primera democracia directa igualitaria de la historia de la humanidad.

Entre otras cosas procuró hacerlo para intentar superar el conflicto política – riqueza, que es el que está detrás de TODAS las formas de descomposición de la democracia.

La degradación de las formas políticas y jurídicas suele tener lugar cuando la riqueza ya acumulada siente que puede perder sus privilegios y “captura” al Estado en su propio beneficio a costa de las formas político jurídicas o cuando las masas populares dejan de estar dispuestas a tolerar una distribución muy inequitativa de la riqueza generada socialmente y procuran a su vez resolver el conflicto riqueza - política a su favor mediante formas voluntaristas.

O, lo que es lo mismo, cuando el conflicto de clases se desarrolla según la lógica amigo – enemigo que, además, una vez instalada en la sociedad, deja de aplicarse en relación con el conflicto política – riqueza y se extiende a casi todas las esferas del mundo de la vida.

Como la revolución bolchevique no se extendió al resto de Europa y quedó confinada en las fronteras de un único Estado por unas cuantas décadas, y como Rusia era un país atrasado desde el punto de vista del desarrollo capitalista, la burocracia terminó ocupando el lugar de los productores libres asociados y anuló a la democracia directa, que era la forma, el modo, en que tanto Marx, como Engels, como Lenin, imaginaron se desarrollaría el proceso mediante el cual la política “dominaría” a la riqueza.

Hay que reparar en las consecuencias político culturales que este fenómeno provocó en cuanto, el burocratismo estatalista al sustituir el dinamismo de la sociedad civil, también derivó hacia formas militaristas primero de “defensa de la revolución”, como justificación, y luego, como su consecuencia inexorable, hacia la instalación de la lógica amigo – enemigo en la esfera de la cultura.

Por eso es válida la incorporación del estalinismo como una de las formas de descomposición que provoca la pretensión de resolver el conflicto política – riqueza sin recurrir a formas político - jurídicas que contemplen la enorme complejidad de la sociedad moderna.

¿Por qué hay que reparar en las consecuencias político culturales, tanto de la forma de descomposición de la cultura política que es el resultado de una práctica monopolista de “derecha” como cuando lo es por parte de una práctica monopolista de “izquierda”, o que se autodefine de izquierda?

Porque la lógica amigo – enemigo lo que hace en realidad es instalar en la esfera de la política la impotencia de una sociedad para producir satisfactoriamente sus condiciones de existencia, su impotencia en cuanto ninguna de las dos formas autoritarias resuelve verdaderamente el conflicto, y deriva siempre hacia una praxis violentista que PERSISTE aun cuando las composiciones político sociales militaristas que las promueven dejan de contar con el control monopólico de las estructuras estatales.

Persiste en expresiones tales como el ultranacionalismo, la demonización del “enemigo”, la vulgarización de la teoría de la lucha de clases, la organización de linchamientos…

¿Qué explica el ultranacionalismo, la radicalización de la identidad propia, tanto si nacional como si religiosa?

La impotencia de una comunidad nacional o religiosa estatalmente organizada que observa cómo no alcanza o pierde, si en algún momento había alcanzado, capacidad de producir competitiva y satisfactoriamente sus condiciones de existencia como tal o cual comunidad “nacional”.

La descomposición de la democracia que produce el “capitalismo de los amigos” no es tan dramática, pues lo que esencialmente la genera no es una impotencia competitiva absoluta y que por diversas razones hay que resolver imperiosamente, (Alemania luego de la primera guerra mundial) sino una que se observa a más largo plazo y que concluye en inexorables fenómenos de corrupción generalizada.

Estado, riqueza, y política se anulan entre sí de modos un poco más complejos que mediante su lisa y llana unificación bajo el mando de un régimen totalitario.

Se anulan en cuanto su potencia civilizatoria, potencia que únicamente se desenvuelve cuando cada forma temporal de organización de la existencia en común (estado, producción de riqueza, política) cumple su función articulando los conflicto de clases, de intereses y los que emanan de la necesidad de competir con otras comunidades, mediante lógicas fundadas en el derecho.

Las lógicas fundadas en el Derecho administran los conflictos de clase procurando superar la lógica amigo – enemigo. Por eso pueden considerarse como un paso relevante en la evolución cultural de la especie humana.

Y sus consecuencias lógicamente, son muy diferentes a los despliegues ataque – contraataque, amigo – enemigo; sistémicamente estimulan la calidad de la convivencia democrática en la administración de los conflictos, posibilitan o procuran posibilitar, que los mismos sean administrados políticamente.

Y tal la razón por la cual únicamente la dialéctica democracia, (convivencia democrática), lucha de clases, proyecto nacional, administrada con mucha, pero con mucha inteligencia política, es capaz, en el mundo contemporáneo, de generar las condiciones para la preservación de la democracia y del propio Estado nacional, mientras su existencia resulte necesaria o mientras no pueda comenzar a superarse la división de la humanidad en estados nacionales.

Como ya se ha escrito mucho sobre todas las formas autoritarias que han procurado desesperadamente la preservación de la autonomía por parte de infinidad de Estados nacionales y como en el presente pueden observase varios casos paradigmáticos, Corea del Norte, Siria, Turquía, (y si la sociedad norteamericana se descuida, Estados Unidos), concentrémonos en el análisis todo lo hondo que podamos de la forma de descomposición de la democracia que hemos denominado “capitalismo de los amigos”.

El caso de Estados Unidos, donde la descomposición está adquiriendo rasgos propios del fenómeno autoritario y del “capitalismo de los amigos” al mismo tiempo, merece un ensayo de mil páginas, que como el lector imaginará, no resulta posible escribir a las “apuradas”, forma en la que el autor de este escrito se está ocupando ahora del asunto para contribuir en la humilde medida de sus posibilidades a que las elites de América del Sur y la izquierda no debatan “a los ponchazos” sobre la crisis de la democracia y del Estado nacional.

Lo que procuraremos hacer en cambio, en un próximo capítulo, es observar de cerca qué fenómenos explican y qué fenómenos se derivan,de la emergencia de lo que hemos denominado como “capitalismo de los amigos”.

(Continuará)

Nota.- Este texto, “La revolución venezolana de julio de 2017 y los desafíos de América del Sur, que en principio iba a ser bastante breve, no lo será tanto, y quizá se denomine una vez editado “Apostillas a Hello Lenin”, porque el autor ha decidido anticipar en él algunos temas que van a formar parte, cuando se elabore en algunos años, del tomo II de “Los naipes están echados, el mundo que viene”.

lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Quién le teme a los “comunistas"?


Capítulo V de Apostillas a Hello Lenin

La relación entre política y riqueza es uno de los conflictos centrales de la sociedad capitalista, observa Carlos Marx.

Durante siglos la riqueza gobernó contra la política, razón por la cual, de tanto en tanto, la sociedad se rebelaba contra la riqueza.

Reyes y príncipes feudales ponían orden, más o menos sofisticadamente, más o menos violentamente.

De vez en vez el interés de la riqueza entraba en contradicción irresoluble con el interés de la sociedad entendida como unidad en torno a un único propósito común: la NECESIDAD de perfeccionar sus condiciones de existencia por parte de la sociedad como tal sociedad.

De aquí deriva el término “comunista”: significa simplemente que la voluntad mayoritaria de la sociedad procura encontrar el modo (productivo y político jurídico), la forma, mediante la cual la sociedad, diversa, pero entendida como unidad, pues toda producción de las condiciones de existencia es inexorablemente social, logra “dominar” a la riqueza acumulada, al poder de esa riqueza acumulada por razones histórico - materiales que no viene al caso analizar por ahora.

Como consecuencia de ese conflicto y del conflicto de unas comunidades humanas con otras por asegurar sus condiciones de existencia como tales comunidades, emerge la NECESIDAD, otra necesidad: la de constituir un poder organizador de esa lucha, la fuerza que organiza la existencia en común: el Estado nacional.

El estado nacional es una comunidad de identidades e intereses, aunque en su interior tengan lugar diversos conflictos.

De suerte que toda comunidad humana participa, en condiciones de escasez, de dos conflictos al mismo tiempo, la lucha de clases y la lucha entre estados nacionales.

Para organizar la participación en estos conflictos se crean órganos, los complejos militares y administrativos, cuyo objeto es precisamente “administrar” al mismo tiempo el conflicto de clases e intereses, mediante un dispositivo político jurídico: el Derecho y mediante dispositivos organizadores de la defensa del territorio y la expansión – en diferentes formas- a otros territorios, el Estado nacional.

En condiciones de abundancia las lógicas de estos conflictos se modificarían sustancialmente, podrían incluso comenzar a superarse… pero esa perspectiva no la analizaremos tampoco en este capítulo.

En la sociedad burguesa la praxis política tiende a prevalecer sobre la imposición por la fuerza, pues para posibilitar a cualquier conjunto de individuos su participación "libre" en la producción de riqueza según el modo capitalista (en sustitución de las formas estamentales del feudalismo o el esclavismo, por ejemplo) esa “libertad” resulta necesario sea garantizada jurídicamente. En caso contrario el más poderoso se apropiaría siempre expeditivamente de la riqueza y no podría desarrollarse la libertad de competir, lo que la burguesía denomina "libertad de mercado".

Pero el conflicto entre quienes disponen de riqueza acumulada y medios de producción y quienes no disponen de ese privilegio continúa.

Así como el conflicto entre quienes participan de las estructuras de gobierno y quienes no lo hacen.

Así como el conflicto entre sociedades organizadas estatalmente por acceder a las materias primas y productos necesarios para reproducir sus condiciones de existencia.

Este último conflicto, en el capitalismo, incorpora otro componente sustancial, para reproducirse y posibilitar el proceso de acumulación el capital necesita expandirse a todo el mundo, entendido como mercado global.

Si lo realizara sin contraposición, esta necesidad reproductiva del capital produciría un tipo de efectos, caracterizados por el eficientismo en la producción de las condiciones de existencia y como su consecuencia, por el desarrollo tecnológico permanente que la competencia entre diferentes conglomerados de productores estimula.

Un tipo de eficientismo relacionado con el costo de producción y el acceso y control de los mercados y casi que nada más que con esos propósitos.

Como tal cosa no ocurre así tan sencillamente porque los Estados nacionales menos preparados para la competencia procuran a su vez disponer ellos mismos de productores competitivos y de sus recursos naturales en su propio beneficio, emerge en el mercado global una competencia que ya no es política, sino productiva, político jurídica -la que “trabaja” la estabilidad interior y la “gobernabilidad mundial” - y militar.

¿En dónde aparece aquí el ser humano en cuanto tal?

No en cuanto capitalista o asalariado, ni en cuanto “mercancía”, ni en cuanto consumidor, ni en cuanto integrante de un Estado nacional en competencia con otros estados nacionales, sino en cuanto ser humano, con sus características constitutivas: la capacidad de transformar a la naturaleza en lugar de devenir meramente en ella.

