miércoles, 28 de diciembre de 2016

Weber, Kelsen y Lenin a principios del Siglo XX: respuestas diferentes ante la primera crisis de la democracia moderna

Capítulo 20 de Los naipes están echados, el mundo que viene.

En las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX estuvo dramáticamente en juego en el occidente europeo, donde el sistema capitalista ya se encontraba en pleno desarrollo, la disputa por el control monopólico del poder del Estado nación entre la burguesía (aliada con las viejas oligarquías feudales) y el proletariado.

El control monopólico, es decir, autoritario, de las estructuras institucionales del Estado no sólo no formaba parte del programa de la modernidad que involucró a cientos de los más lúcidos intelectuales y a millones de individuos sino que por el contrario, el proyecto conocido como “la libertad de los modernos” de que nos hemos ocupado en capítulos anteriores lo que se proponía era crear las condiciones estructurales y políticas para superar definitivamente toda forma de autoritarismo en las relaciones sociales.

En procura de consolidar la libertad de los modernos Hegel había dibujado la filosofía del Estado nación burgués, Marx, la filosofía para iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases.

Y aunque como vimos en los primeros capítulos de este escrito ya en 1895 Federico Engels no preveía que fuese a tener lugar un proceso exitoso de control monopólico del Estado por parte de elites que se propusieran representar ni a la burguesía ni al proletariado, la dinámica revolucionaria y contrarrevolucionaria, la dialéctica: voluntarismo del proletariado e histeria de la burguesía y las viejas clases monárquico feudales, así como la profundidad de la cuestión social, (la espantosa situación social de decenas de millones de individuos) habían ya desatado de modo incontrolable una disputa radicalizada por un lado de la lucha de clases, por otra entre Estados – nación con pretensión imperialista en la búsqueda de controlar hegemónicamente al naciente mercado mundial.

Para evitar que esa dinámica arrastrara a toda Europa resultaba necesaria no ya una filosofía, sino una teoría del Estado – nación que procurara amortiguar la guerra de clases, que recuperara el espíritu de la modernidad.

Max Weber y Hans Kelsen emprendieron esa monumental tarea.

Kelsen mediante una teoría del Estado de Derecho.

Es interesante que ninguno de ellos prestara suficiente atención al fenómeno del imperialismo, esto es, al fenómeno de la disputa por el control hegemónico del mercado mundial que adquiriría también en esos mismos años una feroz radicalidad, a tal punto que constituyó una de las causas principales de dos guerras mundiales.

Porque hay que subrayarlo, la contundencia conceptual de la obra de Marx y Engels, su asimilación por millones de proletarios e intelectuales hacía muy difícil a la burguesía lograr la consolidación no de su poder económico, del que ya disponía por su rol protagónico en la generación de riqueza, sino de su pretensión política de barrer con el espíritu emancipador surgido a partir del Manifiesto Comunista.

Debatir ahora, sin embargo, a más de cien años de aquel momento histórico, si en el esfuerzo intelectual de Weber y Kelsen prevaleció la intención de elaborar una teórica de la democracia para consolidar el poder de la burguesía o si de una lúcida percepción de que todo esfuerzo por superar el capitalismo mediante la violencia revolucionaria de una elite conduciría a experiencias frustradas es, sino irrelevante, por lo menos innecesaria a los propósitos de este escrito.

Hubo sí y hay que explicitarlo, elaboraciones teóricas intelectualmente reaccionarias (en el sentido histórico cultural) que se propusieron no “superar” a Marx, (o completarlo, pues como se sabe no dejó escrita una teoría del Estado) sino eliminar su legado humanista de la faz de la tierra en beneficio de las elites aristocráticas: Nietzsche Carl Schmitt, Heidegger… pero no es esa en absoluto la inquietud que motivó las obras de Weber y Kelsen.

De todos modos, no deja de llamar la atención que Weber y Kelsen, atentos lectores de la obra de Marx y sus implicancias histórico políticas no hayan prestado la atención debida, o hayan así sin más decidido “tácticamente” no considerar las consecuencias que, para el programa de la modernidad, - se reitera, generar las condiciones para volver inviable la consolidación institucional de toda forma de autoritarismo- tenía y TIENE la estructural lógica de acumulación y expansión del capital en su forma imperialista.

En cambio, quien por el contrario otorgó al fenómeno del imperialismo una significación tal, que en el período anterior a la revolución rusa le llevó a subestimar “la cuestión democrática” en su forma político institucional, fue Vladimir Ilich Lenin.

Weber, Kelsen y Lenin escribieron y actuaron más o menos en la misma época, su respuesta al radicalismo del conflicto social y al expansionismo imperialista fue diferente en cada caso.

