viernes, 17 de marzo de 2017

“La época de las revoluciones hechas por pequeñas minorías ha pasado”



Capítulo 31 de Los naipes están echados, el mundo que viene.

En los primeros años del siglo XX casi todos los Estados modernos geopolíticamente relevantes eran gobernados por elites burguesas frecuentemente aliadas con jerarcas militares formados en instituciones imperiales o por monarquías constitucionales donde, naturalmente, las viejas clases privilegiadas disponían de enorme influencia.

Los partidos proletarios eran sistemáticamente perseguidos, censurados sus medios de expresión, asesinados o expatriados sus líderes, reprimidas salvajemente las protestas callejeras que organizaban en demanda de mejores condiciones de trabajo, reprimidas las movilizaciones que demandaban el sufragio universal para todos los ciudadanos…

La revolución tecnológica había transformado radicalmente a las instituciones militares de esos Estados, que se modernizaban y profesionalizaban sin pausa, y un fenómeno nuevo, que nadie comprendía enteramente pero que todos observaban tenía un carácter diferente a la “conquista” de tierras cultivables o ricas en recursos naturales de la antigüedad, el imperialismo, amenazaba con aniquilar a la democracia como cultura de la convivencia política.

“La época de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se trate de una transformación completa de la organización social tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha enseñado la historia de los últimos cincuenta años. Y para que las masas comprendan lo que hay que hacer (el inicio de la superación de la sociedad dividida en clases), hace falta una labor larga y perseverante”, escribía Engels en 1895.

En el capítulo 5 de este trabajo se refiere a que Federico Engels sostuvo en su último escrito público a fines del siglo XIX que el proletariado en los países desarrollados no podría ya aspirar a hacerse con el poder del Estado mediante un levantamiento militar, (siempre conducido por minorías) pues en tal caso, como consecuencia de la profesionalización de las instituciones coercitivas del Estado, sería aplastada su organización como clase y perdería toda influencia por largos períodos del proceso histórico.
En su lugar, realiza un elogio del modo en que el movimiento obrero alemán había aprendido a desenvolverse, desarrollarse, mediante su participación político electoral y político cultural.

No sostiene que el proceso de inicio de superación de la sociedad dividida en clases va a tener lugar pacíficamente y enfatiza, en ese texto y en todas las cartas que en esa época envía a dirigentes socialdemócratas de toda Europa que el movimiento proletario jamás y en ninguna circunstancia puede abandonar como motivo civilizatorio su aspiración a conducir a la sociedad hacia el comunismo.

Así lo dice: “La ironía de la historia universal lo pone todo patas arriba. Nosotros, los “revolucionarios”, los “elementos subversivos”, prosperamos mucho más con los medios legales que con los ilegales y la subversión. Los partidos del orden, como ellos se llaman, se van a pique con la legalidad creada por ellos mismos. Exclaman desesperados, con Odilon Barrot: “La légalité nous tue”, “la legalidad nos mata”, mientras nosotros desarrollamos, con esta legalidad, músculos vigorosos y pómulos sonrosados y parece que nos ha alcanzado el soplo de la eterna juventud. Y si nosotros no somos tan locos que nos dejamos arrastrar al combate callejero, para darles gusto, a la postre, no tendrán más camino que romper ellos mismos esta legalidad tan fatal para ellos”. “Por el momento, hacen nuevas leyes contra la subversión. Otra vez está el mundo al revés. Estos fanáticos de la anti revuelta de hoy ¿no son los mismos elementos subversivos de ayer?”

Como vimos en el capítulo 5 Engels reseña el proceso de persecución de los cristianos por el Imperio Romano para poner de manifiesto cómo, cuando una composición ideológica humanista y democratizadora se desenvuelve en la sociedad, no hay fuerza coercitiva que HISTÓRICAMENTE, logre detenerla.

Engels no sabe cómo tendrá lugar el inicio del proceso de superación de la sociedad dividida en clases, pero sugiere que tal proceso podrá comenzar cuando las condiciones materiales estén dadas – el desarrollo de la tecnología y la elevación espiritual y cultural- que posibilite comenzar a experimentar fórmulas que conduzcan a otorgar “a cada cual según su necesidad” y tomar de cada cual “según su capacidad”- y cuando la organización INTERNACIONAL del proletariado sea respaldada democráticamente por la abrumadora mayoría de la sociedad humana.