Aparece como un “esclavo” de las “necesidades” que antes describimos y que aun cuando podrían superarse en un estado de abundancia, prevalecen en la determinación del comportamiento de los individuos por ahora.

Los “comunistas”, no importa si organizados en partidos que llevan ese vocablo en su identificación, sino como “movimiento real” que aspira a superar esa realidad tan poco estimulante que describimos antes, son los que procuran ubicar al ser humano como sustancia del proceso de la civilización, y no como instrumento de intereses particulares, razón por la cual resultan ser un conjunto de ciudadanos muy molestos.

Son molestos cuando se equivocan en el modo en que procuran lograr poner al ser humano en el centro del proceso de la civilización y son particularmente molestos cuando no se equivocan.

Cuando la teoría de la transformación de la sociedad con la que participan de los conflictos se adapta a las necesidades materiales y existenciales (culturales) de la mayoría de la sociedad.

¿Por qué son molestos? Porque, como ya se indicó, para colocar al ser humano en el centro del proceso de la civilización procuran lograr que la sociedad “domine” a la riqueza mediante formas políticas, (la calidad de la democracia), y mediante formas jurídicas (el estado democrático como juez en los conflictos laborales, o en la distribución de la riqueza socialmente producida, por ejemplo).

Como para lograrlo necesitan que los trabajadores asalariados y las clases medias instruidas, en otro tiempo y en algunas naciones todavía hoy también los “campesinos”, participen de esta preocupación por lograr que la sociedad domine a la riqueza, los “comunistas” suelen organizar estructuras unitarias que incrementen la “fuerza política” necesaria para alcanzar ese objetivo.

No les resulta satisfactoria la política “cupular”, de elites, pues las elites suelen tener tanto si integran el universo del capital como si integran los complejos administrativos de tecnoburócratas, sus propios intereses “privados”, que no siempre, pero con mucha frecuencia, “chocan” con los intereses de toda la sociedad.

En el estado de cosas que describíamos antes, la lucha entre estados nacionales (algunos imperialistas, con mayor capacidad de imposición a favor de sus intereses de las reglas de juego en las relaciones internacionales) aparece otro conglomerado de individuos bastante molesto: los nacionalismos anti – imperialistas.

Los nacionalismos no siempre se proponen que la sociedad domine a la riqueza, entre otras cosas porque algunos componentes de esta tradición disponen ellos mismos de riquezas que tienen que reproducir e incrementar, en la forma de tierras productivas, por ejemplo, pero consideran en general que la patria a la que pertenecen debe decidir ella misma qué hace con los recursos naturales que se encuentran en su territorio.

Dentro de esta tradición a veces también emergen conglomerados ya no sólo de intereses, sino político culturales, que observan la necesidad de aliarse con los “comunistas” para reunir las fuerzas necesarias a efectos de preservar al Estado nacional en condiciones de autonomía. Como comunidad de afectos que tendrán sus diferencias, pero pugnan por perfeccionar sus condiciones de vida como tal comunidad.

Incluso puede ocurrir que en el proceso de intercambio de inquietudes perfeccionen los instrumentos políticos con los cuales lograr tanto la preservación del Estado nacional como que la sociedad domine, siempre y cuando se logre con ello a su vez el primer objetivo, a las ambiciones egoístas de la riqueza, que no contempla más que su propio interés, aun cuando como consecuencia de ello puede llegar a correr riesgos la estabilidad “interior” y la capacidad por lo tanto de la comunidad de defender sus intereses como tal comunidad.

Cuando fenómenos así se producen, cuando “comunistas” y “nacionalistas autonomistas” deciden aliarse, puede surgir un Frente.

Si a ese Frente se suman además tradiciones político - culturales o religiosas para las cuales la cuestión social, la igualdad, resulta relevante, puede ocurrir incluso que emerja un instrumento político más amplio.

En Uruguay ocurrió ese fenómeno y la organización política que surgió de él se denomina Frente Amplio.

Y llegó al gobierno.

¿Con qué dificultades se encontró al comenzar a gobernar?

La más importante de ellas, la más conflictiva, (aunque no se perciba en todo momento), es la que resulta de que, en el estado actual del mundo, se está produciendo un fenómeno que complejiza, posiblemente como nunca antes en la historia, el problema de la relación entre política y riqueza AL INTERIOR del estado nacional.

A analizarlo en sus detalles ya no conceptuales, sino también objetivos, prácticos, dedicaremos un próximo capítulo de este escrito, pero el enunciado anterior resultaba necesario para poner en evidencia por qué la agresividad de los grupos de privilegio, de TODOS los grupos de privilegio, contra “comunistas” y “nacionalistas autonomistas”, pues para lograr sus objetivos, tanto unos como otros necesitan involucrarse hasta la médula con las necesidades de las sociedades en que habitan.

E incluso podría formularse el contenido del problema de otra manera: son los asalariados, las clases medias que aspiran a decidir sobre el tipo de sociedad en que habitan, las que NECESITAN contar con instituciones políticas unitarias, lo necesitan para asegurar la calidad de sus condiciones de existencia.


(Continuará)

domingo, 10 de septiembre de 2017

Apostillas a Hello Lenin (Capítulos I al IV)



(Trump, la revolución venezolana de julio de 2017, el ingreso del nazismo al parlamento alemán, “House of Cards” y otros asuntos dignos de consideración)

Capítulo I

En Venezuela tuvo lugar una revolución.

Una acción política estatal anti imperialista (el gobierno de Hugo Chávez) respaldada por decenas de millones durante muchos años y con características ideológicas muy singulares desarrolladas en una nación también muy singular, derivó hacia una revolución.

El hecho revolucionario se produjo porque el estado de situación de Venezuela tornó inviable, para los intereses nacionales de ese país, la prolongación sine die del conflicto de poder radicalizado que tenía lugar sin que ninguna de las partes respetara las reglas de juego jurídico políticas.

Las revoluciones transgreden, resquebrajan límites, alteran toda normalidad, razón por la cual sus actos, su orientación general, sus protagonistas y sus propósitos devienen discutibles y polémicos.

Quizá por ello ocurren muy de vez en vez.

Una de las muchas particularidades de la revolución venezolana de julio de 2017 radica en el hecho de que no es sencillo determinar con base en qué fundamentos teórico - políticos se desenvuelve.

Con qué propósitos político – culturales, más allá del sistemático y consistente espíritu autonomista respecto de sus recursos naturales emprendido por Hugo Chávez y por la organización política, el PSUV, que dejó como herencia.

Tampoco es sencillo evaluar si enfrenta meramente a poderosas burocracias estatales y masas populares con oligarquías filo-imperialistas nacionales y grupos de interés neoimperialistas globales; o meramente a proletarios, campesinos y funcionarios del Estado contra clases medias profesionales y pequeño burgueses… o si es la manifestación de un conflicto de clases clásico (burgueses y asalariados) aunque complejizado por el inmenso porcentaje de la población que habitó en la marginalidad durante décadas, (y que por tanto es fácilmente manipulable en cualquier dirección), por la enorme riqueza petrolera en manos del Estado, y por el interés geopolítico que esas riquezas despiertan.

Esto, las dificultades para comprender sus contenidos político culturales, ocurre, posiblemente, porque el proceso previo al desencadenamiento de la revolución propició, al extenderse durante un período muy prolongado, desde 1999 hasta la instalación de la Asamblea Constituyente, altos niveles de polarización política al interior de Venezuela y porque la composición de clases y los contenidos estructurales del capitalismo no son en el presente los mismos que, por ejemplo, durante la revolución rusa de 1905 – 1918.

Tampoco es la misma la densidad cultural de la democracia construida según las lógicas del Estado de Derecho en la actualidad, comparada con la endeblez de sus contenidos jurídico políticos previos a las revoluciones de Rusia y China, por citar las más influyentes.

La ingeniería jurídico - política de la democracia se desarrolló muy densa e intensamente en occidente luego de la revolución bolchevique y luego del fin de la guerra fría en América del Sur. Aunque actualmente esté atravesando una severa crisis en casi todo el mundo.

Ciertamente, la democracia parlamentaria se desarrolló en algunos países de modo institucionalmente más sólido que en otros, como los latinoamericanos sabemos bien a partir de lo ocurrido en Brasil, Paraguay, Perú, Ecuador y Argentina en los últimos años.

Con sistemas judiciales insuficientemente republicanos que en circunstancias de conflictos graves han operado una y otra vez sin la neutralidad necesaria como para ofrecer garantías de imparcialidad. Y como si tal fragilidad institucional de la calidad de la democracia no fuese ya de por sí, muy grave, además hemos padecido los sudamericanos el problema de sistemas políticos corrompidos, por citar así a dos de los fenómenos más graves que afectan la calidad de la democracia.

El desenvolvimiento de la democracia en occidente no fue sin embargo el resultado de la voluntad sumada de unos cuantos miles de intelectuales, fue el resultado de intensas luchas de los trabajadores por conquistar derechos y equilibrar las fuerzas en cuanto a su influencia en el Estado nacional con la burguesía y fue el resultado de una necesidad estructural: la que tuvieron los Estados nación de alcanzar altos niveles de estabilidad política para preservar su carácter de estados nacionales más o menos autónomos.

Pero también fue el resultado de las transformaciones operadas en el mundo del trabajo.

A principios del siglo XX la relación numérica capitalistas – asalariados era, digamos sin ningún rigor técnico, pero a los efectos de poner en evidencia rápido un hecho muy relevante, de uno en cien mil y la posibilidad de integrarse al sistema de producción capitalista como productor de capital era casi inexistente para la abrumadora mayoría de la población europea en general y de los países con escaso desarrollo capitalista como Rusia y China en particular.

Como consecuencia del monumental desarrollo del proceso de acumulación de capital del último medio siglo y la revolución tecnológica que propició, esa no es la situación actual y las clases medias profesionales, de maneras muy diversas, participan del “juego” productor (y acumulador) de riqueza del capitalismo con lo cual tienden a operar en la sociedad orientadas a la preservación “in totum”, del sistema.

Pueden hacerlo participando de procesos de crítica de las inequidades y tendencias antidemocráticas del capitalismo o no, pero material y políticamente tienden a ubicarse en posiciones que favorecen la reproducción de los privilegios a los cuales accedieron.

Tanto ideológica, como prácticamente.

Operan en la sociedad dinamizando la creación de riqueza y la innovación productiva al mismo tiempo que contribuyendo a reproducir lógicas individualistas en la esfera de la cultura.

Esta circunstancia puede no obstante explicar la radicalidad del conflicto al interior de la sociedad venezolana, pero no es suficiente para comprender por qué esa polarización concluyó en un acontecimiento revolucionario.

Contra lo que afirma el discurso neoimperialista, Venezuela no es ciertamente AHORA una dictadura, porque instaló la Asamblea Constituyente siguiendo los procedimientos jurídicos establecidos en su constitución y en el proceso, tomado en su conjunto, desde que se aprobó la constitución vigente hasta el actual momento revolucionario, han participado en sucesivas instancias electorales garantistas muchos millones de ciudadanos.

