jueves, 6 de abril de 2017

El conflicto entre burocracia y dinamismo social: clave para comprender la crisis venezolana y al fenómeno Donald Trump…

Capítulo IV de las “tesis de abril” de Lenin en 1917 y la crisis en Venezuela

(Manual para alterar el sistema nervioso
de cerebros pequeño aburguesados y/o voluntaristas)

Ante el riesgo de que el proletariado ruso perdiera influencia en el proceso revolucionario que en la Rusia de principios del siglo XX procuraba derrotar al absolutismo zarista junto a toda su pesada estructura autoritaria feudal, Vladimir Ilich Lenin decidió impulsar, hace en estos días exactamente cien años, el surgimiento de un nuevo tipo de Estado semejante al que embrionariamente había emergido unas décadas antes durante las revueltas obreras en Francia, en medio del proceso conocido históricamente como la Comuna de Paris.

Otros dirigentes bolcheviques en cambio, se contentaban con impulsar la consolidación de la forma república parlamentaria al estilo de la que estaba desarrollándose en algunos países del occidente europeo, (todavía de un modo elitista y censitario, pera cada vez más sofisticado jurídicamente) aun cuando la organización del pueblo en comunas, en “soviets”, ya había tenido lugar espontáneamente en las principales ciudades de aquel enorme país.

El argumento principal de Lenin, como vimos al estudiar las Tesis de Abril de 1917, indicaba que en las condiciones de principios del Siglo XX la forma república democrática parlamentaria, como consecuencia de la radicalidad que había adquirido el expansionismo imperialista, otorgaba a la burguesía (que tendía a aliarse con las viejas clases feudales para contener las demandas democrático igualitarias de las clases asalariadas) la capacidad de disponer en su beneficio de las instituciones del Estado.

Y que puesto que los soviets ya habían surgido como organización paraestatal democrática resultaba necesario, a los efectos de asegurar la autonomía política del proletariado, es decir, para que su esfuerzo revolucionario no terminara beneficiando a otras clases sociales, era necesario, enfatizaba Lenin, institucionalizarlos.

Incorporarlos a un ordenamiento jurídico “mediante una asamblea constituyente o sin ella”, como el modo de desenvolverse la democracia en Rusia.

Propuso así la organización de una democracia directa, sin intermediarios profesionales ni en la forma de “representantes” ni en la forma de tecno burocracias “inamovibles”, tanto para gestionar política y militarmente al Estado, como para involucrar a la sociedad en la gestión de la producción material de sus condiciones de existencia según el modo capitalista.

Como tenía absoluta y plena consciencia de la audacia civilizatoria que su propuesta entrañaba, se trataba de reproducir el modelo de democracia griega, pero en un nivel superior, sin esclavitud, al mismo tiempo que lo proponía advertía contra toda forma de voluntarismo en cuanto a pretender que con ello y sólo con ello pudiera “implantarse” el socialismo.

Esto esencialmente por dos razones: porque no sabía si los asalariados de otras naciones más desarrolladas de Europa lograrían terminar con la guerra imperialista haciéndose con el poder del Estado en formas similares a las que él planteaba para Rusia y porque como había subrayado Marx de todas las maneras posibles no resultaba viable iniciar el proceso MATERIAL (aunque sí político) orientado a la superación de la sociedad dividida en clases, si no se lograba antes que “fluyeran a chorro lleno los manantiales” de la riqueza en la forma de abundancia de recursos para satisfacer las necesidades básicas de TODA la sociedad.

Durante la Revolución americana del norte, uno de los padres fundadores de lo que luego sería Estados Unidos, Tomás Jefferson, también había expuesto que, para contener las ambiciones de la riqueza, su intromisión en los asuntos políticos, resultaba necesario combinar las estructuras institucionales de la república democrática parlamentaria con lo que denominó como “repúblicas elementales”, institución muy semejante a lo que luego serían los soviets mientras vivió Lenin.

Se proponía “descentralizar” la gestión de los recursos producidos siempre e inexorablemente por la sociedad en su conjunto.

(Algún día el autor de este escrito dispondrá del tiempo necesario para estudiar honda y rigurosamente esa propuesta, pero no ha llegado ese día todavía… Al autor le interesa particularmente interiorizarse de aquella propuesta y de los debates que motivó, pues coincide en muchos aspectos con el modo en que considera más idóneo se desarrolle la democratización de la sociedad el por dos veces Presidente de Uruguay, Dr. Tabaré Vázquez Rosas. Vázquez promovió procesos de descentralización política en Uruguay que fueron implementados y que están siendo todavía evaluados -para modificar algunos de sus contenidos o acentuar su significación institucional- en su potencial democratizador).

