jueves, 22 de junio de 2017

Ni lucha de clases ni derecho: ¿imposición por la fuerza?


Capítulo 42 de Los naipes están echados, el mundo que viene

“Nada de lo que esencialmente tiene que ver con el Estado puede ser desideologizado en serio”, sostuvo el teórico nazi Carl Schmitt.

Pretendió con esa superflua caracterización desvalorizar a la proposición que identifica Estado de derecho y democracia contenida en la propuesta de Hans Kelsen que comenzamos a estudiar en el capítulo anterior, basada precisamente en la creación de instrumentos técnico - jurídicos para asegurar la neutralidad del sistema legal en relación a todos los conflictos de intereses.

No existe “una norma que sea aplicable a un caos. Primero debe establecerse el orden: (es decir, la dictadura) y sólo entonces tendrá sentido el ordenamiento jurídico”, esgrime Schmitt en su Teología política.

Mediante ese enunciado el objetivo de Schmitt procuraba ahora ya directamente desacreditar la teoría de la lucha de clases de Marx, su obsesión primordial (que no se sitúa centralmente en el Estado ni el en el Derecho, sino en la sociedad civil) y a la que propuso sustituir por la teoría: amigo – enemigo (que más adelante someteremos a crítica) y de paso, a la teoría “pura” del Derecho de Hans Kelsen, cuyo fundamento consiste en asegurar que únicamente mediante una operación técnica que conduce a su “desideologización”, puede un orden jurídico operar racionalmente, es decir, neutralmente, mientras los diferentes intereses disputan el poder del Estado para intentar utilizarlo en beneficio de esos intereses.

La característica esencial del fenómeno político es el que deriva de que la sociedad, para cohesionarse con el propósito de sobrevivir como tal sociedad, desafía A LARGO PLAZO A TODO PODER que no sea el resultado de una decisión colectiva adoptada democráticamente, pues las sociedades estratificadas anulan el dinamismo de los individuos particulares interactuando “libremente”, como ya señalamos en los capítulos 7 y 8 de este escrito.

Las formas de producción, reproducción y circulación del capital en cuanto relación social temporalmente propicia a la producción dinámica de las condiciones de existencia en la sociedad burguesa entrañan una desigualdad entre quienes poseen y quienes no medios para iniciar el proceso de generación de capital y tal desigualdad se expresa política y jurídicamente.

No es la “dictadura” la que instala el orden jurídico, sino que el mismo surge como una necesidad histórico temporal derivada de esa desigualdad y de la competencia entre comunidades organizadas estatalmente, lo que hace de la estabilidad al interior, un factor decisivo en la capacidad competitiva exterior.

Cuanto mayor es el equilibrio en la relación de fuerzas entre las clases sociales poseedoras y asalariadas, más relevante resulta la disputa por los contenidos de ese orden jurídico.

Antes de que Kelsen ridiculizara al pensamiento de Schmitt en un debate del que ya daremos cuenta, Federico Engels hizo lo propio con un pensador menor que sostenía esencialmente lo mismo, en un libro conocido como “Anti Dühring”.

En algunas circunstancias la lucha por los contenidos del orden jurídico, (la lucha de clases) se desenvuelve pacífica y sutilmente (en general mediante el sabio procedimiento de la ironía, y la crítica del poder, al estilo de Cervantes) y los procesos de transformación demandan siglos; en otras arremete contra los sistemas autoritarios (como Don Quijote contra los molinos de viento), que concentran privilegios en pocas manos y por tanto debilitan la capacidad competitiva de las comunidades humanas, produciendo así acontecimientos revolucionarios que procuran la transformación de la sociedad.

Como tendencia histórica lo que ocurre generalmente no es un proceso revolucionario, o dicho otra vez de nuevo con Marx: “las revoluciones no se preparan, brotan”.

