lunes, 12 de junio de 2017

¡Qué cosa con la realidad, que cambia todo el tiempo!


Capítulo 34 de Los naipes están echados, el mundo que viene

En el año de 1884, avanzado ya el Siglo XIX, Federico Engels escribió “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”.

En ese texto caracterizó al Estado del siguiente modo:

“Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para tener sujetos a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado. Sin embargo, por excepción, hay períodos en que las clases en lucha están tan equilibradas, que el poder del Estado, como mediador aparente, adquiere cierta independencia momentánea respecto a una y otra”.

Fue precisamente ese estado de equilibrio posterior a la consolidación de la Revolución bolchevique el que posibilitó en occidente la emergencia del Estado de Bienestar, pero no nos adelantemos, que ya llegaremos ahí.

En el último texto que escribió antes de fallecer en 1895 señaló refiriéndose al mismo tema: “…en general, (otra vez el cuidado por no formular apreciaciones dogmáticas) el Estado moderno es un producto contractual: producto, primero, de un contrato de los príncipes entre sí y, segundo, de los príncipes con el pueblo. Y si una de las partes rompe el contrato, todo el contrato se viene a tierra y la otra parte queda también desligada de su compromiso”.

Quería significar con ello, que la legalidad de la República democrática, el Estado de Derecho, como fue conocido luego, constituye un compromiso político entre las clases sociales con intereses diferentes mediante el cual aseguran la estabilidad que les permite seguir confrontando sin que la lucha de clases adquiera TODO EL TIEMPO una tal radicalidad que ponga en riesgo los más importantes privilegios de la burguesía por un lado, y la autonomía política del proletariado (es decir las mejores condiciones posibles para que el proletariado fortalezca su organización y su influencia político cultural en la sociedad), por otro.

Pero también, y esto resultó esencial en el Siglo XX y fue subestimado como fenómeno socio cultural por Marx y Engels, la estabilidad necesaria para competir con otros estados.

Es necesario reparar que esa subestimación fue el resultado de una percepción subjetiva propia de las circunstancias en que desarrollaron su obra los fundadores del marxismo.

Por un lado, los Estados nación europeos, salvo Inglaterra, Francia, Holanda y Estados Unidos al otro lado del Atlántico, en tanto estructuras modernas de estabilidad, no estaban consolidados todavía y no lo estuvieron hasta bien entrado el Siglo XX.

Por otro, jugó en esa subestimación de la trascendencia histórica que adquiriría el apego a la nación de origen por parte del proletariado un rol significativo el carácter cosmopolita y plurilingüe de Marx y Engels, en parte porque eran dos de los más geniales sabios de su época, - y de todas las épocas – y los sabios tienden siempre a ser cosmopolitas y por otra parte porque se vieron forzados por las circunstancias históricas (persecuciones, censuras, etc.), a trasladarse de uno a otro de los países europeos y trabajar con naturalidad con el movimiento obrero de casi todos ellos.

No obstante, el carácter competitivo de las comunidades humanas fue señalado por Engels en el Anti Dühring del siguiente modo:

Las funciones públicas “se encuentran en las comunidades primitivas de todos los tiempos”, sostiene y añade, están, naturalmente “provistas de cierto poder y son los comienzos del poder estatal. Las fuerzas productivas crecen paulatinamente, (las tecnologías con las cuales satisfacer la manutención colectiva), la población, adensándose, propicia el surgimiento de intereses comunes, luego, aparecen también intereses en pugna entre las diversas comunidades, cuya agrupación en grandes complejos suscita una nueva división del trabajo: la creación de órganos para proteger los intereses comunes y repeler los contrarios”.

“Estos órganos, que ya como representantes de los intereses colectivos de todo el grupo asumen frente a cada comunidad particular una determinada posición que a veces puede ser incluso de contraposición (con los intereses colectivos) empiezan pronto a independizarse progresivamente, en parte por el carácter hereditario de los cargos, carácter que se introduce casi obviamente porque en ese mundo todo procede de modo natural y espontáneo, y en parte porque esos cargos van haciéndose cada vez más imprescindibles a causa de la multiplicación de los conflictos con otros grupos”.

“A causa de la multiplicación de los conflictos con otros grupos”…. Enfatiza.

Y concluye: “No es necesario que consideremos ahora cómo esa independización de la función social frente a la sociedad pudo llegar con el tiempo a ser dominio sobre la sociedad…ni cómo, por último, las diversas personas provistas de dominio fueron integrando una clase dominante. Lo único que nos interesa aquí es comprobar que en todas partes subyace al poder político una función social, y el poder político no ha subsistido a la larga más que cuando ha cumplido esa función social”.

