sábado, 22 de abril de 2017

“Enriquecerse es glorioso”

Capítulo VII de las Tesis de Abril de Lenin de 1917 y la crisis en Venezuela

En la breve historia de la humanidad hasta el presente, la composición político institucional más revolucionaria y probadamente funcional a la calidad de la democracia ha sido la República parlamentaria organizada en la forma Estado de Derecho.

Esa estructura institucional fue el resultado de cruentas luchas de clases (obreros, burgueses, terratenientes) y de la producción intelectual que a principios del siglo XX procuraba dar cuenta de fenómenos nuevos, tales como el imperialismo y la revolución bolchevique, y estuvo esencialmente urgida por la necesidad que las sociedades más desarrolladas de Europa tuvieron de generar altos niveles de estabilidad para contrarrestar una agudización generalizada de los conflictos económico – políticos y culturales incluso entre integrantes de una misma clase.

Se trataba de la “disolución” definitiva del mundo antiguo…

Los conflictos político culturales estaban relacionados sustancialmente con la particularidad de que la producción simbólica, ideológica, todavía estaba muy concentrada en la aristocracia y las diferentes corrientes de la Iglesia Católica que sin embargo no podían ya dar cuenta, utilizando los mismos instrumentos conceptuales que durante la Edad Media, de los acontecimientos que tenían lugar ante su inquieta, sorprendida, y en algunos momentos aterrada mirada.

Sobre todo porque estaban siendo desafiados cada vez más agudamente por autores vinculados al movimiento obrero y por la acción expansiva de las burguesías americana, inglesa, francesa y alemana, cuyas propias instituciones intelectuales y empresariales adquirían por lo demás, cada día mayor influencia y significación económica.

No es en absoluto casual que la producción intelectual orientada a diseñar los contenidos político jurídicos de la democracia del Siglo XX fuera esencialmente elaborada durante el tiempo histórico marcado a fuego por la revolución bolchevique y la República de Weimar.

Y no es en absoluto casual que fuera en ese mismo momento que surgen las más sofisticadas teorías contra revolucionarias al proyecto de la modernidad que consistió durante tres siglos en el esfuerzo por tornar institucionalmente inviable toda forma de autoritarismo, entre ellas, entre las teorías contra revolucionarias, las de Karl Schmitt, de cuyos contenidos emergería el fascismo, el nazismo, y el populismo de derecha.

No obstante ese conflictivo escenario ocurrido ayer nomás, luego de la segunda guerra mundial el occidente Europeo logró diseñar una ingeniería institucional, la república parlamentaria organizada en la forma Estado de Derecho, que cumplió un rol revolucionario en la “extensión” de la calidad de la democracia.

Pero para que opere con la sofisticación que en algunos momentos ha logrado hacerlo articulando la dialéctica: convivencia democrática, lucha de clases, proyecto nacional por parte de comunidades organizadas en estados nación, sus contenidos institucionales y culturales necesitan, propiamente, necesitan, ser sometidos a profunda crítica como consecuencia del fenómeno de la globalización.

Y ello únicamente puede ser obra de los trabajadores, que, por obvias razones de equilibrio de fuerzas, son los más interesados en profundizar la democracia.

Esto porque la globalización al poner en jaque a la abrumadora mayoría de los estados nación mismos, su supervivencia como tales, interviene negativamente sobre la reproducción de los contenidos institucionales de la democracia republicana organizada según el modelo que radicaba el poder en el parlamento, es decir, que fundaba el equilibrio de fuerzas en la praxis política.

Occidente llegó a ese diseño institucional a partir de las reflexiones y prácticas esencialmente de tres individuos de deslumbrante inteligencia: Hans Kelsen, Max Weber y Vladimir Ilich Lenin, que al intentar responder cada uno a su modo a los dilemas civilizatorios de principios de siglo XX realizaron los aportes conceptuales y práctico políticos más influyentes y sobre cuya base se erigió al fin de la segunda guerra mundial la institucionalidad democrática más avanzada hasta el presente en la historia entera de la humanidad.

En el presente momento histórico en el que algunas elites cuando escuchan nombrar a Lenin expresan sorprendidas: “pero cómo, no lo habían despedido al ruso ese” y en el que buena parte de los funcionarios de la inteligencia militar de los países potencialmente imperialistas fueron educadas en el más vulgar de los anticomunismos, la emergencia de China como potencia mundial está provocando una conmoción semejante a la que produjo la revolución bolchevique a principios del Siglo XX, hace apenas… cien años.

