martes, 20 de junio de 2017

¿Puede la política, en la forma de un contrato, contener los efectos en la sociedad de las lógicas de expansión y acumulación del capital?



Capítulo 39 de Los naipes están echados, el mundo que viene

Para tornar ESTRUCTURALMENTE inviable toda forma de autoritarismo resulta necesario, insoslayable (no hay atajos) atravesar una etapa de la evolución de la humanidad en la que todo lo que la voluntad de los individuos puede hacer para avanzar en esa dirección es generar las condiciones materiales (de abundancia) e INSTITUCIONALES (culturales) para contrarrestar la potencia de imposición de todo poder que no sea el resultado de una decisión democrática (política) de la sociedad.

En la proposición conceptual precedente se encuentra la explicación sustancial por la cual fracasaron hasta hoy (en cuanto su realización efectiva) todos los proyectos que se propusieron iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases, no obstante lo cual, los seres humanos no dejan ni dejarán de albergar la expectativa de lograrlo.

La apreciación formulada entre paréntesis, “en cuanto su realización efectiva” refiere a que, aunque no hayan podido iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases las voluntades revolucionarias que procuraron lograrlo aportaron experiencia histórica en la cual abrevarán las organizaciones políticas de los trabajadores, que no abandonan ni pueden abandonar (porque de ello depende la calidad de su libertad) el propósito de alcanzar ese objetivo civilizatorio.

La proposición conceptual con la que se inicia este capítulo resulta necesario formularla no obstante de otra manera, con una pregunta: ¿Puede la política, en la forma de un contrato, contener los efectos de sociedad de las lógicas de expansión y acumulación del capital?

Si la sociedad global no se formula esa interrogante, toda pretensión política de organizar democráticamente a la sociedad puede aparecer como una mera expresión de la voluntad, pues las características sustanciales de las relaciones de producción en una época dada no pueden ser sustituidas, como vimos y veremos todavía con más profundidad más adelante, mediante elaboraciones ideales, sino sólo mediante una ética política que se hace valer en formas institucionales radicalmente democráticas.

Y para que las sociedades alcancen ese estado de democracia radical resulta necesario vencer muchos obstáculos de naturaleza económica, histórico culturales y políticos.

Pero mirando ya no hacia el futuro, sino hacia el pasado, desde la perspectiva del autor de este escrito aún otra inquietud es necesario formular antes de poder arribar a los capítulos finales de este texto que serán presentados como “Conclusiones”: ¿Cómo pudo ocurrir que el esfuerzo de comprensión del mundo de la vida más ambicioso desde el punto de vista de sus postulados políticos, (¡se propone buscar el modo mediante el cual los individuos superen en la organización social todo autoritarismo!), y el más serio desde el punto de vista científico, el que surge de la obra de Marx y Engels, derivara hacia el “estalinismo”?

En capítulos anteriores comenzamos a hurgar en las causas por las cuales tal cosa ocurrió, a partir de aquí ahondaremos en la investigación.

En 1976 el marxista hispano mexicano Adolfo Sánchez Vázquez publicó en español la “Teoría General del Derecho y el marxismo” del intelectual soviético E.B.Pashukanis, en la que sugiere que, EN la ausencia de una teoría de la política, es decir, de la democracia, se encontraba el fundamento esencial que explicaba o podía explicar la emergencia del estalinismo.

La política, el fenómeno político, lo mismo que el Estado como realidad histórica efectiva, se desenvuelve en dos planos – asunto que trataremos muy en profundidad más adelante- el que dice relación con la organización de las sociedades para competir / cooperar con otras sociedades; el que dice relación con la organización racional del proceso de humanización.

Proceso éste último mediante el cual la especie humana como tal especie se distancia cada vez más de su origen animal y sustituye, produciendo cultura, el mero “dominio” de la naturaleza y de unos individuos por otros individuos, por la re-integración consciente a la naturaleza como expresión de ella y por la superación de toda DIVISION de lo que es idéntico, aunque infinitamente plural: la especie humana como tal especie y los individuos singulares (personas) que la componen.

Para exponer la significación histórico política de lo que se quiere expresar con las afirmaciones anteriores una vez más en este texto vamos a rememorar la opinión de Hannah Arendt ya citada desde el capítulo 14, que enuncia a su modo un dilema al que ahora estamos en condiciones de analizar más hondamente:
“O bien decimos con Hegel: la Historia del mundo es el tribunal del mundo, dejando el juicio último al éxito; o bien afirmamos, con Kant, la autonomía del espíritu humano y su independencia potencial de las cosas como son o como han llegado a ser”.