Sin embargo, desde el momento en que la Asamblea Legislativa con mayoría de la oposición (que por primera vez en más de una década triunfó en una elección), el sector más radicalizado de la misma, desafío la legitimidad institucional del Presidente Maduro y se acentuó el proceso de polarización radicalizada, tampoco es Venezuela una democracia republicana según como ella venía configurándose en la mayoría de los países de América del Sur desde mediados de los ochenta y hasta la crisis propiciada por la destitución de Dilma Rousseff con particular consistencia.

En este momento y en este contexto apenas esbozado el gobierno y un porcentaje muy elevado de la población venezolana han decidido iniciar un proceso de experimentación político jurídica que todavía nadie, posiblemente ni siquiera los integrantes mismos de la Asamblea Constituyente, saben exactamente cómo concluirá.

Incluso no hay que descartar la posibilidad de que el proceso revolucionario se detenga, si en medio de una negociación política seria con los sectores no neofascistas de la oposición, que hasta ahora han prevalecido, se llega a acuerdos sobre cómo regenerar la institucionalidad democrático parlamentaria para habilitar espacios de coparticipación en el poder.

Así las cosas, antes de iniciar un análisis del estado de situación en Venezuela es necesario formularse algunas inquietudes que en su misma formulación pondrán en evidencia la enorme complejidad de los acontecimientos que se desarrollan en ese país.

¿Por qué se llegó a esta situación revolucionaria?

El proceso revolucionario que tiene lugar en Venezuela no ha emergido como un acto de rebeldía de masas desesperadas ni como un acto político consciente de millones de asalariados, ¿o sí?

No ha emergido como un acto de rebeldía contra el neoliberalismo aplicado radicalmente durante las últimas cuatro décadas a nivel global y que como respuesta ha producido fenómenos como el BREXIT y el triunfo de Trump en Estados Unidos. ¿o sí?

No ha sido el resultado de una respuesta político institucional a la acción de una oposición salvaje de los grupos de privilegio de matriz oligárquica, que comenzó con un intento de golpe de Estado contra Chávez y continuó con una predica de linchamiento contra el “chavismo” y “los chavistas” (esto es muy importante) durante los últimos diez años, ¿o sí?

No ha sido el resultado de una reacción institucional militar nacionalista a las acciones externas que se proponían aniquilar los avances autonomistas respecto a sus recursos naturales iniciados por Chávez, ¿o sí?

No ha sido el resultado del fracaso en casi que todo el mundo de los esfuerzos realizados durante todo lo que va del siglo XXI por “domesticar” al capitalismo dentro de las fronteras del Estado nación, ¿o sí?

No ha sido el resultado de una reacción cultural comunitaria contra el casi enfermizo individualismo del capitalismo contemporáneo, de las clases medias acomodadas en particular, ¿o sí?

No ha sido el resultado de que una praxis voluntarista de una ideología “utópico mágica” (nacionalismo “anticapitalista”, cristianismo, marxismo escolástico) acentuó la polarización social y política ya existentes en la región centroamericana y caribeña durante más de un siglo y que, por tanto, ante la corrosión institucional por la corrupción generalizada, la acción de grupos de privilegio globales o la ausencia de una tradición democrática asentada, esa polarización dejó de poder ser administrada políticamente dentro de las lógicas de la democracia parlamentaria, ¿o sí?

No ha sido el resultado de que las formidables riquezas de Venezuela permiten albergar la expectativa a los dirigentes chavistas de fomentar desde el Estado formas de desarrollo que prescindan en algunos aspectos de las lógicas capitalistas, ¿o sí?

No ha sido el resultado de presiones voluntaristas (no políticas) de una oposición tan heterogénea y poco formada político culturalmente como el “chavismo” mismo, ¿o sí?

En principio, la revolución que se ha iniciado en Venezuela se prolongará, como institucionalidad emergida de esa revolución, la Asamblea Constituyente, durante dos años.

Y los ciudadanos del mundo acompañarán ese proceso con asombro, horror, solidaridad o espíritu crítico, mientras el proceso se desenvuelva.

Una revolución es un acontecimiento radical y provoca reacciones radicales, emocionales y políticas en la sociedad, y reacciones en ocasiones militaristas por parte de los grupos de privilegio afectados.

Por ello mismo resulta necesario formular algunos apuntes sobre cómo puede afectar esa revolución a la izquierda de América del Sur y a la continuidad de los esfuerzos poli clasistas que se venían realizando desde mediados de los ochenta por crear una sólida cultura democrática, institucionalmente garantista, en varios países de la región.

El fuego cruzado que se ha disparado en el interior de la izquierda en varios países de América del Sur ante el acontecimiento ahora sí revolucionario en Venezuela evidencia que es muy necesario ahondar en el análisis de las razones por las cuales se produjo.

En las interrogaciones / afirmaciones anteriores quedaron expuestas algunas de las causas posibles.

Pero ya no en términos interpretativos, sino políticos, lo relevante es lo siguiente: pese a que los acontecimientos de Brasil y Venezuela perturban el desenvolvimiento del proceso de construcción de una democracia garantista, realizado por Europa durante cuarenta años, (desde el fin de la segunda guerra mundial hasta mediados de los ochenta, cuando se consolidó y que en América del Sur comenzó precisamente en los ochenta), no hay que dejar de trabajarlo como prioridad político cultural estratégica.

Puesto que priorizar aspiraciones emancipadoras exclusivamente dentro de las fronteras de una nación cuando ha entrado en evidente crisis la forma democracia parlamentaria en casi todo el mundo, en las condiciones actuales del conflicto global y del desarrollo tecnológico del capitalismo, resulta más un acto de lo que en un tiempo se denominó “infantilismo” de izquierda que un hecho revolucionario. ¿O no?

Las revoluciones tienen además de los rasgos que ya enunciamos antes, otra particularidad que las distingue. Ocurren contra viento y marea. Sustituyen un orden legal por otro. Modifican radicalmente los equilibrios de poder en favor de una clase o si fracasan, como contra revolución, en favor de otra.

En Venezuela ha tenido lugar una revolución.

Y los contenidos de una revolución no se analizan con frasecitas oportunistas ni recurriendo a una fraseología revolucionaria “ideológicamente servil”, ni “revoleando el poncho”, como mientras ocurren, sino afinando los instrumentos conceptuales con los cuales se procura comprender un fenómeno social poco frecuente y siempre y en todos los casos “excepcional”, en tanto que contiene singularidades propias de las características económicas y culturales del país o la región en que ocurren.
Salvo que se trate de un levantamiento generalizado en muchas naciones al mismo tiempo, en cuyo caso las causas pueden en general explicarse por razones estructurales bastante fácilmente identificables.

No es el caso. ¿O sí?

El autor de este mínimo texto ha procurado aportar al esfuerzo comprensivo del estado de situación de la democracia en la globalización con dos libros, uno ya publicado titulado, ““Hello Lenin”, efectos de la revolución bolchevique cien años después”, que presta mucha atención a los sucesos de Venezuela, y otro, “Los naipes están echados, el mundo que viene”, que se publicará durante 2018 aunque más de cuarenta capítulos del cual se han venido divulgando en https://gerardobleier.blogspot.com y que se concentra en el análisis de la historia de los debates político culturales sobre los contenidos de la democracia.
Aquí lo que se procura hacer es una contribución interpretativa del hecho revolucionario en Venezuela cuyo propósito es evitar que el debate en la izquierda se procese “a los ponchazos”.

Esa es la humilde aspiración.

Vale la pena adelantar por ello, que tanto quienes someten a crítica a la revolución venezolana de 2017 como quienes defienden su pertinencia y sus contenidos tienen, como hemos dejado entrever en las líneas anteriores, razones subjetivas fundadas para hacerlo.

Esto porque la revolución venezolana es objetivamente muy singular y fue el resultado de los fenómenos desestabilizadores que enunciamos más arriba en la forma de inquietudes generales pero muy específicamente fue el resultado de que ningún estado puede ser gobernado en condiciones de estabilidad si los grupos de interés que en su interior confrontan no asumen un sistema de reglas de juego consensuado.

Y como resulta evidente que desde la muerte de Chávez tal acuerdo no pudo alcanzarse, una de las dos partes en conflicto habría de imponerse a la otra asumiendo el control del poder coercitivo del Estado.

Y eso fue lo que ocurrió en Venezuela.

El dictamen final, como siempre, será el resultado de los contenidos de la praxis política y esos contenidos únicamente podrán valorarse según cómo se desenvuelvan sus protagonistas, según los efectos de sociedad de las acciones que los impulsores de la revolución decidan implementar.

Mientras tanto, los acontecimientos en Venezuela demandan a los partidos de izquierda un esfuerzo interpretativo serio, una acción coordinada que evite toda intromisión externa en sus asuntos internos, un seguimiento crítico de los actos político - jurídicos de la Asamblea Constituyente.

A los gobiernos de América del Sur, entre tanto, corresponde buscar el modo de contribuir a que Venezuela no ingrese en las lógicas de una guerra civil alentada desde afuera, para lo cual es necesario alcanzar un acuerdo básico sobre cómo actuar políticamente en esa dirección.

Tal acuerdo no será sencillo de alcanzar, naturalmente, porque la crisis general de las instituciones capitalistas globales propicia que la presión de estas instituciones para evitar cualquier nueva alteración desestabilizadora a nivel global se desenvuelva muy acentuadamente.

Y una revolución es un hecho muy desestabilizador…

En particular para las burguesías y los grupos de privilegio de matriz oligárquica que sienten que necesitan disponer del control hegemónico del Estado pues en caso contrario corren el riesgo de perder sus privilegios a manos de otras burguesías productivamente más eficientes de estados nacionales más estables y más poderosos, militar y tecnológicamente más poderosos.

Hay que reparar en la enorme importancia de esta realidad que emerge a raíz de la dimensión competitiva de las formas de producción capitalista en la forma de espacios geopolíticos que disputan mercados (de materias primas, bienes de capital productivos y consumidores) entre sí.

Sectores muy importantes de la burguesía y de los hacendados productores agropecuarios necesitan Estados que desregulen todas las áreas de la actividad, el mercado de trabajo en particular, como está ocurriendo en Brasil de un modo salvaje, pero estableciendo políticas particulares que los beneficien directamente en las áreas que controlan casi monopólicamente.

Y, al mismo tiempo, las corporaciones que participan del juego neoimperialista de sus estados necesitan que el proceso de desregulación general de la economía se acentué en todos aquellos mercados en los cuales disponen de ventajas competitivas.

Cualquier pretensión de analizar los sucesos de Venezuela sin considerar con honestidad intelectual y crudeza este complejo escenario global no contribuirá a perfeccionar las condiciones institucionales y políticas a partir de las cuales es necesario pensar con criterios policlasistas la inserción de América del Sur en el mundo.

La revolución venezolana y el riesgo de una guerra regional

Capítulo II

¿La experiencia de la revolución bolchevique de 1917, que en su génesis procuró instalar una democracia directa radical, puede ser replicada en el presente momento histórico?

