domingo, 13 de agosto de 2017

La revolución venezolana (I)


En Venezuela tuvo lugar una revolución.

Una acción política estatal anti imperialista (el gobierno de Hugo Chávez) respaldada por decenas de millones durante muchos años y con características ideológicas muy singulares desarrolladas en una nación también muy singular, derivó hacia una revolución.

El hecho revolucionario se produjo porque el estado de situación de Venezuela tornó inviable, para los intereses nacionales de ese país, la prolongación sine die del conflicto de poder radicalizado que tenía lugar sin que ninguna de las partes respetara las reglas de juego jurídico políticas.

Las revoluciones transgreden, resquebrajan límites, alteran toda normalidad, razón por la cual sus actos, su orientación general, sus protagonistas y sus propósitos devienen discutibles y polémicos.

Quizá por ello ocurren muy de vez en vez.

Una de las muchas particularidades de la revolución venezolana de julio de 2017 radica en el hecho de que no es sencillo determinar con base en qué fundamentos teórico - políticos se desenvuelve.

Con qué propósitos político – culturales, más allá del sistemático y consistente espíritu autonomista respecto de sus recursos naturales emprendido por Hugo Chávez y por la organización política, el PSUV, que dejó como herencia.

Tampoco es sencillo evaluar si enfrenta meramente a poderosas burocracias estatales y masas populares con oligarquías filo-imperialistas nacionales y neoimperialistas globales; o meramente a proletarios, campesinos y funcionarios del Estado contra clases medias profesionales y pequeño burgueses… o si es la manifestación de un conflicto de clases clásico (burgueses y asalariados) aunque complejizado por el inmenso porcentaje de la población que habitó en la marginalidad durante décadas, (y que por tanto es fácilmente manipulable en cualquier dirección), por la enorme riqueza petrolera en manos del Estado, y por el interés geopolítico que esas riquezas despiertan.

Esto, las dificultades para comprender sus contenidos político culturales, ocurre, posiblemente, porque el proceso previo al desencadenamiento de la revolución propició, al extenderse durante un período muy prolongado, desde 1999 hasta la instalación de la Asamblea Constituyente, altos niveles de polarización política al interior de Venezuela y porque la composición de clases y los contenidos estructurales del capitalismo no son en el presente los mismos que, por ejemplo, durante la revolución rusa de 1905 – 1918.

Tampoco es la misma la densidad cultural de la democracia construida según las lógicas del Estado de Derecho en la actualidad, comparada con la endeblez de sus contenidos jurídico políticos previos a las revoluciones de Rusia y China, por citar las más influyentes.

La ingeniería jurídico - política de la democracia se desarrolló muy densa e intensamente en occidente luego de la revolución bolchevique y luego del fin de la guerra fría en América del Sur. Aunque actualmente esté atravesando una severa crisis en casi todo el mundo.

Ciertamente, la democracia parlamentaria se desarrolló en algunos países de modo institucionalmente más sólido que en otros, como los latinoamericanos sabemos bien a partir de lo ocurrido en Brasil, Paraguay, Perú, Ecuador y Argentina en los últimos años.

Con sistemas judiciales insuficientemente republicanos que en circunstancias de conflictos graves han operado una y otra vez sin la neutralidad necesaria como para ofrecer garantías de imparcialidad. Y como si tal fragilidad institucional de la calidad de la democracia no fuese ya de por sí, muy grave, además hemos padecido los sudamericanos el problema de sistemas políticos corrompidos, por citar así a dos de los fenómenos más graves que afectan la calidad de la democracia.

El desenvolvimiento de la democracia en occidente no fue sin embargo el resultado de la voluntad sumada de unos cuantos miles de intelectuales, fue el resultado de intensas luchas de los trabajadores por conquistar derechos y equilibrar las fuerzas en cuanto a su influencia en el Estado nacional con la burguesía y fue el resultado de una necesidad estructural: la que tuvieron los Estados nación de alcanzar altos niveles de estabilidad política para preservar su carácter de estados nacionales más o menos autónomos.

Pero también fue el resultado de las transformaciones operadas en el mundo del trabajo.

A principios del siglo XX la relación numérica capitalistas – asalariados era, digamos sin ningún rigor técnico, pero a los efectos de poner en evidencia rápido un hecho muy relevante, de uno en cien mil y la posibilidad de integrarse al sistema de producción capitalista como productor de capital era casi inexistente para la abrumadora mayoría de la población europea en general y de los países con escaso desarrollo capitalista como Rusia y China en particular.

Como consecuencia del monumental desarrollo del proceso de acumulación de capital del último medio siglo y la revolución tecnológica que propició, esa no es la situación actual y las clases medias profesionales, de maneras muy diversas, participan del “juego” productor (y acumulador) de riqueza del capitalismo con lo cual tienden a operar en la sociedad orientadas a la preservación “in totum”, del sistema.

Pueden hacerlo participando de procesos de crítica de las inequidades y tendencias antidemocráticas del capitalismo o no, pero material y políticamente tienden a ubicarse en posiciones que favorecen la reproducción de los privilegios a los cuales accedieron.

Tanto ideológica, como prácticamente.

Operan en la sociedad dinamizando la creación de riqueza y la innovación productiva al mismo tiempo que contribuyendo a reproducir lógicas individualistas en la esfera de la cultura.

Esta circunstancia puede no obstante explicar la radicalidad del conflicto al interior de la sociedad venezolana, pero no es suficiente para comprender por qué esa polarización concluyó en un acontecimiento revolucionario.

Contra lo que afirma el discurso neoimperialista, Venezuela no es ciertamente AHORA una dictadura, porque instaló la Asamblea Constituyente siguiendo los procedimientos jurídicos establecidos en su constitución y en el proceso, tomado en su conjunto, desde que se aprobó la constitución vigente hasta el actual momento revolucionario, han participado en sucesivas instancias electorales garantistas muchos millones de ciudadanos.

Sin embargo, desde el momento en que la Asamblea Legislativa con mayoría de la oposición (que por primera vez en más de una década triunfó en una elección), el sector más radicalizado de la misma, desafío la legitimidad institucional del Presidente Maduro y se acentuó el proceso de polarización radicalizada, tampoco es Venezuela una democracia republicana según como ella venía configurándose en la mayoría de los países de América del Sur desde mediados de los ochenta y hasta la crisis propiciada por la destitución de Dilma Rousseff con particular consistencia.

En este momento y en este contexto apenas esbozado el gobierno y un porcentaje muy elevado de la población venezolana han decidido iniciar un proceso de experimentación político jurídica que todavía nadie, posiblemente ni siquiera los integrantes mismos de la Asamblea Constituyente, saben exactamente cómo concluirá.

Incluso no hay que descartar la posibilidad de que el proceso revolucionario se detenga, si en medio de una negociación política seria con los sectores no neofascistas de la oposición, que hasta ahora han prevalecido, se llega a acuerdos sobre cómo regenerar la institucionalidad democrático parlamentaria para habilitar espacios de coparticipación en el poder.

Así las cosas, antes de iniciar un análisis del estado de situación en Venezuela es necesario formularse algunas inquietudes que en su misma formulación pondrán en evidencia la enorme complejidad de los acontecimientos que se desarrollan en ese país.

¿Por qué se llegó a esta situación revolucionaria?

El proceso revolucionario que tiene lugar en Venezuela no ha emergido como un acto de rebeldía de masas desesperadas ni como un acto político consciente de millones de asalariados, ¿o sí?

No ha emergido como un acto de rebeldía contra el neoliberalismo aplicado radicalmente durante las últimas cuatro décadas a nivel global y que como respuesta ha producido fenómenos como el BREXIT y el triunfo de Trump en Estados Unidos. ¿o sí?

No ha sido el resultado de una respuesta político institucional a la acción de una oposición salvaje de los grupos de privilegio de matriz oligárquica, que comenzó con un intento de golpe de Estado contra Chávez y continuó con una predica de linchamiento contra el “chavismo” y “los chavistas” (esto es muy importante) durante los últimos diez años, ¿o sí?

No ha sido el resultado de una reacción institucional militar nacionalista a las acciones externas que se proponían aniquilar los avances autonomistas respecto a sus recursos naturales iniciados por Chávez, ¿o sí?

No ha sido el resultado del fracaso en casi que todo el mundo de los esfuerzos realizados durante todo lo que va del siglo XXI por “domesticar” al capitalismo dentro de las fronteras del Estado nación, ¿o sí?

No ha sido el resultado de una reacción cultural comunitaria contra el casi enfermizo individualismo del capitalismo contemporáneo, de las clases medias acomodadas en particular, ¿o sí?

No ha sido el resultado de que una praxis voluntarista de una ideología “utópico mágica” (nacionalismo “anticapitalista”, cristianismo, marxismo escolástico) acentuó la polarización social y política ya existentes en la región centroamericana y caribeña durante más de un siglo y que, por tanto, ante la corrosión institucional por la corrupción generalizada, la acción de grupos de privilegio globales o la ausencia de una tradición democrática asentada, esa polarización dejó de poder ser administrada políticamente dentro de las lógicas de la democracia parlamentaria, ¿o sí?

No ha sido el resultado de que las formidables riquezas de Venezuela permiten albergar la expectativa a los dirigentes chavistas de fomentar desde el Estado formas de desarrollo que prescindan en algunos aspectos de las lógicas capitalistas, ¿o sí?

No ha sido el resultado de presiones voluntaristas (no políticas) de una oposición tan heterogénea y poco formada político culturalmente como el “chavismo” mismo, ¿o sí?

En principio, la revolución que se ha iniciado en Venezuela se prolongará, como institucionalidad emergida de esa revolución, la Asamblea Constituyente, durante dos años.

Y los ciudadanos del mundo acompañarán ese proceso con asombro, horror, solidaridad o espíritu crítico, mientras el proceso se desenvuelva.

Una revolución es un acontecimiento radical y provoca reacciones radicales, emocionales y políticas en la sociedad, y reacciones en ocasiones militaristas por parte de los grupos de privilegio afectados.

Por ello mismo resulta necesario formular algunos apuntes sobre cómo puede afectar esa revolución a la izquierda de América del Sur y a la continuidad de los esfuerzos poli clasistas que se venían realizando desde mediados de los ochenta por crear una sólida cultura democrática, institucionalmente garantista, en varios países de la región.

El fuego cruzado que se ha disparado en el interior de la izquierda en varios países de América del Sur ante el acontecimiento ahora sí revolucionario en Venezuela evidencia que es muy necesario ahondar en el análisis de las razones por las cuales se produjo.

En las interrogaciones / afirmaciones anteriores quedaron expuestas algunas de las causas posibles.

Pero ya no en términos interpretativos, sino políticos, lo relevante es lo siguiente: pese a que los acontecimientos de Brasil y Venezuela perturban el desenvolvimiento del proceso de construcción de una democracia garantista, realizado por Europa durante cuarenta años, (desde el fin de la segunda guerra mundial hasta mediados de los ochenta, cuando se consolidó y que en América del Sur comenzó precisamente en los ochenta), no hay que dejar de trabajarlo como prioridad político cultural estratégica.

Puesto que priorizar aspiraciones emancipadoras exclusivamente dentro de las fronteras de una nación cuando ha entrado en evidente crisis la forma democracia parlamentaria en casi todo el mundo, en las condiciones actuales del conflicto global y del desarrollo tecnológico del capitalismo, resulta más un acto de lo que en un tiempo se denominó “infantilismo” de izquierda que un hecho revolucionario. ¿O no?

Las revoluciones tienen además de los rasgos que ya enunciamos antes, otra particularidad que las distingue. Ocurren contra viento y marea. Sustituyen un orden legal por otro. Modifican radicalmente los equilibrios de poder en favor de una clase o si fracasan, como contra revolución, en favor de otra.

En Venezuela ha tenido lugar una revolución.

Y los contenidos de una revolución no se analizan con frasecitas oportunistas ni recurriendo a una fraseología revolucionaria “ideológicamente servil”, ni “revoleando el poncho”, como mientras ocurren, sino afinando los instrumentos conceptuales con los cuales se procura comprender un fenómeno social poco frecuente y siempre y en todos los casos “excepcional”, en tanto que contiene singularidades propias de las características económicas y culturales del país o la región en que ocurren.

Salvo que se trate de un levantamiento generalizado en muchas naciones al mismo tiempo, en cuyo caso las causas pueden en general explicarse por razones estructurales bastante fácilmente identificables.

