lunes, 6 de febrero de 2017

¡Hello, Lenin!

Capítulo 26 de Los naipes están echados, el mundo que viene

¿Tuvo responsabilidad Vladimir Ilich Ulianov en la emergencia del estalinismo?

¿Participaba el más influyente (hasta hoy) e importante revolucionario de todos cuantos en la historia han sido, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, de la misma concepción que sus maestros, Marx y Engels, en relación a las condiciones necesarias para iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases?

¿Y qué riesgos en la acción revolucionaria del “bolchevismo”, (un partido profesional que condujese la praxis transformadora) advirtieron Max Weber, Rosa Luxemburgo y Hans Kelsen para la continuidad en occidente del proyecto de la modernidad: volver institucionalmente inviable toda forma de autoritarismo?

Responder a estas interrogantes es muy relevante pues Lenin, Weber y Kelsen fueron los tres protagonistas político – intelectuales más influyentes del proceso histórico abierto a principios del Siglo XX.

Y cada uno a su modo y desde su lugar (la política, la sociología y el derecho) fueron influidos decisivamente por Marx y Engels y procuraron llenar los vacíos que en su obra inconclusa dejaron a sus sucesores los fundadores de la filosofía de la praxis.

El más grave de los cuales la ausencia de una teoría del Estado, es decir, de la dialéctica estado nación, política, democracia, derecho y mercado global.

La frase anterior aparece subrayada en negrita. Y es que en ella está contenido el drama del Siglo XX y las graves agitaciones de las primeras décadas del Siglo XXI.

Hasta bien entrado el Siglo XIX el capitalismo se desarrolló según sus competitivas lógicas naturales, acentuando la ruptura con las formas de producción estamentales anteriores (que reproducían privilegios hereditaria y autoritariamente) y expandió por ello la libertad en la sociedad civil, el espíritu de iniciativa individual y con ello la investigación aplicada a la producción de valor de cambio que derivaría en la revolución científico técnica.

Al mismo tiempo sin embargo, la emergencia del imperialismo en varios estados desarrollados a la vez (que competían entre sí por el control del mercado global), modificó sustancialmente los contenidos económicos, políticos, culturales y estratégicos del Estado, del Derecho y de la democracia como productora de dinamismo y estabilidad y es a esos desafíos nuevos que procuran responder precisamente siguiendo esencialmente a Marx tanto Lenin, como Weber, como Kelsen.

Hubo claro, asimismo, una reacción contrarevolucionaria a esas transformaciones, la diseñada por Karl Schmitt, el teórico del nazismo, a la que, por lo tanto, en algún momento tendremos que prestar atención.

Pero lo relevante es comprender que la interrelación dialéctica entre Estado nación, democracia, imperialismo, mercado global, Derecho, todas esferas cuyos contenidos comenzaron a estar dramáticamente en disputa por vez primera como consecuencia de la lucha de clases y la fortaleza organizativa de las partes en conflicto, modificó a principios del Siglo XX los contenidos del capitalismo mismo, no en su forma sustancial, pero sí en su forma de desenvolvimiento histórico político.

Este proceso abierto a principios del Siglo XX se caracterizó sustancialmente por tres fenómenos paralelos:

1) la disputa por los contenidos de la democracia en un estado espiritual de la sociedad todavía atribulado por las enormes implicancias de las transformaciones en el mundo de la vida que se habían intensificado ya más de un siglo antes con la aceleración de la Revolución Industrial

2) la disputa político - jurídica e institucional por encontrar la manera de “contener” las implicancias sociales (la reproducción y por momentos la agudización de la desigualdad) de las lógicas del capital al interior de los estados nación modernos surgidos de la revolución burguesa

3) y la disputa político - militar por contener las implicancias del entonces radicalizado expansionismo imperialista que operaba como factor de aniquilación del proyecto democrático de la modernidad y por tanto de la democracia misma. El imperialismo, al resultar empujado como expansionismo del capital por varios poderosos Estados al mismo tiempo y al ser desafiado por la revolución proletaria generó una transformación de los contenidos tanto del capitalismo, como del Estado, como del Derecho, del que resultaba necesario dar cuenta.

Estas tres esferas de conflicto, cuya evolución hemos analizado en los capítulos anteriores, resultan además particular y sustancialmente trastocadas en su dialéctica de desenvolvimiento por la triunfante Revolución bolchevique de 1917 liderada por Vladimir Ilich Lenin.

Lenin, que lideró la Revolución Rusa, que anticipó y contribuyó a la preparación de la Revolución comunista en China cuando comprendió que la burguesía aliada a las viejas clases feudales lograría evitar la expansión de la revolución hacia occidente; Lenin, que anticipó y que ya enfermo procuró evitar por todos los medios a su alcance –como veremos- la vulgarización del proceso revolucionario en Rusia si Stalin consolidaba su liderazgo; Lenin, que además del revolucionario más influyente en la historia de la humanidad fue un polemista temible: Lenin, que realizó el más serio esfuerzo de la época por entender el concepto de dialéctica de la humanización de Marx y Hegel –lo que puede consultarse leyendo sus Cuadernos Filosóficos y otros textos teóricos- ¿puede ser sometido a crítica por haber radicalizado el pensamiento de Marx y Engels para hacerlo jugar al servicio de sus objetivos políticos: llevar a cabo en respuesta al imperialismo la revolución proletaria como continuidad de la Comuna de Paris?