Pero para entrar en “época”, digamos, y antes de analizar la obra de estos autores, y las consecuencias histórico políticas de unas y otras, vamos a compartir una reflexión de Hannah Arendt que nos ayuda a situarnos en el “espíritu” del estado de situación de los conflictos que tenían lugar en el período histórico que estudiamos.
Para situarnos correctamente en el carácter de los debates sobre revolución y democracia, (revolución o reforma, universalismo o nacionalismo) entonces, vamos a volver a viajar al pasado, pero ahora de la mano de Hannah Arendt. Nos resultará útil para identificar el núcleo de varios asuntos críticos.

En “El origen del totalitarismo” relata:

“El imperialismo nació cuando la clase dominante en la producción capitalista se alzó contra las limitaciones nacionales a su expansión económica.

La burguesía recurrió a la política por necesidad económica; no estaba en ella renunciar al sistema capitalista, cuya ley inherente es el constante crecimiento de la producción, de modo que tuvo que imponer esta ley a los gobiernos nacionales y proclamar que la expansión debía ser el principal objetivo de la política exterior.

Con el slogan: “La expansión por la expansión”, la burguesía trató de, y en parte logró, convencer a sus gobiernos nacionales de que tomaran el sendero de la política mundial.

La nueva política que proponían pareció por un momento hallar sus limitaciones naturales y su equilibrio en el puro hecho de que varias naciones iniciaron su expansión simultánea y competitivamente.

El imperialismo en sus fases iniciales podía aún ser descrito como una lucha entre “Imperios competidores” y como un proceso diferenciado de la “idea de imperio en el mundo antiguo y en el medieval que era la de una Federación de Estados, bajo hegemonía, abarcando… a todo el mundo reconocido”. Sin embargo, semejante competición fue uno de los numerosos vestigios de la época pasada, una concesión al aún prevaleciente principio (en el momento de la formación de los estados – nación surgidos de las revoluciones) conforme al cual la Humanidad es una familia de naciones que rivalizan por sobresalir, o la creencia liberal de que la competición fijará automáticamente sus propios límites estabilizadores y predeterminados antes de que un competidor haya liquidado a todos los demás. Este feliz equilibrio, sin embargo, difícilmente había sido consecuencia inevitable de misteriosas leyes económicas, sino que había descansado considerablemente en instituciones políticas, y más aún, en instituciones policíacas que habían impedido a los competidores el empleo de revólveres. Es difícil de comprender cómo una competición entre complejos comerciales completamente armados –Imperios- podía acabar en nada que no fuera la victoria de uno y la muerte de los demás.

En otras palabras, la competición no es un principio político en mayor medida que la expansión y como ésta, precisa de un poder político para controlarla y frenarla.
En contraste con la estructura económica, la estructura política no puede ser extendida indefinidamente, porque no está basada en la productividad del hombre, que es, desde luego, ilimitada. De todas las formas de gobierno y maneras de organizarse del pueblo, la Nación – Estado es la menos adecuada para el crecimiento ilimitado, porque el genuino asentimiento que constituye su base no puede ser extendido indefinidamente y sólo rara vez y con dificultad se obtiene de pueblos conquistados.

Ninguna Nación – Estado podría con clara conciencia tratar de conquistar a pueblos extranjeros, dado que semejante conciencia procede sólo de la convicción de la nación conquistadora de que está imponiendo a los bárbaros una ley superior.

La nación, sin embargo, concebía a su ley como fruto de una singular sustancia nacional que no era válida más allá de su propio pueblo y de las fronteras de su territorio. Allí donde la Nación – Estado apareció como conquistadora despertó la conciencia nacional y un deseo de soberanía entre los pueblos conquistados, derrotando por eso todos los propósitos de construir un imperio”.


Esta reflexión de Hannah Arendt fue publicada en 1951 en el libro “Los orígenes del totalitarismo”, el más hondo esfuerzo intelectual por comprender desde todos los ángulos posibles las causas que pudieron generar el Holocausto, la bomba atómica, el totalitarismo nacional - racista, el totalitarismo estalinista.

Sus apreciaciones fundamentadas en citas de los protagonistas principales, en las tribulaciones y dudas de los políticos más lúcidos, en el análisis del empuje competitivo de las burguesías, ponen en evidencia el estado de situación que caracterizó a la segunda mitad del siglo XIX y que concluyó con dos guerras mundiales y la Revolución bolchevique en Rusia.

Para cualquier esfuerzo de interpretación de los acontecimientos que hoy tienen lugar es extremadamente relevante imbuirse de aquellos conflictos, rememorarlos, someterlos a reflexión crítica, pues fueron esos movimientos político – militares expansionistas los que dieron inicio a la globalización y los que influyeron decisivamente en la actitud político cultural que frente a los mismos adoptaron por ejemplo Weber, Kelsen y Lenin.

(Continuará)

Max Weber

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