sábado, 24 de junio de 2017

¿“No es un estado que deba implantarse”?

Capítulo 44 de Los naipes están echados, el mundo que viene


“…el comunismo no es un estado que deba implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros (Marx y Engels) llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”. (la ideología alemana)

“No es un estado que deba implantarse” …

Pero, ¿cómo? ¿Qué sería en tal caso el socialismo, al que la mayoría de los marxistas después de Marx interpretaron como una vía estatalista entre el capitalismo y el inicio de la superación de la sociedad dividida en clase, la fase inferior del comunismo?

Analizaremos el problema que plantea la formulación de esta apreciación temprana de Marx y Engels respecto a los contenidos del comunismo como praxis política real con Hans Kelsen a través de Juan Ruiz Manero, un catedrático de filosofía del Derecho de la Universidad de Alicante.

A partir de un análisis de Manero en que hace notar una cierta “perplejidad” de Hans Kelsen ante los contenidos de la cita de Marx y Engels, el autor de este escrito tomó consciencia de algunos de los problemas que estamos analizando y por ello considera relevante compartir con los lectores buena parte de ese trabajo.

Para Kelsen -sostiene Manero- la concepción expresada en este texto -en el que la idealidad (la superación de la sociedad dividida en clases) no se reconoce como tal, escondiéndose bajo la apariencia de una descripción moralmente neutra, refleja “la confusión más radical de los límites entre realidad y valor”, al presentar “postulados ético – políticos revolucionarios como leyes de desarrollo que se realizan por una necesidad natural”.

“La ignorancia -que el marxismo, sostiene Kelsen- hereda de Hegel, de la gran división entre ser y deber ser tiene, en opinión de Kelsen, consecuencias devastadoras para esta doctrina, tanto si es contemplada desde el punto de vista normativo como si se atiende a su pretensión de constituir una teoría explicativo – predictiva del desarrollo de la sociedad”.

Y añade Manero: “Desde un prisma normativo, el marxismo (como ideología) resulta insostenible porque, dada la irreductibilidad de los valores a los hechos, “jamás de los jamases se puede dar una respuesta al justo fin de la acción a través del conocimiento de lo que acontece y tal vez, verosímilmente, habrá de acontecer”, de forma que “es indiferente -para el valor y precisión de un fin- que su realización se presente como inevitable”. Y así “ni siquiera la comprobación de las tendencias más fuertes del desarrollo hacia un orden socialista de la sociedad (…) es capaz de justificar el socialismo como programa político, como fin del querer y del actuar”. El intento de fundamentación del fin orientador de la acción en su pretendida inevitabilidad futura configura, pues, al marxismo, como una especie más de naturalismo ético (de tipo historicista)”, dice Manera citando en todos los casos arriba marcados a Kelsen”.

Y agrega: “La auto presentación del marxismo como teoría científica, explicativo – predictiva, del acontecer social no queda mejor parada: pues la profecía del comunismo no es prognosis científica, sino, - al igual que las tendencias naturales de los iusnaturalistas- fruto de una valoración no declarada introducida en el examen del desarrollo social: “así como la doctrina del Derecho natural -escribe Kelsen- puede deducir de la naturaleza sólo lo que ha proyectado previamente en ella (…) la verdad social que Marx pretende hacer surgir de la realidad social es su propia ideología socialista, proyectada sobre aquella” ; “este descubrimiento científico (el comunismo como término al que se dirige la evolución social) es posible sólo porque el valor pretendidamente descubierto ha sido previamente proyectado a la realidad”.

Aquí en esta lúcida observación de Manera queda de manifiesto la incomprensión por Kelsen del modo en que Marx y Engels incorporan el concepto y el sentido de la “dialéctica de la humanización”, sustrayendo los componentes idealistas del mismo en la teoría de la sociedad de Hegel, en el análisis de la evolución del fenómeno humano, de la especie humana como tal especie.

En este escrito nos ocuparemos de “trabajar” este problema más adelante, por lo que por ahora nos quedamos con las objeciones de Kelsen subrayadas por Manera, pues, aunque revelan una incomprensión de la manera en que Marx aplica la dialéctica a la interpretación de la historia del mundo de la vida, sí expresa con solvente perspicacia, una crítica del modo en que el marxismo fue interpretado por buena parte de muchos de sus sucesores intelectuales.

El concepto de Estado

Sigamos pues leyendo a Manera en su análisis de la relación de Kelsen con Marx y el marxismo.