No es el caso. ¿O sí?

El autor de este mínimo texto ha procurado aportar al esfuerzo comprensivo del estado de situación de la democracia en la globalización con dos libros, uno ya publicado titulado, ““Hello Lenin”, efectos de la revolución bolchevique cien años después”, que presta mucha atención a los sucesos de Venezuela, y otro, “Los naipes están echados, el mundo que viene”, que se publicará durante 2018 aunque más de cuarenta capítulos del cual se han venido divulgando en https://gerardobleier.blogspot.com.uy y que se concentra en el análisis de la historia de los debates político culturales sobre los contenidos de la democracia.

Aquí lo que se procura hacer es una contribución interpretativa del hecho revolucionario en Venezuela cuyo propósito es evitar que el debate en la izquierda se procese “a los ponchazos”.

Esa es la humilde aspiración.

Vale la pena adelantar por ello, que tanto quienes someten a crítica a la revolución venezolana de 2017 como quienes defienden su pertinencia y sus contenidos tienen, como hemos dejado entrever en las líneas anteriores, razones subjetivas fundadas para hacerlo.

Esto porque la revolución venezolana es objetivamente muy singular y fue el resultado de los fenómenos desestabilizadores que enunciamos más arriba en la forma de inquietudes generales pero muy específicamente fue el resultado de que ningún estado puede ser gobernado en condiciones de estabilidad si los grupos de interés que en su interior confrontan no asumen un sistema de reglas de juego consensuado.

Y como resulta evidente que desde la muerte de Chávez tal acuerdo no pudo alcanzarse, una de las dos partes en conflicto habría de imponerse a la otra asumiendo el control del poder coercitivo del Estado.

Y eso fue lo que ocurrió en Venezuela.

El dictamen final, como siempre, será el resultado de los contenidos de la praxis política y esos contenidos únicamente podrán valorarse según cómo se desenvuelvan sus protagonistas, según los efectos de sociedad de las acciones que los impulsores de la revolución decidan implementar.

Mientras tanto, los acontecimientos en Venezuela demandan a los partidos de izquierda un esfuerzo interpretativo serio, una acción coordinada que evite toda intromisión externa en sus asuntos internos, un seguimiento crítico de los actos político - jurídicos de la Asamblea Constituyente.

A los gobiernos de América del Sur, entre tanto, corresponde buscar el modo de contribuir a que Venezuela no ingrese en las lógicas de una guerra civil alentada desde afuera, para lo cual es necesario alcanzar un acuerdo básico sobre cómo actuar políticamente en esa dirección.

Tal acuerdo no será sencillo de alcanzar, naturalmente, porque la crisis general de las instituciones capitalistas globales propicia que la presión de estas instituciones para evitar cualquier nueva alteración desestabilizadora a nivel global se desenvuelva muy acentuadamente.

Y una revolución es un hecho muy desestabilizador…

En particular para las burguesías y los grupos de privilegio de matriz oligárquica que sienten que necesitan disponer del control hegemónico del Estado pues en caso contrario corren el riesgo de perder sus privilegios a manos de otras burguesías productivamente más eficientes de estados nacionales más estables y más poderosos, militar y tecnológicamente más poderosos.

Hay que reparar en la enorme importancia de esta realidad que emerge a raíz de la dimensión competitiva de las formas de producción capitalista en la forma de espacios geopolíticos que disputan mercados (de materias primas y consumidores) entre sí.

Sectores muy importantes de la burguesía y de los hacendados productores agropecuarios necesitan Estados que desregulen todas las áreas de la actividad, el mercado de trabajo en particular, como está ocurriendo en Brasil de un modo salvaje, pero estableciendo políticas particulares que los beneficien directamente en las áreas que controlan casi monopólicamente.

Y, al mismo tiempo, las corporaciones que participan del juego neoimperialista de sus estados necesitan que el proceso de desregulación general de la economía se acentué en todos aquellos mercados en los cuales disponen de ventajas competitivas.

Cualquier pretensión de analizar los sucesos de Venezuela sin considerar con honestidad intelectual y crudeza este complejo escenario global no contribuirá a perfeccionar las condiciones institucionales y políticas a partir de las cuales es necesario pensar con criterios policlasistas la inserción de América del Sur en el mundo.
GB
(Continuará)

Asamblea Constituyente


viernes, 4 de agosto de 2017

Cien años de debates sobre la democracia


Capítulo 47 de “Los naipes están echados, el mundo que viene”

Cuando la revolución rusa tuvo lugar, el marxismo, o como prefería Marx, la filosofía de la praxis, no había completado los estudios necesarios para resolver conceptualmente los dilemas referidos a dos “problemas” que, sin embargo, se mostraron tan sustanciales como los referidos al modo de ser del capitalismo.

No disponían los revolucionarios europeos ni de un marco conceptual acabado para afrontar lo que por ese entonces comenzó a denominarse como “la cuestión nacional”, ni de un marco conceptual totalmente elaborado respecto de la “cuestión democrática”.

Y a raíz de la radicalidad que adquirieron los conflictos militares y político culturales durante buena parte del Siglo XX esos nudos conceptuales todavía no han sido suficientemente elaborados.

Casi todos los “problemas” de la democracia que en el presente momento histórico constituyen un dilema civilizatorio, emergieron como tales a principios del Siglo XX.

En el presente capítulo, extenso y denso, en cuanto que aparecen presentados esos problemas, la voz conductora sigue siendo la de Roberto Racinaro, aunque nuestro autor incorpora en su ensayo la opinión de múltiples autores.

Algunos de los “conflictos”, de las inquietudes teóricas que constituyen la sustancia de esos “problemas”, no es imposible sean considerados por algunos lectores como poco relevantes para analizar al mundo contemporáneo y efectivamente, en los últimos cien años han tenido lugar importantes transformaciones económicas y culturales que, en principio, pueden justificar esa percepción.

Pero en el discurrir de la lectura, se observará que, en esencia, el contenido de los conflictos tanto estructurales como culturales siguen caracterizados por los mismos fenómenos.

La democracia es “un principio organizativo puramente formal, que en sí y para sí, no puede pretender ningún valor universal e incondicional para cualquier objetivo organizativo”, apunta provocativamente Hans Kelsen.

La democracia, para Kelsen, recuerda Roberto Racinaro en el ensayo que estamos presentando, “No pretende un valor absoluto, y no podría ser de otra manera, si se toma en cuenta que es el producto de la disolución de todo valor absoluto. Por tanto, ésta es la carta principal que puede jugar a su favor: en la edad del politeísmo de los valores, de la pluralidad de los puntos de vista, la democracia -como la filosofía que la sostiene, el relativismo (ideológico), constituye la forma organizativa por excelencia”.

“La relatividad de los valores proclamados por una determinada confesión política, la imposibilidad de exigir, para un determinado programa político un valor absoluto, obliga de manera perentoria, a rechazar también el absolutismo político”, cita Racinaro al Kelsen de “Esencia y valor de la democracia”.

Y añade: “La coerción que no puede faltar ni siquiera en la democracia no puede justificarse más que con el consenso de la mayoría. Y la necesidad de defender a la minoría se deriva directamente de la convicción de que, como la mayoría no tiene la razón en sentido absoluto, tampoco la minoría tiene todo el error en sentido absoluto. Lo que caracteriza a la ideología relativista que sirve de base a la democracia es la “tendencia a la compensación mediadora entre dos puntos de vista opuestos”. Del mismo modo lo que distingue la política de la democracia es el compromiso: “cuanto más insistente es la crítica y cuanto más consciente de sus propios fines es la oposición de la minoría, tanto más adquieren el carácter de compromisos las deliberaciones de la mayoría y el compromiso es precisamente lo que caracteriza la política de la democracia”, enfatiza Kelsen.

En el análisis precedente de los contenidos ideales de la democracia, formulados por el principal teórico del Derecho de occidente no se asigna suficiente relevancia al origen del conflicto, y tampoco a las causas que explican la “necesidad” para las comunidades humanas singulares de recurrir a esos “procedimientos organizativos puramente formales”, pero estas tematizaciones irán apareciendo en la exposición de Racinaro, como en seguida veremos.

La burocracia

Posteriormente a presentar los rasgos esenciales de la concepción de la democracia de Kelsen, el filósofo italiano incorpora a su texto el problema de la burocracia en la organización del Estado: “Pertenece a Weber la definición, aceptada por Kelsen, de que el estado moderno es una “empresa” semejante a una fábrica. Lo que significa que le es propia una organización rigurosamente racional del trabajo basada en una técnica racional.

Esto plantea inmediatamente el problema de la burocracia: “Ya que es imposible renunciar a los conocimientos especializados tanto en la legislación como en la realización de la ley, es imposible renunciar a los conocimientos especializados y a una experiencia especializada; ya que, en general, no es posible una salvaguardia de los intereses sin una cultura especializada y sin una función profesional, basada en la misma, basada en la división del trabajo, la democracia – si no quiere caer de nuevo en un primitivismo económico técnico- no podrá renunciar nunca a un estamento de funcionarios de profesión o sea a órganos formados específicamente y profesionales”, anota Kelsen y reproduce Racinaro.

Y continúa: “Aquí nace ciertamente de manera simultánea una tensión en el interior de la democracia, ya que la burocracia tiende a convertirse en un poder autónomo. Pero no existen alternativas reales para la misma. Así lo demuestran no sólo la catástrofe administrativa de la Rusia soviética, sino también, y cita Racinaro a Kelsen: “las dificultades extraordinarias que, tanto en Alemania como en Austria se le presentan al partido socialdemócrata, cuyos jefes son de origen burgués, por el hecho de que en el ámbito del proletariado ese partido no dispone de las fuerzas calificadas que necesita para tomar posesión de la máquina administrativa aunque sea en la modesta medida que se requiere para un gobierno de coalición burgués-capitalista”.

La ventaja principal de la democracia mayoritaria está, (…) “precisamente en el hecho de que logra garantizar con la máxima sencillez posible de organización, una cierta integración política de la colectividad que forma el estado”, añade Kelsen.

Parlamentarismo / democracia

Posteriormente Racinaro concluye el fragmento de su introducción referida al análisis de la obra de Kelsen en relación con la democracia del siguiente modo: “Weber es el que afirma que “lo único que puede constituir el terreno en que crecen y se refuerzan por medio de la selección de las cualidades del jefe no simplemente demagógicas, sino más bien meramente políticas, es el parlamento que trabaja y no un parlamento que pronuncia discursos. Pero un parlamento que trabaja es un parlamento que controla continuamente la administración colaborando con ella”.

A partir de aquí comienza Racinaro a complejizar el análisis: Kelsen enfatiza a este respecto lo siguiente: “la contabilidad y el control son las funciones que el mismo Lenin no se cansa de pedir con la mayor insistencia para el pueblo organizado en los soviets”.

Y añade: “El punto de vista que se descubre a partir de la temática de la combinación entre procesos de difusión de la política (incorporación de las masas a la praxis política) y fases de “centralización” (organización institucional burocrática de los estados en competencia) permite aproximarse al tema de la relación entre intelectuales y política tal y como se va redefiniendo frente a las transformaciones republicanas de Alemania y Austria”, sostiene Roberto Racinaro en su introducción al libro Socialismo y Estado de Hans Kelsen.

Aunque en el fragmento de la introducción de Racinaro que compartiremos en seguida nos apartamos un poco de los temas centrales de “Los Naipes están echados, el mundo que viene”, el hecho de que en ese texto se exponga con tanto rigor intelectual los contenidos generales del debate sobre la democracia a principios del Siglo XX y luego su eco en la década del setenta en Europa, motiva aquí su publicación, tanto como el hecho de que se trata de un texto al que no es fácil acceder y del que conviene disponer.

Como estamos observando, en el proceso de reflexión intelectual sobre las condiciones político - jurídicas ideales de la democracia a principios del Siglo XX jugó un papel absolutamente determinante la revolución bolchevique y las reacciones de las clases dominantes ante esa revolución.

En las “Conclusiones” abordaremos en detalle el análisis crítico de los enunciados que ahora estamos compartiendo. Sigamos incorporando mientras tanto otros ángulos del problema.

