martes, 31 de enero de 2017

Marx y Engels eran demócratas radicales


Capítulo 25 de Los naipes están echados, el mundo que viene


En occidente ninguna pretensión autoritaria, ya fuere esta empujada por oligarquías, estructuras tecno burocráticas de privilegio enquistadas en el Estado o en instituciones internacionales o por sectores sociales de matriz ultranacionalista, integrista religiosa o lumpen proletarios radicalizados logrará, ni siquiera por (en términos históricos) breves espacios temporales, acceder al control monopólico del aparato del Estado.

Este fenómeno, que tiene un fundamento estructural en el desenvolvimiento de la tecnología, desenvolvimiento que es parte sustancial del sistema de producción capitalista, pero también en el desarrollo de la deliberación comunicativa universal, constituye lo único realmente nuevo como característica político cultural en el Siglo XXI.

Como hemos visto y continuaremos haciéndolo no era eso lo que ocurría a principios del Siglo XX.

Al contrario, al principio del Siglo XX la dinámica revolución / contra – revolución, entusiasmo con las promesas de la modernidad / pánico ante la “irracionalidad inmoral de la modernidad” y la competencia entre estados nación con pretensiones imperiales propiciaba una dinámica de solución al conflicto social por la expeditiva vía de acceder al control monopólico del aparato del Estado para imponer sin mucha deliberación el ideal de mundo que se pretendía como “solución final”.

Lo que estaba en juego era, en occidente, el capitalismo con Estado de Derecho (con política) o el capitalismo sin Estado de Derecho, (sin política) y en la Rusia soviética, el capitalismo de Estado con hegemonía militar de un partido que se consideraba la vanguardia del proletariado y que se proponía anticipar el advenimiento del socialismo o el capitalismo de Estado gobernado por los soviets, por una democracia directa.

“Es indispensable poner las cosas de manera que sea posible el curso corriente de la economía capitalista y el intercambio capitalista; ya que el pueblo lo necesita, sin esto no se puede vivir”, decía en 1922 Vladimir Ilich Lenin, el más grande revolucionario de la historia de la humanidad hasta hoy.

De esta dialéctica de conflicto surgió luego el Estado de Bienestar y tras la muerte de Lenin y hasta Deng Xiao Ping, el autoritarismo burocratizado y por ello mismo totalitario al que conocemos como “estalinismo”.

Ya analizaremos más en profundidad ese fenómeno, pero consideremos por ahora como autoritarismo a toda aquella estructura de poder –cualquiera sea la forma en que accedió a él- que no está dispuesta a poner en juego ese poder mediante las reglas de juego de la política, esto es, en el marco de las estructuras institucionales y de las reglas de juego normativas, (siempre en disputa), de la democracia.

Como vemos, el principal problema político institucional y cultural de occidente ha sido, desde la Comuna de Paris, el conflicto que todo el tiempo tiene lugar entre las lógicas del capitalismo y las lógicas de la política, entre los fundamentos diferentes de la racionalidad económica basada en la propiedad privada de los medios de producción (que persigue fines meramente acumulativos) y la racionalidad política inmanente a la condición social y activa propia del fenómeno humano, que persigue fines civilizatorios relacionados con el perfeccionamiento de sus condiciones de existencia, entre las que no se encuentran únicamente las materiales, sino también las espirituales.

Partiendo del análisis del desarrollo de la tecnología en el capitalismo, Marx y Engels imaginaban en un futuro pos capitalista, una sociedad híper – pluralista, pues consideraban que la imaginación creativa, la capacidad de innovación que todo lo transforma todo el tiempo, el tesón por el conocimiento científico en la especie humana basado en su inmanente curiosidad auto interpretativa, la subjetividad que surge de la escisión con la naturaleza, tiende, no a la producción de homogeneidad, (como creen los obscenamente obscenos estudiosos de la sociedad a partir de las patologías psicológicas de algunos individuos particulares) sino a la producción de tensiones espirituales que se renuevan una y otra vez.

Les inquietaba únicamente el deterioro de esa autonomía de la subjetividad que podía resultar de lo que denominaron, con Hegel, pero mucho más sofisticadamente, como enajenación / alienación / cosificación, que produce la forma de reproducción del capital, si no se lograba que los seres humanos tomaran conciencia de la complejidad de esas lógicas en que la sociedad humana produce y reproduce sus condiciones de existencia en el capitalismo.

Por eso mismo despreciaban a los confabuladores, a los sectarios, a los voluntarismos militaristas, a los egoísmos (en el sentido filosófico) pequeño burgueses, pues estimaban como el objetivo sustancial de la política el de contribuir a que todos los individuos reflexionaran crítica y serenamente sobre sus condiciones de existencia, ya que únicamente así podrían perfeccionarla.

Estimaban que las lógicas del capital procuran todo el tiempo autonomizarse de la política o utilizarla para sus fines, mientras que las lógicas de la política procuran todo el tiempo contener la pretensión autoritaria de esas lógicas del capital y empujan a los seres humanos a encontrar la manera de superarlas históricamente.

Con ese fundamento Marx y Engels eran demócratas radicales y por ello mismo, no eran ansiosos. Antes bien, eran cruelmente irónicos con los ansiosos.

Las ideologías de la crisis

A principios del siglo XX, en un estado espiritual atribulado y sometido a enormes tensiones, las sociedades occidentales industrializadas y Rusia y América del Sur se ven desafiadas a encontrar la manera de resolver la dialéctica de conflicto principal de la época, el conflicto de clases y el de desarrollo industrial o tecnológico para asegurar su supervivencia en medio de la competencia RADICAL con otras naciones a que empujaba la aceleración del fenómeno del imperialismo.

