miércoles, 4 de enero de 2017

El desafío de organizar políticamente a la sociedad

Capítulo 22 de Los naipes están echados, el mundo que viene


“Seré el que seré”, dice Dios (en hebreo) a Moisés para que así de ese modo lo dé a conocer a su pueblo cuando le transmite un mandato en la forma de ley.

“Soy el que soy”, es traducido al griego y luego al latín por el cristianismo.

En el judaísmo la “creación” se reproduce eternamente, “seré el que seré” representa el acto sistemático de desenvolvimiento de la vida humana a cargo de la pareja hombre – mujer, unidos por ello mismo en ritual “sagrado”. La vida y la interpretación del sentido de la vida comienzan cada día con cada nuevo nacimiento.

En el cristianismo la reproducción de la vida se realiza a partir de la intervención de Dios mismo en la procreación de María. Y Dios por ello, “es el que es”, definitivamente, en Cristo.

La manera de vivenciar los cambios, las transformaciones, o de aceptar “lo que es” adquiere una dimensión político – religiosa diferente.

Aunque en los dos casos lo que se procura es priorizar el esfuerzo por eternizar la vida humana.

Lo que el espíritu humano debía afrontar en el momento de sustituir al gobierno de Dios (dado de una vez y para siempre) por el auto gobierno, (la autonomía de la voluntad, propia de la racionalidad política inmanente a la condición humana) era, en el momento histórico que analizamos, la operación intelectual más desafiante de su breve peregrinar “entre el cielo y la tierra”.

O, digamos mejor, la segunda en importancia. La primera dice relación con el esfuerzo de la teología por asegurar la vida, la continuidad de la vida a través de la moral religiosa. De la ley de Dios.

Hasta ese momento había habido una autoridad eterna en la forma del Padre, una productora de vida (por ello Santa) en la forma de la Madre del Dios vivo, y un hijo que “resucita” (renace) para sellar el pacto de la salvación por el procedimiento de la igualdad de todos en el amor de Dios.

Si se observa con atención, se verá que ambas operaciones intelectuales, la religiosa y la política, tienen un contenido común: sustituir en las relaciones humanas las lógicas de la mera imposición por la fuerza (sin ley) propias de la horda todavía animal, por las lógicas de la igualdad (ante la ley, ya humanas), en cuanto creación de las condiciones para una vida digna a todas y cada una de las criaturas pero también en cuanto a asegurar la realización de la potencia de libertad de cada individuo particular inserto en la comunidad.

En las últimas décadas del Siglo XIX y principios del XX en occidente el ser humano afrontaba, al mismo tiempo, desafíos materiales (la intensidad transformadora de las lógicas del capitalismo), intelectuales (la adecuación de la organización de la sociedad a la recuperación del pluralismo, es decir, de la democracia) y espirituales, (el desenvolvimiento de la subjetividad en sustitución de la homogeneidad basada en la autoridad indiscutible del Dios Padre).

Como la historia puso de manifiesto, en dos guerras mundiales y en el Holocausto, esos desafíos eran entonces superiores al nivel de su evolución cultural (la calidad de las instituciones para superar el autoritarismo) y al nivel de sus conocimientos científicos.

El espíritu humano hurgaba ya no en la esfera de la reflexión teórica, (como en la etapa previa a las revoluciones francesa y americana) sino en la esfera de la implementación práctica, en la manera mejor de crear las instituciones que asegurasen el autogobierno democrático (hacer inviable toda forma de autoritarismo).

Se esforzaba en la delimitación de las formas con las cuales resolver en la práctica la relación entre necesidad y libertad para lo cual resultaba imprescindible comprender: cuanto en la puesta en práctica de la libertad está en la sociedad humana sometido a la satisfacción de las necesidades de reproducción de las condiciones de existencia, (la economía) por un lado, y pero por otro, cuán lejos puede llegar “la autonomía del espíritu” humano en el esfuerzo de superación, por medio de la imaginación política, de los condicionamientos propios de su condición animal original, de su ya no ser igual que, pero seguir dependiendo de, la naturaleza.

Como si tal cosa resultase poco desafiante, el espíritu humano también se encontraba exigido en cuanto a recrear, explicar, sin recurrir a la religión, el sentido de la vida, a comprender el sentido y la forma en que tiene lugar el proceso de la civilización.

Y todo ello – hay que enfatizarlo - sin recurrir en la esfera de la política, (de la vida pública) a la religión, que durante siglos había “ligado” al todo con las partes, a la comunidad y a cada criatura, que no podía tener existencia real si no era aceptando las condiciones de vida que le imponía esa comunidad.

La religión no dejaba de tener relevancia cultural en el mundo privado de la vida de las personas creyentes, tampoco en la esfera de la disputa político cultural, pues las elites de las comunidades religiosas seguirían procurando expandir su influencia o preservando sus privilegios cuando los habían obtenido, (como ocurre ahora en la mayoría de los países islámicos) pero una mayoría muy relevante de “ciudadanos” (incluso creyentes) ya había interiorizado la necesidad de organizar a la sociedad según criterios derivados del ser político de la condición social de la especie humana.