Los problemas del “espíritu”

“En 1929, Carl Schmitt resumía en las famosas páginas de Das Zeitalter der Neutraliseierungen und Entpolitisierungen, (La edad de la neutralización y la despolitización), la actitud de los intelectuales alemanes en los años alrededor de la guerra mundial, con estos términos: “La generación alemana que nos precedió estaba dominada por la decadencia de la civilización que se presentó desde antes de la guerra mundial y que no tuvo necesidad de esperar el derrumbe de 1918 y el Der Untergang des abendlandes, (La decadencia de Occidente, publicada entre 1918 y 1923) de Spengler. En Ernst Troeltsch, Max Weber y Walther Rathenau se encuentran numerosas manifestaciones de semejante disposición de ánimo. El poder irresistible de la técnica se presenta aquí como dominio de la falta de espíritu sobre el espíritu, o como mecánica, tal vez empapada de espíritu, pero sin alma”, expone Racinaro en su ensayo sobre “Socialismo y Estado” de Kelsen al introducir la problemática referida al estado espiritual de la Europa de principios del siglo XX.

Y añade citando a Rathenau, (un intelectual empresario alemán muy influyente), que se trata de una época “seelenlos”, “sin alma”: “En los países civilizados, la fusión de los estratos sociales se lleva a cabo hasta en sus fragmentos; los estratos inferiores tienen el dominio espiritual, cuando no el visible, y al estar libre de presión, han disuelto sus energías expansivas en un incremento sin igual de la población. El doble fenómeno de la “mechanisierug” y de la “desgermanización” explica exhaustivamente todos los fenómenos de la época: la “mecanización” como consecuencia y como autodefensa de la concentración del pueblo y como causa del impulso hacia la ciencia, la técnica, la organización y la producción; la “desgermanización” como consecuencia de la reorganización de los estratos, como causa de la falta de fuerza directiva, de profundidad, de idealismo y de convicciones absolutas. La comunidad actual es semejante a una inmensa asociación productiva”.
(El lector de “Los naipes” recordará que tal estado de ánimo de las elites aristocráticas en relación con los procesos de modernización capitalista ya ha sido expuesto en los capítulos en que analizamos la obra de Weber).

Y continúa luego Racinaro: “La separación ocurrida entre filosofía y ciencias especiales, la crisis de la mecánica clásica y la consiguiente redefinición del principio de causalidad, la racionalización del trabajo y la “intelectualización” de todas las relaciones de la vida -que encuentra una manifestación particularmente simbólica en la consolidación de la metrópoli- el avance paralelo y aparentemente contradictorio de tendencias hacia el imperialismo y, al mismo tiempo, de tendencias hacia la “demokratisierung” (como consecuencia del papel que ya no es posible evitar, de las masas en la historia moderna): son, todos ellos, fenómenos que el Siglo XIX dejó en herencia a la época siguiente, cuyo destino político parece marcado de una manera precoz: “también en este aspecto la vida se uniforma y mecaniza y el destino del porvenir parece ser un cierto socialismo de estado, con su combinación de democracia e imperialismo”, según el Troeltsch (influyente intelectual protestante de los primeros años del Siglo XX), de “La esencia del mundo moderno”, que cita Racinaro.

“En la actualidad ya sólo es posible una política en beneficio de las masas, una política democrática, en otras palabras, una política que no tenga nada o muy poco que ver con vida espiritual superior de la nación (…) el estado va perdiendo poco a poco su carácter metafísico (…) no representa ya una determina visión del mundo; sino trata más bien de formar parte, bien o mal, del mediador, para equilibrar los distintos intereses de clase”. Cita también Racinaro de los apuntes que, durante la primera guerra mundial, escribió Thomas Mann en su diario personal.

Luego Racinaro vuelve a Weber: La seguridad que se “fundaba en la tutela de las autoridades centrales” desapareció: “La república pone fin a esta “seguridad” (...) la burguesía se ve obligada a contar de una manera exclusiva con su propia fuerza y con sus propias tareas”.

Y sigue diciendo el filósofo italiano: “El derrumbe de los antiguos poderes centralistas significa una transformación radical de la política, de la relación entre el estado y la sociedad civil. Estos “poderes” escribe una vez más Mann, “ya no están encima de nosotros y después de lo que aconteció ya no existirán nunca; el estado -querámoslo o no- cayó en nuestras manos, en manos de cada uno de nosotros, se convirtió en asunto nuestro, al que tenemos la obligación de servir bien; y esto y no otra cosa, es la república”.

Y agrega Racinaro: la República de Weimar es definida por Max Scheler (uno de los más importantes estudiosos de la “ética” en la historia de la filosofía), como la época del “Ausgleich”, de la “nivelación”: nivelación de las mentalidades, de las concepciones del mundo, de las religiones; nivelación de capitalismo y socialismo y en consecuencia, de las condiciones de las clases superiores en relación con las inferiores; nivelación entre los pueblos civilizados y los pueblos (relativamente) incivilizados en la participación en el poder político mundial; nivelación entre las ciencias especializadas y las de formación del hombre, entre trabajo intelectual y el trabajo manual. Entiéndase bien: la “ausgleich” – la “neutralización” para usar la expresión de Carl Schmitt- no constituye, para Scheler, una cosa que pueda aceptarse o no; es simplemente un destino inevitable. Sin embargo, es “tarea del espíritu y de la voluntad dirigir y guiar esta nivelación de las características de los grupos y de sus fuerzas de tal manera que corresponda a un “acrecentamiento de valor”.

Y ésta es -directamente elevada a un primer plano- también “la tarea de toda política” La política debe guiar este proceso de nivelación -que, en cuanto tal, es “destino”- de manera que, “avance con el mínimo de destrucción y dispendio”.

Siguiendo a Scheler continúa luego Racinaro: “No hay nada más erróneo que establecer una contradicción exclusiva entre democracia y élite. La democracia descubre las oposiciones (de clase, de partido, etc.) pero no las produce. Pero, en cuanto las descubre, delimita las tareas que debe cumplir la élite: “En la crisis peligrosa por la que está atravesando la democracia parlamentaria de casi todo el mundo, por causas muy profundas que aquí no se discuten, en su difícil lucha no ya como una vez contra toda especie de legitimismo conservador (…), sino contra las tendencias dictatoriales de derecha y de izquierda, podrá consolidarse únicamente cuando -quitándole, por así decirlo, las armas de manos de sus adversarios- sea capaz de producir y de tolerar una élite muy seleccionada, vivaz, activa, que le dé a la nación la unidad de cultura y de poder”, expone Scheler ya en la década del 20 del siglo XX.

En política, tanto para Scheler como para Weber domina la ley del “pequeño número”. El problema consiste, una vez más, en encontrar el modo de conciliar la élite -su función- con un mundo que parece haber cancelado toda diferenciación sólida; o en unir el “centralismo” de la decisión con un mundo que -al haber perdido toda “sustancia”, todo fundamento metafísico- parece estar dominado por la desconexión entre teología y política.

“Mi convicción -concluye Scheler- consiste en que la élite, en cuanto grupo que debe guiar la nivelación que llega por la vía correcta, no podrá inscribirse a ninguna iglesia positiva”. La vinculación a una iglesia “positiva” significaría la ilusión de poder deducir la legitimación de las “decisiones” de la élite de un fundamento ya inexistente.

Cuando Kelsen publica en 1925 el ensayo sobre el parlamentarismo ya había cambiado parcialmente la situación con respecto a 1920; en el sentido de que el objeto de un ataque concéntrico por parte de fuerzas políticas opuestas ya no es directamente la democracia, sino lo que constituye -según Kelsen- su complemento necesario en la época moderna: o sea, el parlamentarismo, precisamente. En última instancia, la condena de este último es, “al mismo tiempo, la condena de la democracia”, enfatiza Racinaro.

Y sigue: Weber ya había criticado la conveniencia de crear cuerpos electorales basados en “estamentos profesionales” en los que “las representaciones profesionales, unidas de una manera corporativa, serían al mismo tiempo cuerpos electorales para el parlamento”. Esto significaría, entre otras cosas, transformar el parlamento en “un mercado de compromisos de intereses meramente materiales sin orientación político – estatal (…) El astuto hombre de negocios y no el jefe político encontraría en el parlamento su beneficio, en tanto que esa “representación popular” sería verdaderamente el sitio menos adecuado para la solución de los problemas políticos, de acuerdo con puntos de vista políticos”, cita Racinaro al Weber de “parlamento y gobierno”.

Kelsen “confirma este tipo de análisis, sostiene luego Racinaro, al observar que la organización corporativa ha sido siempre “la tentativa de uno o varios grupos de dominar a los demás”. Surge en consecuencia la sospecha -continúa Kelsen- de que también las demandas recientes de este tipo de organización oculten en realidad “la sed de predominio de algunas coaliciones de intereses”: “¿No es por lo menos extraño que en las filas de la burguesía se invoque a gritos el encuadramiento corporativo, precisamente en el momento en que se proyecta la posibilidad de que el proletariado de minoría tal como ha sido hasta ahora se convierta en mayoría, en el momento en que el parlamentarismo democrático amenaza con volverse en contra de la clase a la que hasta ahora le había asegurado el predominio político”? escribe Kelsen en “El problema del parlamentarismo”.

La ventaja del parlamentarismo consiste, para Kelsen en que es el lugar en que se viabiliza el compromiso político como cultura.

Y afirma luego Racinaro citando a Kelsen: “Compromiso significa: posposición de lo que divide a los que deben asociarse, en beneficio de lo que los une (…) compromiso significa tolerancia recíproca. Y, en último análisis, toda integración social se vuelve posible únicamente en virtud de un compromiso (…) en la esfera del sistema parlamentario, el principio de mayoría se presenta como un principio de compromiso, de compensación de las antítesis políticas. Toda la forma de proceder parlamentaria apunta a la consecución de un camino intermedio entre los intereses opuestos, de una resultante de las fuerzas sociales antagónicas (…) a partir de la contraposición de tesis y antítesis de los intereses políticos surge en cierto modo una síntesis, que en este caso no puede ser más que un compromiso”. El parlamentarismo es, de hecho, para Kelsen y subraya Racinaro, “un compromiso indispensable entre la idea absoluta de libertad política y el principio de la división diferencial del trabajo”. O sea, el parlamentarismo permite realizar la cantidad de libertad – autodeterminación (de democracia) que es compatible con la división del trabajo.

“También para Weber una de las ventajas más importantes que presenta el parlamentarismo es el hecho de que permite establecer compromisos. En particular, dice, el parlamentarismo es necesario aun en las democracias electorales como “órgano de control de los funcionarios públicos y de la publicidad de la administración, como medio de destitución de funcionarios dirigentes ineptos, como lugar de aprobación del presupuesto y como medio de alcanzar compromisos de partido”.

“La democratización -escribe Weber- es, en el sentido de la nivelación de la organización profesional por medio del estado burocrático, una realidad. Queda únicamente una alternativa: o dejar la masa de los ciudadanos de un estado autoritario con estructura burocrática y con una apariencia de parlamentarismo, sin derecho y sin libertades, gobernándolos como una grey, o los insertamos en el estado en calidad de socio (…) Se puede despreciar en grado máximo la democracia (…) pero muy pronto nos daríamos cuenta de que todo esto ocurre a costa del porvenir próximo y lejano de Alemania. Todas las energías de las masas se emplearían entonces contra el estado en el que son únicamente objeto y del que no forman parte”.

Como se observará, los contenidos de este debate de principios del Siglo XX tienen mucha vigencia respecto de los conflictos que están caracterizando a la democracia en las primeras décadas del Siglo XXI. Lo que identifica a ambos procesos parece ser, pero por ahora lo dejaremos en suspenso, que a principios del Siglo XX emergía todo el enorme efecto destructivo del imperialismo mientras que a principios del Siglo XXI ocurre lo mismo como consecuencia de la globalización descontrolada: el expansionismo de varios Estados nacionales muy desarrollados en competencia.

Pero volvamos a los orígenes del problema.

Frederich Naumann, recuerda posteriormente Racinaro en su inteligente escrito, “había dicho, explícitamente, que la segunda parte de la Constitución de Weimar era una “empresa competitiva en relación con la constitución rusa”.

(Luego se leyó de esta suerte que el fracaso de la República de Weimar obedeció a que la misma “no tuvo la capacidad “decisionista”, que si tuvo la rusa. GB).

Y añade Racinaro citando a un intelectual alemán. “La confianza en la discusión pública, que era uno de los principios en que se apoyaba la teoría del parlamentarismo, tal y como había sido elaborada en el Siglo XIX, presuponía una unidad política como la de la burguesía de ese mismo siglo: “Cuando el proletariado ingresó al parlamento este principio había dejado de tener sentido” ya que “el parlamento ya no es, por lo tanto, el lugar de una discusión creativa, se ha convertido en el lugar en donde se explicitan públicamente intereses de clase contrapuestos, en tanto que las verdaderas decisiones acerca de los problemas políticos se toman en discusiones privadas y en comisiones y reuniones secretas”.

