sábado, 31 de diciembre de 2016

Dialéctica de los derechos humanos: ¿Cómo se hace para ser libre?

Capítulo 21 de Los naipes están echados, el mundo que viene


Así, con esa "sencilla" inquietud podría resumirse la preocupación intelectual de las élites occidentales una vez que a “la muerte de Dios” y sobre todo ante la pérdida de autoridad de su representante terrenal, resultaba necesario re - interpretar la significación de la libertad como potencia de la voluntad, y a la racionalidad política como aptitud propia del ser social de la especie humana.

Una vez que el pluralismo abre la esfera de disputa del poder por parte de las diferentes maneras de ser en, e interpretar y estar en el mundo histórico, resultaba necesario reflexionar crítica y rigurosamente sobre el problema del poder para hacer viable la creación de instituciones que estabilizaran a la democracia como garantía de realización de ese pluralismo.

Pero tal empresa había que desarrollarla en un contexto y en medio de una sociedad dividida por la propiedad privada sobre los instrumentos de producción, tales como la tierra y el capital.

El problema existencial más relevante entre fines del Siglo XVIII y principios del XX, cuando en occidente el pluralismo y el auto-gobierno democráticamente elaborado por la sociedad se instalan como posibilidad efectiva, es el que se expresa en la dialéctica de conflicto entre la potencia de la racionalidad política (predispuesta a la igualdad) y la eficiencia funcional de la racionalidad económica para producir y perfeccionar las condiciones de existencia, predispuesta a reproducir la desigualdad pues unos integrantes de la sociedad poseen y otro no, instrumentos de producción de riqueza.

Max Weber dedicó su vida a tratar de comprender cómo opera la racionalidad política, como puede intervenir en la creación de instituciones estabilizadoras de los conflictos humanos.

Conflictos que crea y recrea todo el tiempo el pluralismo (la administración democrática de las diferencias) tanto como el sistema capitalista, la distribución según la posición que se tiene (si se dispone o no de capital en condiciones de crear más capital) en las relaciones de intercambio de la riqueza producida socialmente para asegurar las condiciones de existencia.

Weber realizó también (siguiendo a Marx) el primer esfuerzo por superar la pretensión de aplicar las leyes de la naturaleza, (a las que cada vez conocíamos más) al funcionamiento de la sociedad.

Durante el primer período del proyecto de la modernidad, todavía impactado el pensamiento por los nuevos conocimientos científicos lo característico es la pretensión de reproducir más o menos mecánicamente las leyes que se iban descubriendo en la forma de ser de la naturaleza a la forma de desenvolverse de la sociedad humana, (“lo natural es racional y lo racional es natural” que nos explicaba Ardao en los primeros capítulos de este escrito).

Pero lo que distingue a la condición humana es precisamente que su acción transformadora de la naturaleza para perfeccionar sus condiciones de existencia a través del trabajo útil, (mediante la creación de instrumentos como el arco y la flecha o el lenguaje … ) lo separa DIALECTICAMENTE de ella.

Las leyes de la naturaleza no son aplicables mecánicamente a la forma de desenvolverse de la sociedad, salvo una de ellas: la que indica que todo lo vivo pugna por vivir, de donde surge el fundamento de los “derechos humanos” como sustento teórico de los derechos fundamentales: como energía política para la transformación de la sociedad.

Lo que, no obstante, como sabemos, no garantiza su efectividad, (que estos derechos se cumplan) pues en la sociedad dividida en clases se desenvuelve un complejo conflicto entre ser y deber ser, que más adelante estudiaremos con mucho detenimiento.

Pues los seres humanos producimos cultura. Es decir, condicionados por nuestra pertenencia a la naturaleza, pero al mismo tiempo a partir de la acción transformadora sobre ella, nos auto - realizamos.

Ya no somos naturaleza, aunque como es obvio seguimos dependiendo de ella, perteneciendo a ella.

