martes, 6 de diciembre de 2016

Dialéctica de la sociedad burguesa vs la sociedad política: la cuestión del poder

Capítulo 17 de Los naipes están echados, el mundo que viene


Para hacer posible la puesta en práctica de la racionalidad política como pluralismo según “la voluntad general (es necesario) que no haya sociedad parcial en el Estado y que cada ciudadano no opine más que por sí mismo”, dice Rousseau, en el Contrato Social.

Es decir, que ninguna “facción” tome al Estado bajo su control.

Hegel reflexiona. Admira a Rousseau y a Montesquieu, admira la potencia liberadora de la Revolución Francesa e incluso a Napoleón, sufre el atraso de Alemania dividida en decenas de reinos feudales, pero, también observa los “excesos” de Robespierre que instala el “Terror” (un uso abusivo de la guillotina, puede decirse) pues, como había dicho Saint – Just “no debéis guardar miramientos con los enemigos del nuevo orden de cosas y la libertad debe vencer, no importa a qué precio”.

Es la primera experiencia histórica de lo que fue denominado como “el despotismo de la libertad”.

Hegel piensa.

El concepto de “espíritu absoluto” que Hegel encarnó en el Estado moderno (esencialmente basado en el derecho y en procedimientos democráticos de estructuración del poder) no fue un recurso superficial, anecdótico, había que sustituir a Dios como autoridad moral, había que encausar la “libertad de los modernos” basada en la aptitud humana, propiamente humana, para establecer juicios críticos autónomos (estudiados por Kant), pero también había que contener al poder de los agentes económicos liberados de toda presión disciplinadora.

Es importante observar que ese temor ante “el despotismo de la libertad” tanto como ante la impulsiva pretensión burguesa de que sus negocios no sean “controlados” por nadie empujará a muy relevantes sectores de la sociedad a asumir posiciones al mismo tiempo antidemocráticas y anticapitalistas, entre esos componentes del cuerpo social nada menos que los poseedores de vastas extensiones de tierra, los nobles feudales o sus descendientes y como si tal cosa fuera poco, la Iglesia Católica como institución.

Es relevante hacerlo porque en esa “reacción”, tan bella y sofisticadamente expuesta por Goethe, contemporáneo de Hegel, en su Fausto, en la sublimación del Estado moderno como entidad “eterna” que sustituye a Dios, en la sublimación de la empresa capitalista como fundamento exclusivo de la generación de riqueza, se encuentra el origen al mismo tiempo de dos fenómenos políticos todavía extremadamente actuales.

Extremadamente actuales.

Esa espiritualidad anti moderna (antidemocrática) tan potente en Alemania, estará por un lado en el origen del nazismo, (y del irracionalismo, por ejemplo, de Nietzsche, más allá de la sofisticada riqueza de su crítica de la moral como hegemonía autoritaria o del nihilismo burgués, un desinterés por todo lo que no sea dinero) pero también, por otro lado y como contrapartida, estará en la base del esfuerzo civilizatorio emprendido por Hans Kelsen que se propuso superar la idea del Estado como “espíritu absoluto” negando que en él se encarne la libertad de los modernos y procurando demostrar que la libertad únicamente es posible en el Derecho positivo, es decir, creado democrática y racionalmente por ciudadanos libres.

Que el fundamento de la libertad, que la posibilidad de la política, radica esencialmente en el Derecho positivo, (es decir, en la sociedad como conflicto) y no en el Estado.

Que la legitimidad de la autoridad la establece el Derecho como creación de la racionalidad política y que el Estado meramente administra esa autoridad legitimada. (Estudiaremos con mucho detenimiento este tema en próximos capítulos).

Pero volvamos a Hegel, a quien se le presenta como problema, por vez primera, un asunto determinante del Estado moderno: el de los medios y los fines.

Los medios que utiliza la voluntad política por un lado y la riqueza por otro, para lograr sus fines, cualesquiera que sean: la justicia, el interés colectivo, el interés individual, la acumulación de capital…

Para entender el problema en toda su magnitud es necesario realizar un acaso demasiado simple ejercicio de imaginación.

En el transcurso del tiempo histórico en el que Dios administraba al mundo los seres humanos caían en él, por así decirlo, (y pecaban y eran perdonados o quemados en la hoguera), pero no tomaban decisiones políticas ni perseguían, por lo menos no expresamente, intereses “privados”.

