domingo, 26 de marzo de 2017

“…el derecho a la revolución es el único “derecho” realmente “histórico”, el único derecho en que descansan todos los Estados modernos sin excepción” …


Capítulo 32 de Los naipes están echados, el mundo que viene

Cuando Federico Engels se propuso escribir “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” tenía en mente desenvolver dialécticamente en el texto las ideas de Charles Fourier, el estudio realizado durante cuarenta años sobre la evolución de la sociedad humana por el antropólogo norteamericano Lewis Henry Morgan y las suyas propias con base en apuntes que Marx había realizado de los trabajos de Morgan.

Debió contentarse con seguir la peripecia de Morgan posiblemente porque en caso contrario la obra hubiese tenido una extensión y complejidad que contradecía su intención de escribir siempre que fuere posible para incrementar la cultura del proletariado mundial.

¿Qué es lo que inquietaba a Engels cuando pensaba integrar a Fourier?

La caracterización no ya únicamente de la democracia y del Estado, sino del proceso mismo de la civilización.

Veamos por qué resultaba tan relevante realizar esta caracterización.

En varios de los capítulos de este escrito se alude a la crisis existencial que afectó a occidente, a los individuos de todas las clases sociales, ante la abrumadora intensidad de los cambios que tuvieron lugar en unos pocos siglos.

Desde “la muerte de Dios”, el desafío de administrar políticamente el pluralismo, hasta la impetuosa sustitución del en términos generales simple modo de producción feudal por el sistema de producción capitalista y su modificación radical del modo de desenvolverse los individuos en la sociedad.

Esa crisis existencial y política, que la violenta irrupción del imperialismo moderno extiende al mundo entero, se ahonda todavía más, luego, cuando una vez concluido el proceso guerrerista en el que se expresó, comienzan a conocerse los crímenes racistas del nazismo, y militar voluntaristas del “estalinismo”.

La idea del “progreso” entra en crisis.

Cientos de volúmenes se escribieron sobre el contenido de la civilización en general y sobre “la modernidad”, el proyecto de la modernidad, en particular.

Entre esos textos hemos señalado ya algunos de Max Weber, y el más hondo de ellos, “El proceso de la civilización” de Norbert Elías, pero pueden leerse también, digamos, con provecho, “El asedio a la modernidad” de Juan José Sebrelli, “El discurso filosófico de la modernidad” de Jürguen Habermas. “Todo lo que es sólido se disuelve en el aire” de Marshall Berman, “Dialéctica de la ilustración” de Adorno y Horkheimer, el “Malestar en la cultura” de Freud, “El péndulo de la modernidad” y otras obras posteriores de Agnes Heller y Ferenc Fehér, buena parte de la obra de Hannah Arendt y “Modernidad y ambivalencia” de Zygmunt Bauman.

El proyecto de la modernidad algunos autores lo entendieron como el esfuerzo de la racionalidad política (del ser social inteligente de la especie humana) por tornar estructural e institucionalmente inviable toda forma de autoritarismo pero otros lo “sintieron”, (ante la dramaticidad de algunos acontecimientos como el asesinato deliberado de seis millones de judíos por parte del nazismo o la angustiosa experiencia del autoritarismo estalinista, tan opuesta al propósito humanista del marxismo), como una desmesura pretensiosa de la “razón”, ya entendida en el sentido hegeliano, ya entendida en el sentido kantiano, tal y como las hemos expuesto en capítulos anteriores.

Sobre los crímenes del estalinismo puede leerse “Archipiélago Gulag”, del premio Nobel, Aleksandr Solzhenitsyn. Aunque todavía hoy no hay cifras oficiales aceptadas consensualmente, si se suman a los encarcelados, los deportados, los muertos por hambre, los que padecieron formas de colectivización forzada y los directamente asesinados la cifra podría alcanzar en todo el “socialismo real” a decenas de millones de víctimas.

Mientras existió la Unión Soviética, al concluir la segunda guerra mundial se notificó la muerte de algo más de 9 millones de militares del Ejército Rojo, luego del fallecimiento de Stalin, Jruschov hizo pública la cifra de 22 millones entre militares y civiles.

Y aunque nunca se hizo explícito se supone que esa cifra incluye también a las víctimas de estalinismo. Trabajos historiográficos posteriores en los archivos secretos de la URSS llevaron la cifra a 28 millones.

A partir de la sensibilidad que el drama del nazismo y el estalinismo despertaron contra el proyecto de la modernidad miles de intelectuales consideraron inviable que el ser humano se propusiese mediante la acción de su voluntad lograr superar el autoritarismo, lo que dio lugar a una ideología conformista denominada “posmodernismo”, por cierto muy útil a los grupos de privilegio de la sociedad capitalista, pero totalmente comprensible en Estados Unidos y los países de Europa desarrollada donde la calidad de vida alcanzada por cientos de millones de individuos no podía razonablemente aceptar justificar ya ninguna forma de resolución de las inequidades del capitalismo que incluyera formas violentas radicales y permanentes en su implementación.