Lo que en general ocurre es lo siguiente: la sociedad, mayoritariamente, mediante la validación de costumbres que se han mostrado eficaces para asegurar medianamente bien la producción de las condiciones de existencia o mediante procedimientos democráticos, (frecuentemente mediante una conjunción de ambos factores) considera que algo “debe ser”: un comportamiento en relación a los otros, una forma de resolver conflictos de intereses, un método para producir las leyes, un modo de funcionar tal o cual institución, una técnica para controlar a los realizadores de la legislación y a los que la aplican mediante instituciones especializadas…

Unas disposiciones para asegurar derechos también a las minorías que no comparten el contenido de tal o cual norma, pero a la que tienen que someterse durante un determinado tiempo histórico si así lo dispuso la tradición o una mayoría…es decir, en este último caso, la comunidad política, la que toma decisiones racionalmente elaboradas porque surge de procesos deliberativos…de acuerdos básicos en relación a cómo administrar sin autodestruirse a los conflictos de intereses.

Y eso ocurre (puede tener lugar) porque la sociedad compara, racional o intuitivamente, LOS RESULTADOS prácticos que una u otra u otra de las estructuras de estabilidad experimentadas, (el orden jurídico democrático en la sociedad moderna o el acatamiento a costumbres que han sido eficaces en la producción de esa estabilidad), tienen en el proceso de la civilización.

Las estructuras de estabilidad son o aparecen como necesarias para preservar la integridad de una comunidad específica en circunstancias específicas y las sociedades, naturalmente, toman nota de ello mientras AL MISMO TIEMPO EXPERIMENTAN formas para lograr su perfeccionamiento.

Se suele referir a ese “tomar nota” como el sentido común de una época y aunque sabemos que ese “sentido común” incluye prejuicios de diversa naturaleza, en tanto opere como estructura legal y política de estabilidad, influye decisivamente en la manera de pensarse a sí misma y resolver sus conflictos internos, por parte de una sociedad específica durante un período histórico específico.

Ya antes de que la forma democrática recurriera a ese “deber ser” socialmente producido (como señala Engels en un texto olvidado que terminó de escribir Kautsky a fines del Siglo XIX) la religión había recurrido al mismo procedimiento:

el “deber ser” impuesto por la voluntad de Dios en el esfuerzo de la especie por preservarse y evolucionar, por ejemplo, prohibiendo el incesto; pues la observación en tiempos prolongados de las consecuencias de la práctica de ese fenómeno “natural” en grupos cerrados, las consecuencias sobre la aptitud física y mental de los individuos surgidos de las relaciones entre individuos de una misma familia, sugería LA NECESIDAD de modificar esa práctica.

Luego de que la revolución burguesa se revelara contra toda forma de disciplinamiento arbitrario, (reproductora hereditariamente de privilegios) el “deber ser creador” de las mejores condiciones posibles para la evolución de la especie derivó hacia las formas de su producción consensual que conocemos como la democracia garantizada mediante un orden jurídico: el Estado de Derecho.

El “deber ser” producido consensualmente es el Estado democrático.

Importa menos la forma particular, institucional, (parlamentarismo / presidencialismo, etc.) que el apego a una normativa establecida democráticamente, pues ese apego es en sí mismo el modo que la sociedad tiene de controlar al poder, entendido aquí como la voluntad estructurada de grupos de interés coyunturalmente más fuertes y a quienes el resto de la sociedad concede provisoriamente la administración de los instrumentos para organizar la existencia en común.

Y produce estabilidad a largo plazo, es decir, produce una estabilidad más sólidamente establecida en términos de proceso histórico que la de cualquier autoritarismo.

Para hacer efectivo un tal ordenamiento jurídico la sociedad le concede al Estado así regulado el monopolio del uso de la fuerza coercitiva mediante el cual asegura su cumplimiento.

El Estado es él un ordenamiento jurídico, Estado y Derecho se constituyen así en una y la misma cosa.

La sociedad tal o cual, como compite con otras sociedades, se organiza mediante procedimientos político – jurídicos por NECESIDAD. Para no autodestruirse, para perfeccionar sus condiciones competitivas.

Y la opinión pública mundial tiende a trasladar esa experiencia productora de estabilidad, (de vida activa viabilizada en un orden jurídico) desde los niveles básicos hasta la más completa y compleja de las esferas de lo político, la especie humana organizada globalmente.

Los contenidos normativos que aseguran el funcionamiento del Estado, (de la comunidad reunida institucionalmente) están siempre en disputa, pero la modificación de la ingeniería jurídica (que será el resultado de la lucha de clases, de la competencia entre intereses, de la transformación cultural y tecnológica) requiere cumplir determinados procedimientos disciplinantes mediante los cuales lo que se logra es evitar que se imponga a la fuerza el más fuerte o que el más ansioso o necesitado de modificar algo lo pueda hacer a martillazos…como en la horda primitiva.