¿Es conveniente recorrer ese camino, es posible implementar un proceso de democratización general de la sociedad de esas características? ¿Qué riesgos político - culturales y económicos puede entrañar una pretensión de esa naturaleza en las condiciones actuales del capitalismo global?

¿Puede una experimentación de esas características derivar otra vez hacia alguna forma de autoritarismo estatal burocrático como el que entrañó el estalinismo?
¿Es oportuno intentar recorrer ese camino en medio de la crisis general de la democracia parlamentaria en casi que todo el mundo y en medio de la crisis de la forma Estado nacional que el expansionismo neoimperialista empuja, por momentos, salvajemente?

En el texto que sigue se procura responder muy sucintamente a estas preguntas cuyo cometido es ir al fondo del debate político que está teniendo lugar en la izquierda a raíz de los acontecimientos en Venezuela.

Antes, sin embargo, observemos más de cerca lo que allí ocurrió luego de la instalación de la Asamblea Constituyente.

En general se coincide en que la acción organizada por estructuras de la inteligencia militar norteamericana y grupos de privilegio de matriz oligárquica de la región y de España para derrocar violentamente al gobierno del PSUV por un lado, y la sucesión de políticas públicas voluntaristas desarrolladas por el gobierno anti imperialista de Venezuela bajo la presión de diversas acciones destabilizadoras, por otro, fueron las causas principales del acontecimiento revolucionario.

El fracaso de las convocatorias a algún tipo de sublevación cívico militar propiciada por la oposición y que contó con evidente asesoramiento de actores de la inteligencia militar norteamericana, parece poner en evidencia que el poder decisorio sobre hacia dónde se dirige la revolución venezolana yace en las manos del gobierno constituido legalmente en la Asamblea Constituyente, nuevo poder centralmente basado en la cohesión del apoyo institucional militar a ese camino de solución a la crisis que desde la muerte de Hugo Chávez afectó a la sociedad venezolana.

Una vez que se produjo el acontecimiento Asamblea Constituyente se procuró implementar, por parte de los sectores más radicales de la oposición, (que ahora están alentando la intervención militar norteamericana abiertamente) una acción desestabilizadora que consistió en la operación de deslegitimación de la Constituyente: las “denuncias” de fraude por parte de la empresa a cargo del registro cibernético del proceso electoral seguidas inmediatamente de un intento de propiciar una sublevación de sectores de las Fuerzas Armadas.

La operación que aquí se describe, para quienes no la hayan observado, ocurrió así: una vez instalada la Asamblea Constituyente el propietario de la empresa a cargo del control informático del proceso electoral leyó puntillosamente un comunicado denunciando un fraude, (aunque la misma empresa había dicho decenas de veces que su tecnología hacía imposible alterar los resultados), pocas horas después se produjo el alzamiento de un grupo de militares y pocas horas más tarde se produjo una acción por parte de “hackers” que “tomaron” varias páginas web de instituciones estatales venezolanas “anunciando” que se había producido un levantamiento militar generalizado y convocando a respaldarlo.

Decenas de periodistas, es un decir, de los más importantes medios del mundo, leyeron puntillosamente casi el mismo texto relatando los hechos aquí descriptos como si en Venezuela estuviese a punto de caer el gobierno…

La operación organizada con evidente apoyo de instituciones o integrantes de instituciones de organismos de inteligencia extranjeros y de medios de comunicación globales fue, sin embargo, desmontada por el gobierno del PSUV en muy pocas horas.

Estos hechos ponen en evidencia que desde esferas de poder extra regional no se escatimaron esfuerzos por derrocar al gobierno, elemento que resulta necesario sea considerado seriamente.

Y también ponen en evidencia que el gobierno logró consolidar su autoridad estatal.

Ante este estado de cosas, una acción intervencionista, (que si adquiere la forma de una operación militar externa, y la amenaza expuesta por Trump plantea ese escenario como muy posible), puede resultar dramática para los intereses geopolíticos de América del Sur.

Entre otras cosas porque dada la superioridad tecnológica norteamericana y como Venezuela no es la Panamá de Noriega, ni el estado actual de los conflictos geopolíticos se parece al de unas décadas atrás, las potencialidades de que el conflicto militar con mayor o menor intensidad se traslade a Estados Unidos mismo, es muy alta.

No se trataría naturalmente de un enfrentamiento entre Ejércitos, pero generaría o podría generar las condiciones para la implementación de operaciones de destrucción de infraestructuras por parte de grupos tipo comando dentro mismo del territorio de Estados Unidos, con la posibilidad de que ese modo de reacción militar se extienda en el tiempo.
Y por ello mismo la situación general es tan dramática desde el punto de vista de la estabilidad global y particularmente, regional.

No sólo Venezuela es un polvorín en cuanto la radicalidad de los conflictos sociales y político culturales, también Estados Unidos, razón por la cual las elites no están operando en condiciones de racionalidad normales y cualquier reacción “emocional” o “espontánea” puede desatar un conflicto desestabilizador. Un tonto fosforito puede desencadenar un incendio.

LA CUESTIÓN DEMOCRÁTICA

Como el propósito de este escrito es contribuir a que América del Sur, sus elites y la izquierda, analicen con sobriedad y madurez los diferentes escenarios que abre la revolución venezolana de julio de 2017, incorporemos ahora otro ángulo del problema que nos ocupa.

Aunque no podremos hacerlo con la hondura que el mismo requiere.

La problemática de la cuestión democrática, de la calidad de la democracia, que emerge necesariamente ante los acontecimientos en Venezuela, no puede ni sobredimensionarse ni subestimarse.

Quien subestime el conjunto de problemas estructurales, sociales y políticos que estimula la globalización desenfrenada, así como los contenidos que dieron origen al conflicto, al analizar la realidad venezolana únicamente esgrimiendo la problemática de la cuestión democrática, terminará interviniendo en la realidad favoreciendo a los intereses neoimperialistas.

Que no son los de América del Sur.

El autor tiene perfectamente claro que la pretensión de emular por parte del gobierno venezolano algunos contenidos de la revolución bolchevique entraña serios riesgos, en primer lugar, para Venezuela misma, pero considera que no puede constituirse en el factor central de los esfuerzos comunes que los gobiernos de América del Sur resultará necesario realicen para evitar una guerra.

Es notorio que el precio a pagar por la experimentación revolucionaria que tiene lugar en Venezuela, tomando en consideración los cambios estructurales en el capitalismo y la endeblez teórica que han mostrado los principales dirigentes venezolanos no permite albergar expectativas alentadoras sobre los resultados de la acción emprendida, en cuanto a que de ella emerja un acontecimiento político cultural auténticamente revolucionario.

Sin embargo, lo que por ahora procuran los dirigentes venezolanos es reconfigurar formas de estabilidad que les permitan salir de la crisis.

Al analizar la situación de Venezuela no puede dejar de reconocerse que el fenómeno revolucionario ha tenido lugar como consecuencia del salvajismo neo fascista de la oposición de matriz oligárquica respalda por actores externos de igual naturaleza, por la fragilidad de la democracia parlamentaria en casi todo el mundo, por las consecuencias sociales dramáticas del expansionismo neoimperialista de las últimas décadas...

Así, con esos términos que parecían en desuso, expuestos todos juntos en una única frase.

Es ese estado de cosas el que plantea como tan relevante reunir a todas las fuerzas democráticas, auténtica y probadamente democráticas del continente, para buscar el modo de reencausar el proceso de regeneración (en algunos países) de la institucionalidad republicana garantista, la creación de las bases de la misma en otros.

Y la radicalidad de los conflictos de poder en Brasil, Argentina y en menor medida en otras naciones, no alientan muchas esperanzas respecto a que los mismos se administren políticamente con la sabiduría que el momento exige.

La radicalidad competitiva entre espacios geopolíticos alienta el fenómeno de la “captura” del Estado por parte de grupos de privilegio y la reacción del universo del trabajo se desenvuelve en la misma dirección.

Como ya hemos experimentado los sudamericanos, ese estado de cosas no favorece a los procesos de consolidación y desarrollo de la cultura democrática.
La inquietud por la calidad de la democracia constituye una acción de largo alcance que demanda que la izquierda de América del Sur preserve o construya formas institucionales de unidad política, aun cuando en su interior se procesen todo el tiempo fuertes debates tanto sobre los contenidos de la democracia como sobre los contenidos de las políticas de desarrollo en función de un proyecto democrático igualitario, pero sin perder de vista lo siguiente: en el mundo tal cual este es, en la mayoría abrumadora de los países del mundo, la prioridad es regenerar los contenidos de la democracia parlamentaria.

En el caso de Venezuela, el precio a pagar por experimentar o haberse visto obligado a experimentar la lógica constituyente, al que se alude más arriba, es el de una polarización política que al ser únicamente administrada por la fuerza presupondrá la emigración de cientos de miles de venezolanos, la afección al tejido más dinámico de la sociedad civil que ello puede presuponer, con el consiguiente incremento de la significación de las burocracias estatales, buena parte de ellas militarizadas…

De modo que lo que la experiencia política parece aconsejar a la izquierda sudamericana es ni plegarse acríticamente en apoyo a la revolución venezolana, ni plegarse al coro hipócrita del oportunismo pequeño burgués que propone soluciones ideales como si el conflicto se desarrollara en un aula universitaria ni dejar abierta ninguna rendija por la que se cuele cualquier tipo de acción militar intervencionista.

¿Es extremadamente difícil políticamente moverse entre tanta complejidad?

Lo es sin duda. Pero la izquierda sudamericana deberá encontrar el modo de hacerlo unitariamente pues en caso contrario el riesgo de que se reproduzcan escenarios de guerra es muy alto.

Y no sólo a la izquierda hay que involucrar en el esfuerzo por evitar que las lógicas militaristas que desangraron al Medio Oriente se trasladen al continente, también a aquellos sectores de la burguesía que comprenden que ninguna política de desarrollo será posible implementar de modo autónomo, defendiendo los propios intereses, en un escenario de tales características.

El discurso y la acción político cultural del PSUV ha subestimado todo el tiempo la complejidad de la dialéctica convivencia democrática, lucha de clases, proyecto nacional autónomo de desarrollo, caricaturizando con base en un ideología híbrida, confusa (nacionalismo, cristianismo, marxismo escolástico, militarismo “revolucionario”) los contenidos de la democracia parlamentaria, conquistada en sus rasgos principales en medio de durísimas batallas y que entraña una compleja organización institucional, y esa subestimación también formó parte de las causas que condujeron a una polarización radicalizada, la que ahora intenta resolver mediante la acción revolucionaria.

Y la izquierda global no puede avalar ese discurso ni esa praxis sin caer en un peligrosísimo voluntarismo, pues el hecho de que Venezuela arriesgue, pueda arriesgarse a experimentar formas de democracia directa obedece a singularidades de su estructura económica, las enormes riquezas petroleras y minerales, razón por la cual la experiencia no puede generalizarse sin someter a las naciones que no disponiendo de esas riquezas procuren realizar experimentaciones similares, al enorme y cierto riesgo de erosionar aún más (de lo que ya hace la globalización desenfrenada) su condición de estados nacionales autónomos.