Racinaro, siguiendo con el análisis del intelectual socialdemócrata alemán Otto Kirchheimer en 1928 al que había citado, añade luego: “La realidad demostró lo correcto de la intuición que ya se encontraba en Weber: “una mayoría dentro del parlamento y un poder político efectivo pueden coincidir, pero no es necesario que coincidan. La mayoría y el poder son cosas distintas y la mayoría dentro del parlamento constituye únicamente una posibilidad – no la posibilidad absolutamente cierta- de conocer las verdaderas relaciones de poder”.

Finalmente Racinaro explicita este problema: “El acuerdo tácito entre las partes en lucha sólo es concebible dentro de los límites en que el poder del gobierno y su capacidad de decisión están rigurosamente circunscritos. La creación de todas las “funciones administrativas” reguladas legalmente, es decir, de las funciones administrativas que se establecen en gran cantidad precisamente después de que la tentativa liberal de sustraer completamente al estado la reglamentación de la economía se había mostrado irrealizable e indeseable, debe reducirse a la consecución de este objetivo. De este modo se trata de evitar toda decisión de poder: “cada cosa se neutraliza en cuanto se formaliza jurídicamente”. Se llega así a la paradoja de que “el valor de la decisión consiste en el hecho de que es una decisión jurídica que se pronuncia por una instancia universalmente reconocida, pero también en el hecho de que a pesar de esto contiene lo menos posible de una decisión de hecho. El estado vive del derecho, pero ya no es un derecho, es un mecanismo jurídico”, sigue diciendo Racinaro leyendo a Kirchheimer.

Y concluye este apartado: “Este formalismo, esta primacía del “mecanismo jurídico -que es el modo en el que el estado de derecho se presenta de nuevo después de la finalización de la época del liberalismo clásico- es “la característica específica del estado en la época del equilibrio de las fuerzas de clase”.

Y entonces Racinaro se ubica en uno de los nudos del problema: “Entre el sistema normativo y la facticidad (su efectividad funcional para administrar los conflictos de intereses) debe existir no una simetría reflexiva, sino una tensión entre un mínimum y un maximun de correspondencia. El carácter de validez de una norma jurídica depende siempre de la chance de que exista un comportamiento efectivo correspondiente a la norma. El problema de la positividad del derecho es por consiguiente también el “de la realidad en el interior de la esfera del conocimiento normativo”. (Es decir, de su posible o imposible neutralidad política. GB)

(Continuará)


lunes, 31 de julio de 2017

¿Qué es un orden jurídico y qué el Estado?

Capítulo 46 de Los naipes están echados, el mundo que viene



La obra de Hans Kelsen puede exponerse como el resultado de una larga y prolija investigación para responder a la siguiente pregunta: ¿cómo puede un orden jurídico como voluntad político – cultural consensuada democráticamente, como “deber ser”, administrar los conflictos de intereses durante el proceso de la civilización?

En su introducción al libro Socialismo y Estado, Roberto Racinaro presenta esta inquietud de Kelsen todavía sin someterla a crítica, del siguiente modo:

“La palabra “ley” se presenta repetidas veces (a diferencia de como ocurre en las ciencias naturales) cuando con ella se entienden proposiciones que prescriben un determinado evento, que establecen un deber ser (Sollen)”, y cita al propio teórico del derecho: “La lógica, la gramática, la estética, la ética y la ciencia del derecho son las disciplinas que se ocupan de esas “normas”: su modo de considerar se define, por lo tanto, como normativo”.

“Las leyes éticas y jurídicas, las normas de la lógica, de la gramática y de la estética, no son, como las leyes naturales, explicaciones de lo que existe; no afirman un evento efectivo, sino lo postulan”.

“El querer no pertenece al mundo del ser, es un evento psíquico y, por lo tanto, algo esencialmente distinto del deber – ser. El querer no puede ser un deber ser como no lo es tampoco el actuar. Porque tanto el querer como el actuar pueden ser contenido del deber-ser, pero nunca el deber ser mismo”, cita Racinaro a Kelsen.

“La ley natural no es un factor real que actúe en las cosas, sino que es únicamente una fórmula conceptual -simplificada, esquematizada, idealizada- destinada a explicar los hechos. No sucede lo mismo en el caso de la norma, ya que ésta “puede actuar”, o más bien su mismo objetivo consiste precisamente en fungir como causa, en ejercer – a través de esta voluntad -un influjo sobre la voluntad del hombre, en determinar esa voluntad. A diferencia de la ley natural, (cuando explica o procura explicar el fenómeno del movimiento de la energía, por ejemplo. GB) la norma no debe explicar lo que existe, debe crear un evento nuevo. Sólo que, además, la norma no vale porque actúa y dentro de los límites en que actúa; su validez no consiste en su acción, en su ser seguida de hecho, no consiste en un ser (evento) sino en un deber-ser. La norma vale en los límites en que debe ser seguida; el objeto de la norma es más bien su acción. Puede realizar su objetivo, pero no debe realizarlo necesariamente; también la norma que no tiene ningún efecto sigue siendo norma”. (Por ejemplo, las normas que establecen el derecho a una vivienda digna. -GB-).

“La matemática afirma, (para poder realizar ciertas operaciones) en contradicción con la realidad efectiva: el círculo es una elipse, la línea curva es una recta. Pero la ley no afirma -es más, no afirma nada en general- que el hijo adoptivo es un verdadero hijo (..) que el heredero indigno ha muerto antes que el testador. Sino más bien afirma, o sea establece -y este establecimiento no está en contradicción con ninguna cosa- que para el hijo adoptivo valen las mismas normas que para el hijo natural”. La jurisprudencia, pues, no tiene la tarea de comprender ninguna realidad efectiva, sino la de dar prescripciones para la acción y, en este sentido, la de “crear” una realidad”, sostiene Kelsen y explica Racinaro.

“No hay ninguna parte de la realidad natural que pueda considerarse derecho”, enfatiza Kelsen.

“Tanto la persona física, como la persona jurídica -añade Kelsen- viven en la representación de los juristas como una esencia que tiene una existencia autónoma, distinta del ordenamiento jurídico y que ordinariamente se designa como “portadora” de derechos y de deberes y a la que se le atribuye, unas veces más y otras veces menos, una existencia real”. En realidad, el concepto de persona (de sujeto jurídico) no es más que la “personificación, realizada con el fin de simplificar y visualizar un conjunto de normas”.

Continúa luego Racinaro, incorporando ahora al Estado como ejecutor de esa normatividad: “El carácter normativo del estado, en cuanto unidad supra – individual, se aclara si se considera en oposición con la concepción tradicional de la relación individuo – sociedad, que ordinariamente culmina en la contraposición entre el individuo particular y el estado. Se trata de una contraposición que domina todavía, por ejemplo, la sociología de Simmel, para el que la evolución de las formas sociales no consiste en el último análisis, más que en la tentativa continuamente renovada de conciliar la unidad y la totalidad del individuo (orientadas hacia el interior) con su papel social, o sea, en el esfuerzo “de salvar la totalidad de la sociedad de la ruptura causada por la autonomía de sus partes”.
“Esta interpretación del problema de la unidad social está, en realidad, muy lejos de conducir a su formulación teórica, desde el momento que en este caso la unidad social es entendida simplemente como abstracción de las distintas acciones y voliciones de los distintos individuos”.

Este modo de plantear el problema puede conducir a la cuestión -que es sin embargo de carácter práctico – político y no teórico- de cómo es posible conducir los individuos a un comportamiento igual.

El problema de la sociología teórica es distinto: “cómo se debe entender la unidad social”. La idea de la unidad social -objeta, Kelsen a la sociología simmeliana- “no se vuelve problemática cuando esta unidad es cuestionada o destruida por cualquier “conflicto” de los individuos que constituyen la unidad, sino más bien esta unidad no puede dejar de ser concebida como existente a pesar del conflicto, a despecho del conflicto, cuando esta unidad debe tener su consistencia, su validez, independientemente de la voluntad y de la acción de los individuos que se mantienen unidos en la misma”.

“Cuando el problema se plantea en estos términos, se descubre que la única solución consiste en concebir lo que se define como la “voluntad” del estado (y que coincide con el mismo) como algo esencialmente distinto de la voluntad psíquica, empíricamente real, de los distintos individuos”, enuncia Racinaro procurando explicar a Kelsen.

“La unidad del fin, no puede ser la concordancia factual de las voliciones empíricas, sino sólo la unidad de una finalidad objetivamente válida, o bien, un sistema de finalidades: o sea, un sistema de normas”, concluye Kelsen y cita Racinaro.

“Además, si la unidad de las acciones que organizan sólo está dada en la unidad de las leyes jurídicas (o sea, de las normas jurídicas) la distinción del estado, junto con la disposición, la organización y el derecho, no es más que una duplicación superflua. No existe en realidad diferencia alguna entre el derecho como “portador de la unidad de todas las disposiciones” y el estado como “portador de la unidad de todas las organizaciones”. Por esta razón Kelsen puede concluir en un concepto de estado puramente jurídico”, subraya Racinaro.

Y sigue: “La idea puramente jurídica de estado sólo puede ser comprendida en su propia legalidad específicamente jurídica: y esto está demostrado, entre otras cosas -según Kelsen- por el relativo fracaso a que se expone el psicoanálisis freudiano en su tentativa de elevar el problema de la “masa” a problema de la unidad social, del nexo social en general.

Freud se aproxima mucho a la sustancia del problema cuando, al distinguir entre las masas primitivas y transitorias, por una parte, y las masas artificiales y estables, por la otra, parece querer identificar las primeras con las que tienen un jefe directo y las segundas con las que sustituyeron el jefe con una idea abstracta (que podría encarnarse en un jefe secundario).
“El estado parece ser ante todo una “masa” del segundo tipo. Pero si se observa más de cerca, entonces, el estado no es esa “masa”, sino más bien la “idea”, una “idea guía”, una ideología, un contenido específico de sentido, que se distingue de otras ideas – como la religión, la nación, etc. -, sólo a causa de su contenido particular”.

El proceso psíquico a través del cual las masas sin jefe se forman sustituyendo la personalidad concreta del jefe por una idea abstracta es, en efecto, siempre el mismo, y no hay ninguna diferencia relevante entre nación, religión y estado, anota Racinaro. “Estos fenómenos sociales se presentan como estructuras diferenciadas únicamente desde un punto de vista orientado a su contenido específico, únicamente en cuanto son comprendidas como sistemas ideales, como relaciones conceptuales específicas, como contenidos espirituales, y no en cuanto son comprendidos como los procesos psíquicos que realizan, que llevan estos contenidos”.

Y complementa: “Según Weber, la sociología debe “comprender interpretándola” la acción social referida al comportamiento de los demás y debe explicar, en consecuencia, en su discurso y en sus efectos, de una manera causal. A que, si los hombres le dan un sentido a su comportamiento, si su actuación es racional, entonces su contenido no puede dejar de corresponder al contenido de conceptos definidos, que tienen su lugar en sistemas conceptuales definidos, distintos uno del otro. El físico, que hace un experimento, el comerciante, que vende una mercancía, actúan de modo que su acción esté guiada por un conocimiento o por una concepción determinados, y el que quiera “comprender interpretando” no puede dejar de reflexionar, y reproducir, su comportamiento. Unas veces existen leyes físicas, otras veces normas jurídicas a las que no puede dejar de referirse “la interpretación” y sólo a causa de las cuales esta última puede tener éxito”.

Luego Racinaro procura explicar a Weber. Subraya. “Se puede decir por lo tanto que la sociología comprensiva está obligada a deducir sus principios interpretativos de otras esferas y, en ese sentido, es completamente no – autónoma. Su tarea consiste en darle el sentido de una acción en la que, sin embargo, por “sentido” Weber entiende dos cosas distintas: “el sentido de hecho intentado subjetivamente, en un tipo puro construido conceptualmente, por el agente o por los agentes tomados como tipo”- En este segundo caso, la sociología construye un esquema interpretativo, un tipo ideal. Todo comportamiento irracional, no útil, se interpreta como una “desviación” con respecto al desarrollo que debería esperarse de acuerdo con un comportamiento racional ejemplificado en una forma paradigmática en el esquema”.

