miércoles, 28 de junio de 2017

¡Es la política, compañeros!


La dialéctica gestión sistémica / voluntad transformadora democrático -igualitaria ha llegado a su mayor punto de tensión desde que el Frente Amplio accedió al gobierno nacional en Uruguay.

¿Cuál es el contenido de esa dialéctica, de ese conflicto?

El que se deriva de que la izquierda, cuando gobierna, además de gestionar eficientemente la economía y las instituciones (macroeconomía, empresas públicas, inversiones públicas, microeconomía, etcétera) para que la nación produzca suficiente riqueza a efectos de poder intervenir en la distribución social de la misma, considera estratégicamente necesario también intervenir sobre la democratización de la sociedad.

Tender a la igualdad en el más profundo sentido de viabilizar la capacidad de cada ser humano para que desenvuelva todo su potencial creativo, intelectual y productivo.

Y esto último que se enuncia muy simplemente, en dos líneas, para ser ejecutado como política necesita vencer inmensos obstáculos: privilegios desmedidos, estructuras que tienden a reproducir privilegios ya adquiridos, (algunos legítimos y otros no tanto), desigualdades crónicas, intereses de muy diversa naturaleza que operan según lógicas cortoplacistas o burocráticas, (que defienden sus propios privilegios aun cuando en ocasiones estos perturban el proceso democratizador general) …

Estos obstáculos sólo pueden ser resquebrajados (muy pacientemente) cuando la sociedad empuja al proceso transformador en cientos de formas prácticas: luchas sociales, acciones innovadoras, críticas, propositivas...

Muy frecuentemente en estos procesos se producen empates.

Cuando eso ocurre, resulta necesario reactivar al espíritu transformador mediante la elaboración colectiva, lo más consensual posible, de una nueva agenda transformadora.

Una nueva agenda transformadora que tome en cuenta lo ya realizado, lo que ha sido mal ejecutado y lo que falta por transformar en la dirección democrático-igualitaria, contenido sustancial que constituye la razón de ser de la izquierda uruguaya organizada políticamente.

Por unos minutos, hagamos abstracción de un hecho importante respecto del cual en realidad no es posible abstraerse, pero necesitamos hacerlo para hurgar hacia adentro de nosotros mismos: la praxis desestabilizadora de los grupos de privilegios cuyo objeto es siempre embarrar la cancha para recoger alienación sistémica, obediencia sistémica (reproducción del statu quo) y la acción de las fracciones más conservadoras de esos grupos de privilegio cuyo objeto es sembrar desconfianza en la praxis política, pues ella, esa praxis, siempre tiende a limitar sus privilegios.

Luego procuremos identificar en lo más hondo del conflicto de clases, el origen de otros malestares, ya no el de los grupos de privilegio capitalistas, sino el de unos cuantos sectores de la sociedad, básicamente compuesto por profesionales, funcionarios más o menos calificados del estado y pequeños productores, (la clase media / clase media) que sienten que el proceso de “modernización” institucional se desenvuelve muy lentamente o que por el contrario, sienten que se desenvuelve sin una participación democrática radical antes de adoptar algunas decisiones.

El término “modernización” es sinuoso y ambiguo, pero dice rápido lo que constituye el objeto de la tensión: cómo perfeccionar la competitividad de la economía nacional al mismo tiempo que se democratiza la gestión de la riqueza socialmente producida, pues únicamente así es posible (en el mundo actual) viabilizar el desarrollo cultural y tecnológico de una sociedad para que mejore la calidad de vida de sus integrantes.

La economía uruguaya ha logrado crear la base de un desarrollo sustentable y en general, regenerar las instituciones para lograrlo: Agencia Nacional de Desarrollo, la ANII, revolución en la producción de energía, revolución en la inversión y extensión en las tecnologías digitales, incremento de la inversión en educación y en el sistema universal de salud, polos tecnológicos, comunidad científica con dedicación total, sinergias dinámicas como en el universo del software y el diseño o en algunas áreas de la producción agroindustrial, el sector servicios, etc.