Sigamos ahora analizando la caracterización que hacen del Estado los fundadores del marxismo.

Lo que subraya Engels en los textos antes citados, no es más que un desarrollo de los contenidos reflexivos con los cuales Marx analizó en “La lucha de clases en Francia” y en el “18 Brumario” el modo en el que las clases se disputan a través de alianzas políticas, batallas sociales, creaciones jurídicas, normativas y una pugna sistemática por el control de las estructuras burocráticas, la hegemonía en la administración del Estado, para ponerlas a actuar en favor de sus intereses y en el caso del proletariado, para experimentar las formas que conduzcan a la superación de las lógicas de los privilegios.

Y aunque en esos textos Marx pone en evidencia que tanto al interior de la burguesía como del proletariado (incluyendo en él al campesinado de fines del Siglo XIX, pues la producción rural comenzaba a industrializarse aceleradamente) surgen todo el tiempo diferentes grupos de interés según circunstancias específicas en que las naciones deben tomar decisiones que benefician a unos y perjudican a otros, sostiene que la tendencia general es a que la burguesía por un lado y el proletariado por otro se constituyan políticamente como clases con consciencia de sus intereses y breguen cada una de ellas por alcanzar sus objetivos: la preservación de sus privilegios la burguesía, la generación de las condiciones para iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases, el proletariado.

Sólo cuando algún tipo de crisis estructural profunda pone en tensión esa estabilidad lograda normativamente, en medio del derecho, ocurren acontecimientos revolucionarios cuya resolución en favor de una u otra clase dependerá de la relación de fuerzas en el mercado mundial, del grado de desarrollo de las tecnologías con las cuales las sociedades producen sus condiciones de existencia y de la calidad o deterioro de las instituciones que la dialéctica del conflicto de clases produce sistémicamente.

O dicho con Marx tal y como lo adelantamos en el capítulo 28 de este escrito:

“Las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta! ¡Aquí está la rosa, baila aquí!

Pero sigamos con la caracterización del Estado y la democracia republicana. Dice Marx en el “18 brumario”:

“El instinto les enseñaba (a los distintos sectores de la burguesía, el industrial y el latifundista) que, aunque la República había coronado su dominación política, al mismo tiempo socavaba su base social, ya que ahora se enfrentaban con las clases sojuzgadas y tenían que luchar con ellas sin ningún género de mediación, sin poder ocultarse detrás de la corona, sin poder desviar el interés de la nación mediante sus luchas subalternas intestinas y con la monarquía. Era un sentimiento de debilidad el que los hacía retroceder temblando ante las condiciones puras de su dominación de clase y suspirar por las formas más incompletas, menos desarrolladas y precisamente por ello, menos peligrosas, de su dominación”. (Menos peligrosas por menos democráticas).

Lo que Marx y Engels en todo momento aspiran a subrayar como esencial, es que “el poder del Estado no flota en el aire” (Marx), es decir, no es una institucionalidad que se ubique por encima de la sociedad, aunque parece estar por encima de la sociedad, sino que sus contenidos son el resultado de la relación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado que a su vez son el resultado del contenido de las instituciones y del grado de desarrollo de las fuerzas productivas, de las tecnologías, con las cuales en cada etapa histórica la sociedad asegura y procura perfeccionar sus condiciones de existencia.

En el capítulo 5 de este escrito, cuando “trabajamos” sobre el prólogo de 1895 a la “Lucha de clases en Francia”, el último texto escrito por Engels, hicimos notar cómo subraya en él la inviabilidad de que en los países desarrollados el proletariado logre hacerse con el poder mediante un levantamiento revolucionario.

Lo hace entre otras cosas detallando cómo la revolución del arte militar que tuvo lugar después de la Comuna de Paris “puso fin bruscamente al período guerrero bonapartista y aseguró el desarrollo industrial pacífico, al hacer imposible toda otra guerra que no sea una guerra mundial de una crueldad inaudita y de consecuencias absolutamente incalculables” por una parte y de otra parte, cómo “con los gastos militares, que crecieron en progresión geométrica, hizo subir los impuestos a un nivel exorbitante, con lo cual echó las clases pobres de la población en los brazos del socialismo”.

