lunes, 21 de noviembre de 2016

¿Qué determina la posibilidad de una vida digna, el éxito o la política?

Capítulo 14 de Los naipes están echados, el mundo que viene

“O bien decimos con Hegel: la Historia del mundo es el tribunal del mundo, dejando el juicio último al éxito; o bien afirmamos, con Kant, la autonomía del espíritu humano y su independencia potencial de las cosas como son o como han llegado a ser”, afirma Hannah Arendt en sus conferencias sobre la filosofía política de Kant en la New School for Social Research durante el otoño de 1970.

Y añade: “Si el juicio es nuestra facultad para ocuparnos del pasado, el historiador es el hombre que investiga y quien, al narrar el pasado, lo somete a juicio. Si esto es así, recobraremos nuestra dignidad humana, se la reconquistaremos a la pseudo – divinidad de la edad moderna llamada historia, sin por ello negar la importancia de la historia, pero retirándole el derecho a ser el juez último”.

Como se podrá apreciar, ya en los últimos años de su monumental esfuerzo intelectual por comprender la potencia de la racionalidad política, aquí en la forma de juicios, narraciones críticas y por tanto ejemplarizantes, sobre el pasado, Arendt, entre la dialéctica determinista de la historia que se realiza como Espíritu Absoluto en el Estado según Hegel (el Estado Nación que vence, que perdura, es el que representa mejor a lo que las comunidades humanas necesitan para desenvolverse en la historia, digamos para simplificar, aunque analizaremos más adelante el pensamiento de Hegel) y la imaginación política como aptitud del ser social activo del hombre, opta por esta última.

Arendt, interpretando a Kant en lo que de esencial surge en su obra, la distinción entre el pensar como una actividad necesariamente ética, pues pensar es elegir entre el bien y el mal, lo bello y lo desagradable, etcétera y el conocer, como actividad incremental de conocimientos sobre la naturaleza, considera que la racionalidad política juzga creando cultura, no sometiéndose a determinaciones, como por ejemplo pretende el “darwinismo social”, tan cíclicamente en boga en Estados Unidos.

Pero Kant realizó aún otro aporte sustancial a la reflexión sobre la condición humana, procuró demostrar algo que muy recientemente las neurociencias comprobaron empíricamente, que el ser humano como especie no puede pensar, actuar, ni decidir entre opciones (lo justo y lo injusto, lo conveniente o inconveniente, etc.) sino es en el interior de la comunidad, en cooperación con los demás integrantes de la comunidad.

El ser social del hombre es el que determina, propiamente, determina, la superación de la mera imposición por la fuerza como condición de su existencia, (y esto es lo político) pues la preservación de la vida y el perfeccionamiento de su calidad espiritual no está en la posibilidad de ningún individuo aislado lograrla, argumentó Kant.

Lo político, por lo tanto, es la aptitud humana de imaginar / crear instituciones que garanticen el desenvolvimiento de la singularidad exclusiva de lo humano: su libertad únicamente condicionada por su ser social.

El filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira lo decía bellamente así:
“Que cualquier hombre disponga de las libertades sólo por ser hombre; eso es el Derecho”.

(Más adelante vamos a analizar las diferencias entre derecho natural y derecho positivo, pues resulta relevante a los contenidos de la democracia).

Lo que Kant, Arendt y Vaz Ferreira describían como potencia de libertad, Marx lo enunciaba de otro modo, sostenía que el ser humano hace su propia historia, (aunque determinado por el modo de producción económica de sus condiciones de existencia) por lo cual consideraba que el proceso de la civilización estaba orientado a la emancipación de toda necesidad dependiente de su origen animal, las meras acciones en pro de la supervivencia.

Tanto en uno como en otro caso, mediante la imaginación política que crea instituciones o mediante la superación de la sociedad dividida en clases que posibilita la emancipación, el objeto de la racionalidad política (no como idea, sino como praxis) es la libertad, garantizada como derecho positivo en un caso, como liberación de las necesidades elementales de supervivencia, en otro.

El autor de estos apuntes comprende perfectamente la complejidad del asunto que nos ocupa ahora, pero asegura que en la continuidad de la reflexión se podrá interpretar tanto su relevancia como su contenido político esencial.