En realidad la pregunta está mal formulada. Pues en términos históricos Lenin hizo lo que hizo y ya lo hizo y legó entre otras cosas a la humanidad a la actual China como factor de poder geopolítico pues organizó en Moscú centros de estudio donde se formaron revolucionarios chinos integrantes del Partido Comunista y del Partido Nacionalista de esa ya entonces muy poblada nación.

Entre ellos Deng Xiaoping, quien retomó la concepción leninista del proceso de transformación de la sociedad capitalista tras la muerte de Mao.

Pero el hecho de que a principios del Siglo XX Lenin decidiera empujar políticamente el inicio del proceso de superación de la sociedad dividida en clases aun cuando en Rusia y China no existieran teóricamente condiciones para ello tuvo consecuencias históricas trascendentes y por ello es necesario analizarlas en profundidad, lo que haremos más adelante.

La razón por la cual no existían ni en Rusia ni en China condiciones para iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases obedece a que en la perspectiva de Marx, Engels, y del propio Lenin, la revolución debía tener lugar en varios países desarrollados a la vez, de modo que la sociedad civil de esos países pudiese participar de la producción no persiguiendo meramente el objeto de añadir valor para la obtención de plusvalía (como ocurre en el capitalismo) sino inaugurando un nuevo sistema basado en alguna forma de asociación de productores libres, esto es, no sometidos a ninguna forma de alienación (a la acumulación de valor en la forma de propiedad personal o grupal como casi exclusivo sentido de la vida), con lo que los individuos recuperarían la ética del trabajo útil original al proceso de humanización.

Como sabemos el proceso de humanización, de diferenciación de la especie humana respecto al resto de los animales comenzó cuando a través del trabajo útil, por ejemplo, a través de la transformación de una piedra en un instrumento de trabajo, se inició la creación de valores de uso con el objeto de asegurar y luego perfeccionar las condiciones de existencia de la comunidad.

Si la revolución tenía lugar en países desarrollados, consideraban Marx y Engels, a largo plazo surgiría de esa revolución una formación social más culta y eficiente que el capitalismo lo que estimularía a que consistentemente (serenamente), el resto de las sociedades comenzaran a superar la sociedad dividida en clases imitando ese modelo.

De modo que la pregunta relevante, realmente relevante en términos político – culturales en relación a Lenin, es la siguiente: ¿tuvo responsabilidad Lenin y su obra teórico práctica en la emergencia del estalinismo o del militar voluntarismo que también caracterizó a otros líderes revolucionarios?

Pues hay que diferenciar, en el estudio de todo discurso político que persigue un objetivo práctico y que se realiza en la práctica, entre su contenido ideológico, y su contenido filosófico – político.

Para comprender esta distinción conceptualmente necesaria formulemos, aunque sin excesivo rigor técnico, una definición de ideología y otra de filosofía política.

La ideología es la composición de un discurso articulado de ideas que se elabora a partir de la observación del desenvolvimiento de los fenómenos según como estos se nos presentan, digamos, a golpe de vista, (o de emoción) para generar a partir de ello el impulso de la voluntad necesario con el que participar en la construcción del mundo de la vida en concordancia con esa composición.

La filosofía política en cambio, es el esfuerzo intelectual, - de la racionalidad política inmanente a la condición humana- por comprender no cómo los fenómenos se nos presentan como apariencia, o como ideología, sino las causas que los producen, (a los fenómenos y a las ideologías) el modo en el que la acción de los seres humanos los alteran, los modifican, y a partir de ese estudio, hacer viable una exposición teórica, que procura explicar conceptualmente los fenómenos, y una práctica social, que tendrá la última palabra sobre la validez de esa teoría.

Desde esta perspectiva estamos analizando por ahora con Weber cómo se desarrolló y por qué causas, a principios del Siglo XX, el debate sobre los tres conflictos esenciales que enumeramos antes y que constituyeron, y quizá constituyan todavía, el problema principal de la civilización no ya occidental, sino mundial.

Pero como desde por lo menos 1905 la acción de Lenin constituyó el factor político principal de, puede indicarse, “irritación” del proceso, pues la cuestión del control monopólico del poder del Estado entre la burguesía aliada a las viejas clases feudales y el proletariado pasó a ocupar – junto al expansionismo imperialista- el primer plano de la disputa política, ideológica y militar en Europa, comencemos a analizar la obra revolucionaria de Lenin.