Con la conquista del sufragio universal añade Engels “se vio que las instituciones estatales en las que se organizaba la dominación de la burguesía ofrecían nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra (o por el control de) esas mismas instituciones” y así “se dio el caso de que la burguesía y el Gobierno llegasen a temer mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales”.

Y anticipando que los grupos de privilegio violentarían esa legalidad una y otra vez si viesen en riesgo sus privilegios les advierte:

“..si ustedes violan la Constitución, la socialdemocracia queda en libertad y puede hacer y dejar de hacer con respecto a ustedes lo que quiera. Y lo que entonces querrá, no es fácil que se le ocurra contárselo a ustedes hoy”.

Es decir, Engels anticipó en general lo que ocurriría en el Siglo XX y eso sin haber observado, como observó Lenin, (que decidió contarles lo que el proletariado haría) el desempeño guerrerista y en tanto que tal, antidemocrático, (como observamos con Hannah Arendt en el capítulo 20), del fenómeno imperialista.

Todas las dictaduras cívico militares del siglo XX así como el fascismo, el nazismo y el franquismo fueron expresión de ese quebrantamiento violento, antidemocrático, de la legalidad democrática, empujado para asegurar la preservación de sus privilegios por parte de la alta burguesía aliada a las viejas clases propietarias de grandes extensiones de tierra originadas en el feudalismo.

Todas y en todo el mundo.

En lo enunciado hasta aquí en este capítulo pusimos de manifiesto lo esencial que Marx y Engels sostuvieron en relación al Estado, la dialéctica de la disputa política en la república democrática, y la expresión en ellos de la lucha de clases según como esta se presentaba en el Siglo XIX.

Pero también sometimos a crítica su “relativa” subestimación de la trascendencia que adquiriría en términos histórico – políticos el nacionalismo en su sentido más profundo, el apego, esencialmente “ideológico”, de casi todos los integrantes de la sociedad, a la comunidad espiritual denominada nación.

Los seres humanos sienten ancestralmente un apego afectivo por lo cercano, que mejor conocen y al mismo tiempo tienden a creer IDEOLOGICAMENTE (Hegel consideraba como una obligación que los ciudadanos de un Estado dieran la vida por ese Estado) que únicamente una estructura en la que “religiosa” y simbólicamente se reconocen, la comunidad institucionalizada, les puede asegurar las condiciones para su supervivencia.

Marx era tan agudo sin embargo, que anticipó la razón sustancial de ese fenómeno “religioso” que se produce entre los individuos y el vértice del poder institucionalizado, representado desde fines del Siglo XIX y principios del XX por las instituciones del Estado nación moderno, por ello es razonable pensar que si hubiese logrado realizar su intención de escribir una teoría del Estado muchas de las debilidades teóricas del marxismo luego de su muerte podrían haberse evitado.

Señala Marx en los Grundisse: (Elementos fundamentales para la crítica de la economía política). “El concepto mismo de riqueza nacional se insinúa entre los economistas del siglo XVII como una representación que en parte continúa entre los del XVIII de una forma tal que la riqueza parece creada exclusivamente para el Estado, mientras que su poder parece ser proporcional a esta riqueza. Ésta era una forma todavía inconscientemente hipócrita en la que la riqueza misma y la producción de la riqueza se anunciaba como la finalidad de los estados modernos, los cuales eran considerados exclusivamente en cuanto instrumento para la producción de la riqueza”.

De esta percepción “hipócrita” propia de quienes habitaban en sistemas todavía monárquicos o que cargaban con la “mentalidad” del feudalismo surgiría luego la ideología nacional imperialista, empujada por la alta burguesía de los países más desarrollados para expandir sus negocios y asegurar el acceso a las materias primas, hacia el mundo todo y en el mundo todo.

Pero no son los Estados los que crean la riqueza, ni son los Estados los que prohíben tal o cual cosa, aunque eso PARECE, cuando al habituarnos a desenvolvernos en sus límites, no reparamos (o no reparamos todo el tiempo) en que son los seres humanos con su acción y en medio de sus conflictos evolutivos, los que crean en primer lugar la riqueza, la producción social que asegura su existencia, y luego, al propio Estado, el contrato que lo funda, los procedimientos con que se administra y las normas que lo regulan.

Y aunque mientras las comunidades humanas compitan entre sí por asegurar para sus entornos cercanos, afectivamente cercanos, las condiciones de una vida digna, será extremadamente complejo persuadirlas de que únicamente interviniendo sobre la realidad global podrán lograrlo efectiva y plenamente, miles y miles de revolucionarios desde la Comuna de Paris creyeron poder iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases mediante una respuesta "nacional" revolucionaria, al autoritarismo universal propio de las lógicas del capital.