El primer impulso de la “ilustración” fue “dominar” a la naturaleza para ponerla al servicio de la especie humana, el impulso posterior fue más sofisticado: interpretar cuánto del modo de ser de la naturaleza determina las posibilidades de realización de la libertad, cuanto la posibilidad de la libertad depende de la capacidad de auto realización en el mundo social de la vida y de la satisfacción de las necesidades para la supervivencia de la especie humana.

Al crear (el bicho humano) cultura, podemos perfeccionarla, pero condicionados (en la forma de una tradición o de varias tradiciones en conflicto) por los contenidos que funcionalmente fueron efectivos en un “x” período histórico y que por tanto matrizaron, por así decir, creencias y modos de desenvolverse de la sociedad.

Cuando decimos que funcionalmente los contenidos de una cultura fueron efectivos, decimos que crearon la estabilidad necesaria para que la comunidad se conservara como tal, evolucionara en la elaboración de los instrumentos para perfeccionar o por lo menos asegurar sus condiciones de existencia.

Una vez más en este escrito me gustaría solicitarle al lector realizar un esfuerzo por ubicarse en el lugar espiritual y político de los pensadores cuya obra analizamos y de las poblaciones que protagonizaron el cambio radical del modo de entender la propia vida y a la sociedad.

Durante más de tres siglos la civilización occidental (desde la reforma protestante, el giro radical producido por los descubrimientos de la ciencia, - ¡el Sol no giraba alrededor de la tierra, sino esta alrededor del Sol¡-, Galileo y su “de todos modos se mueve”, el “descubrimiento de América”…) el espíritu humano fue interiorizando la idea de que podía ubicarse… ¡en el lugar de Dios!

Hacer y deshacer según su “libre” arbitrio.

Hasta que un genio de esos que la humanidad produce muy de vez en vez viene a aguar la fiesta.

No, explica y demuestra Carlos Marx, la acción humana, a través del trabajo, de su intervención sobre la naturaleza, para producir y reproducir nuestras condiciones de existencia, es decir, la economía, no condiciona absolutamente “la autonomía del espíritu humano”, pero condiciona nuestra potencia de libertad en el mundo de la vida.
Por lo menos mientras el acceso a los instrumentos de producción no pertenezca a los productores libres asociados, es decir, a toda la sociedad humana.

Muchos pensadores europeos creyeron ver en este señalamiento de Marx una forma de “determinismo” que le asignaba a la economía un factor absolutamente predominante (por sobre la cultura) en el desenvolvimiento de la sociedad.

Parte de la obra de Weber es un esfuerzo por “demostrar” lo contrario, que la cultura, en la forma de tradiciones espirituales que compiten por el éxito, al estilo de Hegel, es “determinante” en la forma de desenvolverse incluso de la racionalidad económica. Eso es esencialmente lo que sostiene en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Sostiene, luego de realizar un análisis comparado de las religiones que el individualismo propio del modo de ser religioso de las comunidades protestantes es el que explica por qué el capitalismo se desarrolló en occidente y únicamente en occidente.

Otros intelectuales, menos sensatos, en cambio, se pusieron a gritar como desaforados ante la proposición de Marx, (muchos de ellos “perdieron el juicio”, incluso): ¡pero, apenas nos sacamos de encima a Dios, este maldito barbado viene a condicionar nuestra libertad radical en la materialidad de la economía y en el ser social de la especie!

A Weber le inquietaba esta reacción “romántica” tanto como la tendencia de algunas corrientes que se autodefinían como “marxistas” a situar a las lógicas del capital y las relaciones económicas como absolutamente “determinantes” de la acción y la racionalidad humanas.

Intuía que esas interpretaciones y sensibilidades podían derivar hacia la violencia contra la democracia de “masas”.

¿De qué capacidad disponen esos idiotas ignorantes siempre llevados como ovejas por una autoridad superior para gobernarse a sí mismos?, exclamaba ya Nietzsche, o afirmarían Sorel y Schmitt, que participaban de esta sensibilidad antimarxista y antidemocrática, y anunciaron al fascismo y al nazismo, más, en cierto sentido, le escribieron el libreto.