Ahondaremos en este complejo problema más adelante, pues la incomprensión del concepto marxista de lo que denominaremos sin profundizar todavía en sus contenidos como “la dialéctica de la humanización” explica en buena medida la vulgarización del marxismo posterior al fallecimiento de Lenin, pero por ahora volvamos a Engels para continuar nuestro análisis de la Revolución bolchevique.

El debate sobre los contenidos de la civilización comenzó esencialmente con Jean Jacques Rousseau, que contrapuso la situación de los seres humanos “en estado de naturaleza” –el comunismo primitivo- a la situación de desarraigo y desamparo que él observó en Paris entre las masas de trabajadores y campesinos.

Pero quien la describió con irónica y sofisticada crueldad fue Charles Fourier.

Así lo expuso: “La civilización, privando al hombre de sus siete derechos naturales, jamás le da equivalentes consentidos. Pregúntese a un desventurado obrero sin trabajo y sin pan, acosado por el acreedor y el interventor en un embargo, si no le gustaría más gozar del derecho de caza y pesca; tener como el salvaje árboles y ganados. No dejará de optar por el papel de salvaje. ¿Qué se le da como equivalente? La felicidad de vivir bajo la constitución: el indigente no puede contentarse con leer la constitución en vez de comer; ofrecerle semejante compensación es insultar su miseria. Se consideraría feliz en gozar como salvaje de los siete derechos y la libertad, no la encuentra pues, en el orden civilizado”.

Según relata Walter Benjamín en el Libro de los Pasajes para Fourier “el salvaje goza de siete derechos naturales: la caza, la pesca, la recolección, el pastoreo, el robo exterior y la despreocupación”, además del derecho a la vida.

No podemos aquí desviarnos tanto de nuestro tema como para dedicar a Fourier el espacio que merece, pero dejemos constancia por lo menos, que se trata de unos de los más hondos y bellos espíritus que ha dado la literatura universal y que lo que en sus textos parece “surrealista” es pura sublime inteligencia.

Veamos que nos dice nuestro autor sobre “el derecho a la vida” y sobre “el derecho al trabajo” (caza, pesca, recolección y pastoreo) y luego explicaremos la razón por la cual lo admiraba Marx, y le interesaba a Engels y a Vladimir Ilich Uliánov, Lenin.

“El primer derecho es el de comer cuando tiene uno hambre. Este derecho está negado por los filósofos en la civilización y concedido por Jesucristo en estas palabras:

¿no habéis leído lo que hizo David, en la necesidad en que se encontraba cuando él y sus compañeros estaban acosados por el hambre? ¿Cómo entró a la Casa de Dios, comió de los panes de las ofrendas y les dio a los que estaban con él, a pesar de que solamente a los sacerdotes les era permitido comer de estos panes? San Marcos.

Con sus palabras Jesús consagra el derecho a tomar lo necesario donde se encuentre cuando se tiene hambre; y este derecho impone al cuerpo social el deber de asegurar al pueblo un mínimo de sostenimiento; como la civilización lo despoja del primer derecho natural, que es el de la caza, pesca, cosecha de frutos, pastoreo, le debe una indemnización.

Mientras no se reconozca este deber, no existe en absoluto el pacto social recíprocamente consentido, no hay sino una liga de opresión, liga de la minoría que posee, contra la mayoría que carece de lo necesario, y que por esa razón tiende a recobrar el quinto derecho, formar clubs o ligas interiores para despojar a los poseedores”.

Veamos ahora qué dice Fourier sobre “el derecho al trabajo”.

“Las Escrituras nos dicen que Dios condenó al primer hombre y a su posteridad a trabajar para ganarse el pan con el sudor de su frente. Pero no nos condenó a ser privados del trabajo del que dependen nuestras existencias. Podemos pues, con respecto a los derechos del hombre, invitar a la filosofía y a la civilización a que no nos quite el recurso que Dios nos ha dejado como la salida menos mala y castigo, y a garantizarnos por lo menos el derecho de trabajo en el cual hemos sido educados…

No obtendremos el equivalente de los cuatro derechos cardinales (caza, pesca, recolección de frutos y pastoreo) más que en un orden social en el que el pobre pueda decir a sus compatriotas, a su falange nativa: “he nacido sobre esta tierra; reclamo la entrada a todos los trabajos que se ejecutan en ella, la garantía de gozar del fruto de mi labor; reclamo el adelanto de los instrumentos necesarios para ejecutar ese trabajo y la subsistencia, en compensación al derecho de robo que me da la simple naturaleza”.

Quizá con lo expuesto resulte suficiente para comprender por qué Engels aspiraba a integrar el pensamiento de Fourier a su escrito sobre “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”.

Pero por lo que seguirá en los próximos capítulos conviene que Engels mismo lo explicite.

Escribió Engels:

“…el derecho a la revolución es el único “derecho” realmente “histórico”, el único derecho en que descansan todos los Estados modernos sin excepción”…

“…en general, el Estado moderno es un producto contractual: producto, primero, de un contrato de los príncipes entre sí y, segundo, de los príncipes con el pueblo. Y si una de las partes rompe el contrato, todo el contrato se viene a tierra y la otra parte queda también desligada de su compromiso”.
(Continuará)

Charles Fourier

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