Para Marx y Engels sin embargo, el topo de la historia (de la lucha de clases a nivel universal en la sociedad dividida en clases) sólo se manifiesta violentamente en muy contados momentos y por breves períodos de tiempo y aunque consideraban que el proletariado del mundo todo debía saber a dónde dirigirse en esos momentos, no se atrevieron a avanzar demasiado en los contenidos, en la definición del modo político en que el inicio del proceso de superación de la sociedad dividida en clases se desenvolvería.

En esta ausencia de programa que por otra parte era propia de su densidad y seriedad intelectuales quedó abierto un espacio al militar voluntarismo, que surge inexorablemente cuando a la política la sustituye la violencia INSTITUCIONALIZADA, en el Estado, o fuera del Estado.

Rosa Luxemburgo, pero también Lenin, intuyeron la dramaticidad de este dilema civilizatorio, el estalinismo no, como veremos.

Pero antes de concluir este capítulo permítaseme recurrir al sentido del humor de Engels para poner énfasis en el muy relevante problema de las limitaciones que caracterizan al proceso de interpretación de la realidad (en el mismo momento en que ella se desenvuelve) por parte del bicho humano.

Para interpretar la realidad tenemos que elaborar conceptos, que en tanto que abstractos, creados por el esfuerzo intelectivo del ser humano, representan o aspiran a representar lo sustancial de una cosa, de un objeto de estudio, por ejemplo, la caracterización del Estado, de la democracia o del capitalismo. En el mismo momento en que elaboramos ese concepto, sin embargo, la realidad cambia, frecuentemente no en su sustancia esencial, pero sí en algunos de sus rasgos.

Si se tiene consciencia de ello resulta más honda nuestra manera de interpretar la realidad, pues se adquiere conciencia de las limitaciones subjetivas e históricas de toda generalización conceptual. Esto ya lo vimos con Engels cuando en el capítulo 8 sostiene que “nuestra manera de representarnos” la revolución proletaria nos hacía pensar en tal desenlace y luego “los hechos” demostraron la ingenuidad de esa “manera de representarnos”, -junto a Marx- la forma en que se desenvolvería la revolución proletaria.

También en este capítulo observamos esa manera de proceder de Engels cuando en las frases que elegimos para exponer su caracterización del Estado utiliza el “amortiguador” EN GENERAL, para no establecer aseveraciones terminantes.

En la frase que ahora compartiremos para concluir este capítulo, para poner de manifiesto esta sutileza intelectiva necesaria a toda interpretación de la realidad Engels enfatiza que esto ocurre ¡hasta en las ciencias naturales!

Con mucha mayor razón, naturalmente, en las ciencias que estudian el desenvolvimiento del fenómeno humano, que actúa, interviene sobre la naturaleza y en la sociedad, elige entre opciones…razona políticamente, medita científicamente, vuelve a actuar…

Dice Engels en una carta a un corresponsal el 12 de marzo de 1895:

“O los conceptos que prevalecen en las ciencias naturales, ¿son ficciones porque en modo alguno coinciden siempre con la realidad? Desde el momento en que aceptamos la teoría evolucionista, todos nuestros conceptos sobre la vida orgánica corresponden sólo aproximadamente a la realidad. De lo contrario no habría cambio: el día que los conceptos coincidan por completo con la realidad en el mundo orgánico, termina el desarrollo. El concepto de pez incluye vida en el agua y respiración por agallas; ¿cómo haría usted para pasar del pez al anfibio sin quebrar este concepto? Y este ha sido quebrado y conocemos toda una serie de peces cuyas vejigas natatorias se han transformado en pulmones, pudiendo respirar en el aire. ¿Cómo, si no es poniendo en conflicto con la realidad uno o ambos conceptos, podrá usted pasar del reptil ovíparo al mamífero, que pare sus hijos ya con vida? Y en realidad, en los monotremas tenemos toda una subespecie de mamíferos ovíparos —en 1843 yo vi en Manchester los huevos del platypus y con arrogante limitación mental me burlé de tal estupidez —como si un mamífero pudiese poner huevos—. ¡Y ahora ha sido comprobado! De modo que ¡no haga con los conceptos de valor lo que hice con el platypus y por lo cual después tuve que pedirle perdón!”

(Continuará)

Federico Engels

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