Toda ingeniería jurídica que establece el monopolio del poder del Estado en una única institucionalidad política tiende a limitar libertades, tiende a sustituir el dinamismo de la sociedad civil capitalista por estructuras anquilosadas burocráticamente en el aparato del Estado…

No es en absoluto casual que, en medio del acontecimiento revolucionario en Venezuela, la República Socialista de Cuba haya anunciado, en una información que pasó desapercibida en los grandes medios pero que tomando en consideración la profesionalidad de la inteligencia político militar de los dirigentes de la isla no fue casual, que ampliará el espacio de influencia de las empresas privadas en la economía.

Estratégicamente, desde el punto de vista de los intereses geopolíticos de América del Sur, parece prudente respetar la experiencia venezolana, enfatizar su derecho a decidir su camino según la tradición de la autodeterminación de los pueblos, porque la revolución fue el resultado de la dialéctica acción estatal anti imperialista – acciones desestabilizadoras filo imperialista de matriz oligárquica, pero sin dejar de señalar los riesgos de que el proceso conduzca hacia alguna forma de autoritarismo burocrático de tipo estalinista.

Y tal la razón por la cual el debate en torno a Venezuela no puede desenvolverse con exclamaciones seudo revolucionarias ni según lógicas oportunistas sino según la cada vez más afinada cultura unitaria que lenta pero sistemáticamente se está desarrollando en la izquierda global y en la sudamericana en particular.

En la actual correlación de fuerzas considerada según la lógica izquierda – derecha, o según la lógica del conflicto de clases a nivel mundial, son abrumadora mayoría los gobiernos que procuraran aislar a Venezuela.

Y como es muy poco, a casi nulo, el margen de maniobra de los gobiernos progresistas por evitarlo, (pues tienen que velar por los intereses de toda la sociedad a la que gobiernan, representar en la esfera de los conflictos internacionales a TODA la sociedad a la que gobiernan), la responsabilidad principal de la acción política que conduzca a evitar tanto el aislamiento de Venezuela y Cuba, como su posible deriva hacia una lógica de conflicto con el resto de los países de América del Sur (erosionando así la capacidad del continente de influir defendiendo sus intereses en los conflictos globales) tiene que ser el resultado de una praxis política unitaria, aun cuando sobre la base de un debate ideológico y político cultural permanente sobre los contenidos del proceso revolucionario...


“Burguesía nacional”, “clase media alta”, “tecnoburocracia”

Capítulo III

“La radicalidad competitiva entre espacios geopolíticos alienta el fenómeno de la “captura” del Estado por parte de grupos de privilegio y la reacción del universo del trabajo se desenvuelve en la misma dirección”, se sostenía en un capítulo anterior.

Y así expuesto como generalización el texto no expresa la enorme gravedad del problema acerca del cual se procura llamar la atención.

A principios del siglo XX un estado de cosas semejante al actual derivó hacia una revolución (la bolchevique, el universo del trabajo tomó el poder del Estado) y dos guerras mundiales, grupos de privilegio ingleses y americanos disputaron con grupos de privilegio alemanes y japoneses que habían “capturado” al aparato del Estado en forma monopólica para determinar cuál de los dos era capaz de establecer las reglas de juego de la competencia capitalista global.

La virtud civilizatoria de la democracia parlamentaria erigida según los formalismos disciplinantes del Estado de derecho es la que resulta de su dinámica esencial: posibilita que la lucha de clases y la pugna entre intereses materiales de muy diversa naturaleza se desenvuelva en el plano político cultural y político jurídico.
Como los contenidos jurídicos del Estado de Derecho están siempre en disputa a través de la pugna por la obtención de mayorías políticas en el Parlamento, se evita que los conflictos de intereses, cuando estos se radicalizan, se resuelvan por la fuerza.

Para que tal ingeniería político - jurídica resulte eficaz, las tecnoburocracias que en diversas esferas, poderes administrativos, gestionan el conflicto, tienen que desenvolverse ateniéndose a las reglas que la producción parlamentaria de legislación elabora.

Pero tal cosa puede ocurrir y ha ocurrido en la historia al interior de una misma comunidad política, conocida ella como Estado nación, dentro de las fronteras nacionales de ese estado.

A nivel global, de las instituciones globales, jamás ha sido posible en la historia elaborar democráticamente y por un tiempo prolongado procedimientos que reproduzcan las lógicas de gestión de la competencia de intereses según formas político - jurídicas.

Y esto porque las lógicas del sistema de producción de las condiciones de existencia al que conocemos como capitalismo no operan según esa racionalidad democrática. El capitalismo opera según una lógica competitiva radical.

Mucho más cuando lo hace interviniendo en la dirección de asegurar la expansión de sus negocios o el acceso a materias primas mediante el uso de las fuerzas militares, fenómeno al que conocemos como imperialismo, o mediante la imposición de las reglas de juego del intercambio de mercaderías o capitales en el mercado global con base en su mayor capacidad de influencia en instituciones globales, fenómeno al que conocemos como neo imperialismo.

Detrás de esta última imposición, naturalmente, también se encuentra la fuerza, aunque no se la haga valer a los tiros todo el tiempo.

De modo que, como subrayaba Hannah Arendt y antes que ella Marx, para asegurar el proceso de reproducción del capital, los competidores no siguen otra regla que la que emana de la eficiencia productiva cuando la competencia se realiza meramente según las lógicas capitalistas o de la imposición sobre el rival a la fuerza cuando se trata de acceder a materias primas finitas o a comunidades de “consumidores” en disputa.

Cuando no hay competencia entre espacios geopolíticos tenemos algo que se denomina globalización neoliberal, (un país muy desarrollado o un conjunto de ellos impone las reglas a todos los demás); cuando diversos estados influyentes están en condiciones de participar del conflicto por el establecimiento de las reglas de juego del comercio mundial suele reducirse el impacto del simple método de la imposición por la fuerza que es sustituido por formas de negociación en permanente tensión.

Y eso es lo que está ocurriendo en el mundo desde la emergencia de China como potencia mundial.

Como el desarrollo tecnológico desigual y la disponibilidad desigual de capitales, consecuencia esencialmente de prácticas imperialistas o neo imperialistas, establece diferencias radicales en las capacidades competitivas de países “desarrollados” y aquellos que llegaron tarde al modo de producción capitalista, los primeros suelen eliminar a sus competidores adquiriendo sus empresas cuando comienzan a ser competitivas, sus tierras productivas cuando les resultan necesarias para asegurar la manutención de sus poblaciones y sus almas, las de sus políticos en particular, toda vez que ellas en el nombre de sus propias necesidades ponen en riesgo la preservación de sus privilegios.

Esto conduce a la formulación de una pregunta extraña e inquietante:
¿La única manera de disponer, en un estado de situación así muy simplificadamente descripto (las sociedades, los estados no desarrollados), de una burguesía nacional productora de riqueza, es apuntalándola mediante el “capitalismo de los amigos”?

Puesto que sin una clase productora de riqueza en condiciones competitivas y que reinvierta esa riqueza en la propia comunidad nacional en la que se desenvuelve, la abrumadora mayoría de los estados nación del mundo no cuentan con ninguna posibilidad de sobrevivir en condiciones de autonomía, la pregunta resulta muy actual.

Así como esta otra: ¿la única manera de preservar el estado nacional autonomía es la que puede describirse así: el estado beneficiando a capitalistas locales y esos capitalistas locales “apropiándose” de núcleos de tecnoburócratas para que operen a su favor, ya sea en alianza con fracciones de partidos políticos, financiando fracciones de partidos políticos, o mezclándose hasta el punto en que la relación se desdibuja?

¿O bien porque agentes que han accedido a espacios de toma de decisiones en el Estado benefician a determinados integrantes de la burguesía para que “capturen” en forma más o menos monopólica espacios del mercado en el sector de la economía en el que se desenvuelven o bien al revés, porque lobistas burgueses que han logrado cierto espacio de penetración en un mercado “capturan” a los tomadores de decisión para que los beneficien, corrompiéndolos vulgarmente, veladamente o algo más sofisticadamente, comprometiéndose en un proyecto nacional de desarrollo capitalista en aquellas áreas en que por diversas razones puedan ser competitivos?

¿Y cómo se resuelven los conflictos de intereses entre burgueses nacionales entre sí y entre burgueses nacionales que pugnan por un mismo mercado con compañías internacionales de países neoimperialistas, en un escenario así?

¿Los afectados sean estos nacionales o internacionales promoverán denuncias contra Odebrecht, por citar un caso muy actual de una empresa apuntalada por un estado nacional, o contra tal o cual beneficiario de la obra pública si a su vez no son contemplados como sus competidores “apalancados”?...

En algunas áreas la digitación que los tomadores de decisión adoptan en favor de tal o cual grupo son burdas y estallan, en otras no tanto, son más “elegantes” y contemplativas con todos los intereses, por lo que logran integrar al sistema a una mayoría que acalla a los desafiantes, (por diversos procedimientos) pero en todos los casos lo que está detrás suele ser la intención de las elites nacionales de fomentar la existencia de una burguesía nacional o de establecer alianzas “firmes” con corporaciones globales, con lo cual se convierten en vulgares sirvientes, (pero con un muy buen pasar, casas en Miami y departamentos en París)...

“Firmes”, naturalmente, estas alianzas no lo son nunca, porque cuando en una nación una elite sustituye a otra tiene en sus manos la posibilidad de cambiar a una corporación por otra o a un grupo de burgueses por otro… o asumir estatalmente la producción de riqueza… o una mezcla de ambas fórmulas, pero como mientras esos procesos políticos tienen lugar disfrutan de sus privilegios, a estos individuos espiritualmente tan “elevados” no les preocupa demasiado.

Por ello estas estructuras que “capturan” zonas del Estado para asegurar la preservación de sus privilegios y a veces para participar de proyectos de desarrollo nacionales autónomos no establecen acuerdos con tal o cual partido, sino que procuran hacerlo con el “sistema” de partidos en general…

Un lector neoliberal al leer las anotaciones anteriores exclamará: ¿pero de qué habla este escribidor, no sabe que la competencia resuelve a favor del más eficiente quién termina prevaleciendo en tal o cual sector del mercado, y que tal lógica constituye la clave del dinamismo del capitalismo como productor de riqueza?
Y un keynesiano exclamará: ¿Pero no sabe este escribidor que una regulación seriamente aplicada asegura la competitividad y evita la formación de los monopolios en los mercados?

Y empíricamente, unos y otros podrán demostrar que DURANTE UN PERÍODO, en tal o cual caso los fenómenos que describen ocurrieron en la economía nacional tal o cual o en el mercado global.

Pero también puede demostrarse empíricamente que tanto en la economía nacional como en la global el “capitalismo de los amigos” ha ocupado y ocupa espacios cada vez más relevantes.