No desarrollaban su “subjetividad”. Ni en su dimensión existencial, ni política, ni económica.

Esto es, ni en relación al sentido y posibilidades de su existencia afectiva, ni en relación a su imbricación social.
Cumplían roles asignados por las potencias celestiales. “Hágase tu voluntad así en el cielo como en la tierra” …

Hay que ponerse en el lugar de los ciudadanos, de los individuos que padecían por un lado “la muerte de Dios” (el gran fenómeno moderno de la crisis de la Fe de que hablaba Ardao) y por otro comenzaban a vivenciar las posibilidades de la libertad como potencia activa, transformadora.

Uno de los rasgos característicos de la modernidad es la recuperación por los seres humanos del “derecho”, luego veremos si “natural” o “producido históricamente”, al desenvolvimiento de su subjetividad y su libertad política.

El derecho al pluralismo.

Esa potencia que abre el pluralismo – de opciones personales, de cosmovisiones político – culturales, de conflicto de intereses- produce naturalmente INESTABILIDAD social.

Las revoluciones y el pluralismo, descomponen, alteran todo el tiempo, los roles de los actores en el escenario.

Hay que poner de acuerdo a los integrantes de la sociedad civil mediante procedimientos democráticos que sustituyan a las formas de poder impuestas desde arriba, por Dios o por el Rey o por una burocracia estamental...

“¿Cómo volver a encontrar la inmanencia viviente de la totalidad social en el hombre, (la igual racionalidad política, la igual aptitud espiritual) integrando el momento de la separación, el momento de la subjetividad?” Se pregunta Hegel.

La espiritualidad religiosa y la autoridad del “Padre” habían “facilitado” una cierta armonía – petrificada y autoritaria, pero creadora de estabilidad- en la comunidad esencialmente “identificada” según lazos de sangre.

Pero, como vimos en el anterior capítulo esos “lazos” ya no resultaban funcionales a la estabilidad en la “sociedad civil”, caracterizada por su dinamismo, que era el de la empresa capitalista pero también el de las grandes ciudades habitadas por individuos que habían dejado atrás, en las aldeas, los modos de vida serviles propios de la sociedad feudal.

(Toda la literatura francesa posrevolucionaria, la gran novela del Siglo XIX, está impregnada de este conflicto, de su dramaticidad).

Hegel tenía a mano las obras de Locke, de Adam Smith, de Rousseau y Montesquieu, había estudiado con seriedad y entusiasmo a la democracia en la Grecia de Pericles, (y había hecho notar que la riqueza la generaban allí los esclavos) pero también tenía ante sí la posibilidad de analizar “las lecciones de la historia”, los acontecimientos que tenían lugar ante su muy inteligente y crítica mirada.

El concepto, la idea, de la “voluntad general” puesta en práctica por la Revolución burguesa puso en evidencia dos fenómenos, el de los medios y los fines, como vimos antes, (y que volveremos a analizar más adelante) pero también el de los límites que resultaba neceario establecer a los representantes de “las mayorías” surgidas de lavoluntad general, y los derechos de las minorías, que únicamente la ley impuesta coercitivamente por el Estado podía garantizar, como había observador Montesquieu.

En el conflicto entre el ciudadano y el individuo, “es decir, entre el ciudadano ideal y el hombre burgués, el propietario, es este último quien ha triunfado. Hegel tiene conciencia clara de que el gran obstáculo para la “voluntad general” es la propiedad privada, el derecho privado que la protege, la riqueza que permite acumular, las coaliciones y las facciones que vuelve a introducir en el Estado”, asegura Roger Garaudy en su libro “Dios ha muerto”, un hondo estudio sobre Hegel y Marx que a partir de aquí someteremos a crítica.

Y añade: “La revolución burguesa fue hecha contra la alienación feudal pero no logró establecer una relación armónica entre el individuo y el todo. Apareció una nueva alienación, una nueva mampara entre el ciudadano y el Estado: la del interés privado. La libertad debe vencer un nuevo obstáculo. Comienza una nueva dialéctica: la de la riqueza y la del Estado (como garante de la libertad), la que Hegel estudiará en su Filosofía del Derecho cuando destaque la oposición entre la “sociedad civil”, la de los burgueses y sus propiedades y la “sociedad política””, sostiene Garaudy.

(Continuará) 

Jean-Jacques Rousseau

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