Pero el país no crea todavía suficiente nivel de riqueza como para incrementar los recursos necesarios que permitan acelerar el proceso de dinamización de la sociedad civil.

La mentalidad del “lo atamos con alambre” de algunas estructuras de funcionarios públicos librados a la indigencia presupuestal durante décadas todavía no ha podido ser derrotada totalmente, porque la sociedad civil no genera los suficientes niveles de empleo como para que la mayoría de los jóvenes aspiren a desenvolverse en ella, en lugar de “atornillarse” a algún puestecito estatal las más de las veces existencialmente no estimulante, pero que asegura un “mínimum”.

Al mismo tiempo, unos cuantos grupos de trabajadores de diferentes áreas siente que han puesto mucho de sí para impulsar el proyecto democrático – igualitario y no se los trata, sin embargo, con suficiente respeto, antes bien se los somete a crítica no siempre seriamente argumentada: los docentes, los maestros, los trabajadores de algunas empresas y administraciones públicas.

Y todavía un grupo de tecnócratas políticamente superfluos, (buena parte de ellos concentrados en el Ministerio de Economía), dicta cátedra con soberbia sobre todo y en todas la áreas, oculta información con el muy democrático criterio de que los demás “no van a entender”, pero nadie sabe dónde estaban esos señores, por ejemplo, cuando miles de trabajadores tomaban las calles para derrotar a la dictadura o cuando se trataba de entusiasmar a la sociedad con el proyecto transformador.

El rol del Estado en general, en la economía de un país demográficamente poco poblado, es siempre muy relevante si la sociedad que lo constituye aspira a preservar autonomía en la globalización.

Un estado activo, que por lo tanto demanda importantes recursos, únicamente puede administrarse en beneficio de la comunidad si al mismo tiempo la sociedad civil es muy dinámica o si se accede a recursos naturales que aportan ingentes cantidades de capital de vez en vez: el cobre en Chile, el petróleo en Ecuador...

Cuando no se dispone de esos recursos naturales (y estratégicamente siempre) únicamente el dinamismo de la sociedad civil y la calidad funcional del aparato del estado (su no burocratización) pueden generar los niveles de calificación cultural y riqueza necesarios para viabilizar un desarrollo sustentable.

El dinamismo de la sociedad civil por lo tanto, no puede quedar atrapado (en empate perpetuo) entre la incapacidad de la gestión política gubernamental para reunir la masa crítica que impulse las transformaciones democratizadoras y grupos de tecnócratas economicistas o unos pocos sindicatos estatales lumpenizados, pues en tal caso el desaliento, y no el espíritu transformador, termina prevaleciendo.

El empate perpetuo, por lo demás, pone en evidencia que algo anda mal en el partido político que como intelectual orgánico y como hacedor de política se propone la democratización de la sociedad.

¿Cómo se aborda con seriedad este problema que ocurre en general por muy diversas razones y cómo se atiende al malestar que produce en vastos sectores, también diversos, de la sociedad?

Incluso cuando por momentos se desborda en tonterías retóricas, (ese malestar) como en una reciente nota sobre la educación en la que se exige a no se sabe bien qué actores que no sean idiotas.

La nota se titula algo así como “es la política, idiota”, y cuando la leí pensé que estaba criticando al presidente de la República y a la ministra de Educación, porque, ¿quién tiene que crear las condiciones de cualquier liderazgo político transformador sino el que tiene capacidad institucional para hacerlo?

Ya sea esta capacidad institucional estatal o partidaria.

Pero dejemos este tema menor de lado.

Abordemos lo esencial, pues en este momento de la historia del país algunos temas coyunturales, el debate sobre la inversión pública, la crisis de nuestros vecinos, la inestabilidad mundial, están generando problemas también coyunturales que no son los que nos interesan aquí, pero que sería infantil no tenerlos en cuenta, no mencionarlos, como parte del problema que analizamos.