Dice en su ensayo: “Una primera crítica de Kelsen a la teoría política del marxismo afecta a la definición de Estado. En Marx y los marxistas, usualmente encontramos definiciones de Estado de tipo funcional: el Estado aparece definido en ellas -bajo una u otra formulación, como maquinaria dirigida al mantenimiento de la explotación de clase. Kelsen acepta que bajo esta definición funcional se halla algo que empíricamente es probablemente verdadero, aunque parcial, a saber, que el Estado bajo el capitalismo cumple efectivamente, entre otras, esta función de garantía de la explotación: “El estado moderno – escribe Kelsen- puede considerarse seguramente como un medio para el objetivo de la explotación económica de una clase por parte de otra”, si bien no es menos cierto, en su opinión, que ese mismo Estado “es apto para actuar en la dirección de la supresión de clases” como lo muestra “la legislación de política social (que) ha sido puesta en práctica por la presión cada vez mayor de las organizaciones de los trabajadores”.

Y sigue Manera: “Acepta también Kelsen, - en este punto dice “estar de acuerdo plenamente con la teoría marxista”- el carácter ideológico de toda concepción del Estado como expresión de un presunto interés común: concepciones de este género constituyen una “ficción” que “consciente o inconscientemente persigue la finalidad de mantener obedientes a aquellos contra cuyos intereses existe en cada caso el ordenamiento estatal constrictivo””.

Añade más adelante Manera: “lo que Kelsen impugna (al marxismo de la segunda generación) es que sea científicamente pertinente una definición funcional de Estado (o de Derecho”: recuérdese que ambos términos denotan en la teoría pura (del Derecho de Kelsen) el mismo objeto). En una definición de este tipo se pierde de vista precisamente lo específicamente jurídico – estatal, que no es una determinada función o contenido (que puede compartir con otros sistemas normativos no jurídicos: morales, religiosos…) sino precisamente una forma -esto es, el constituir un “sistema de normas que ordenan la constricción” -que, en cuanto tal, puede servir para realizar cualquier función social o, lo que es lo mismo, puede llenarse de cualquier contenido: “el dominio llamado Estado u “ordenamiento jurídico”, el llamado “aparato constrictivo” se caracteriza por constituir -escribe Kelsen- “una forma específica de la vida social, que puede asumir contenidos muy variables, un medio de técnica social, con el que se pueden perseguir los objetivos más diversos”.

Y continúa: “Además, una razón adicional para rechazar la definición funcional de Estado que el marxismo propone se halla en el hecho de que, si se parte de dicha definición, una tesis importante del marxismo, (la tesis de la dictadura del proletariado, del Estado de los proletarios) resulta inconsistente con ella, en tanto que su tesis programática final (la extinción del Estado) queda reducida a una mera tautología. En efecto, si se define el Estado como maquinaria coercitiva para la explotación de una clase por otra ¿cómo se cohonesta esta definición con la postulación de un Estado proletario para la fase de transición cuya función histórica haya de ser la abolición definitiva del Estado, “si por Estado sólo se entendiera la opresión de clase basada en la explotación (…) la famosa teoría de la extinción del Estado debería ir a parar en la afirmación de que, cuando desaparezca la opresión de clase basada en la explotación se extinguirá también la opresión de clase basada en la explotación”.

Por todo ello concluye Kelsen que, tanto en el contexto de la “dictadura del proletariado” como en el de la extinción del Estado, el concepto de Estado implícitamente usado por los marxistas es el de orden coercitivo centralizado, es decir, “exactamente (aquel que) los marxistas tratan de ridiculizar como “formalista”, porque no incluye el objeto sustancial de esta maquinaria coercitiva, el contenido de este orden coercitivo”.

En la reflexión precedente de Manera presentando a Kelsen lo que se describe es al “estalinismo”, ni siquiera a Pashukanis, cuya obra ya comenzamos a analizar en capítulos precedentes, como veremos con mucho detalle más adelante, pero por ahora al autor de este escrito considera pertinente hacer notar únicamente un vacío.

En la sociedad burguesa que, como es natural, emerge de las sociedades estratificadas precedentes, desempeña una función muy relevante lo que la ciencia y la práctica jurídicas denominan como “derechos adquiridos”, entre los cuales, ¡cómo no!, el de la propiedad privada…

Pero del análisis de cómo operan esos derechos adquiridos en el proceso de disputa por los contenidos del derecho en las democracias occidentales de la segunda mitad del siglo XX nos ocuparemos recién en las “Conclusiones” de este escrito, y nos falta mucho camino para llegar hasta allí.