Digámoslo ya de otra manera para entrar derechamente en lo que aquí nos interesa: el ser humano no se realiza en el Estado, como creyó Hegel, sino en la imaginación política, como intuyeron Rousseau, Kant y Arendt, en la estabilidad jurídica como intuyeron Hobbes, Montesquieu, Tocqueville, Hans Kelsen, Habermas y Luigi Ferrajoli en nuestros días y finalmente, en la liberación de toda estructura coercitiva que obstruya la potencia civilizatoria de la imaginación política y el talento creativo de la especie humana como tal especie, como observó Marx.

Pero volvamos al principio, pues estamos analizando el aporte del liberalismo igualitario al proceso de la civilización.

“O bien decimos con Hegel: la Historia del mundo es el tribunal del mundo, dejando el juicio último al éxito; o bien afirmamos, con Kant, la autonomía del espíritu humano y su independencia potencial de las cosas como son o como han llegado a ser”, afirma Hannah Arendt.

¿Qué quiere enfatizar, qué le preocupa señalar a la filósofa que más energía y valentía intelectual dispuso en la historia de las ideas para interpretar en toda su hondura a la condición humana?

Que el ser humano, puede, recurriendo a su inmanente, propia de su ser en tanto humano, aptitud política, (desarrollada en la acción colectiva inteligente, pensante, como enseñaba Kant) crear instrumentos para el perfeccionamiento de sus condiciones de existencia, es decir, para asegurar el desenvolvimiento de la libertad como potencia del ser activo, que interviene en las formas de organización de la sociedad precisamente para garantizar esa libertad.

Veamos ahora su sentido práctico.

“Sería bien errónea la sugerencia de que el orden político de una república moderna pudiera basarse en un consenso de fondo, adquirido de forma casi natural, es decir, en un consenso de fondo que, por haber crecido cuasi orgánicamente en él, quedase libre de cuestionamientos.

Lo que une a los miembros de una sociedad que viene en principio definida por el pluralismo social, cultural y por el pluralismo en lo tocante a las concepciones últimas del mundo, no puede consistir en otra cosa que en principios abstractos y en procedimientos abstractos de un medio republicano artificial, es decir, generado en medio del derecho.
Estos principios sólo pueden echar raíces en los motivos de los ciudadanos cuando la población haya hecho buenas experiencias con sus instituciones democráticas y se haya acostumbrado a la situación de libertad política.

Es entonces cuando aprende también, y ello desde el propio contexto nacional de esa población, a entender como un logro la república y su constitución. Sin tal posibilidad de representación histórica no pude surgir esa clase de vínculos a los que me he referido bajo la denominación de “patriotismo de la constitución”.

Patriotismo de la constitución, elaboración colectiva, en lugar de patriotismo de la identidad, (religiosa, nacional, etc.),frecuentemente autoritaria, porque pretende imponer un modo de ser y de pensar ÚNICO a los integrantes de la comunidad.

La frase pertenece a Jürgen Habermas, cuya obra también analizaremos más en profundidad, pero la citamos aquí pues expone con mucha claridad lo que Hannah Arendt quiere decir cuando se refiere a “la autonomía del espíritu humano y su independencia potencial de las cosas como son o como han llegado a ser”.

El espíritu humano, para estos pensadores y para Rawls, está en condiciones de crear instituciones que viabilicen la posibilidad de una vida digna, (no feliz o infeliz, buena o mala, que eso dependerá de cada quién si se garantiza también la igualdad de oportunidades en el punto de partida), una vida digna en libertad, en medio de un aprendizaje vivencial de una experiencia ejemplar, como sostiene Habermas.

Y así ocurrió, como veremos, en el proceso de construcción del Estado social (o de bienestar) y de la Unión Europea luego de la segunda guerra mundial.

Ya llegará el momento de analizar más adelante, si en las condiciones actuales del conflicto entre la “razonabilidad” propia de la gestión del desarrollo por parte de los intereses del capital y la política, en tanto representación y praxis de los intereses y las exigencias de la sociedad, está experiencia democrático republicana e igualitaria que protagonizó Europa en la forma del Estado de Bienestar puede o no perdurar y qué particularidades histórico económicas la hicieron posible.

(Continuará)

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