Lo esencial que consideramos oportuno subrayar es lo siguiente: el dinamismo de una sociedad únicamente neutraliza a todas las formas legítimas (la inquietud por asegurar ingresos y prestaciones básicos) e ilegítimas del conservadurismo, (la pretensión de hacerlo incluso a costa del dinamismo económico y cultural de la nación) si la masa crítica que impulsa las transformaciones democrático igualitarias resquebraja toda estructura más o menos de casta, toda practica amiguista o clientelar y con paciencia y sabiendo muy bien hacia dónde se dirige empuja sin fisuras el proceso transformador.


Es entonces cuando reúne en la sociedad las fuerzas necesarias para avanzar.

Estos procesos frecuentemente necesitan líderes que le den coherencia política y técnica al proyecto, pasando por arriba de los intereses creados NO LEGITIMOS que se expresan en formas de sectarismo, chacras de poder, corporativismos, etc.

¿Cuenta AHORA la izquierda con esos líderes?

Un porcentaje muy importante de la población no los vislumbra todavía, razón por la cual, el pasado, en la forma de las muchas consecuencias de la crisis estructural que afectó al país durante décadas, y que dejó secuelas que no se resuelven a golpe de voluntarismo, pero tampoco según lógicas burocráticas, sigue prevaleciendo sobre la convicción de que un futuro mejor para todos puede alcanzarse en relativamente poco tiempo.


Lo angustiante es que efectivamente puede alcanzarse en relativamente poco tiempo.

Eso sí, para lograrlo hay que “producir” alta política, gestionar con solvencia, y convocar y reunir a lo más dinámico de la sociedad detrás de los objetivos transformadores, en lugar de matarse a codazos para conseguir un puestecito para algún amigo, expulsar a los que traen espíritu de cambio porque “molestan”, denigrar a los trabajadores porque luchan por preservar sus conquistas, abrogarse la propiedad privada de la moral y las buenas costumbres, oír poco y sentenciar mucho, posar para la foto pero embarrarse nada, y toda una serie de posturas y comportamientos que el “sálvese quien pueda” que caracteriza al capitalismo contemporáneo desparrama implacablemente sobre la sociedad.

El modo de desenvolverse tecnológicamente la globalización desparrama, además de comportamientos egoístas, temores fundados: los trabajadores bancarios que comienzan a ser prescindibles por la expansión en condiciones de seguridad de la atención a los clientes a través de la web, los trabajadores manuales a los que si no se capacita serán prescindibles a partir de la robotización radical de los procesos que ya comenzó y es indetenible, la radicalización de los conflictos políticos en muchas regiones, entre ellas la nuestra, como muestra la situación de nuestros vecinos, que abonan cierto desasosiego respecto a nuestra capacidad de contar con ellos en cuanto a las políticas de desarrollo económico…

Factores todos que abonan como malestar, como temor, angustias de diversa naturaleza, que no se arreglan con cosméticos, ni con disciplinamientos abusivos, esencialidades, y caras serias como contrapeso a la experimentación radical (legalización de la marihuana) y al dale que ahora sí en el manejo de las empresas públicas del pasado reciente, sino que se arreglan haciendo política de alto nivel, democratizando el proceso de deliberación democrática antes de tomar decisiones, mediante una praxis eficiente en la puesta en práctica de esas decisiones una vez que se adoptaron, definiendo prioridades…

De suerte que sí, ES LA POLÍTICA, pero es la política: ¡compañeros!


El arte de la alta política, que no necesita calificativos, sino a un intelectual colectivo que las piense y ejecute.

La paciencia de una parte de la sociedad comienza a agotarse, o por ansiedad de cambio o por temor a los cambios: el que sepa oír, que escuche.

GB

Nota: En este breve escrito se evitó toda referencia a asuntos tales como la gestión de ANCAP, la anterior y la actual, el cierre del servicio médico de esa empresa, la omisión en la acción sobre zonas de la realidad nacional en la que sí se derrocha mucho dinero, la grotesca inconsistencia de algunos actores en la defensa de las empresas públicas como instrumento democratizador (sin que ello anule la crítica de la gestión cuando se cometen desbordes de cualquier naturaleza), los equilibrios entre disciplinamiento y libertad, pues en tal caso el autor se hubiese visto tentado al uso de una catarata de calificativos… y por ahora no es el propósito.

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