La extinción del Estado

“La crítica a la tesis de la extinción del Estado constituye otro de los puntos nodales de la crítica kelseniana al marxismo como teoría política”, expone luego Manera.

(Manera realiza esta distinción en crítica del marxismo en general y crítica de su teoría política pues en muchos pasajes de su obra Kelsen valora positivamente a la obra de Marx, a la que como ya indicamos estudió durante toda su vida con el objetivo explícito de elaborar una teoría de la democracia desde el punto de vista del materialismo histórico).

Y sigue Manera: “Antes de ocuparnos directamente de ella es conveniente prestar alguna atención a la reconstrucción filológica que Kelsen hace del lugar y de la importancia de la tesis extincionista en el conjunto de la doctrina marxista.

En este sentido, no puede dejar de observarse en el análisis kelseniano de los textos marxistas sobre el tema la existencia de un salto interpretativo para el que no se aduce justificación. Se trata de lo siguiente: cuando Kelsen examina la tesis de la extinción del Estado en Marx su lenguaje es cauteloso a la hora de atribuírsela sin fisuras y se esfuerza en poner de relieve las oscilaciones que, en este punto, cabe encontrar en los textos de Marx; por el contrario, cuando su atención se dirige a los marxistas de la segunda generación o cuando alude al marxismo sin más, Kelsen presenta la extinción del Estado como el punto programático esencial de esta doctrina.

Veámoslo: Señala Kelsen que “se encuentran en Marx pasajes en los que éste se opone, de la manera más decidida, no simplemente al Estado de clase capitalista, sino al Estado en general”. Ejemplos particularmente característicos de esta presencia del “ideal anárquico” en Marx se encuentran a juicio de Kelsen en los análisis sobre la Comuna de Paris contenidos en “La guerra civil en Francia”.

Hay, sin embargo, -observa asimismo Kelsen- otros textos de Marx, en los que su adhesión a las tesis extincionistas es mucho menos clara. Tal es el caso de la Crítica del programa de Gotha en el que Marx, a propósito de la pregunta “¿qué transformaciones sufrirá el Estado en la sociedad comunista?” se abstiene de toda respuesta categórica para limitarse a apuntar que “esa pregunta sólo puede contestarse científicamente”.

Comentando este pasaje, escribe Kelsen: “Marx, sin embargo, no dio esa respuesta científica. Y, por lo que hace al pasaje sobre la “superación del estrecho horizonte del Derecho burgués” en el comunismo (perteneciente asimismo a la Crítica del programa de Gotha), Kelsen hace ver que ese “dictum” puede interpretarse tanto en el sentido de aludir a la superación del principio fundamental del Derecho burgués (retribución según el trabajo) en otro ordenamiento jurídico que realice el principio de retribución según las necesidades, como en el de entender que Marx pretendía referirse a la superación de toda forma de ordenamiento jurídico. Del análisis de los textos marxianos efectuado por Kelsen se deduce, pues, que no es posible dar una respuesta inequívoca a la pregunta de si el objetivo extincionista forma o no parte plenamente integrante del pensamiento político de Marx”.

Manera sostiene luego que Kelsen consideraba a la teoría leninista a este respecto como la más próxima al pensamiento de Marx y que por ello “reprochará a los marxistas defensores de la necesidad de un orden constrictivo también en la fase superior del socialismo (Kautsky, Renner, Bauer) no el fondo de sus posiciones – con el que obviamente estaba de acuerdo- sino su pretensión de presentarlas como no opuestas a la doctrina de Marx.

Y señala luego. La argumentación respecto a la extinción del Estado “que se repite prolijamente una y otra vez en sus diversas obras sobre el marxismo, puede reconducirse, en mi opinión, a las dos líneas siguientes: en primer lugar, la extinción del Estado como programa político es inconsistente con el programa económico del marxismo, que propugna la absoluta socialización de la economía y la centralización de las decisiones económicas, en segundo lugar, un orden social sin constricción, esto es, sin Estado, requiere determinadas condiciones factuales cuya realizabilidad no se encuentra en modo alguno fundamentada y es, en todo caso, incompatible con lo que sabemos de la naturaleza humana. Y concluye Manera criticando a Kelsen: Esta segunda línea argumental resulta, desde luego, independientemente de su razonabilidad- chocante en quien, como Kelsen, ha criticado tanto toda forma de iusnaturalismo (como) ha enfatizado en tan gran medida la inexistencia de puentes entre “es” y “debe””.