El “capitalismo total ideal” (la competencia eficientista), el “capitalismo monopolista de Estado” (la competencia administrada políticamente según los intereses de un estado NACIONAL), y el “capitalismo de los amigos”, (acuerdos más o menos estables de grupos de poder económico – estatales), o en su mejor versión, un proyecto político que procura contribuir a la consolidación de burguesías nacionales favoreciéndola en situaciones de crisis, soltándole la mano para que compita y se expanda en situaciones más favorables, han coexistido en los últimos cien años.

Escribía en 1844 (¡!) Marx en su Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel:

“La relación en general del mundo de la riqueza con el mundo político es un problema predominante en la época moderna. ¿Bajo qué forma este problema comienza a preocupar a los alemanes? Bajo la forma de impuestos protectores, del sistema prohibitivo, de la economía nacional. El chauvinismo alemán de los hombres ha pasado a la materia, y así un buen día nuestros caballeros del algodón y nuestros héroes del hierro, se vieron transformados en patriotas. Por lo tanto, se comienza a reconocer en Alemania la soberanía del monopolio en el interior, porque aquel concede la soberanía al exterior.

Se tiende, por consiguiente, a principiar ahora en Alemania por donde en Francia y en Inglaterra se comienza a terminar. El antiguo estado de descomposición contra el cual estos Estados se rebelan teóricamente y que ahora soportan sólo como si soportaran las cadenas, es saludado en Alemania como el alba naciente de un hermoso futuro, que apenas osa pasar de la sutileza teórica a la práctica libre de recatos.

Mientras el problema en Francia y en Inglaterra se plantea así: Economía o dominio de la sociedad sobre la riqueza, en Alemania suena así: Economía nacional o imperio de la propiedad privada sobre la nacionalidad. Luego, esto significa suprimir en Francia y en Inglaterra el monopolio, que ha sido empujado hasta sus últimas consecuencias; y, en Alemania, significa ir hasta las últimas consecuencias del monopolio. Allá se trata de una solución y, en cambio aquí y por ahora, de una colisión”.
El conflicto capitalismo – capitalismo nacional descripto aquí por Marx derivó como sabemos en la ocurrencia de dos guerras mundiales y una revolución proletaria.
De modo que el problema que presentamos es antiguo.

Durante buena parte del Siglo XX la burguesía y los partidos políticos y movimientos sociales que representan o procuran representar a los asalariados pugnaron duramente por el control hegemónico del aparato del Estado.

Unos para reproducir sus privilegios, otros para experimentar formas de socialización o democratización que condujesen a la superación de todos los privilegios que en las condiciones de la realidad objetiva del mercado global resulta posible comenzar a eliminar en favor de la sociedad en su conjunto.

Tanto la competencia entre estados nacionales imperialistas como luego la competencia entre espacios geopolíticos con intereses diferentes, unos promoviendo la globalización (el neo imperialismo que en lo posible se priva de usar el “primitivo” mecanismo de la utilización de la fuerza), otros promoviendo condiciones de intercambio de la sobreproducción que contemplen las desigualdades del punto de partida, alteraron ese contenido del conflicto de clases llevándolo a un segundo plano.
Comenzó a resultar prioritario el esfuerzo por asegurar la pervivencia del estado nacional pues únicamente al interior de sus fronteras podían establecerse políticas que propiciaran ciertos niveles de igualdad y a partir de ello, de estabilidad política.

La prevalencia de la cuestión nacional por sobre el conflicto de clases no eliminó el conflicto de clases, naturalmente, pero obligó a atenuarlo, propiciando el desarrollo de lo que conocemos como el Estado de derecho.

Entre los conflictos de clase, jugando su partido y con sus propios intereses, la burocracia, (la institucionalidad burocrática) como articuladora, dentro de los límites del Estado nación primero, a nivel regional o global luego, (Naciones Unidas, Organización Mundial de Comercio y otras instituciones) de los límites dentro de los cuales el conflicto podía desarrollarse sin afectar la continuidad de la existencia del estado nacional mismo.

Hacia fines del siglo XX esa estructura de estabilidad, que evitó varias guerras, entró en crisis. La globalización desenfrenada, no administrada políticamente, la propició.

La crisis acentuó dos procesos económico – políticos.

La expansión sin reglas de juego del capitalismo a todo el globo según la ideología neoliberal, la desregulación de los mercados y la apertura comercial sin considerar las diferencias en el punto de partida; y la RESIGNIFICACIÓN POLITICA progresiva de la importancia de la burguesía nacional que como respuesta a ese estado de cosas propiciaron varios Estados.

Unos mediante políticas más o menos sofisticadas, interviniendo sobre el sistema de compras del Estado, mediante subvenciones o créditos blandos, mediante regulaciones que concedían por un “x” período el monopolio en tal o cual actividad, interviniendo sobre la propiedad de la tierra, creando ecosistemas de estímulo a la innovación productiva y empresarial, nacionalizando los recursos naturales o procurando lograr equilibrios entre empresas públicas en algunas áreas y dinamismo de la sociedad civil en otras áreas y otros articulando lo que hemos denominado como el “capitalismo de los amigos”, sean estos nacionales o extranjeros.

Al integrarse China a las lógicas del sistema de producción capitalista y convertirse a partir de diversas reformas (entre ellas la creación de una burguesía nacional) en una potencia productiva mundial, acentuó los dos fenómenos, la expansión del capitalismo según lógicas GEOPOLITICAS competitivas radicales y la necesidad que muchos Estados nacionales tuvieron como respuesta a ese fenómeno de REPOTENCIAR la significación de SUS burguesías nacionales y ajustar sus estructuras estatales para reducir sus costos país.

Abaratar para las empresas el costo de producción en general dentro de las fronteras nacionales de modo de poder evitar que se trasladasen las que podían hacerlo a donde encontraban radicales ventajas en sus costos de producción.

Lo que, lógicamente, radicalizó en conflicto de clases.

Este fenómeno ocurrió al mismo tiempo que se acentuaba en diversas esferas la integración de capitales de diferentes capitalistas “nacionales” entre sí: cadenas de producción, fondos de inversión, mercado de capitales para financiar el desarrollo de conglomerados empresariales multinacionales.

La disputa radical por el control hegemónico de las reglas de juego del mercado mundial entre diversos espacios geopolíticos es necesario reparar, acentúa también los conflictos derivados de que las empresas más importantes de esos espacios geopolíticos necesitan asegurar la provisión de materias primas o articular con estados y capitalistas de otras áreas geográficas la producción de componentes que por razones climáticas u otras es más competitivo producir en tal o cual lugar.
Así las cosas, muchos estados nacionales, sobre todo los que no participaron de procesos de expansión imperialistas o neo imperialistas acentuaban su “dependencia” como tomadores de precios, tomadores de capital, tomadores de tecnologías y reducían su capacidad de intervenir sobre la distribución de utilidades, de la riqueza socialmente producida.

La “teoría de la dependencia” es más bien pobre en cuanto la identificación de algunos fenómenos, como la integración de capitales, pero da cuenta de una realidad: el desarrollo desigual de las economías de diferentes espacios geopolíticos y, por tanto, de su capacidad competitiva real como economías nacionales.
La disputa por el control hegemónico del Estado por parte de partidos políticos policlasistas, el conflicto por la elaboración de los contenidos jurídico políticos, de las reglas de juego (producción de legislación) a través de sistemas parlamentarios tanto en relación a las condiciones de estabilidad política (Estado de Derecho) como en relación a las condiciones competitivas de los actores de la sociedad civil (legislación laboral, financiación, infraestructuras) y la competencia con capitales transnacionales que pugnaban por desregularlo todo, pues estaban en mejores condiciones competitivas al haber participado la mayoría de ellas en procesos de acumulación de capital imperialistas, fue creando (recreando) una tensión radical tanto dentro de los estados nacionales como en la esfera de los conflictos internacionales.

¿Por qué es importante esbozar este escenario de conflicto para analizar a la Revolución venezolana de julio de 2017, pero también a la crisis política de Brasil o Turquía, o a la que protagonizó España en 2016, o a la agudización del conflicto de clases en todos lados?

Porque este escenario propició el fenómeno que aquí y en otros lugares hemos denominado como la resignificación de las burguesías nacionales y la necesidad de ellas de ya no participar meramente en la disputa por el control hegemónico de las estructuras institucionales del Estado nación sino la necesidad de ellas por CAPTURAR a esas instituciones para ponerlas actuar decisiva y DIRECTAMENTE a su favor.

Tanto si para reproducir mediante procedimientos salvajes sus privilegios, (Temer o la oposición venezolana a Chávez) como si para participar en procesos de generación de condiciones competitivas de la economía nacional en la se desenvuelven, (Macron, Macri).

En el medio del conflicto, pero con posibilidad de influir muy significativamente, tanto las tecnoburocracias estatales y de la sociedad civil (estudios jurídicos, fondos de inversión, universidades privadas, etc.,) como las clases medias profesionales integradas en espacios de cierto privilegio a las formas de producción de capital.
Como algunos de estos fenómenos ya fueron advertidos por Marx, luego por Lenin, más tarde tomados en consideración por Deng Xiaoping, pero también por la “inteligencia” del capital, y como no constituyen el objeto principal de este texto, no ahondaremos aquí en toda la complejidad de sus contenidos.

Nos concentraremos en la exposición de uno de los problemas políticos que suscita.

¿Se han preguntado los lectores si estos problemas apenas y muy simplificadamente enunciados aquí tienen o no relación con la revolución venezolana, el “impeachment” contra Dilma Rousseff o con el fenómeno Macron en Francia y Macri en Argentina o con la acentuación de la emergencia de gobiernos autoritarios en infinidad de países, o con el inicio del proceso político mediático que parece querer concluir con un “impeachment” contra Trump o con la sorpresiva resignificación de Gran Bretaña como un imperio con vocación de poner orden dada su influencia (conflictiva pero muy presente) tanto en Estados Unidos como en China o con la consolidación del poder de Putin, que recreó un proyecto nacional en la inmensa Rusia?

La dialéctica estado nacional, economía nacional, globalización, lucha de clases yace en el esqueleto de TODOS los conflictos y de las diferentes vías de solución a los mismos que se están ensayando en diferentes países.

Y esta circunstancia está impulsando al interior de la izquierda global dos tendencias en conflicto: una de ellas, la de los grupos de poder articulados política - riqueza (para decirlo rápido) que trabajan proyectos post unitarios para sacarse de encima a los molestos comunistas y a las diferentes tradiciones nacionalistas (demasiado autonomistas) y otra que por el contrario, procura con base en su inserción profunda entre los asalariados la conformación de estructuras institucionales que consoliden la unidad en la diversidad de la izquierda en su conjunto, también en alianza política con vertientes nacionalistas, autonomistas, para poder influir en el devenir de los acontecimientos a favor del universo del trabajo.