Weber creía en todo caso, que lo único que podía salvar a la sociedad de esta crisis espiritual tanto como de la dinámica del capitalismo era la política, el político, la figura del político apoyada en tecno - burocracias que garantizaran el funcionamiento del Estado como creador de neutralidad en los conflictos de intereses, al modo de un monarca o un dios que se ubicara por encima de todos, que representara la unidad de la sociedad como un todo realizada en el Espíritu absoluto del Estado Nación, siguiendo en esto a su maestro Hegel.

Pero antes de entrar más en profundidad en el pensamiento de Weber volvamos a “sentir” el estado espiritual en el que acomete su obra.

Por una parte, el proletariado aspiraba a “derrocar al Estado burgués”, (Lenin se acercaba al poder y lo conseguía en 1917), por otra, las clases sociales y las instituciones que habían concentrado el poder durante el feudalismo y sus representantes intelectuales, iban conformando una cosmovisión al mismo tiempo anticapitalista y antidemocrática.

La burguesía mientras tanto, acometía el inicio de la aventura expansionista impulsada por la necesidad de extender sus negocios a “todo el mundo conocido”, como lo describimos con Hannah Arendt en el capítulo anterior.

Parecía que el Estado nación que Hegel había identificado como el fin de la historia y que al interior de sus fronteras, en la forma de la soberanía popular hacía posible la democracia moderna, se desmoronaba tan pronto como había nacido.

De suerte que así como Lenin se preguntaba ¿qué hacer?, y optaba por la revolución proletaria conducida por una elite profesional “de vanguardia” y las fuerzas de la aristocracia derrotadas se aprestaban a intentar aniquilar a los proletarios y a los demócratas, Weber y otros intelectuales se preguntaban también ¿qué hacer?, pero para salvar a la democracia.

En próximos capítulos vamos a observar que a los “marxistas” que pregonaban un determinismo hegeliano en relación a la Historia, Marx les hizo saber que si tal cosa se pretendía interpretar de su obra él “no era marxista”, aunque lo dijo en francés: “tout ce que je sais, c'est que je ne suis pas marxiste”.

Pero continuemos ahora en el esfuerzo por ingresar al espíritu de la época que analizamos.

“La democracia parlamentaria, con su fraudulencia y su hipocresía, se le presentaba como un insulto odioso a la dignidad humana, una burla de los auténticos fines del hombre” describe Isaiah Berlin al estado espiritual en el que escribió su obra “Reflexiones sobre la violencia” Georges Sorel, un escritor no académico pero muy combativo que respaldo ora a Mussolini ora a Lenin y otra vez a Mussolini y así.

“La política democrática era una especie de enorme Bolsa donde se compraban y vendían votos sin miedo ni vergüenza, donde los hombres eran embaucados o traicionados por políticos intrigantes, banqueros despiadados, hombres de negocios sin escrúpulos, avocasserie et écrivasserie: todos, abogados, periodistas, catedráticos, lanzados a la rebatiña en pos del dinero, el prestigio y el poder en un mundo de idiotas despreciables y sinvergüenzas astutos, de estafados y estafadores, viviendo a costa de los trabajadores explotados en la “ciénaga democrática” de una Europa “entontecida por el humanitarismo”, añade Berlin para describir el estado del alma del naciente romanticismo antidemocrático que Sorel como tantos otros representaban.

Lenin calificó a Sorel (y podría haber calificado a Schmitt) como “un embarullador notorio”, Weber y Kelsen se embarcaron en la titánica tarea de combatir con una ética democrática tanto al romanticismo elitista, como al voluntarismo proletario, pues aunque ambos se sentían más próximos al proyecto de transformación de la sociedad socialista, no consideraban viable la apuesta superadora del capitalismo en las condiciones de principios del Siglo XX.

En todo caso, el conflicto entre las lógicas del capital (la violencia de esas lógicas) y la política, estaba instalado en toda su centralidad civilizatoria…

Sabemos que ninguno de ellos, ni Weber, ni Kelsen ni Lenin pudieron evitar el desenlace militarista, porque “los naipes estaban echados”, pero el esfuerzo intelectual que realizaron tendría alto impacto al concluir la segunda guerra mundial.

(Continuará)

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