Y sigue Racinaro comparando a Weber con Kelsen: “Esto significa que un comportamiento determinado sólo puede entenderse en relación con un sistema de finalidades. Se empieza a intuir, por tanto, la identidad sustancial del concepto de estado de la “reine Rechtslehre” y el concepto de la “verstehende soziologie”: la desviación con respecto a un sistema “puede significar”, en efecto, “una correspondencia con otro sistema de finalidades”. Por lo tanto, sólo puede “comprenderse” un sistema de finalidades, relación lógica. Éste sólo debe señalarse en relación con Weber, porque el “estado” en el sentido de la sociología comprensiva es evidentemente un “tipo – ideal”, una construcción conceptual de una acción rigurosamente racional con respecto a la finalidad, o sea, a un sistema de finalidades concebido que se usa como esquema interpretativo de la acción humana”.

“La sociología comprensiva apunta ciertamente según Weber al comportamiento real. Pero sólo se puede comprender este comportamiento en cuanto corresponde, desde el punto de vista de su contenido, al sistema de finalidades ideales concebido. Así pues, todo el proceso interpretativo culmina, en último análisis, en la comprensión de este sistema de finalidades”, explica Racinaro.

“Cuando Weber define el estado moderno al caracterizarlo, desde el punto de vista formal, con la existencia “de un ordenamiento administrativo y jurídico”, que dispone de una manera estable lo necesario para el mantenimiento de los ordenamientos mismos, admite indirectamente la coincidencia del Estado con el ordenamiento jurídico, que es un núcleo central de la “reine Rechtslehren” (Teoría pura del Derecho de Kelsen)”, anota.

“La importancia primaria, verdaderamente fundadora, del concepto normativo del derecho está contenida de un modo sólido precisamente en el método de la sociología comprensiva” Y la confirmación ulterior y definitiva de esto se encuentra en el mismo carácter “monopolista” del Estado, que Weber reivindica como segunda característica importante del estado moderno, cuando afirma que “un uso “legítimo” de la fuerza sólo llega a ser posible en nuestros días en cuanto el ordenamiento estatal lo permite o lo prescribe (…) Este carácter monopólico del poder estatal es una característica tan esencial de la situación actual como lo es su carácter de instituto racional y de empresa continuada”, enfatiza.

El concepto de “monopolio” no es, en efecto, más que la imagen, tomada de la esfera de la economía, capaz de configurar el concepto de soberanía. El carácter “monopólico” del poder del estado, cuyo carácter constitutivo – o en términos jurídicos, la soberanía- sólo existe para el campo del estudio normativo. “Sólo desde este punto de vista jurídico – normativo, es correcto afirmar que únicamente “existe” una constricción legítima dentro de los límites en que el ordenamiento estatal la permite o la prescribe”.

“Es muy significativa, dice Racinaro, la relación que establece Kelsen entre: 1) desarrollo impetuoso de las ciencias naturales (entre los siglos XVIII y XIX), basadas en el principio de la causalidad; 2) consolidación de la filosofía de la historia de Hegel, fundada en la negación de la oposición entre deber (Sollen) y ser (Sein) y en la convicción de que el “valor” se realiza inmanentemente en el desarrollo factual; y, finalmente, 2) nacimiento del marxismo como heredero de una concepción causalista del desarrollo y de la filosofía totalizadora de la historia”.

“La relación reflexiva entre clase dominante y estado, que sirve de base a la concepción del estado como medio de explotación de la clase dominante sobre el proletariado pone de manifiesto, desde (el punto de vista de Kelsen) la permanencia en el interior del marxismo de una conexión con la antigua concepción del “determinismo” absoluto que es sólo la otra cara de la convicción de la existencia de un fundamento metafísico”, del Estado, dice Racinaro.

Había dicho antes el intelectual italiano: “cuando la clase burguesa abandona toda seducción cripto – anarquista, al despedirse definitivamente de la “metafísica” del liberalismo, para convertirse a un estatismo extremado: a partir de ese momento en adelante, recuerda Kelsen, “el concepto de estado ya no es para ella la expresión de una posición metafísica cualquiera, sino más bien -y de una manera totalmente simple- un medio de técnica social para la consecución de objetivos políticos”. (Marx oder Lassalle)

“La teoría pura del derecho se puede definir como “pura” en cuanto su función es simplemente cognoscitiva, totalmente “valorativa” y “anti – ideológica”: “en el sentido de la teoría general del estado no se discute de la justicia de un contenido del ordenamiento estatal; esto es tarea de la Política”, para conservar su pureza la allgemeine Staatslehre “debe atrincherarse seriamente contra toda posible intromisión de carácter específicamente político” partidario, argumenta Racinaro procurando interpretar a Kelsen.

“El análisis crítico acerca del concepto de estado, llevado a cabo por la teoría pura conduce a considerarlo simplemente como un punto de atribución: y consiste en el sistema de normas a causa del cual se pueden calificar algunos comportamientos como estatales. Esto no quita que el hecho de que el estado sea un ordenamiento coercitivo: el estado -dice Kelsen, del mismo modo que Weber- es un Herrschaftsverban, una asociación de dominio. Sólo que la “coerción” de la que aquí se habla no puede referirse simplemente a la “factibilidad” de la coerción misma. Si fuera sólo esto, “las relaciones que habría que entender como “estado” no podrían ser distintas de las demás relaciones causales y deberían considerarse como relaciones de “mera violencia”. “El hecho de que un hombre domine a otro, o sea, que la voluntad de uno se convierta en motivo de la voluntad de otro, no puede caracterizar al estado. Sino más bien el hecho de que exista un ordenamiento sólido, de acuerdo con el cual uno debe mandar y otro obedecer”. Lo que está directamente conectado con el problema de la legitimidad como elemento característico del estado moderno, de acuerdo con lo que se señaló en Weber”.

Y continúa Racinaro: “El carácter anti naturalista de esta concepción del estado, en cuanto ordenamiento jurídico, no significa que el ordenamiento mismo sea totalmente indiferente a su correspondencia o falta de correspondencia con la efectividad. La relación entre un sistema de normas válidas y los acontecimiento efectivos debe definirse en consecuencia, en el mismo sentido en “que se comprueba un límite superior y uno inferior: la tensión no puede exceder un maximun ni estar por debajo de un minumum” (Kelsen)

En este aspecto, el concepto de estado de la teoría pura permite interiorizar el conflicto, en el sentido de que conduce a concebir una unidad social que no sólo no es cuestionada por parte del “conflicto”, sino que no puede dejar de ser concebida directamente como “existente”, a pesar del conflicto, puesto que “esta unidad debe tener su subsistencia, su validez, independientemente de la voluntad y de la acción de los individuos que se mantienen unidos en la misma”. (Kelsen)

Y Racinaro anota para concluir la presentación de este núcleo conceptual: “La conclusión de este discurso es que el estado debe concebirse como un medio de técnica social para la consecución de fines políticos, medio que en cuanto tal puede utilizarse de diversas maneras. Es restrictiva, por lo tanto la concepción que descubre en él exclusivamente el instrumento con el que la clase dominante se asegura la explotación del proletariado: “cuando más profundamente la organización estatal de dominio penetró durante el último siglo en el cuerpo de la sociedad, cuanto más ciertas relaciones sociales, dejadas anteriormente al libre albedrío, tanto más grande se volvió también el contrapeso que se creó a la oposición de clases, que se agudizaba desenfrenadamente en el libre juego de las fuerzas económicas. Ciertamente ni siquiera la legislación político – social de las últimas décadas pudo derrotar radicalmente la oposición de clases y la explotación económica. Pero puso de manifiesto que el medio político, es decir, el estado, es capaz de actuar en la dirección de la superación de la oposición de clases, que depende únicamente del contenido del ordenamiento constrictivo estatal y hasta qué punto el ordenamiento económico capitalista (…) puede ser removido y sustituido por otro”, dice Kelsen en Sociedad y Estado y cita Racinaro.

Cuando concluyamos la presentación de todos los aspectos conceptuales que resulta necesario analizar para comprender la complejidad de la dialéctica: economía capitalista, Estado, Derecho, democracia, comenzaremos a observar qué efectos prácticos han tenido las diferentes proposiciones tomando como referencia si han contribuido o no a incrementar la democratización de la sociedad.

(Continuará)

El Leviatan imaginado por Hobbes para representar al Estado

sábado, 1 de julio de 2017

¿Puede la clase obrera utilizar al Estado para sus fines emancipatorios?

Capítulo 45 de Los naipes están echados, el mundo que viene

A mediados de 1923 se publicó la segunda edición de Socialismo y Estado, una investigación sobre la teoría política del marxismo, de Hans Kelsen.

En 1978, el intelectual italiano Roberto Racinaro publica en Italia la obra de Kelsen con una Introducción que, en la forma de ensayo, constituye un riguroso esfuerzo por analizar los contenidos sustanciales que Kelsen procuraba abordar en polémica con corrientes marxistas ya estalinistas y con corrientes que, sin serlo, tendían a subvalorar la significación política del Derecho en la Europa post revolución bolchevique.

Racinaro decide además de presentar los contenidos de este debate, dar una vuelta de tuerca más en su ensayo. Introduce los contenidos principales de la polémica que Kelsen sostendría luego, más o menos en la misma época, con el teórico nazi Karl Schmitt.

Lo hace porque en ambos casos, lo que comienza a analizarse es si el Derecho puede o no cumplir una función civilizatoria en la contención de los conflictos sociales y geopolíticos radicalizados que caracterizaron a las primeras décadas del Siglo XX.

Estos apuntes de Racinaro sobre la polémica Kelsen – Schmitt constituyen, por otra parte, el origen de una operación intelectual “posmoderna” emprendida más tarde por Slavoj Žižek y el argentino Ernesto Laclau, cuyo propósito consistió en intentar sustituir al marxismo como marco conceptual de los procesos de transformación democrático igualitaria de la sociedad para colocar en su lugar… ¡al populismo!

El marxismo emerge culturalmente como crítica de la ideología, es decir, como crítica entre otras composiciones ideológicas, del populismo…

Unos pocos años después, en la década del 80, ya no el Derecho, sino el Estado mismo, comenzaría a ser nuevamente puesto en debate desde una perspectiva de vocación marxista, pues la ya evidente y definitiva crisis del estalinismo (el burocratismo estatalista como vía para iniciar la superación del capitalismo en un solo país o en un conjunto limitado de ellos) ponía en evidencia que muchos de los problemas teóricos del marxismo en el Siglo XX derivaban de la ausencia de una teoría general sobre las relaciones entre economía capitalista, Estado, Derecho y democracia.

En los debates de la década del 80 fueron protagonistas destacados otros dos intelectuales europeos, Ralph Miliband y Nicos Poulantzas.

Lo que estos esfuerzos intelectuales, el emprendido por Racinaro y el emprendido por Miliband y Poulantzas ponían de manifiesto es que la intervención brutal de la Unión Soviética para aplastar la Primavera de Praga había expuesto con crudeza la descomposición irreversible del socialismo estatal burocrático concebido, o mejor, “implantado” por el estalinismo, y sugerían, con la misma crudeza, que poco podía esperarse de ese proceso político en cuanto su capacidad regenerativa del movimiento socio cultural que se propone iniciar la superación de la sociedad dividida en clases.

La cuestión democrática por ello mismo volvió a adquirir enorme relevancia en el pensamiento de izquierda.

Pues eso es lo que buscaban los comunistas checos y por ello fueron aplastados, repensar el problema de la democratización de la sociedad.

Es bajo el impacto de estos acontecimientos y del mayo francés, que el filósofo italiano Roberto Racinaro escribe su larga introducción, densa y sutil, a la traducción italiana de “Socialismo y Estado” de Hans Kelsen.

Como el ensayo de Racinaro expone buena parte de los dilemas que la izquierda procesó muy inconsistentemente durante el siglo XX, vamos a compartir poco menos que íntegramente sus contenidos.

Y más adelante haremos lo mismo con el debate que sostuvieron Miliband y Poulantzas.

Luego presentaremos una síntesis última del intercambio crítico entre Hans Kelsen y Pashukanis sobre los contenidos estructurales del derecho, sobre su función social.