Carlos Marx consideraba que la precedente no era la mejor manera de presentar el problema.

¿Por qué?

Porque en la sociedad DIVIDIDA en clases la intervención de la inteligencia humana sobre la naturaleza y en la sociedad, condicionada por la producción de sus condiciones de existencia como ser social (por la satisfacción de sus necesidades básicas de supervivencia) crea al mismo tiempo Historia (como lucha de intereses contrapuestos, como lucha de clases y como competencia productiva) y cultura, tecnología y ciencia, (como perfeccionamiento social de las condiciones POLITICAS y prácticas de su existencia) en un proceso de autorrealización espiritual que como conflicto no concluye hasta que lo “dividido” puede armonizarse, para regenerar al todo orgánico, a la especie como tal especie al mismo tiempo diferenciada ya para siempre de, pero integrada a, la naturaleza.

Ni el “éxito” COYUNTURAL de un mecanismo económico e institucional presupone la eternidad del tal sistema (porque mientras se desenvuelve transforma la realidad sobre la que interviene) ni la autonomía del espíritu humano, su voluntad creativa, puede desenvolverse con presidencia de las condiciones materiales de existencia, que también se enriquece en cuanto calidad de sus conocimientos en el proceso por asegurar su supervivencia.

El proceso de la civilización es el entero esfuerzo a veces intuitivo a veces consciente de la especie humana por perfeccionar sus condiciones de existencia como tal especie (en sustitución de los conflictos entre singularidades, los unos contra los otros) y por administrar política y culturalmente las mejores condiciones posibles para lograrlo.

O para decirlo con Marx, por un lado, es necesario investigar la “transformación de la naturaleza por los hombres”; por otro, la “transformación de los hombres por los hombres”. Y subraya luego: “las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias”.

Pero volvamos por un momento a analizar en el proceso histórico mismo las implicancias del dilema planteado por Arendt.

“O bien decimos con Hegel: la Historia del mundo es el tribunal del mundo, dejando el juicio último al éxito; o bien afirmamos, con Kant, la autonomía del espíritu humano y su independencia potencial de las cosas como son o como han llegado a ser”.

Si se analiza el proceso histórico de la humanidad en los últimos doscientos años se observa que hay espacios temporales en que parece tener validez la conceptualización hegeliana y otros en que parece adquirir validez la concepción kantiana.

En el período de las revoluciones burguesas o de la revolución bolchevique la iniciativa política, la capacidad de juzgar y transformar la realidad parecía prevalecer sobre el éxito del modo de ser del feudalismo o del imperialismo en cuanto satisfacción de las necesidades y apetencias materiales de unos individuos en perjuicio de otros individuos.

Al concluir la segunda guerra mundial la potencia de Estados Unidos en cuanto su capacidad de imponer un orden mundial parecía darle la razón a Hegel.

Marx elaboró una teoría de la sociedad a la que podemos denominar como “dialéctica de la humanización”, que constituye lo absolutamente sustancial de su propuesta civilizatoria, pero al dejarla incompleta no profundizó suficientemente en la significación histórico política que tiene la COMPETENCIA ENTRE COMUNIDADES HUMANAS organizadas estatalmente, mientras el proceso evolutivo de la especie humana tiene lugar.

Ahondaremos en el análisis de los contenidos de la “dialéctica de la humanización” más adelante.

Pero ahora nos interesa subrayar que cuando en algunos momentos del proceso histórico parece que se impone la lógica hegeliana según la cual el Estado nación que más poder de imposición alcanza a desenvolver (por su capacidad de generar riqueza, recursos militares, calidad de la estabilidad en su organización interna) lo que ocurre no es la anulación de la capacidad humana de contrarrestar esa fuerza de imposición ni la anulación de la política como “autonomía -relativa- de la voluntad” en el sentido kantiano.

Lo que ocurre es sencillamente que en el proceso histórico universal de la lucha de clases la burguesía (o el estamento dominante en cada formación social) sigue disponiendo de mayor capacidad que el proletariado (o de los que no disponen de capital en condiciones de producir más capital), para orientar el proceso de la civilización según sus intereses, cuales son, naturalmente, los relacionados con la preservación de sus privilegios.

Y la burguesía es un grupo de privilegio sometido a tensiones infinitamente más desafiantes que la clase dominante en sociedades estratificadas, como el esclavismo o el feudalismo.