Como sugerimos en el capítulo I de este escrito, la revolución venezolana de julio de 2017 tuvo lugar en gran medida como resultado de la intensa intervención de instituciones neo imperialistas de occidente para derrotar al gobierno de Chávez primero y al gobierno del PSUV que le sucedió a su muerte, pues al crear esa intervención desestabilizadora un conflicto de poder radicalizado, la posibilidad de que Venezuela ingresara en un proceso de descomposición de sus estructuras estatales era muy alta.

Y el caso brasileño pone en evidencia que esa lógica tanto si buscada deliberadamente por actores externos como si resultado de procesos de polarización radical del conflicto de clases al interior de una nación, favorece a esos actores externos y únicamente a ellos, por aquello de que a río revuelto ganancia de pescadores (el imperialismo en todas sus formas).

Pero también fue el resultado, como sugerimos ya en las afirmaciones / interrogaciones de un capítulo anterior, de un contexto internacional muy complejo caracterizado por la agudización del conflicto de clases en todo el mundo, por la irracionalidad (racionalidad de la forma de producción capitalista) del proceso expansionista que conocemos con la designación de “globalización”, por la radicalidad estigmatizadora del fenómeno “chavista” que puso contra las cuerdas al PSUV (o preservar el poder del Estado o ser “linchados”), por la disputa respecto a quienes controlan las riquezas naturales venezolanas, por la, por ahora, molestia (y nada más que molestia) popular global en relación con que la forma democracia parlamentaria dentro de las fronteras del Estado nación no está siendo funcional a la preservación de las conquistas de los trabajadores, por la necesidad espiritual de vastos sectores de la sociedad de encontrar formas de respuesta existencial y política al grosero individualismo que promueve la mercantilización de todas las esferas del mundo de la vida…

Es decir, la revolución venezolana de 2017 no constituye un hecho excepcional, aunque ocurre en un país excepcional, constituye una manifestación práctica de la necesidad que multitud de asalariados sienten de poner fin a la brutal vulnerabilidad en que habitan.

Y esto es exactamente lo mismo que ocurrió a principios del Siglo XX…

Es la expresión de un problema económico - social global que se manifiesta también en otras formas de reacción: el BREXIT, el incremento del ultranacionalismo, el triunfo de Trump, la crisis de legitimidad del sistema político en Brasil…la polarización política (que ojalá sea administrada inteligentemente) entre Macri y Cristina Fernández en Argentina… los debates al interior de la izquierda en Uruguay y en España y en todos lados…

Y tal la razón por la cual, desde el punto de vista de los intereses de América del Sur como comunidad política, la crisis venezolana resultará un problema absolutamente menor en relación con lo que puede ocurrir en Brasil y Argentina si sus elites no intervienen en la realidad contemplando la complejidad del estado de situación mundial.

Nota: El autor es plenamente consciente de haber dejado muchos cabos sueltos en este capítulo. En particular el referido a la generalización que se realiza sobre las dos tendencias que operan en la izquierda, que no son principalmente ideológicas, sino que obedecen a razones materiales y a ansiedades que esas razones materiales despiertan. Por ello, así como en este capítulo procuramos ahondar en la generalización referida a la "captura" del Estado, en alguno de los que seguirán procuraremos ahondar en la problemática sobre la unidad de la izquierda.


¿Asalariados - clase media: la nueva alianza estratégica?

Capítulo IV de la Revolución venezolana y los desafíos de la izquierda de América del Sur

Algunos “actores” (lo son un poco de comedia) que se autodefinen de izquierda, están procurando utilizar la complejidad de algunos fenómenos, la revolución venezolana de julio de 2017 entre ellas, para estigmatizar a los partidos del universo, digamos, comunista, y a los sectores de la tradición que durante los sesentas hizo hincapié en el concepto de “liberación nacional”.

En un próximo capítulo vamos a exponer la forma en que lo hacen y procuraremos avanzar algunas ideas acerca de por qué lo hacen, pero antes incorporemos al análisis de la realidad contemporánea algunos elementos que nos permitan intentar observar el bosque…

La enorme dificultad de muchas naciones para generar las condiciones económico – políticas que les permitan preservar su calidad de estados nacionales más o menos autónomos sobre la base de la reproducción de los componentes de la identidad colectiva con la que en el pasado, aunque conflictivamente, lograron cierta cohesión, está generando hondas tensiones sociales.

Al interior de esas naciones en primer lugar, pero también en la esfera de las disputas geopolíticas, a donde la inestabilidad que producen los conflictos que de esa situación de inseguridad emanan, terminan trasladándose.

La dificultad que en la globalización afrontan esos países para alcanzar ciertos niveles de desarrollo sostenible que les posibiliten no ingresar en procesos de radicalización del conflicto de clases afecta también, lógicamente, a las instituciones (partidos, comunidades religiosas, organizaciones sociales) que en algunos períodos fueron capaces de articular intereses comunes mientras dirimían democráticamente, es decir, político jurídicamente, sus diferencias.

Este estado de cosas repercute al interior de la izquierda de esas naciones, pero también de las instituciones religiosas más involucradas con los problemas de la comunidad a la que están integradas, y finalmente, también al interior de los partidos nacionalistas.

Los partidos neoliberales en general no tienen problemas, bailan el baile de la globalización y por tanto, se toman a la praxis política para la “chacota”… aunque luego suele ocurrir que les revienta en la cara la consecuencia de sus actos, de su superficialidad.

Es importante subrayar este aspecto de la globalización, frecuentemente subestimado. Y sin el cual no es posible comprender fenómenos radicales como la revolución venezolana de julio de 2017 o la praxis neoliberal salvaje del gobierno que sustituyó a Dilma Rousseff en Brasil.

El expansionismo propio de las formas de reproducción del capital es por un lado un proceso de perfeccionamiento de las capacidades productivas de la especie humana, pues se imponen aquellas técnicas mediante las cuales las sociedades más eficiente y abarcativamente satisfacen sus condiciones de existencia, pero instituye al mismo tiempo practicas imperialistas pues opera en beneficio de los grupos de privilegio que cuentan con mayores capacidades tecnológicas y militares para acumular más capital, movilizar el capital ya concentrado a favor de sus estructuras de poder, e imponer sus intereses NACIONALES y de clase.

Durante la segunda mitad del siglo XX, cuando los procesos de expansión del capital procuraron administrarse políticamente por la mayor parte de las elites mundiales, pues al confrontar los países capitalistas desarrollados modelos con la Unión Soviética debían tender a buscar modos de administración del conflicto de clases que no pusieran en riesgo al proceso mismo de reproducción del capital, la institución articuladora resultó ser el Estado de Derecho.

Con contenidos más democrático - igualitarios en las experiencias del Estado de Bienestar, donde la correlación de fuerzas favorecía a los partidos políticos que representaban los intereses de los asalariados o más desinteresados en la cuestión social en los países donde la burguesía disponía de mayor capacidad de influencia en los procesos de producción de los contenidos jurídicos y político económicos.

En ambos casos, sin embargo, puesto que resultaba preponderante para todas las partes alcanzar formas de estabilidad social que evitara la agudización de los conflictos de clase, la calidad de la ingeniería político - jurídica de la democracia se desarrolló intensamente.

A los partidos de izquierda y aunque con una orientación diferente, también a los partidos de matriz nacionalista, ese estado de cosas les posibilitó actuar como un factor de cohesión política en cuanto representaban más o menos eficientemente los intereses de los grupos sociales menos involucrados intelectualmente en los procesos de producción de capital, el vasto universo de los asalariados.

En la mayoría de los países de occidente, pero no solamente en occidente, incluso, parecía no haber perdedores…

La acción de los partidos de izquierda y de los nacionalistas ligados a la tradición católica (o constituidos sobre la base de una superposición de ambas composiciones ideológicas), operó como factor cohesionante de las poblaciones más vulnerables y también de sectores de las clases medias insatisfechas existencialmente con las dinámicas transformadoras del capitalismo, pues les permitían albergar la expectativa de ir obteniendo conquistas relacionadas con su calidad de vida o sentirse representadas en sus valores morales.

Al acentuarse el expansionismo neo imperialista luego de la implosión del socialismo estalinista (estatal burocrático) tanto la izquierda que durante un tiempo perdió influencia pues su propuesta civilizatoria parecía haber fracasado en cuanto su intención económica y políticamente democratizadora como las organizaciones políticas y las instituciones religiosas basadas en la superposición de composiciones ideológicas religiosas y nacionalistas comenzaron a encontrar dificultades no ya para desenvolverse políticamente, sino incluso para integrarse socialmente y por lo tanto, para seguir actuando como factor de cohesión estabilizadora de los sectores sociales a los cuales representaban.

Esa es una de las razones que explican por qué en casi que el mundo entero está en este momento en debate y no en términos teóricos, sino experienciales, prácticos, tanto el contenido INSTITUCIONAL de la democracia, la forma político - jurídica en que se organiza, como el contenido de los modelos de desarrollo viables para hacer frente a las desigualdades y a los desafíos que plantea la aceleración de los procesos de desregulación de casi todos los mercados nacionales en el capitalismo contemporáneo.

Los países no parecen contar con organizaciones políticas en condiciones de dar respuesta a la globalización.

La globalización es un fenómeno que puede administrarse políticamente o establecerse meramente por la fuerza inercial de las lógicas del capital apuntaladas por las armas y las consecuencias sociales de una u otra práctica, naturalmente, son diferentes.

Otra vez de nuevo, lo mismo ocurrió a principios del siglo XX…

¿En qué aspectos difiere la realidad de principios del siglo XX de la actual?

El acumulado político institucional de la experiencia democrática en occidente, el incremento de los conocimientos científico – culturales y su aplicación práctica, la modificación de la estructura de clases.

Modificación de la estructura de clases que está acentuándose aceleradamente en el presente momento histórico.

Tanto por la significación e incidencia que ha adquirido en el conflicto social la clase media alta, (profesionales, pequeños empresarios, productores agropecuarios, etc.) muy numerosa en algunas naciones y que como vimos en un capítulo anterior participa protagónicamente tanto de la creación de riqueza como de los procesos de acumulación de capital, como por la progresiva desaparición de una clase milenaria: el campesinado.

Este fenómeno, al que hay que añadir como factor relevante de diferenciación la revolución de las tecnologías de la comunicación que ha tenido lugar en las últimas cuatro décadas, torna no necesariamente inviable, pero muy poco probable que, en occidente, puedan repetirse fenómenos ESTATALES como en nazismo o el estalinismo.

Sin embargo, políticamente, las tendencias autoritarias, los fundamentalismos religiosos, el ultranacionalismo, nuevas formas de racismo, adquieren cada vez mayor significación como factor de cohesión de grupos sociales que se sienten “perdedores” y que no alientan ninguna expectativa de obtener mejoras en sus condiciones de vida.

Esto ocurre al mismo tiempo que, como consecuencia de los fenómenos que hemos venido enunciando como problemáticas y transformaciones de la realidad contemporánea, crece la demanda de una profunda democratización de las estructuras de poder tanto al interior de los Estados nación como en la esfera de los conflictos internacionales.