Es decir, viabiliza el desenvolvimiento de la cultura en sustitución de la mera imposición por la fuerza.

Desideologiza al Estado, situándolo no por encima de la sociedad, sino bajo su control democrático, (como sugería Marx en su conocido texto: “Crítica del Programa de Gotha”) y por ello mismo no anula el conflicto entre ideologías, ni la lucha de clases, ni la disputa entre concepciones últimas del mundo de la vida, las continenta para administrarlas político jurídicamente; en primer lugar, al conflicto entre el capital y el trabajo asalariado.

Administra al mismo tiempo el pluralismo (de las concepciones del mundo) y la lucha de clases.

Eso es todo. En eso consiste la genial obra de Hans Kelsen, la que posibilitó al concluir la segunda guerra mundial que la civilización comenzara a construir políticamente al Estado de Derecho.

Eso es todo. Pero la obra de Kelsen es desde el punto de vista de la historia de la civilización tan importante e influyente -hasta hoy- como la acción revolucionaria teórico - práctica de Vladimir Ilich Lenin, de suerte que tendremos que analizar mucho más en profundidad las diferencias entre las soluciones que propusieron.
Tendremos que analizar el casi obsesivo esfuerzo que realizó por comprender a Marx y su crítica de la IDEOLOGIA, incluida la que surge con la designación “marxismo” luego del fallecimiento de sus fundadores: Marx y Engels.

La crítica de Kelsen al marxismo puede enunciarse como el resultado de una “perpleja admiración” y de un cierto temor a lo que considera como una tendencia “anarquista – individualista”, pues como vimos su objetivo civilizatorio, el de Kelsen, es incompatible con la idea del fin del Estado y del Derecho en la sociedad, lo que en la anticipación de Marx ocurre cuando se supere estructural y político – culturalmente la lógica productiva de la sociedad dividida en clases.

Kelsen considera a esta formulación como “utópica” y lo hace porque en algunos sentidos, (en el práctico) entendió a Marx y Engels mejor que quienes se auto designaban como sus herederos.

Kelsen no se imagina que tal cosa pueda ocurrir, (la extinción del Estado y del Derecho) por lo menos no ante sus ojos, que es lo mismo que subraya Marx en la “Crítica del Programa de Gotha”.

Buena parte del problema que origina la crisis del marxismo en el Siglo XX deriva esencialmente de que ni Marx, ni Engels, ni Lenin tomaron en consideración la significación histórico política que tendría el Estado NACIONAL imperialista en el proceso competitivo por asegurar sus condiciones de existencia por parte de las comunidades así organizadas, no porque en su sustancia teórica no hubiesen prestado atención a la complejidad que plantea la competencia entre estados (y economías) nacionales sino porque como señaló Engels en su último texto antes de morir, la fascinación por los procesos revolucionarios en casi toda Europa durante el Siglo XIX los condujo a considerar posible el inicio de la superación de la sociedad en clases por parte del proletariado unido de todo el continente europeo antes de que se consolidase la competencia entre Estados nacionales.

Y como Europa se encontraba en ese momento desde el punto de vista tecnológico y cultural muy por delante de todas las demás culturas los fundadores de la filosofía de la praxis entendieron que las soluciones civilizatorias que surgieran de un proceso revolucionario en Europa, serían luego adoptadas por el resto de las sociedades.

El aislamiento de la Revolución bolchevique dentro de las fronteras de Rusia puso de manifiesto luego, con la contundencia de los hechos, que la emergencia de la competencia imperialista entre los Estados más poderosos estaba modificando las relaciones de poder hacia una dirección sustancialmente caracterizada por la sublimación histórico política de la cuestión nacional. (Volveremos más adelante sobre este relevante asunto).

Ahora tenemos que continuar el recorrido farragoso por la obra de autores que pensaron estos problemas…

Pero antes de hacerlo vamos a dibujar literariamente un mapa del marco conceptual general en torno del cual esos debates tuvieron y tienen lugar.

(Continuará)

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