Pero no deja de ser una casta que necesita de los instrumentos del Estado nación para preservar sus privilegios y que compite con otros grupos de privilegio y con otras burguesías “nacionales” que también aspiran a preservarlos.

Y los utiliza y los ha utilizado, lo que presenta al conflicto civilizatorio (aunque sustancialmente no lo sea) como una competencia entre Estados nación, al estilo hegeliano.

Como hemos visto en muchos de los capítulos anteriores la superación de toda forma de autoritarismo únicamente puede ser el resultado de la praxis política, que crea instituciones, (hasta el presente la más eficiente de ellas en la forma de Estado de Derecho) para administrar político culturalmente el proceso de evolución histórica de la humanidad hasta que la especie como tal (la comunidad humana universal) esté en condiciones de superar la división de la sociedad en clases y la división de las comunidades humanas singulares organizadas en la forma de Estados nación para competir entre sí por recursos escasos.

… Superar la división no expresada en la forma de identidades culturales, sino en la forma de complejos económico – militares que compiten entre sí por disponer de esos recursos escasos.

La fuerza de imposición, toda forma de imposición (económica, científico - tecnológica, cultural o institucional) opera siempre basada en tradiciones y normas que fueron exitosas o mediante estructuras tecno burocráticas (entre las cuales la militar) que reproducen formas en algún momento eficientes para satisfacer las necesidades vitales de casi toda una comunidad singular organizada estatalmente.

La razón por la cual los individuos organizados pueden iniciar el proceso para tornar ESTRUCTURALMENTE inviable toda forma de autoritarismo aunque no establecerlo según su voluntad ni el momento en que un buen número de ellos decide hacerlo, o lo que es lo mismo, la razón por la cual no pueden establecerlo cuando meramente pretenden hacerlo, sino que deben transitar todo un largo período histórico para arribar a ese objetivo civilizatorio, es la misma razón que explica por qué implosionó durante el siglo XX el denominado socialismo real.

No es la voluntad política de individuos particulares, por mejor organizados que estén, sino la praxis transformadora de la especie como tal especie en el esfuerzo inteligente por perfeccionar sus condiciones de existencia, la que crea las condiciones para superar toda forma de autoritarismo.

Por ello Marx y Engels le asignaban tanta relevancia a la organización internacional de los trabajadores y su autonomía política respecto de otras clases, pues los asalariados constituyen la única clase social que no dispone de privilegios estructurales y que por tanto está interesada en la anulación progresiva de los mismos, pero también le asignaban importancia, tanta importancia como al postulado anterior, al esfuerzo comprensivo de las razones por las cuales “las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias”. .

La caracterización del Estado como un mero mecanismo de imposición que anula la lucha de clases, realizada por el “estalinismo”, desconoció como vimos en capítulos anteriores los contenidos esenciales de esa teoría, pero también degradó hasta la caricatura la concepción marxista de la evolución de la especie humana como dialéctica.

En Marx la dialéctica no es como en Hegel una teoría del conocimiento ni una teoría de la evolución regida por elaboraciones ideales que se contraponen y de la que la “razón” aprende para desembocar en una nueva etapa superior del conocimiento de la naturaleza y de sí misma por parte de la especie humana.

La dialéctica de la humanización en Marx es un esfuerzo por comprender cómo la intervención de la especie a través del trabajo, primero de modo espontáneo, sobre la naturaleza (mediante la creación de instrumentos) y luego reflexivamente en la sociedad, para perfeccionar sus condiciones de existencia, va generando las posibilidades a la especie como tal especie de ir del “imperio de la necesidad” al “universo de la libertad”.

Y este proceso, esta transición, no se realiza meramente porque la voluntad humana se plantee realizarlo, al estilo kantiano, sino que se desenvuelve lenta y conflictivamente como “dialéctica de la humanización”.

“Las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias”, expresa Marx, y ello tiene profundas implicancias políticas.

Por ejemplo, es por ello que en el desenvolvimiento real de la sociedad no existe ni puede existir tal cosa como un Estado burgués o un Estado proletario, ni un derecho burgués contrarrestado por un derecho proletario, lo que se desenvuelve HISTÓRICAMENTE ante la actividad de los seres humanos para asegurar sus condiciones de existencia en la forma Estado y en la forma Derecho es una creación de la racionalidad política para estabilizar el conflicto mientras existan comunidades que compiten entre sí y clases que disputan respecto de los contenidos político económicos del Estado.

El Estado (y el Derecho) dejará de ser necesario cuando esa competencia entre comunidades humanas y al interior de las sociedades entre privilegiados y proletarios resulte, digamos, absurda.