Lo dice así: …”todas las revoluciones se habían reducido a la sustitución de una determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado de desarrollo económico y, precisamente por esto y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquélla en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuando la mayoría cooperase a ellas, lo hacía –consciente o inconscientemente- al servicio de una minoría; pero esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser el representante de todo el pueblo”.

En estas frases de Engels, integradas al último texto que escribió para ser publicado, están contenidos dos asuntos de la mayor relevancia en relación al estudio que aquí estamos realizando.

Uno de ellos refiere a la caracterización del Estado, el otro refiere a que luego de la revolución proletaria tendrá que ser la abrumadora mayoría de la sociedad la que gobierne.

Como recordará el lector, la caracterización de la democracia, la caracterización del Estado (y de la burocracia), y la caracterización del imperialismo en el contexto estructural del sistema de producción capitalista constituían los temas de la más alta relevancia para el proyecto de la modernidad – volver institucionalmente inviable toda forma de autoritarismo- a fines del Siglo XIX y principios del XX.

Los debates y reflexiones sobre estos problemas no tenían un carácter meramente teórico, se trataba de “reinventar” al Estado para hacer posible la democracia bajo la presión de la acción expansiva de las naciones más poderosas, el imperialismo, y en medio de una radicalización de la lucha de clases como consecuencia de las espantosas condiciones de existencia de la mayoría abrumadora de la población europea que esa misma acción expansiva empujada por la alta burguesía de los diferentes Estados nación más desarrollados procuraba resolver mediante el incremento de la producción y el control militar de mercados cautivos.

Inglaterra, Francia, Alemania, Japón y Rusia en particular, disputaban militarmente el control territorial del mundo todo, razón por la cual, la cuestión nacional, debatida como derecho a la autodeterminación, formaba parte también de la reflexión sobre los contenidos de la democracia.

En ese momento surge por vez primera en la izquierda proletaria y demócrata republicana por ejemplo, la idea de los Estados Unidos de Europa y el debate sobre sus contenidos.
Esto es, la civilización discutía sus contenidos, no como un esfuerzo intelectual auto interpretativo, sino como un desafío práctico en el que estaba en juego el proyecto de la modernidad, la paz o la guerra, el desarrollo cooperativo o competitivo de las formas de producción material de la existencia de las comunidades…

Desde el Manifiesto Comunista, Marx y Engels habían presentado los logros de la revolución burguesa y la estructura en que se fundamentó tal revolución, el sistema de producción capitalista, como un estadio superior de la civilización en relación al feudalismo, (el absolutismo autoritario), el esclavismo y otras formas pre capitalistas de producción de las condiciones de existencia de la especie.

A tal punto, que la izquierda marxista mundial, después de Marx, tuvo enormes dificultades y protagonizó enconados – todavía retóricamente- debates, sobre un tema que resultaría “capital” a principios del Siglo XX y que en cierto sentido que más adelante veremos resulta “capital” en el Siglo XXI: ¿la expansión del capitalismo y de las formas institucionales que le son propias, esencialmente el Estado de Derecho cuya hegemonía disputan la burguesía y el proletariado como las clases mejor organizadas ¿representa siempre y en todos los casos un avance civilizatorio?

Los más lúcidos líderes de la izquierda, Rosa Luxemburgo, Lenin, Kautsky, protagonizaron esos debates acusándose unos a otros de no interpretar correctamente el espíritu de la sofisticada y compleja teoría marxista de la sociedad.

Y es que no era sencillo discernir, disociar, de ella, de la teoría marxista de la sociedad, entre la evidente predilección de Marx por el capitalismo como sistema de producción de las condiciones de existencia en relación a todos los demás, con la determinación del momento histórico en el cual el desarrollo de nuevos fenómenos económico políticos, de nuevos comportamientos sociales, de una nueva calidad cultural del proletariado, posibilitaría iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases.

Cuando Federico Engels escribió: “No fue la democracia la que condujo a Atenas a la ruina, como lo pretenden los pedantescos lacayos de los monarcas entre el profesorado europeo, sino la esclavitud, que proscribía el trabajo del ciudadano libre”, estaba subrayando la compleja dialéctica que tiene lugar en el capitalismo (la forma de producción más elevada de la sociedad dividida en clases) entre democracia y potencia transformadora de la autonomía económica de los individuos en relación a cualquier sociedad organizada estamentalmente.

Para Marx y Engels el sistema capitalista contiene un impulso transformador positivo del mundo de la vida al mismo tiempo que representa un obstáculo al desarrollo civilizatorio.