En el capítulo anterior, el autor de este escrito reprodujo una cita textual de Lenin: “Es indispensable poner las cosas de manera que sea posible el curso corriente de la economía capitalista y el intercambio capitalista; ya que el pueblo lo necesita, sin esto no se puede vivir”, decía el líder bolchevique en 1922 al explicar por qué la Revolución daba un paso atrás en el control obrero del nuevo Estado para dejar espacio a la participación de la empresa capitalista. La cita pertenece a un discurso muy extenso con el que inauguró el XI Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia.

En ese discurso Lenin explica lo que denominó como la Nueva Política Económica cuya implementación resolvió esencialmente por dos razones:

1) porque comprendió que la revolución proletaria no tendría lugar en Europa occidental

2) porque en esa circunstancia de aislamiento resultaba decisivo ya no sólo el poder político revolucionario, sino el desarrollo tecnológico que pusiera a la economía rusa en condiciones de competir con la economía de los países más industrializados de occidente, algunos de los cuales continuaban actuando para aniquilar a la revolución.

La cita, que se reitera, es textual, no se corresponde sin embargo con el pensamiento integral de Lenin, como veremos en próximos capítulos.

En defensa del autor de este texto que como se puede observar en su valoración de Lenin es un admirador del revolucionario ruso, corresponde decir lo siguiente: el mismo procedimiento utilizó Lenin para enfatizar en la obra de Marx y Engels aquellos párrafos con los que buscó justificar su posición en el debate sobre el contenido político del Estado nación moderno.

A partir de esa sublimación del rol del Estado como factor absoluto de poder, lo que no se ajustaba a la formulación del pensamiento de Marx y Engels, tuvo lugar un debate que precisamente por ello, porque no tuvo lugar en el plano de la filosofía política, sino en el plano ideológico táctico, terminó vulgarizándose dramáticamente y que fue muy relevante en la fragmentación de la izquierda durante todo el Siglo XX bajo el dilema del conflicto entre “reforma y revolución”.

En un virulento folleto titulado “La Revolución Proletaria y el renegado Kautsky”, Lenin inició un combate radical contra aquellos sectores de la socialdemocracia europea que por un lado, comenzaban a renunciar a la posibilidad de la revolución proletaria esgrimiendo esencialmente argumentos vinculados a que no estaban dadas las condiciones económico estructurales para una tal revolución y un todavía más violento combate contra pensadores en algún momento cercanos a Marx que comenzaban a dejarse arrastrar hacia la conciliación con el nacional imperialismo de sus estados de origen.

No olvidemos que la agudización de la lucha de clases y los riesgos de una guerra permanente entre estados nación empujados por sus burguesías nacionales a la aventura imperialista constituían el estado de situación de Europa a principios del Siglo XX.

De modo que desde el punto de visto político cultural, puede señalarse hoy le asistía razón a Lenin en la crítica a la renuncia por parte de algunos dirigentes socialdemócratas al enunciado político clave en Marx y Engels: para preservar su autonomía, la acción política del proletariado no puede dejar de aspirar nunca, aunque fuere únicamente como motivo civilizatorio, a desplegar el postulado de la superación de la sociedad dividida en clases.

Y mucha más razón le asistía en la crítica a los socialdemócratas que renunciaban al contenido esencial de la praxis política en Marx: la elaboración de una teoría de la transformación de la sociedad que permitiese a la civilización procurar salir del conflicto entre el capital y el trabajo asalariado mediante una praxis que estimulara el desenvolvimiento de la “la humanidad socializada”, en la forma de productores libres asociados en una primera etapa financiados por instituciones estatales pero no siguiendo una lógica nacional (competir con otros estados), lo que resulta en el fundamento esencial del internacionalismo en sustitución de los chauvinismos nacionalistas.

Lenin compartió estas críticas con Rosa Luxemburgo, con quien sin embargo mantuvo un debate que prefirió mantener en reserva –elaboró un artículo que no publicó- sobre el rol del partido político actuando en nombre del proletariado.

Es interesante señalar en este sentido que poco antes de morir, cuando como señalamos procuró por todos los medios evitar la consolidación del liderazgo de Stalin propuso Lenin repensar la articulación de las instituciones de dirección del Partido Comunista con las de los Soviets – el poder popular- en algunos campos de la gestión estatal, a los efectos de acentuar el control por la sociedad del aparato burocrático del Estado.

Procuraba evitar el burocratismo hacia el que no puede no caer una organización que controla monopólicamente el poder del aparato estatal, como comprendió con enorme lucidez Weber en su investigación sobre el capitalismo a principios del Siglo XX.

Pero volvamos a lo esencial, a la pregunta sobre si la forma en que “justificó” o procuró justificar Lenin ideológicamente la implementación de “la dictadura del proletariado” al no corresponderse linealmente con la filosofía de Marx, resultó influyente en la emergencia del “estalinismo”.
O desde otra perspectiva igualmente trascendente, si resultó influyente en la vulgarización políticamente dramática del marxismo en el Siglo XX.

(Continuará)

Nota: En este capítulo se encuentran conceptualmente enunciados la mayoría de los asuntos teóricos que orientan este escrito, de suerte que volverán a ser expuestos, desarrollados, una y otra vez.

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