Marx, Engels y Lenin consideraron que tal cosa podía ocurrir luego de la “Comuna de Paris”, pero como sabemos la afinidad nacional, el interés colectivo organizado en la forma de economía nacional pudo más que el universalismo revolucionario que aspiraba ya entonces a iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases.

A partir de ese hecho histórico, la prevalencia de lo nacional por sobre la conciencia de posibilidad de la emancipación humana en cuanto especie inteligente, reflexiva, crítica, transformadora, el Derecho como cultura, como institucionalidad productora de estabilidad al interior del Estado nación, adquirió una significación absolutamente relevante en el proceso de la civilización.

El derecho como regulador de los contratos en el proceso de intercambio de mercaderías que caracteriza al capitalismo es y no puede no serlo, un factor de reproducción de la SOCIEDAD CAPITALISTA, es decir, de la sociedad en la que la burguesía es la clase con mayor capacidad de acceder y / o administrar a los instrumentos de poder del Estado porque posee los medios de producción en condición casi monopólica.

El derecho, como contrato POLITICO de estabilidad, sin embargo, (el derecho constitucional y público) reproduce sistemáticamente la disputa por la hegemonía en la administración del poder del Estado, (la lucha de clases) y al mismo tiempo viabiliza la prevalencia de lo político como rasgo sustancial del fenómeno humano: su capacidad de elegir entre opciones.

Y no lo hace meramente porque la voluntad mayoritaria de los integrantes de la sociedad así lo desea, lo puede hacer porque en caso contrario el estado nación se descompone y pierde capacidad de competencia ante otros estados que también pugnan por asegurar y perfeccionar sus condiciones de existencia.
Es decir, lo hace porque NECESITA históricamente hacerlo.

Durante un largo período del proceso histórico el contrato era impuesto por castas privilegiadas que se eternizaban transmitiendo en herencia el poder de imposición; las revoluciones burguesas aniquilaron ese sistema, que sin embargo fue “exitoso” por siglos.

Pero el capitalismo, el sistema de producción que surge de la revolución burguesa, aunque en condiciones políticas diferentes, porque para reproducirse necesita del “libre” contrato, de la “libre” capacidad de iniciativa individual de los que disponen de condiciones para crear riqueza, modificó ese estado de cosas.

A partir de ese momento adquirió una enorme relevancia civilizatoria la pregunta que formulamos antes como inquietud hacia el futuro:
¿Puede la política, en la forma de un contrato, contener los efectos de sociedad de las lógicas de expansión y acumulación del capital?

Y, ¿puede la política, en la forma de un contrato, administrar culturalmente el proceso de humanización mediante la aplicación de normas socialmente elaboradas?

A principios del Siglo XX Max Weber y Vladimir Ilich Lenin por un lado, analizando los contenidos del Estado, del capitalismo y del imperialismo y E.B. Pashukanis y Hans Kelsen por otro, analizando los contenidos del Derecho, realizaron un enorme esfuerzo intelectual para tratar de responder a estas inquietudes.

Todos los fenómenos que actualmente perturban muy conflictivamente al mundo en la globalización derivan de aquella preocupación y su resolución depende de cómo se responda a esta pregunta y en función de ello cómo se organicen institucionalmente las naciones y las relaciones entre las naciones :
¿Puede la política, en la forma de un contrato, contener los efectos de sociedad de las lógicas de expansión y acumulación del capital?

O lo que es lo mismo, ¿evitar la reproducción “eterna” de los privilegios por parte de quienes ya los poseen?

Podríamos, siguiendo a Marx, aunque contemplando los rasgos esenciales de la realidad contemporánea, formular esta pregunta de otra manera:
¿Es posible, en el estado actual del mundo y del mercado global, que la dialéctica de la humanización se desenvuelva sin violencia?

Eso es lo que, ¡nada menos!, está en juego cuando reflexionamos retrospectivamente sobre las ideas de Weber, Lenin, Pashukanis y Kelsen.

Estos dos últimos intelectuales se abocaron a principios del Siglo XX a resolver conceptualmente el problema de si el Derecho es o no capaz de ser eficiente en la contención del interés de los privilegiados de reproducir y expandir sus privilegios a cualquier costo, pues únicamente así se podría luego delinear programas político culturales que contribuyan a superar todo autoritarismo.

Al estudio de los contenidos del debate entre Pashukanis y Kelsen y sus derivaciones, por ello, le dedicaremos mucho espacio en los próximos capítulos.
(Continuará)

Pashukanis


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