La creación de formas institucionales de autogobierno y la sustitución de las formas de autoridad religiosa por formas de autoridad político – jurídica se encontraba sin embargo desafiada ahora por otra forma de ruptura del todo (la sociedad) con las partes (los individuos / las personas).

La primera ruptura, como vimos cuando estudiamos la crisis del mundo católico con la aparición del protestantismo, fue el resultado de la recuperación del pluralismo, primero religioso, luego político cultural.

No es lo mismo administrar POLITICAMENTE una comunidad cuando toda ella (o casi toda ella) participa de las mismas creencias y formas de aceptar la legitimidad de la autoridad que cuando ello no ocurre, aunque sea a expensas de la libertad.

La segunda ruptura (de las partes con el todo) la constituyó el desarrollo y consolidación del capitalismo como sistema de producción y reproducción de las condiciones de existencia de la sociedad pues los intereses privados de los capitalistas (la expansión de sus negocios, la acumulación de capital) únicamente puede realizarse a expensas de otros individuos que en las relaciones de producción únicamente acceden (mediante la venta de su fuerza de trabajo) a lo necesario para satisfacer sus condiciones mínimas de existencia.

No es lo mismo administrar POLITICAMENTE las cosas, los conflictos de una sociedad cuando todos son “productores libres asociados” que cuando unos disponen de los instrumentos de producción de las condiciones de existencia y otros dependen para asegurar su existencia de esos otros que disponen a priori de más poder de decisión porque disponen en exclusiva de esos medios de producción.

De modo que aquellos individuos que entre fines del siglo XIX y principios del XX tenían ya no que reflexionar sino que poner en práctica, crear, las instituciones que permitiesen a la racionalidad política gobernar superando las pautas de comportamiento fijadas en una tradición que EN EL PODER había devenido autoritaria y al mismo tiempo una estructura económica que reproducía la desigualdad, tenían ante sí un desafío “casi inhumano”, por decirlo de algún modo.

Es cierto que no partían de cero, contaban con las obras escritas de de Platón, Aristóteles, de Kant, de Hegel, de Marx, pero también con el surgimiento de expresiones espirituales, algunas de ellas muy elaboradas y sentidas “entrañablemente”, (con las entrañas) que “padecían” esa transformación y que “reaccionaban” con elaboraciones intelectuales contra la racionalidad política, (es decir contra el proyecto antiautoritario y por ello también anti elitista de la modernidad) contra “las lógicas del capitalismo”, (percibidas como la primacía de lo material sobre los “valores” espirituales), contra la democracia “de masas” (entendida como una igualdad sin contenido “espiritual”), contra las pretensiones de “cientificidad” de la “razón” que argumentaban vaciaba a los seres humanos de la “riqueza” espiritual que sostenían únicamente la “religiosidad” como cultura estaba en condiciones de producir, contra la “astucia de la razón”, (entendida “razonablemente” como un esfuerzo de sustitución del dogma religioso por el dogma de la autonomía individual) o lo que es casi lo mismo, contra el individualismo o en defensa del individualismo radical…

Y aún más, a esta crisis espiritual de la sociedad occidental que por un lado revitalizaba la potencia de la libertad y creatividad humanas y por otro afectaba dramáticamente la asignación de sentido a la vida misma se encontraba desafiada no únicamente por afectaciones existenciales, sino también por conflictos sociales, esto es, como si la crisis espiritual no fuese suficientemente desafiante, como si esto fuera poco, un parte de la sociedad (la más poderosa) se agitaba contra la “repugnante” teoría de la lucha de clases o en los más perspicaces, contra la ya muy observable deriva de la lucha de clases en “guerra (incontrolable) de clases”… en cuanto las desigualdades alcanzaban niveles que resultaban “in - administrables” políticamente.

Es decir, el poder de la mera imposición por la fuerza característica de la horda volvía a prevalecer sobre el poder de la racionalidad, (el control de la agresividad) tanto religiosa como política.


Es en ese estado del espíritu que Weber, Kelsen, Lenin, Gramsci, tenían que diseñar, imaginar, a partir de una reflexión ya no condicionada por la religión, (pero todavía influido el mundo de la vida por ella) instituciones políticas que hicieran viable la democracia, desafiada ahora no tanto por dogmas morales productores de estabilidad pero autoritarios, como por las impetuosas, y en tanto que tales, también autoritarias, lógicas de acumulación y expansión del capital.




Nota I: En estos días, los privilegiados del mundo islámico están siendo afectados exactamente por los mismos desafíos que atribularon a las elites de occidente con particular intensidad a principios del Siglo XX.
Es por esa razón que resulta muy simplificador adjudicar responsabilidad únicamente a occidente, (aunque la tienen sus elites guerreristas) y no asignar a las elites integristas islámicas, también expansionistas, la responsabilidad que les corresponde en la deriva militarista y antidemocrática en la que, en particular desde el derrumbe del muro de Berlín, han caído de modo deliberado para defender sus privilegios.


Nota II: La diferenciación entre la versión hebrea y cristiana de la manera de presentarse de Dios a Moisés fue tomada del libro de Daniel Gil: “locura y cultura”.

(Continuará)

Cristo

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