Y finalmente la crisis del Estado nacional según sus componentes estructurales y político culturales clásicos, explica también, la ansiedad de las elites tecnoburocráticas, lo que las conduce al fenómeno de la “captura” del Estado en alianza con grupos de interés económico nacionales en el mejor de los casos, globales en otros.

El conflicto “ganadores” y “perdedores” de la globalización radicaliza los conflictos de clase y estimula el surgimiento de búsquedas político - culturales (prácticas sociales) muy contradictorias.

Esto es, la globalización desenfrenada, no administrada políticamente, produce ganadores y perdedores que acentúan la radicalidad de los conflictos de clase, los conflictos de intereses y los conflictos culturales, lo que a su vez se expresa en formas de inestabilidad geopolítica.

El autor de este escrito ha observado, y no puede evitar que aparezca espontáneamente en la comisura de sus labios una sonrisa triste cuando lo observa, el enojo que produce en los dirigentes de izquierda la manera de expresarse políticamente de la clase media que participa decisivamente de los procesos de producción de capital, beneficiándose de ello, pero también al resto de la sociedad en su conjunto, porque tiende a promover innovaciones tecnológicas, productivas y culturales de diferente naturaleza, resquebrajando toda forma de estratificación clasista o estatista al estilo de las viejas economías agrarias.

Interviene según lógicas que pueden calificarse como egoístas ciertamente, pero también contribuye a agitar productiva y culturalmente a la sociedad.

¡Hace tanta falta que muchos dirigentes de izquierda vuelvan a leer “La lucha de clases en Francia”, de Marx, tomando en cuenta las transformaciones estructurales que se han producido en el capitalismo, es decir, recogiendo el guante de una metodología interpretativa, pero incorporando los elementos nuevos del modo de reproducirse el capital y sus efectos de sociedad!

La clase media profesional y empresarial que participa del proceso de producción de capital a la que aludimos ha decidido intuitiva o razonadamente apoyar AHORA en varios países, lo que posiblemente considera constituye el (pen)último esfuerzo de la burguesía nacional por implementar reformas modernizadoras que procuren economías competitivas en la globalización y democracias estables que favorezcan el desenvolvimiento de la sociedad civil en la misma dirección.

Esto puede observarse claramente en el resultado de las elecciones francesas y argentinas de 2017 y ciertamente resulta un camino más sano que el del ultranacionalismo o el autoritarismo.

En algunos países quizá tenga éxito, en otros muy probablemente no.

Como la izquierda participa también de la intención modernizadora (aunque, al contrario que la burguesía, que lo hace en general según lógicas neoliberales, desregularizadoras, procurando representar a los asalariados la izquierda se esfuerza por implementar las transformaciones con intención democratizadora) y como los partidos que representan a los asalariados participan naturalmente de procesos de experimentación que conduzcan a la socialización de algunos medios de producción y recursos naturales, pues tal acción es necesaria para equilibrar las fuerzas entre el universo del trabajo y el del capital, no es razonable juzgar tontamente al comportamiento ideológico y político de la clase media.

Lo que ocurrió en Venezuela y fue una de las causas de la radicalidad que adquirió la polarización política.

El involucramiento de las clases medias profesionales en el dinamismo productivo del capitalismo es un fenómeno irreversible y modifica los contenidos del conflicto de clases.

Se trata de una transformación estructural que si se desconoce puede conducir a la pretensión de aplicar fórmulas de apariencia revolucionaria y que en cambio terminen operando como factores de anulación del dinamismo productivo de la sociedad y a raíz de ello, a fenómenos de burocratización autoritaria de los estados nacionales.

Y se trata de una transformación estructural que se desenvuelve al mismo tiempo que la lenta extinción, también irreversible, de una clase social que jugó un rol decisivo durante milenios: el campesinado.

Toda la elaboración teórico - táctica de los partidos proletarios de principios del Siglo XX estaba basada en lo que se denominaba como la alianza obrero – campesina…

La articulación política asalariados – clase media adquiere en el presente momento histórico, para cualquier proyecto de transformación democrático – igualitaria de la sociedad, la misma significación que tuvo por ejemplo durante la revolución bolchevique en Rusia y China la alianza obrero – campesina.

Y como sabemos que, así como las tecnologías de la comunicación incrementaron la significación histórico – política, económica y cultural de las clases medias, la robotización modificará (y muy rápidamente) el modo de integración en las relaciones de producción del vasto universo del trabajo manual, de los asalariados industriales, es necesario considerar estos hechos en toda su relevancia.

Esto sin dejar de hacer notar a la pasada que el trabajo manual ya ha recibido el impacto de la informatización de los procesos industriales durante los últimos cincuenta años con especial vigor.

La cuestión nacional

Estos fenómenos de alcance mundial, que forman parte de lo que conocemos como globalización, se cruzan en la avenida de los conflictos de clase y de intereses, con la problemática de la vigencia o no, así en tales términos hay que planteárselo, del Estado nacional.

Los contenidos del nacionalismo como cultura política y como tradición unificadora de las sociedades, los contenidos de lo que hemos denominado como el “capitalismo de los amigos” o la organización competitiva de las economías nacionales, los rasgos y formas de desenvolverse de la burguesía nacional en países demográficamente relevantes, la inexorable tendencia a la conformación de bloques de intereses económicos e identidades político culturales tanto en oriente como en occidente, los conflictos entre religiones en algunas regiones más agudos que en otras, la progresiva extinción de la significación política del mundo rural conformado hasta ahora mismo en algunas naciones, (en algunas sudamericanas en particular) por terratenientes y campesinos, todos estos fenómenos, son consecuencia de la vulnerabilidad en que la globalización sitúa al estado nación… al mismo tiempo que acentúan los conflictos cuando las elites no logran resolverlos económica, política y culturalmente.

¿Cómo operan estos fenómenos en relación con el asunto que hemos denominado “capitalismo de los amigos”, o mejor, representa el “capitalismo de los amigos” una solución?

Y finalmente ¿cómo incide en la dialéctica lucha de clases, convivencia democrática, proyecto nacional de desarrollo?

Dialéctica a la que en varios escritos le hemos asignado enorme relevancia política en el estado actual del mundo tal cual este es y de cuyos contenidos nos ocuparemos en un próximo capítulo de este escrito.

¿Qué desafíos plantea a la izquierda, y por razones que veremos, a la cultura, este escenario complejo al que estamos a grandes rasgos procurando caracterizar?

El autor de este escrito ha observado cómo algunas elites se esfuerzan o (se esforzaron en tal o cual lugar) por diseñar estructuras de estabilidad (económico políticas, jurídico políticas) que, al no CONTAR con las masas populares como un protagonista de los acuerdos, terminan desmoronándose como un castillo de naipes…

¿Qué pone en evidencia ese fenómeno que se reitera una y otra vez?

Que la calidad cultural de la izquierda, las formas de su organización y la manera en que despliega sus alianzas, resulta absolutamente relevante para la estabilidad del mundo.

Ante la emergencia del fascismo, Gramsci ya advirtió, en las primeras décadas del siglo XX, acerca de la significación civilizatoria de la unidad de la izquierda y la calidad de su proyecto político cultural… Con contenidos en algunos campos diferentes, lo mismo ocurre hoy.

La modificación de la estructura de clases del capitalismo contemporáneo es uno de los campos en que se han producido más hondas transformaciones.

Y con ello y a partir de ello, cuyo fundamento es económico productivo, la progresiva robotización de la producción agropecuaria y el desarrollo de las telecomunicaciones, también se verá alterado el contenido del nacionalismo, tanto del calificado de “izquierda” como del calificado de “derecha”.

El concepto liberación nacional, tan propio de la izquierda sudamericana de los sesentas, por ejemplo, es desafiado teórica y prácticamente por las transformaciones en curso.

Y por otra parte, las reacciones ultranacionalistas y tradicionalistas que se expresan en diferentes formas de conservadurismo son un epifenómeno de esa transformación (la modificación de la estructura de clases) que corre desde hace décadas paralela a la globalización.

En el contexto de la crisis del estado nacional en cuanto institucionalidad política y en cuanto estructura productiva autosuficiente, la tradición nacionalista como ya ha ocurrido en la historia puede desempeñar un rol político cultural relevante, o puede derivar hacia formas de neofascismo, según se asocie ella en sus expresiones político - partidarias con la izquierda o según se asocie ella con los grupos de privilegio de matriz oligárquico.

¿Qué es lo que pone de manifiesto el conjunto de problemas expuestos aquí?

Que los conflictos al interior de las naciones, entre las naciones y también al interior de la izquierda obedecen a que en ellos se expresan diferentes intereses materiales, necesidades de supervivencia de las naciones mismas cuando han aprendido a desenvolverse políticamente como tales, de los grupos de privilegio burgueses, de los grupos de privilegio tecnoburocráticos, de los sectores sociales que participan de los beneficios del modo de producción capitalista (las clases medias altas) y las ansiedades de los grupos de asalariados que al contrario, padecen las vulnerabilidades del estado de cosas actual en el mundo.

Eso es lo que está detrás de los acontecimientos en Venezuela, Francia, Brasil… y detrás de las diferentes posiciones que adoptan tales o cuales grupos de interés en los debates de la izquierda.

No se trata de que unos grupos de izquierda tengan mayor capacidad crítica que otros, mayor perspicacia para enmendar errores que otros, como sostienen algunos superfluos, se trata de qué intereses se defienden, si los de los trabajadores, los de los tecno burócratas, los del capital… y la única manera conocida históricamente de salir de esa reproducción más o menos mecánica de intereses para transformarla en acción política en beneficio de TODA la sociedad es la creación de naciones profundamente democráticas en el plano nacional y de organizaciones políticas que operen como intelectual orgánico en lo referente a la izquierda, para identificar en cada circunstancia lo que resulta y es posible priorizar armonizando intereses y en qué áreas y con qué procedimientos es posible y necesario acelerar transformaciones democratizadoras.

¿Quiere esto decir que lo único que interviene en los procesos sociales son los intereses? Naturalmente que no, pues la especie humana como ser social necesita desenvolver relaciones intersubjetivas, por razones productivas, afectivas e intelectuales, razón por la cual puede hacer política prescindiendo de sus intereses inmediatos, pero los mismos operan sustancialmente en la manera de pararse EN PRIMERA INSTANCIA ante los conflictos.

En un próximo capítulo vamos a analizar los contenidos de un debate que está teniendo lugar en la izquierda uruguaya a raíz entre otras cosas de la “sorpresiva” revolución venezolana de julio de 2017. Como la izquierda uruguaya es en muchos sentidos “modélica”, el análisis de sus conflictos internos tiene relevancia global.

Se trata de ahondar en el fenómeno que hemos denominado como “la captura” de estructuras estatales por parte de grupos de poder económico y tecnoburocráticos ante la necesidad que los Estados nacionales tienen de contar con capitales nacionales en áreas estratégicas de la economía para sobrevivir como tales estados nacionales.

(Continuará)