Arribados hasta aquí pues, y antes de ingresar en terrenos teóricamente muy pero muy complejos, (pero necesitamos hacerlo para comprender en toda su dimensión a la crisis venezolana luego de la muerte de Chávez) parece relevante hacer notar al lector que resulta extremadamente significativo, extremadamente significativo, que los contenidos político culturales de la dialéctica democracia parlamentaria – democracia directa vuelvan a plantearse, como están planteados, a principios del siglo XXI, en un país, cierto que singular, de América del Sur.

Y aún más, resulta extremadamente significativo que en un país de América del Sur vuelva a plantearse, no únicamente el problema de la calidad de la democracia, como ocurrió a principios del Siglo XX en Europa, sino además el problema al que vamos a referir como el conflicto entre burocracia y dinamismo social, asunto que resultó clave en la deriva autoritaria de la Rusia soviética a la muerte de Lenin y que resulta clave para comprender tanto la crisis venezolana… como al fenómeno Donald Trump…

Un apunte más antes de concluir este capítulo, pues el autor necesita tomarse unos días antes de adentrarse en los asuntos teóricos que ha anunciado como muy, pero muy complejos, y que pretende exponerlos con toda la sencillez de que sea capaz.

En un capítulo anterior de este escrito se indicó la relevancia estructural que todavía entraña respecto de los conflictos geopolíticos el problema del “desarrollo desigual” del modo de producción capitalista en diferentes países del mundo.

Aquellas naciones que protagonizaron la revolución industrial y luego iniciaron un proceso de expansión imperialista disponen, naturalmente, de mejores condiciones competitivas que aquellos que organizaron su economía según las lógicas del sistema de producción capitalista décadas o siglos después y que lo hicieron en general en condiciones de subordinación tecnológica y geopolítica.

Esto último referido a la capacidad de esas naciones de desenvolverse con autonomía e incidir en el establecimiento de las reglas de juego del comercio mundial.

El proceso de acumulación de capital conlleva múltiples efectos en las naciones que lograron desenvolverlo según las lógicas del sistema capitalista en su forma más o menos ideal (competencia – reinversión de capital – competencia) pues para darle sostenibilidad al proceso tanto a los países como a los capitalistas (los que disponen de capital en condiciones de producir más capital) les resulta decisivo generar un entorno de estabilidad política y cultural.

Esto último por ejemplo en la forma de universidades públicas y privadas que desarrollen conocimiento que luego será aplicado al proceso de reproducción del capital y al incremento de la cultura general de una nación.

Desde el año 1999 en el que asume democráticamente el poder del Estado en Venezuela, sobre todo a partir del momento posterior en que logró disponer políticamente de la “renta petrolera” para ponerla a actuar en función de los intereses nacionales de su país, el Presidente Hugo Chávez Frías implementó la mayor inversión de la historia de América del Sur en la creación de universidades, formación de docentes y universalización de la educación.

Procuraba con ello (y otras acciones como reducir la pobreza e invertir en infraestructuras) acortar la distancia con los países más desarrollados a efectos de iniciar un proceso que buscaba evitar que Venezuela dependiera exclusivamente de sus recursos naturales para competir en el mercado global.

Como a los países que protagonizaron con mayor o menor sofisticación acciones imperialistas les insumió algunos siglos y unos cuantos actos “de rapiña” como los denominaba Vladimir Ilich Lenin, alcanzar niveles de desarrollo tecnológico que les permiten jugar un rol hegemónico en el establecimiento de las reglas de juego del comercio mundial, resulta del todo sensato (lo gobierne quien lo gobierne, salvo que sea una administración filo imperialista, en cuyo caso no lo logrará nunca), conceder a Venezuela un tiempito más.

A los venezolanos y únicamente a los venezolanos corresponde encontrar el modo político de preservar su autonomía y desarrollar la calidad de su democracia para generar altos niveles de estabilidad y dinamismo social.

Este texto procura contribuir a que lo logren, aunque con la humildad de quien no participa en los procesos de toma de decisiones de los gobernantes de aquel bellísimo y rico país, pues, si hay una nación en el mundo actual que tiene todas las condiciones para diseñar y consensuar entre su población una democracia modélica, ese país es Venezuela.

(Continuará)

Nota mínima.
¿Por qué a los dirigentes del PSUV les cuesta entender a la izquierda uruguaya, como para decir tonterías tales como el departamento de Estado de EEUU influye en nuestras decisiones táctico políticas, cuando es exactamente al revés, es Uruguay el que influye en las elites de América del sur y del Norte con el objeto de ayudar a Venezuela a evitar que su crisis derive una guerra civil? No porque sean muy superficiales en algunos campos, que muchos son un poco, sino porque se encuentran en una situación existencial y política de enorme tensión. Cuando un cuerpo dirigente se encuentra en una situación de enorme tensión es cuando más sutil debe ser. Y no vayan a creer los dirigentes venezolanos que el autor de este escrito subestima el “poder de fuego” del que disponen, pero se toma el atrevimiento de sugerirles que no lo sobre estimen.

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