En el tomo II de estos escritos procuraremos observar qué caracteriza en la actualidad al capitalismo en la globalización, y cuál de estos rasgos, si el transformador o el bloqueo a la superación de la desigualdad estructural propia de toda sociedad dividida en clases prevalece, así como estudiaremos qué rasgos caracterizan hoy al “imperialismo”.

Pero a principios del Siglo XX el fenómeno del imperialismo, el fenómeno caracterizado por el intento literal de repartirse el mundo esencialmente entre Inglaterra, Francia , Alemania y Rusia (controlaban junto a otros países europeos menos importantes el 80% del territorio de Asia, África y el Medio Oriente) los líderes de la izquierda tenían que adoptar decisiones y elaborar definiciones sobre el derecho a la autodeterminación de las naciones, sobre la democracia, sobre las condiciones necesarias para iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases, sobre el imperialismo… sobre cómo asegurar la autonomía política del proletariado, sobre la organización del partido proletario y su rol en sociedad...y sobre las transformaciones que tenían lugar mientras discutían, entre ellas la propia revolución bolchevique.

Lenin terminó su libro “El Estado y la revolución” excusándose por no poder concluir el Capítulo VII con el siguiente texto: “La experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y 1917 habrá que aplazarla seguramente por mucho tiempo; es más agradable y provechoso vivir la experiencia de la revolución que escribir acerca de ella”.

Vladimir Ilich Ulianov escribió “El estado y la revolución”, un considerable número de artículos y el panfleto contra Kautsky procurando que lo líderes socialdemócratas europeos, sobre todo de Alemania, Francia e Italia se plegaran a la estrategia revolucionaria, que el proletariado tomara al Estado por asalto, para frenar “el reparto del mundo por el imperialismo” o por lo menos, como sostuvo en ese libro citando al Manifiesto Comunista para constituir a “la organización del proletariado en clase dominante” lo que a su juicio no se lograba plegándose al nacionalismo guerrerista naciente ni renunciando a la idea de iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases.

El dramatismo con el que estos debates se desenvolvían y la soledad en que Lenin iba quedando a partir de su radical determinación revolucionaria de impulsar el inicio de la superación de la sociedad en clases aunque fuera en un solo país, queda de manifiesto en las últimas líneas de “El Estado y la revolución”, que compartiremos para concluir este capítulo:

“Todos estos señores, que desempeñan un papel enorme, no pocas veces predominante, en la labor parlamentaria y en la lucha publicitaria del partido, niegan francamente la dictadura del proletariado y practican un oportunismo descarado. Para estos señores, la “dictadura” del proletariado ¡”contradice” la democracia! No se distinguen en nada serio de los demócratas pequeñoburgueses. Si tenemos en cuanta esta circunstancia, tenemos derecho a llegar a la conclusión de que la Segunda Internacional (organización de casi todos los partidos proletarios del mundo), en la aplastante mayoría de sus representantes oficiales, ha caído de lleno en el oportunismo. La experiencia de la Comuna (de Paris) no ha sido solamente olvidada, sino tergiversada. No sólo no se inculcó a las masas obreras que se acerca el día en que deberán levantarse y destruir la vieja máquina del Estado, sustituyéndola por una nueva y convirtiendo así su dominación política en base para la transformación socialista de la sociedad, sino que se les inculcó todo lo contrario y se presentó la “conquista del poder” de tal modo que se dejaban miles de porteras abiertas al oportunismo. La tergiversación y el silenciamiento de la cuestión de la actitud de la revolución proletaria hacia el Estado no podían por menos de desempeñar un enorme papel en el momento en que los Estados, con su aparato militar reforzado a consecuencia de la rivalidad imperialista, se convertían en monstruos guerreros, que devoraban a millones de hombres para dirimir el litigio de quien había de dominar el mundo: si Inglaterra o Alemania, si uno u otro capital financiero”.

Al concluir esta frase, la última del libro, añade en el manuscrito: “El tema (de la cuestión de las relaciones entre el Estado y la revolución social) es tan enormemente vasto que sobre él podrían y deberían escribirse tomos enteros”.

En toda su obra IDEOLÓGICA Lenin siempre procede así, combate severamente a favor de sus posiciones, pero luego deja una rendija abierta a la necesidad de un debate filosófico político más hondo. Quizá por ello lideró una revolución que cambió al mundo.

(Continuará)

Engels

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