Los lectores que no pretendan y es totalmente razonable que no pretendan, interiorizarse de los aspectos técnicos del debate sobre las complejas relaciones entre economía capitalista, Estado, Derecho y democracia pueden saltearse los capítulos que siguen, pues en las “Conclusiones” del libro que ahora leen podrán acceder a los contenidos políticos de los aspectos de aquellos debates que ahora presentamos en cuanto resulten todavía relevantes para establecer la potencia civilizatoria, siempre que logre efectivizarse institucionalmente, de la democracia en el Siglo XXI.

“La crisis del marxismo (de la teoría política del marxismo) señala Kelsen, surge precisamente en el momento en que la clase obrera, al convertirse en clase dirigente y gobernante, debe renunciar a su antigua teoría política (la temática de la “extinción” del estado), al darse cuenta, sobre todo, de la nueva relación entre el estado y la economía que se establece en la edad del capitalismo monopolista y de las posibilidades inéditas de utilización del Estado (por parte de la clase obrera), que de aquí surgen”, sostiene el intelectual Roberto Racinaro como presentación de su trabajo.

Y añade: “lo que salta a la vista (en ese debate) es, por una parte, una profunda trasformación de la forma de la racionalidad, que, al poner en crisis la desconexión weberiana entre el conocimiento de los medios y el conocimiento de los fines (ética de la responsabilidad – ética de las convicciones) plantea nuevamente el problema de la relación entre racionalidad y “vida” (…) y por un proceso de difusión de la política misma, a la que le corresponde, en el reverso de la medalla, un proceso paralelo de “centralización” de la decisión política”.

Cuando Racinaro se refiere aquí a la desconexión weberiana entre ética de la responsabilidad y ética de las convicciones alude a lo posición de Max Weber según la cual los hombres de Estado, en la forma del Estado nacional surgido a principios del siglo XX en el proceso de competencia imperialista por el naciente mercado global, deben en su praxis priorizar la “razón de Estado”, la toma de decisiones en función de los intereses del Estado nacional mientras que en la praxis política, en la competencia política, primarán la aspiraciones “ideales”, finalistas, de los políticos.

“El debate sobre la democracia y el parlamentarismo, sobre la nueva relación entre “técnica” y política, sobre la forma política más congruente con la exigencia de la “socialización” (de los medios de producción), sobre las formas de legitimación, etc., encuentran aquí su fundamento. Por lo cual, esquematizando, en una primera aproximación, tal vez no sea arriesgado decir que el problema real sobre el que Kelsen llama la atención junto con la temática de la “crisis del marxismo”, (posterior a la muerte de Lenin) es: hasta qué punto y dentro de qué límites, la clase obrera es capaz de readaptar sus instrumentos analíticos en relación con estas transformaciones reales, sin quedar atrapada por el uso (en términos de revolución pasiva, o abiertamente reaccionaria) que la clase dominante hace de estas transformaciones en la reconstrucción de las formas de su hegemonía”, dice Racinaro en la introducción de su texto.

Cuando abordemos, bastante más adelante, el esfuerzo de síntesis de los contenidos que ahora se presentan, incorporaremos nuevamente al análisis de los problemas teóricos referidos a la calidad de la democracia a algunas obras de Lenin (Las Tesis de Abril y discursos posteriores a la revolución rusa) y de Trotsky (La revolución traicionada), que nos permitirán disponer de una visión completa del conjunto de los dilemas conceptuales que nos ocupan.

A juicio del autor de este escrito León Trotsky no realizó aportes TEÓRICOS relevantes en relación con la cuestión democrática, imbuido como estaba de la aspiración revolucionaria surgida en el Siglo XIX y atrapado mentalmente en su resentimiento contra el estalinismo, pero fue el primer intelectual que procuró realizar un diagnóstico crítico de matriz marxista respecto a la deriva autoritaria de la revolución bolchevique luego del fallecimiento de Vladimir Ilich Lenin.
(Continuará)


miércoles, 28 de junio de 2017

¡Es la política, compañeros!


La dialéctica gestión sistémica / voluntad transformadora democrático -igualitaria ha llegado a su mayor punto de tensión desde que el Frente Amplio accedió al gobierno nacional en Uruguay.

¿Cuál es el contenido de esa dialéctica, de ese conflicto?

El que se deriva de que la izquierda, cuando gobierna, además de gestionar eficientemente la economía y las instituciones (macroeconomía, empresas públicas, inversiones públicas, microeconomía, etcétera) para que la nación produzca suficiente riqueza a efectos de poder intervenir en la distribución social de la misma, considera estratégicamente necesario también intervenir sobre la democratización de la sociedad.

Tender a la igualdad en el más profundo sentido de viabilizar la capacidad de cada ser humano para que desenvuelva todo su potencial creativo, intelectual y productivo.

Y esto último que se enuncia muy simplemente, en dos líneas, para ser ejecutado como política necesita vencer inmensos obstáculos: privilegios desmedidos, estructuras que tienden a reproducir privilegios ya adquiridos, (algunos legítimos y otros no tanto), desigualdades crónicas, intereses de muy diversa naturaleza que operan según lógicas cortoplacistas o burocráticas, (que defienden sus propios privilegios aun cuando en ocasiones estos perturban el proceso democratizador general) …

Estos obstáculos sólo pueden ser resquebrajados (muy pacientemente) cuando la sociedad empuja al proceso transformador en cientos de formas prácticas: luchas sociales, acciones innovadoras, críticas, propositivas...

Muy frecuentemente en estos procesos se producen empates.

Cuando eso ocurre, resulta necesario reactivar al espíritu transformador mediante la elaboración colectiva, lo más consensual posible, de una nueva agenda transformadora.

Una nueva agenda transformadora que tome en cuenta lo ya realizado, lo que ha sido mal ejecutado y lo que falta por transformar en la dirección democrático-igualitaria, contenido sustancial que constituye la razón de ser de la izquierda uruguaya organizada políticamente.

Por unos minutos, hagamos abstracción de un hecho importante respecto del cual en realidad no es posible abstraerse, pero necesitamos hacerlo para hurgar hacia adentro de nosotros mismos: la praxis desestabilizadora de los grupos de privilegios cuyo objeto es siempre embarrar la cancha para recoger alienación sistémica, obediencia sistémica (reproducción del statu quo) y la acción de las fracciones más conservadoras de esos grupos de privilegio cuyo objeto es sembrar desconfianza en la praxis política, pues ella, esa praxis, siempre tiende a limitar sus privilegios.

Luego procuremos identificar en lo más hondo del conflicto de clases, el origen de otros malestares, ya no el de los grupos de privilegio capitalistas, sino el de unos cuantos sectores de la sociedad, básicamente compuesto por profesionales, funcionarios más o menos calificados del estado y pequeños productores, (la clase media / clase media) que sienten que el proceso de “modernización” institucional se desenvuelve muy lentamente o que por el contrario, sienten que se desenvuelve sin una participación democrática radical antes de adoptar algunas decisiones.

El término “modernización” es sinuoso y ambiguo, pero dice rápido lo que constituye el objeto de la tensión: cómo perfeccionar la competitividad de la economía nacional al mismo tiempo que se democratiza la gestión de la riqueza socialmente producida, pues únicamente así es posible (en el mundo actual) viabilizar el desarrollo cultural y tecnológico de una sociedad para que mejore la calidad de vida de sus integrantes.

La economía uruguaya ha logrado crear la base de un desarrollo sustentable y en general, regenerar las instituciones para lograrlo: Agencia Nacional de Desarrollo, la ANII, revolución en la producción de energía, revolución en la inversión y extensión en las tecnologías digitales, incremento de la inversión en educación y en el sistema universal de salud, polos tecnológicos, comunidad científica con dedicación total, sinergias dinámicas como en el universo del software y el diseño o en algunas áreas de la producción agroindustrial, el sector servicios, etc.

Pero el país no crea todavía suficiente nivel de riqueza como para incrementar los recursos necesarios que permitan acelerar el proceso de dinamización de la sociedad civil.

La mentalidad del “lo atamos con alambre” de algunas estructuras de funcionarios públicos librados a la indigencia presupuestal durante décadas todavía no ha podido ser derrotada totalmente, porque la sociedad civil no genera los suficientes niveles de empleo como para que la mayoría de los jóvenes aspiren a desenvolverse en ella, en lugar de “atornillarse” a algún puestecito estatal las más de las veces existencialmente no estimulante, pero que asegura un “mínimum”.

Al mismo tiempo, unos cuantos grupos de trabajadores de diferentes áreas siente que han puesto mucho de sí para impulsar el proyecto democrático – igualitario y no se los trata, sin embargo, con suficiente respeto, antes bien se los somete a crítica no siempre seriamente argumentada: los docentes, los maestros, los trabajadores de algunas empresas y administraciones públicas.

Y todavía un grupo de tecnócratas políticamente superfluos, (buena parte de ellos concentrados en el Ministerio de Economía), dicta cátedra con soberbia sobre todo y en todas la áreas, oculta información con el muy democrático criterio de que los demás “no van a entender”, pero nadie sabe dónde estaban esos señores, por ejemplo, cuando miles de trabajadores tomaban las calles para derrotar a la dictadura o cuando se trataba de entusiasmar a la sociedad con el proyecto transformador.

El rol del Estado en general, en la economía de un país demográficamente poco poblado, es siempre muy relevante si la sociedad que lo constituye aspira a preservar autonomía en la globalización.

Un estado activo, que por lo tanto demanda importantes recursos, únicamente puede administrarse en beneficio de la comunidad si al mismo tiempo la sociedad civil es muy dinámica o si se accede a recursos naturales que aportan ingentes cantidades de capital de vez en vez: el cobre en Chile, el petróleo en Ecuador...

Cuando no se dispone de esos recursos naturales (y estratégicamente siempre) únicamente el dinamismo de la sociedad civil y la calidad funcional del aparato del estado (su no burocratización) pueden generar los niveles de calificación cultural y riqueza necesarios para viabilizar un desarrollo sustentable.

El dinamismo de la sociedad civil por lo tanto, no puede quedar atrapado (en empate perpetuo) entre la incapacidad de la gestión política gubernamental para reunir la masa crítica que impulse las transformaciones democratizadoras y grupos de tecnócratas economicistas o unos pocos sindicatos estatales lumpenizados, pues en tal caso el desaliento, y no el espíritu transformador, termina prevaleciendo.

El empate perpetuo, por lo demás, pone en evidencia que algo anda mal en el partido político que como intelectual orgánico y como hacedor de política se propone la democratización de la sociedad.

¿Cómo se aborda con seriedad este problema que ocurre en general por muy diversas razones y cómo se atiende al malestar que produce en vastos sectores, también diversos, de la sociedad?

Incluso cuando por momentos se desborda en tonterías retóricas, (ese malestar) como en una reciente nota sobre la educación en la que se exige a no se sabe bien qué actores que no sean idiotas.

La nota se titula algo así como “es la política, idiota”, y cuando la leí pensé que estaba criticando al presidente de la República y a la ministra de Educación, porque, ¿quién tiene que crear las condiciones de cualquier liderazgo político transformador sino el que tiene capacidad institucional para hacerlo?

Ya sea esta capacidad institucional estatal o partidaria.

Pero dejemos este tema menor de lado.

Abordemos lo esencial, pues en este momento de la historia del país algunos temas coyunturales, el debate sobre la inversión pública, la crisis de nuestros vecinos, la inestabilidad mundial, están generando problemas también coyunturales que no son los que nos interesan aquí, pero que sería infantil no tenerlos en cuenta, no mencionarlos, como parte del problema que analizamos.

Lo esencial que consideramos oportuno subrayar es lo siguiente: el dinamismo de una sociedad únicamente neutraliza a todas las formas legítimas (la inquietud por asegurar ingresos y prestaciones básicos) e ilegítimas del conservadurismo, (la pretensión de hacerlo incluso a costa del dinamismo económico y cultural de la nación) si la masa crítica que impulsa las transformaciones democrático igualitarias resquebraja toda estructura más o menos de casta, toda practica amiguista o clientelar y con paciencia y sabiendo muy bien hacia dónde se dirige empuja sin fisuras el proceso transformador.


Es entonces cuando reúne en la sociedad las fuerzas necesarias para avanzar.

Estos procesos frecuentemente necesitan líderes que le den coherencia política y técnica al proyecto, pasando por arriba de los intereses creados NO LEGITIMOS que se expresan en formas de sectarismo, chacras de poder, corporativismos, etc.

¿Cuenta AHORA la izquierda con esos líderes?