(Recuerde el lector que nos mantenemos en silencio colocando sobre la mesa de trabajo todo el material necesario para luego comprender los contenidos del debate sobre el marxismo durante las primeras décadas del Siglo XX, pero no crea que resulta sencillo hacerlo, porque la debilidad interpretativa por momentos es tan llamativa que inquieta. Inquieta en el sentido de que cuesta comprender hoy por qué ello sucedió. Pues la debilidad interpretativa refiere tanto a la obra de Marx, como a la interpretación que hace ahora por ejemplo Manera respecto de la obra de Kelsen y antes como vimos en la interpretación que compartimos de la obra de Pashukanis por Adolfo Sánchez Vázquez, pero contengamos nuestra ansiedad, que dicho sea al pasar, eso es lo que procuró hacer Kelsen en su obra, encontrar el modo político jurídico de contener tanto la ansiedad revolucionaria (de matriz marxista) como la ansiedad nacional estatalista, (de matriz hegeliana)).

Sigamos. Sigue diciendo Manera: “la primera de las líneas de crítica kelseniana a la tesis de la extinción del Estado es, como se ha indicado, inmanente al propio marxismo. Pues el programa económico de éste encuentra su culminación, en efecto, en una “organización de la economía rígida, colectivista – centralizada”, mientras que su “doctrina política aspira evidentemente a un ideal anarquista – individualista””. (Las citas de Manera corresponden a apreciaciones de Kelsen).

Hay, por ello, añade, otra vez citándolo, una “contradicción, en el sistema del socialismo científico, entre la situación legal de la sociedad comunista del futuro, que se presume será de anarquía individualista, y la situación económica, que consistirá en el reemplazo de la “anarquía de la producción capitalista” por una producción altamente organizada sobre la base de la propiedad colectiva de los medios de producción concentrada necesariamente en manos de una autoridad central”.

“El que esta contradicción haya podido pasar desapercibida se ha debido en gran medida -observa Kelsen según Manera - a la “apariencia seductora” de la fórmula engelsiana según la cual en la sociedad comunista “el gobierno de las personas es sustituido por la administración de las cosas, por la dirección de los procesos productivos”. Pero, enuncia “la magia de esta fórmula se disipa en cuanto advertimos que la dicotomía entre dominio político sobre los hombres y administración económica de las cosas, sobre la que la misma se basa, resulta insostenible. Pues y cita a Kelsen, “como las cosas son administradas y los procesos de producción son dirigidos por personas, la administración de las cosas y la dirección de los procesos de producción no son posibles sin un gobierno sobre las personas y poca duda cabe de que la centralización de todo el proceso de producción económica requerirá un alto grado de autoridad”.

“La inconsistencia, interna del marxismo, sigue diciendo Manera, de propugnar la extinción del Estado como programa político en tanto que, simultáneamente, se aboga en el plano económico por la colectivización centralizada no constituye, con todo, la razón principal del rechazo kelseniano de la tesis extincionista. Este se fundamenta más bien – y aquí la crítica se hace externa- en la consideración de que dicha perspectiva es irrealizable, por tener como fundamento una predicción no fundamentada de crecimiento económico virtualmente ilimitado y una imagen inadecuada de la naturaleza del hombre como ser social. La admisión de la realizabilidad del comunismo como sociedad anárquica se halla condicionada, en efecto, en primer lugar, a la suposición de que “la socialización de los medios de producción aumentará la producción en tal medida que todas las necesidades económicas podrán ser satisfechas”. Esta suposición “no halla fundamento en nuestra experiencia social” sigue diciendo Manera citando a veces a Kelsen.

Y añade: “por lo que hace a la fase socialista “es cierto que (la socialización) implica una tendencia al aumento de la producción, pero también la tendencia opuesta; y los resultados de la socialización, en cuanto se ha podido observarlos hasta el momento, no confirman la optimista predicción de Marx”. La predicción de “un aumento extraordinario de la producción” es aún menos plausible cuando se refiere a la fase propiamente comunista “ya que según Marx será abolida la división del trabajo, que es uno de los medios más efectivos de elevar la producción, tanto cualitativa como cuantitativamente”. Este carácter no ilimitado de la riqueza disponible originará la persistencia, también en la sociedad comunista, de conflictos distributivos, pues “entre las necesidades que los hombres subjetivamente sienten se producen conflictos tales que impiden que ningún orden social resulte capaz de satisfacer todas esas necesidades, si no es satisfaciendo unas a expensas de otras”.