La acción simultánea de grupos de privilegio de matriz oligárquica (sobre todo en el mundo islámico, en varios países de Europa y en América del Sur) y de corporaciones capitalistas radicalmente expansivas, muchas de ellas entrelazadas con la industria armamentista, sin embargo, ha debilitado en casi todo el planeta a la democracia parlamentaria organizada según las lógicas del Estado de Derecho pues, aunque tienen intereses diferentes, esas estructuras a su vez en general integradas con los intereses nacionales de estados imperialistas han presionado históricamente y presionan con particular énfasis en la actualidad a partir de la emergencia de China como potencia mundial, en favor de gobiernos fuertes y “eficientes”.

Fuertes y eficientes en términos de defensa de sus privilegios de clase, nacionales en algunos casos, globales en otros.

Y la democracia se sabe desde Aristóteles, es más sólida históricamente que cualesquiera otras formas de gobierno en términos de estabilidad social y cultural, y en cuanto creación de las condiciones “ambientales” para favorecer el dinamismo productivo de los individuos, pero se toma su tiempo para adoptar decisiones, abre el juego al pluralismo de las opiniones y a la participación ciudadana, todo lo somete a discusión y crítica, integra a los jóvenes y a los ancianos, a los trabajadores y a los empresarios, a los intelectuales y a los asalariados rurales… garantiza o procura garantizar la libertad de expresión y otras libertades cuya conquista ha insumido heroicas luchas de trabajadores que dieron sus vidas para que las generaciones posteriores a ellos contaran con esas libertades: el sufragio universal, el laicismo como cultura de la libertad religiosa, la igualdad de género, la libertad de asociación y un largo etcétera.

Pero pese a que la revolución bolchevique y la revolución china obligaron en occidente a las élites aristocráticas y a las burguesas más conservadoras a adaptarse a la república parlamentaria pues el experimento democracia comunal que intentaron implementar les abría una competencia a la que tenían que neutralizar para preservar sus privilegios, toda vez que las organizaciones proletarias se aprestaban a llegar al poder del Estado mediante procedimientos democrático electorales una acción violenta de tipo fascista o militarista, estatal o paraestatalmente ejecutada, interfería en el normal desenvolvimiento de la democracia republicana.

Como suele ironizar el presidente de la República Oriental del Uruguay, Dr. Tabaré Vázquez, cuando enuncia exponiendo datos fácticos una realidad que contradice discursos ideológicos, puede expresarse aquí respecto de lo anteriormente escrito: “¿O miento ciudadanos?”.

Se cuentan por millones en el mundo entero los líderes de los trabajadores y de los partidos de izquierda asesinados, encarcelados, torturados, expatriados, despedidos de sus trabajos, desde fines del siglo XIX y hasta el fin de la segunda guerra mundial en Europa y hasta el presente en buena parte del mundo.

En algunos momentos de la historia moderna, posteriores a la segunda guerra mundial, el estalinismo y el radicalismo de algunos movimientos pequeño burgueses, ciertamente, les facilitaron la tarea.

Pero las atrocidades de esas prácticas discursivamente revolucionarias y no obstante funcionales a los intereses de los grupos de privilegio cuyas causas no pueden estudiarse aquí, en absoluto modifican los hechos históricos tal y como ocurrieron durante el Siglo XX en particular.

De modo que corresponde preguntarse:

¿Por qué, aunque tuvo consecuencias muy relevantes y positivas para la humanidad, a la muerte de Vladimir Ilich Lenin fracasó su revolucionaria intención de organizar a la sociedad según un modelo de democracia directa?

Y eso hemos procurado hacer a las apuradas y con enunciados generales en los capítulos anteriores.

Antes de ingresar al análisis de la situación de Venezuela en 2017 y sus posibles repercusiones a nivel regional e incluso mundial procuremos, aunque sin la hondura que el tema requiere, responder ahora explícitamente a esa pregunta, ya que en capítulos anteriores nos limitamos a enunciar marcos teóricos generales con los cuales poder hacerlo.

Entre otras razones muy hondas pero en las que no podemos detenernos aquí, la experimentación de la democracia directa fracasó porque el dinamismo social que mediante ese procedimiento institucional se procuraba alcanzar, en la Rusia soviética post Lenin, y en la China de Mao, fue sustituida por una burocracia cada vez más militarizada como consecuencia de que la inmadurez capitalista de las economías rusa y china (la ausencia de una sociedad civil desarrollada) más la agresión externa, fueron anulando progresivamente la significación innovadora de los individuos particulares.

A tal punto que, recurriendo a la sofisticada tradición epigramática del pensamiento chino, en el momento que se inician las reformas económicas tendientes a modernizar según las lógicas capitalistas a la economía de ese inmenso país, uno de los eslóganes fue: “enriquecerse es glorioso”.

Durante el período caracterizado por las prácticas voluntaristas la sociedad civil fue sustituida enteramente por una burocracia abúlica, temerosa, luego cínica, y cuando ya era evidente el desinterés de la sociedad por ese modo de existencia, autoritaria y corrupta.