Un porcentaje muy importante de la población no los vislumbra todavía, razón por la cual, el pasado, en la forma de las muchas consecuencias de la crisis estructural que afectó al país durante décadas, y que dejó secuelas que no se resuelven a golpe de voluntarismo, pero tampoco según lógicas burocráticas, sigue prevaleciendo sobre la convicción de que un futuro mejor para todos puede alcanzarse en relativamente poco tiempo.


Lo angustiante es que efectivamente puede alcanzarse en relativamente poco tiempo.

Eso sí, para lograrlo hay que “producir” alta política, gestionar con solvencia, y convocar y reunir a lo más dinámico de la sociedad detrás de los objetivos transformadores, en lugar de matarse a codazos para conseguir un puestecito para algún amigo, expulsar a los que traen espíritu de cambio porque “molestan”, denigrar a los trabajadores porque luchan por preservar sus conquistas, abrogarse la propiedad privada de la moral y las buenas costumbres, oír poco y sentenciar mucho, posar para la foto pero embarrarse nada, y toda una serie de posturas y comportamientos que el “sálvese quien pueda” que caracteriza al capitalismo contemporáneo desparrama implacablemente sobre la sociedad.

El modo de desenvolverse tecnológicamente la globalización desparrama, además de comportamientos egoístas, temores fundados: los trabajadores bancarios que comienzan a ser prescindibles por la expansión en condiciones de seguridad de la atención a los clientes a través de la web, los trabajadores manuales a los que si no se capacita serán prescindibles a partir de la robotización radical de los procesos que ya comenzó y es indetenible, la radicalización de los conflictos políticos en muchas regiones, entre ellas la nuestra, como muestra la situación de nuestros vecinos, que abonan cierto desasosiego respecto a nuestra capacidad de contar con ellos en cuanto a las políticas de desarrollo económico…

Factores todos que abonan como malestar, como temor, angustias de diversa naturaleza, que no se arreglan con cosméticos, ni con disciplinamientos abusivos, esencialidades, y caras serias como contrapeso a la experimentación radical (legalización de la marihuana) y al dale que ahora sí en el manejo de las empresas públicas del pasado reciente, sino que se arreglan haciendo política de alto nivel, democratizando el proceso de deliberación democrática antes de tomar decisiones, mediante una praxis eficiente en la puesta en práctica de esas decisiones una vez que se adoptaron, definiendo prioridades…

De suerte que sí, ES LA POLÍTICA, pero es la política: ¡compañeros!


El arte de la alta política, que no necesita calificativos, sino a un intelectual colectivo que las piense y ejecute.

La paciencia de una parte de la sociedad comienza a agotarse, o por ansiedad de cambio o por temor a los cambios: el que sepa oír, que escuche.

GB

Nota: En este breve escrito se evitó toda referencia a asuntos tales como la gestión de ANCAP, la anterior y la actual, el cierre del servicio médico de esa empresa, la omisión en la acción sobre zonas de la realidad nacional en la que sí se derrocha mucho dinero, la grotesca inconsistencia de algunos actores en la defensa de las empresas públicas como instrumento democratizador (sin que ello anule la crítica de la gestión cuando se cometen desbordes de cualquier naturaleza), los equilibrios entre disciplinamiento y libertad, pues en tal caso el autor se hubiese visto tentado al uso de una catarata de calificativos… y por ahora no es el propósito.

sábado, 24 de junio de 2017

¿“No es un estado que deba implantarse”?

Capítulo 44 de Los naipes están echados, el mundo que viene


“…el comunismo no es un estado que deba implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros (Marx y Engels) llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”. (la ideología alemana)

“No es un estado que deba implantarse” …

Pero, ¿cómo? ¿Qué sería en tal caso el socialismo, al que la mayoría de los marxistas después de Marx interpretaron como una vía estatalista entre el capitalismo y el inicio de la superación de la sociedad dividida en clase, la fase inferior del comunismo?

Analizaremos el problema que plantea la formulación de esta apreciación temprana de Marx y Engels respecto a los contenidos del comunismo como praxis política real con Hans Kelsen a través de Juan Ruiz Manero, un catedrático de filosofía del Derecho de la Universidad de Alicante.

A partir de un análisis de Manero en que hace notar una cierta “perplejidad” de Hans Kelsen ante los contenidos de la cita de Marx y Engels, el autor de este escrito tomó consciencia de algunos de los problemas que estamos analizando y por ello considera relevante compartir con los lectores buena parte de ese trabajo.

Para Kelsen -sostiene Manero- la concepción expresada en este texto -en el que la idealidad (la superación de la sociedad dividida en clases) no se reconoce como tal, escondiéndose bajo la apariencia de una descripción moralmente neutra, refleja “la confusión más radical de los límites entre realidad y valor”, al presentar “postulados ético – políticos revolucionarios como leyes de desarrollo que se realizan por una necesidad natural”.

“La ignorancia -que el marxismo, sostiene Kelsen- hereda de Hegel, de la gran división entre ser y deber ser tiene, en opinión de Kelsen, consecuencias devastadoras para esta doctrina, tanto si es contemplada desde el punto de vista normativo como si se atiende a su pretensión de constituir una teoría explicativo – predictiva del desarrollo de la sociedad”.

Y añade Manero: “Desde un prisma normativo, el marxismo (como ideología) resulta insostenible porque, dada la irreductibilidad de los valores a los hechos, “jamás de los jamases se puede dar una respuesta al justo fin de la acción a través del conocimiento de lo que acontece y tal vez, verosímilmente, habrá de acontecer”, de forma que “es indiferente -para el valor y precisión de un fin- que su realización se presente como inevitable”. Y así “ni siquiera la comprobación de las tendencias más fuertes del desarrollo hacia un orden socialista de la sociedad (…) es capaz de justificar el socialismo como programa político, como fin del querer y del actuar”. El intento de fundamentación del fin orientador de la acción en su pretendida inevitabilidad futura configura, pues, al marxismo, como una especie más de naturalismo ético (de tipo historicista)”, dice Manera citando en todos los casos arriba marcados a Kelsen”.

Y agrega: “La auto presentación del marxismo como teoría científica, explicativo – predictiva, del acontecer social no queda mejor parada: pues la profecía del comunismo no es prognosis científica, sino, - al igual que las tendencias naturales de los iusnaturalistas- fruto de una valoración no declarada introducida en el examen del desarrollo social: “así como la doctrina del Derecho natural -escribe Kelsen- puede deducir de la naturaleza sólo lo que ha proyectado previamente en ella (…) la verdad social que Marx pretende hacer surgir de la realidad social es su propia ideología socialista, proyectada sobre aquella” ; “este descubrimiento científico (el comunismo como término al que se dirige la evolución social) es posible sólo porque el valor pretendidamente descubierto ha sido previamente proyectado a la realidad”.

Aquí en esta lúcida observación de Manera queda de manifiesto la incomprensión por Kelsen del modo en que Marx y Engels incorporan el concepto y el sentido de la “dialéctica de la humanización”, sustrayendo los componentes idealistas del mismo en la teoría de la sociedad de Hegel, en el análisis de la evolución del fenómeno humano, de la especie humana como tal especie.

En este escrito nos ocuparemos de “trabajar” este problema más adelante, por lo que por ahora nos quedamos con las objeciones de Kelsen subrayadas por Manera, pues, aunque revelan una incomprensión de la manera en que Marx aplica la dialéctica a la interpretación de la historia del mundo de la vida, sí expresa con solvente perspicacia, una crítica del modo en que el marxismo fue interpretado por buena parte de muchos de sus sucesores intelectuales.

El concepto de Estado

Sigamos pues leyendo a Manera en su análisis de la relación de Kelsen con Marx y el marxismo.

Dice en su ensayo: “Una primera crítica de Kelsen a la teoría política del marxismo afecta a la definición de Estado. En Marx y los marxistas, usualmente encontramos definiciones de Estado de tipo funcional: el Estado aparece definido en ellas -bajo una u otra formulación, como maquinaria dirigida al mantenimiento de la explotación de clase. Kelsen acepta que bajo esta definición funcional se halla algo que empíricamente es probablemente verdadero, aunque parcial, a saber, que el Estado bajo el capitalismo cumple efectivamente, entre otras, esta función de garantía de la explotación: “El estado moderno – escribe Kelsen- puede considerarse seguramente como un medio para el objetivo de la explotación económica de una clase por parte de otra”, si bien no es menos cierto, en su opinión, que ese mismo Estado “es apto para actuar en la dirección de la supresión de clases” como lo muestra “la legislación de política social (que) ha sido puesta en práctica por la presión cada vez mayor de las organizaciones de los trabajadores”.

Y sigue Manera: “Acepta también Kelsen, - en este punto dice “estar de acuerdo plenamente con la teoría marxista”- el carácter ideológico de toda concepción del Estado como expresión de un presunto interés común: concepciones de este género constituyen una “ficción” que “consciente o inconscientemente persigue la finalidad de mantener obedientes a aquellos contra cuyos intereses existe en cada caso el ordenamiento estatal constrictivo””.

Añade más adelante Manera: “lo que Kelsen impugna (al marxismo de la segunda generación) es que sea científicamente pertinente una definición funcional de Estado (o de Derecho”: recuérdese que ambos términos denotan en la teoría pura (del Derecho de Kelsen) el mismo objeto). En una definición de este tipo se pierde de vista precisamente lo específicamente jurídico – estatal, que no es una determinada función o contenido (que puede compartir con otros sistemas normativos no jurídicos: morales, religiosos…) sino precisamente una forma -esto es, el constituir un “sistema de normas que ordenan la constricción” -que, en cuanto tal, puede servir para realizar cualquier función social o, lo que es lo mismo, puede llenarse de cualquier contenido: “el dominio llamado Estado u “ordenamiento jurídico”, el llamado “aparato constrictivo” se caracteriza por constituir -escribe Kelsen- “una forma específica de la vida social, que puede asumir contenidos muy variables, un medio de técnica social, con el que se pueden perseguir los objetivos más diversos”.

Y continúa: “Además, una razón adicional para rechazar la definición funcional de Estado que el marxismo propone se halla en el hecho de que, si se parte de dicha definición, una tesis importante del marxismo, (la tesis de la dictadura del proletariado, del Estado de los proletarios) resulta inconsistente con ella, en tanto que su tesis programática final (la extinción del Estado) queda reducida a una mera tautología. En efecto, si se define el Estado como maquinaria coercitiva para la explotación de una clase por otra ¿cómo se cohonesta esta definición con la postulación de un Estado proletario para la fase de transición cuya función histórica haya de ser la abolición definitiva del Estado, “si por Estado sólo se entendiera la opresión de clase basada en la explotación (…) la famosa teoría de la extinción del Estado debería ir a parar en la afirmación de que, cuando desaparezca la opresión de clase basada en la explotación se extinguirá también la opresión de clase basada en la explotación”.

Por todo ello concluye Kelsen que, tanto en el contexto de la “dictadura del proletariado” como en el de la extinción del Estado, el concepto de Estado implícitamente usado por los marxistas es el de orden coercitivo centralizado, es decir, “exactamente (aquel que) los marxistas tratan de ridiculizar como “formalista”, porque no incluye el objeto sustancial de esta maquinaria coercitiva, el contenido de este orden coercitivo”.

En la reflexión precedente de Manera presentando a Kelsen lo que se describe es al “estalinismo”, ni siquiera a Pashukanis, cuya obra ya comenzamos a analizar en capítulos precedentes, como veremos con mucho detalle más adelante, pero por ahora al autor de este escrito considera pertinente hacer notar únicamente un vacío.

En la sociedad burguesa que, como es natural, emerge de las sociedades estratificadas precedentes, desempeña una función muy relevante lo que la ciencia y la práctica jurídicas denominan como “derechos adquiridos”, entre los cuales, ¡cómo no!, el de la propiedad privada…

Pero del análisis de cómo operan esos derechos adquiridos en el proceso de disputa por los contenidos del derecho en las democracias occidentales de la segunda mitad del siglo XX nos ocuparemos recién en las “Conclusiones” de este escrito, y nos falta mucho camino para llegar hasta allí.

La extinción del Estado

“La crítica a la tesis de la extinción del Estado constituye otro de los puntos nodales de la crítica kelseniana al marxismo como teoría política”, expone luego Manera.

(Manera realiza esta distinción en crítica del marxismo en general y crítica de su teoría política pues en muchos pasajes de su obra Kelsen valora positivamente a la obra de Marx, a la que como ya indicamos estudió durante toda su vida con el objetivo explícito de elaborar una teoría de la democracia desde el punto de vista del materialismo histórico).