Y por la misma razón, sigue anotando Manera procurando seguir a Kelsen, tampoco puede dejarse al arbitrio individual la determinación de las capacidades que cada uno ha de aportar al producto social, sino que “estas cuestiones deberán necesariamente ser decididas y resueltas por los órganos competentes de la colectividad según las normas de su ordenamiento”. Una eventual sociedad comunista si bien eliminaría las clases sociales y, con ellas, los antagonismos de clase, no traería pues aparejada -contra lo que piensan los marxistas-, la desaparición de todo conflicto económico: aún en una sociedad sin clases surgirían conflictos de esta naturaleza tanto en la esfera de la producción (determinación de las capacidades a aportar) como en la de la distribución, (determinación de las necesidades a satisfacer).

"Pero aun cuando la sociedad comunista lograra la eliminación de todo conflicto económico – lo que, como acabamos de ver, no es el caso- ello no implicaría la realizabilidad de un orden social sin constricción. Pues no hay, en opinión de Kelsen, ninguna razón para pensar que la ausencia de conflicto económico haya de conllevar a la desaparición de las restantes fuentes de enfrentamiento entre los hombres".

La naturaleza humana

Posteriormente Manera aborda la crítica de lo que Kelsen considera la concepción de la naturaleza humana en Marx.

Sigamos con él.

“A este respecto, Kelsen ve en el marxismo una concepción de la naturaleza humana cuyo decidido optimismo no tiene otra base más que lo que podríamos llamar un entendimiento injustificadamente monista de las determinaciones de la conducta social de los hombres: si el marxismo cree posible una sociedad básicamente a - conflictual (y, por lo tanto, capaz de prescindir de un orden coercitivo) es porque considera que el antagonismo económico -que reduce a su vez al antagonismo de clase- es la única raíz relevante del comportamiento desviado y de la conflictividad social. Frente a tan sumario diagnóstico, la opinión kelseniana es que “lo que verdaderamente hace necesario un ordenamiento coercitivo” radica en ciertas constantes de la naturaleza humana situadas mucho más allá de la explotación económica de clase: se trata de “la oposición existente entre el ordenamiento social y los instintos, deseos e intereses de los hombres, cuyo comportamiento es regulado por el ordenamiento, para producir el estado de cosas queridos por éste”.

“La misma supresión de la explotación de clase requiere, para que esta última no resurja, un orden coercitivo: pues “la explotación económica, no estando en la naturaleza de las cosas, puede surgir tan sólo de la naturaleza de los hombres y, por consiguiente – si no se confía en la completa transformación del hombre, deberá siempre ser impedida”. Y esta confianza “en la completa transformación del hombre” – esto es, la predicción de que la supresión de la explotación habrá de generar una comunidad en la que los hombres actúen espontáneamente de forma solidaria en sus diversas relaciones mutuas- constituye, por su parte, “el ejemplo escolástico de una utopía “no científica” por no estar basada en experiencia alguna”.

Antes, al contrario, concluye Manera citando a Kelsen, el conocimiento disponible abona más bien la predicción opuesta, pues “la psicología criminal demuestra que las circunstancias económicas no son las únicas causas de perturbación del orden social; que el sexo y la ambición representan un papel por lo menos tan importante como aquéllas y quizá representen un papel más importante aun cuando sean eliminadas las causas económicas”. Por todo ello “sería una miopía incomprensible querer liquidar como meras diferencias factuales de opinión entre compañeros las dificultades que se presentan en el campo religioso, artístico y erótico, puesto que no existen divergencias de opinión que no puedan convertirse en un contraste de vida o muerte”.

(Otra vez de nuevo, no se inquiete el lector que ha estudiado seriamente a Marx, sobre todo en relación a su concepción de la dialéctica en el proceso de la civilización, con las inconsistencias interpretativas de nuestros autores, antes, por el contrario, procure ubicarse en el tiempo histórico en el que esencialmente estas reflexiones se desplegaron, marcadas por la intuición (genial de Kelsen) y por la experiencia (Manera y Guastini) de las consecuencias que tendrían y tuvieron el “fascismo” y el “estalinismo” en la historia del Siglo XX en Europa).

(Continuará)

Manera y Ferrajoli

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