Si se leen con atención las intervenciones públicas de Lenin cuando se desempeñaba como jefe del estado proletario puede observarse que comprendió perfectamente que ello podía ocurrir y por eso elaboró una táctica contingente que sólo volvió a ser aplicada por Deng Xiaoping, en la República Popular China, algunas décadas después.

Diseñó un proyecto de modernización capitalista de la economía rusa que procuraba dinamizar la vida social, económica, tecnológica y cultural.

Sustancialmente la democracia directa fracasó pues porque la sociedad civil era muy débil en Rusia y en China y en ambos países, esencialmente conformados por campesinos, lo siguió siendo durante todo el Siglo XX como consecuencia de la pretensión, contra toda la teoría de la transformación de la sociedad de Lenin, de “implantar” el socialismo.

Cuando inició la conducción del proceso de creación de un Estado proletario Vladimir Ilich Lenin elaboró un programa de modernización de la economía rusa cuya finalidad sustancial era dinamizar a la sociedad civil según las lógicas que son propias del sistema capitalista, pero disponiendo del mayor porcentaje posible de esos recursos para financiar la experimentación de una democracia directa, tal y como ya había expresado, explícitamente contra Stalin, en los debates que dieron lugar a sus Tesis de Abril.

Pero a principios de Siglo XX no únicamente Lenin ensayaba una fórmula civilizatoria para contener los desastres que la guerra imperialista estaba provocando por primera vez en la historia en el mundo entero.

Max Weber, un sociólogo alemán, en atención a los mismos problemas, sugirió que la burocracia, si era conducida por la política, por decisiones tomadas democráticamente por la sociedad en tanto interacción de intereses diferentes, podía llegar a ser neutral, pues de tal modo y sólo de tal modo posibilitaría que el Estado en competencia con otros estados alcanzase los niveles de estabilidad necesarios para superarlos tecnológica y culturalmente y erigirse en “faro” civilizatorio.

Procuró mezclar a Hegel con Marx para dar respuesta a un fenómeno nuevo que emergió mientras pensaba: la competencia por el mercado global entre estados nacionales más o menos desarrollados, el imperialismo.

Hans Kelsen, el mayor teórico del Derecho de occidente, al que, como a Marx y a Lenin, la competencia entre Estados le resultaba un fenómeno vulgar, sugirió en cambio que únicamente el Derecho, el ajuste de los comportamientos sociales y estatales a un orden jurídico elaborado políticamente y aplicado por una burocracia neutral, primero nacional y luego internacional, lograría que la lucha entre comunidades y entre clases se desenvolviera sin la utilización permanente del recurso de la violencia. Procuró “completar” a Marx elaborando una teoría del Estado de Derecho, que Marx había anunciado escribiría, pero que no llegó a hacerlo.

Como puede observarse, y aquí nos proponemos nada más que exponer conceptualmente al fenómeno, en cuyas complejidades, su esencia, se ahonda en otro texto, (Los naipes están echados, el mundo que viene), en el proceso de la civilización tiene lugar un severo conflicto entre el ser como fuerza “natural”, (los individuos asegurando la reproducción de su vida o la preservación de privilegios) y el deber ser como fuerza cultural, también “natural” en cuanto resultado de la capacidad transformadora (sobre la naturaleza y sobre sí misma) de la especie humana como tal especie.

Por ello, si las lógicas del DEBER SER, del Derecho, y antes la religión (no matarás) no son respetados por todas las partes involucradas en los conflictos, de supervivencia, de intereses, cuando ellas, las lógicas del deber ser adquieren la forma de un contrato, de un acuerdo consensuado, si no son respetadas por todas las partes en conflicto, lo que ocurre es que se impone la fuerza tal y como está distribuida en un determinado momento del proceso de humanización, del proceso de la civilización.

Toda acción cultural humana se desenvuelve según una composición ideológica, que adquiere, en tanto hecho cultural, una significación objetiva.
La sociedad impone una consecuencia si no se actúa según como lo establece la ley… y lo hace porque de otro modo se autodestruiría como comunidad competitiva.

Y tal es la razón sustancial por la cual la tendencia a encausar formas de democracia directa en la forma de descentralización de los recursos para dinamizar a la sociedad civil formará parte del debate sobre la democracia en las próximas décadas.

Ninguna comunidad humana ha encontrado todavía la manera de hacerlo en las condiciones competitivas del mercado mundial capitalista, pero pese al griterío histérico de muy poderosas corporaciones y oligarquías y sus medios de comunicación tal cosa ocurrirá inexorablemente porque constituye, en el presente momento histórico, la única manera de controlar al poder.

(Continuará)
Deng Xiaoping

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