Y sigue Manera: “Antes de ocuparnos directamente de ella es conveniente prestar alguna atención a la reconstrucción filológica que Kelsen hace del lugar y de la importancia de la tesis extincionista en el conjunto de la doctrina marxista.

En este sentido, no puede dejar de observarse en el análisis kelseniano de los textos marxistas sobre el tema la existencia de un salto interpretativo para el que no se aduce justificación. Se trata de lo siguiente: cuando Kelsen examina la tesis de la extinción del Estado en Marx su lenguaje es cauteloso a la hora de atribuírsela sin fisuras y se esfuerza en poner de relieve las oscilaciones que, en este punto, cabe encontrar en los textos de Marx; por el contrario, cuando su atención se dirige a los marxistas de la segunda generación o cuando alude al marxismo sin más, Kelsen presenta la extinción del Estado como el punto programático esencial de esta doctrina.

Veámoslo: Señala Kelsen que “se encuentran en Marx pasajes en los que éste se opone, de la manera más decidida, no simplemente al Estado de clase capitalista, sino al Estado en general”. Ejemplos particularmente característicos de esta presencia del “ideal anárquico” en Marx se encuentran a juicio de Kelsen en los análisis sobre la Comuna de Paris contenidos en “La guerra civil en Francia”.

Hay, sin embargo, -observa asimismo Kelsen- otros textos de Marx, en los que su adhesión a las tesis extincionistas es mucho menos clara. Tal es el caso de la Crítica del programa de Gotha en el que Marx, a propósito de la pregunta “¿qué transformaciones sufrirá el Estado en la sociedad comunista?” se abstiene de toda respuesta categórica para limitarse a apuntar que “esa pregunta sólo puede contestarse científicamente”.

Comentando este pasaje, escribe Kelsen: “Marx, sin embargo, no dio esa respuesta científica. Y, por lo que hace al pasaje sobre la “superación del estrecho horizonte del Derecho burgués” en el comunismo (perteneciente asimismo a la Crítica del programa de Gotha), Kelsen hace ver que ese “dictum” puede interpretarse tanto en el sentido de aludir a la superación del principio fundamental del Derecho burgués (retribución según el trabajo) en otro ordenamiento jurídico que realice el principio de retribución según las necesidades, como en el de entender que Marx pretendía referirse a la superación de toda forma de ordenamiento jurídico. Del análisis de los textos marxianos efectuado por Kelsen se deduce, pues, que no es posible dar una respuesta inequívoca a la pregunta de si el objetivo extincionista forma o no parte plenamente integrante del pensamiento político de Marx”.

Manera sostiene luego que Kelsen consideraba a la teoría leninista a este respecto como la más próxima al pensamiento de Marx y que por ello “reprochará a los marxistas defensores de la necesidad de un orden constrictivo también en la fase superior del socialismo (Kautsky, Renner, Bauer) no el fondo de sus posiciones – con el que obviamente estaba de acuerdo- sino su pretensión de presentarlas como no opuestas a la doctrina de Marx.

Y señala luego. La argumentación respecto a la extinción del Estado “que se repite prolijamente una y otra vez en sus diversas obras sobre el marxismo, puede reconducirse, en mi opinión, a las dos líneas siguientes: en primer lugar, la extinción del Estado como programa político es inconsistente con el programa económico del marxismo, que propugna la absoluta socialización de la economía y la centralización de las decisiones económicas, en segundo lugar, un orden social sin constricción, esto es, sin Estado, requiere determinadas condiciones factuales cuya realizabilidad no se encuentra en modo alguno fundamentada y es, en todo caso, incompatible con lo que sabemos de la naturaleza humana. Y concluye Manera criticando a Kelsen: Esta segunda línea argumental resulta, desde luego, independientemente de su razonabilidad- chocante en quien, como Kelsen, ha criticado tanto toda forma de iusnaturalismo (como) ha enfatizado en tan gran medida la inexistencia de puentes entre “es” y “debe””.

(Recuerde el lector que nos mantenemos en silencio colocando sobre la mesa de trabajo todo el material necesario para luego comprender los contenidos del debate sobre el marxismo durante las primeras décadas del Siglo XX, pero no crea que resulta sencillo hacerlo, porque la debilidad interpretativa por momentos es tan llamativa que inquieta. Inquieta en el sentido de que cuesta comprender hoy por qué ello sucedió. Pues la debilidad interpretativa refiere tanto a la obra de Marx, como a la interpretación que hace ahora por ejemplo Manera respecto de la obra de Kelsen y antes como vimos en la interpretación que compartimos de la obra de Pashukanis por Adolfo Sánchez Vázquez, pero contengamos nuestra ansiedad, que dicho sea al pasar, eso es lo que procuró hacer Kelsen en su obra, encontrar el modo político jurídico de contener tanto la ansiedad revolucionaria (de matriz marxista) como la ansiedad nacional estatalista, (de matriz hegeliana)).

Sigamos. Sigue diciendo Manera: “la primera de las líneas de crítica kelseniana a la tesis de la extinción del Estado es, como se ha indicado, inmanente al propio marxismo. Pues el programa económico de éste encuentra su culminación, en efecto, en una “organización de la economía rígida, colectivista – centralizada”, mientras que su “doctrina política aspira evidentemente a un ideal anarquista – individualista””. (Las citas de Manera corresponden a apreciaciones de Kelsen).

Hay, por ello, añade, otra vez citándolo, una “contradicción, en el sistema del socialismo científico, entre la situación legal de la sociedad comunista del futuro, que se presume será de anarquía individualista, y la situación económica, que consistirá en el reemplazo de la “anarquía de la producción capitalista” por una producción altamente organizada sobre la base de la propiedad colectiva de los medios de producción concentrada necesariamente en manos de una autoridad central”.

“El que esta contradicción haya podido pasar desapercibida se ha debido en gran medida -observa Kelsen según Manera - a la “apariencia seductora” de la fórmula engelsiana según la cual en la sociedad comunista “el gobierno de las personas es sustituido por la administración de las cosas, por la dirección de los procesos productivos”. Pero, enuncia “la magia de esta fórmula se disipa en cuanto advertimos que la dicotomía entre dominio político sobre los hombres y administración económica de las cosas, sobre la que la misma se basa, resulta insostenible. Pues y cita a Kelsen, “como las cosas son administradas y los procesos de producción son dirigidos por personas, la administración de las cosas y la dirección de los procesos de producción no son posibles sin un gobierno sobre las personas y poca duda cabe de que la centralización de todo el proceso de producción económica requerirá un alto grado de autoridad”.

“La inconsistencia, interna del marxismo, sigue diciendo Manera, de propugnar la extinción del Estado como programa político en tanto que, simultáneamente, se aboga en el plano económico por la colectivización centralizada no constituye, con todo, la razón principal del rechazo kelseniano de la tesis extincionista. Este se fundamenta más bien – y aquí la crítica se hace externa- en la consideración de que dicha perspectiva es irrealizable, por tener como fundamento una predicción no fundamentada de crecimiento económico virtualmente ilimitado y una imagen inadecuada de la naturaleza del hombre como ser social. La admisión de la realizabilidad del comunismo como sociedad anárquica se halla condicionada, en efecto, en primer lugar, a la suposición de que “la socialización de los medios de producción aumentará la producción en tal medida que todas las necesidades económicas podrán ser satisfechas”. Esta suposición “no halla fundamento en nuestra experiencia social” sigue diciendo Manera citando a veces a Kelsen.

Y añade: “por lo que hace a la fase socialista “es cierto que (la socialización) implica una tendencia al aumento de la producción, pero también la tendencia opuesta; y los resultados de la socialización, en cuanto se ha podido observarlos hasta el momento, no confirman la optimista predicción de Marx”. La predicción de “un aumento extraordinario de la producción” es aún menos plausible cuando se refiere a la fase propiamente comunista “ya que según Marx será abolida la división del trabajo, que es uno de los medios más efectivos de elevar la producción, tanto cualitativa como cuantitativamente”. Este carácter no ilimitado de la riqueza disponible originará la persistencia, también en la sociedad comunista, de conflictos distributivos, pues “entre las necesidades que los hombres subjetivamente sienten se producen conflictos tales que impiden que ningún orden social resulte capaz de satisfacer todas esas necesidades, si no es satisfaciendo unas a expensas de otras”.

Y por la misma razón, sigue anotando Manera procurando seguir a Kelsen, tampoco puede dejarse al arbitrio individual la determinación de las capacidades que cada uno ha de aportar al producto social, sino que “estas cuestiones deberán necesariamente ser decididas y resueltas por los órganos competentes de la colectividad según las normas de su ordenamiento”. Una eventual sociedad comunista si bien eliminaría las clases sociales y, con ellas, los antagonismos de clase, no traería pues aparejada -contra lo que piensan los marxistas-, la desaparición de todo conflicto económico: aún en una sociedad sin clases surgirían conflictos de esta naturaleza tanto en la esfera de la producción (determinación de las capacidades a aportar) como en la de la distribución, (determinación de las necesidades a satisfacer).

"Pero aun cuando la sociedad comunista lograra la eliminación de todo conflicto económico – lo que, como acabamos de ver, no es el caso- ello no implicaría la realizabilidad de un orden social sin constricción. Pues no hay, en opinión de Kelsen, ninguna razón para pensar que la ausencia de conflicto económico haya de conllevar a la desaparición de las restantes fuentes de enfrentamiento entre los hombres".

La naturaleza humana

Posteriormente Manera aborda la crítica de lo que Kelsen considera la concepción de la naturaleza humana en Marx.

Sigamos con él.

“A este respecto, Kelsen ve en el marxismo una concepción de la naturaleza humana cuyo decidido optimismo no tiene otra base más que lo que podríamos llamar un entendimiento injustificadamente monista de las determinaciones de la conducta social de los hombres: si el marxismo cree posible una sociedad básicamente a - conflictual (y, por lo tanto, capaz de prescindir de un orden coercitivo) es porque considera que el antagonismo económico -que reduce a su vez al antagonismo de clase- es la única raíz relevante del comportamiento desviado y de la conflictividad social. Frente a tan sumario diagnóstico, la opinión kelseniana es que “lo que verdaderamente hace necesario un ordenamiento coercitivo” radica en ciertas constantes de la naturaleza humana situadas mucho más allá de la explotación económica de clase: se trata de “la oposición existente entre el ordenamiento social y los instintos, deseos e intereses de los hombres, cuyo comportamiento es regulado por el ordenamiento, para producir el estado de cosas queridos por éste”.

“La misma supresión de la explotación de clase requiere, para que esta última no resurja, un orden coercitivo: pues “la explotación económica, no estando en la naturaleza de las cosas, puede surgir tan sólo de la naturaleza de los hombres y, por consiguiente – si no se confía en la completa transformación del hombre, deberá siempre ser impedida”. Y esta confianza “en la completa transformación del hombre” – esto es, la predicción de que la supresión de la explotación habrá de generar una comunidad en la que los hombres actúen espontáneamente de forma solidaria en sus diversas relaciones mutuas- constituye, por su parte, “el ejemplo escolástico de una utopía “no científica” por no estar basada en experiencia alguna”.

Antes, al contrario, concluye Manera citando a Kelsen, el conocimiento disponible abona más bien la predicción opuesta, pues “la psicología criminal demuestra que las circunstancias económicas no son las únicas causas de perturbación del orden social; que el sexo y la ambición representan un papel por lo menos tan importante como aquéllas y quizá representen un papel más importante aun cuando sean eliminadas las causas económicas”. Por todo ello “sería una miopía incomprensible querer liquidar como meras diferencias factuales de opinión entre compañeros las dificultades que se presentan en el campo religioso, artístico y erótico, puesto que no existen divergencias de opinión que no puedan convertirse en un contraste de vida o muerte”.

(Otra vez de nuevo, no se inquiete el lector que ha estudiado seriamente a Marx, sobre todo en relación a su concepción de la dialéctica en el proceso de la civilización, con las inconsistencias interpretativas de nuestros autores, antes, por el contrario, procure ubicarse en el tiempo histórico en el que esencialmente estas reflexiones se desplegaron, marcadas por la intuición (genial de Kelsen) y por la experiencia (Manera y Guastini) de las consecuencias que tendrían y tuvieron el “fascismo” y el “estalinismo” en la historia del Siglo XX en Europa).

(Continuará)

Manera y Ferrajoli