En las sociedades en que el equilibrio de poder entre la burguesía (o la burguesía aliada a los viejas clases feudales)y el proletariado, ya hacía inviable que una clase se impusiera sobre otra mediante el control monopólico del aparato del Estado, el desafío intelectual consistía en medio de una dinámica que buscaba en la guerra expansionista la solución a la radicalidad de la lucha de clases, el desafío intelectual consistía, decíamos, en encontrar una solución de transacción que salvase al programa de la modernidad; como hemos visto en capítulos anteriores, hacer institucionalmente inviable toda forma de autoritarismo.

Y eso procuraron hacer de diferente manera, elaborando teorías diferentes, Weber, Kelsen y Lenin.

El programa de la modernidad, es necesario subrayarlo, no es un “antojo” de la racionalidad política, en la sociedad compleja que emerge de la evolución científico – técnica, es una condición necesaria a la supervivencia de la especie y de cada nación.

Al concluir la segunda guerra mundial, la complejidad de esa dialéctica de conflicto la política procuró resolverla al interior de los Estados nación mediante la creación del Estado de Bienestar. Antes, en algunos países: en Uruguay desde 1905.

Cuando la política no logró desarrollar ese modelo institucionalista de solución del conflicto social según las lógicas de la democracia, se impusieron proyectos no políticos, militaristas, mediante la pretensión voluntarista de superación o control del capitalismo en el marco de un Estado totalitario, el nazismo y el estalinismo; o mediante golpes de Estado de matriz fascista de la derecha autoritaria vinculada a los sectores de privilegio.

En el decurso del proceso histórico del Siglo XX como respuesta al expansionismo imperialista surgió, en aquellas naciones que no estaban en condiciones tecnológicas de incursionar ellas mismas en la solución del conflicto de clases mediante la expansión de sus propias burguesías o grupos de productores rurales nacionales, una ideología “anti-imperialista” cuyo contenido político analizaremos más adelante pero que en todo caso “unía” a diferentes sectores sociales en el esfuerzo por preservar su “identidad”, (y los privilegios de las clases sociales pudientes de esas comunidades nacionales o religiosas o nacional religiosas) o directamente, su supervivencia como estados nación.

También surgió, como respuesta al expansionismo del capital, el anti-colonialismo como pretensión de autonomía –el derecho a la autodeterminación y a la administración de los propios recursos naturales- que produce una cosmovisión del mundo y del propio lugar en la civilización diferente al del mero anti-imperialismo, aunque frecuentemente se vea obligado por razones político – culturales a elaboraciones “singularistas” como fundamento de la “resistencia”.

Muchas de las comunidades humanas que por las razones que fueren no lograron resolver democrática o políticamente la complejidad de estos conflictos –el de clases y el de desarrollo industrial o tecnológico para construir autonomía en la competencia internacional- son en la actualidad Estados fallidos o van camino a ser Estados fallidos.

La razón es sencilla. Las comunidades humanas, antes que cualquier otra necesidad, tienen que satisfacer las derivadas de la producción y perfeccionamiento de sus condiciones de existencia.

Y así como ninguna sociedad feudal podía competir con la eficiencia productiva del capitalismo, ninguna sociedad que no estuviese en condiciones de elaborar sus propias innovaciones tecnológicas o desarrollar en condiciones competitivas sus talentos productivos y el uso de sus recursos naturales, podría “resistir” la demanda de sus integrantes no privilegiados para que resulten satisfechas sus condiciones de existencia.

En este escrito estamos analizando qué elaboraciones intelectuales, conceptuales, y luego institucionales, resultaron hasta el presente más sofisticadas en el esfuerzo por lograr que la política prevaleciese como práctica civilizatoria sobre los intereses y prácticas del capital.

Vale la pena entonces aquí anticipar que el fenómeno de la “globalización” está poniendo en jaque a esas elaboraciones conceptuales e institucionales, pero también vale la pena anticipar, que por dramáticos que se presenten algunos conflictos en las próximas décadas, la política prevalecerá como práctica de solución de los mismos.

Lo que está en juego es la supervivencia de la especie humana pero también la supervivencia como Estados nación de países que si no logran establecer o consolidar altos niveles de estabilidad política y social en su interior, aun cuando hayan alcanzado en el Siglo XX estadios de desarrollo industrial o tecnológico relevantes en algunas áreas, corren el riesgo de caer en la pendiente de procesos de descomposición de sus estructuras de estabilidad.

Como el sistema mundo es cada vez más uno y el mismo, el deterioro de las estructuras de estabilidad en casi que cualquier nación con más de, digamos simpáticamente (porque puede ser un poco más o un poco menos), 50 millones de habitantes, perturbará la estabilidad de todo el sistema.



Nota: Si se observa el desenvolvimiento de las ideas – las teorías- más hondamente revolucionarias – en el sentido civilizatorio- en la historia, puede observarse un fenómeno que tiene lugar una y otra vez: durante un período posterior inmediato a la aparición de esas ideas tiene lugar una vulgarización de las mismas, una escolástica.

En este sentido, el marxismo comienza recién ahora a hacer honor a la complejidad y sofisticación del pensamiento de Marx y la razón es bastante evidente: la praxis histórica – los seres humanos transformando la realidad- pone en evidencia la necesidad de recurrir a su pensamiento para mejor explicar y comprender algunos fenómenos que ponen en juego la supervivencia de la especie.

(Continuará)

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