martes, 8 de noviembre de 2016

¿Puede la voluntad general asistir a un Tribunal?

Capítulo 12 de Los naipes están echados, el mundo que viene.

Soberanía, división de poderes y Estado de Derecho

En la evolución del pensamiento occidental el Derecho es la formulación de técnicas para administrar el poder por parte de la comunidad organizada políticamente mediante procedimientos por ella misma elaborados.

El Derecho procura administrar el poder que siempre está en disputa, desde la horda salvaje, el de mando o imposición por la fuerza.

Cuando en un momento del desarrollo de la civilización la fuerza física deja de ser el modo de imponerse del poder, esto es, cuando la complejidad de la sociedad y su evolución cultural ya no acepta la legitimidad del poder obtenido e impuesto por la fuerza, en el orden de estabilidad autoritario precedente emerge un desorden “espiritual” que altera al universo de los privilegiados.

La irrupción de las “masas” en la vida política altera a las elites.

El problema del pluralismo, que la religión católica institucionalizada (como el poder absoluto de Dios) vino a clausurar por siglos, pero que no por ello dejó de presentarse como problema de vez en vez, en la organización de la producción, en la administración de la propiedad, en la propia legitimidad de la institución que actuaba en nombre de Dios, emerge en toda su complejidad como problema político.

Y esto porque como ha demostrado una y otra vez la historia, la racionalidad política consustancial al fenómeno humano desafía todo el tiempo a aquel poder que pretende no necesitar otra legitimación que su propio poder.

Cuando el pluralismo desde la Reforma protestante vuelve a “abrirse” como libertad de adoptar una u otra cosmovisión religiosa, o antes cuando la burguesía naciente comienza a resquebrajar el orden del poder autoritario del absolutismo feudal - católico, pues necesita de una nueva forma de libertad comercial para realizar sus emprendimientos con las menores trabas posibles, el problema de la legitimidad del poder adquiere toda su centralidad civilizatoria.

La comprensión de este fenómeno es lo que hace sublime la inteligencia de Maquiavelo y luego, muy pocos años después, de Jean Bodin, que integra por primera vez a la reflexión sobre la política y la República la palabra “soberanía”.

“La palabra ha sido pronunciada. Bodin declara que sobre esta tierra existe una potencia soberana. Así se ha establecido una ruptura: por un lado, el mundo espiritual donde reinan Dios y sus representantes sobre la tierra; por el otro, un mundo temporal, con un soberano. Hablar de un soberano quiere decir alguien que no tiene a nadie por encima de él. Dije “alguien”, también hubiese podido decir “algo”, alguna institución. Cuando el soberano es un individuo estamos en una monarquía. Si son varios, esto es una oligarquía. Y si se trata de un gran número o de todos los individuos, estamos en la democracia”, relata Francois Chatelet en un simpático libro donde presenta en diálogo con un periodista sus reflexiones sobre “una historia de la razón”.

Pero el pluralismo y los conflictos de intereses son asunto difícil de administrar por un “soberano”, incluso por uno que es legitimado por la “voluntad general”.

Véase si no, este fragmento del discurso de Louis- Antoine de Saint-Just el 13 de noviembre de 1792 en la Convención sobre el juicio de Luis XVI:

“Se nos dice que el rey debe ser juzgado por un tribunal como los otros ciudadanos. Pero los tribunales están establecidos para los miembros de la ciudad, y yo no entiendo por qué olvido de los principios de las instituciones un tribunal sería juez entre un rey y el soberano, cómo un tribunal tendría la facultad de dar un amo a la patria y de absolverle, y cómo la voluntad general podría ser citada ante un tribunal”.

Ciertamente, la voluntad general no resulta sencillo citarla a un Tribunal, salvo que se exprese mediante algún tipo de procedimiento institucional de democracia directa. Pero ahí entramos en un problema que nos va a ocupar más adelante, cuando analicemos el estado actual de la democracia.

Ahora volvamos a nuestra mínima travesía histórica para detenernos en Montesquieu.

Para asentar el pluralismo, la revolución burguesa consagró los derechos fundamentales, entre los cuales, a partir de Locke, Hobbes y Rousseau, los referidos a la libertad religiosa y de propiedad, así como los derechos políticos sin los cuales los anteriores no podrían ejercitarse, de pensamiento, de expresión, de asociación…

¿Pero quién controlaría al poder emanado del sufragio (sobre todo en sus primeras formas elitistas), para evitar una recaída en el despotismo?

Montesquieu, en su obra el “Espíritu de las leyes” sugiere que para controlar al poder resultará necesario dividirlo, fiscalizarlo institucionalmente, como ya había comenzado a implementarse en Inglaterra (donde como Voltaire, vivió tres años).

Dividirlo en estructuras institucionales que se controlen unas a otras, los hacedores de la ley, (el parlamento) los ejecutores de las políticas, (el gobierno), los fiscalizadores del cumplimiento de las leyes por unos y otros y por todos, el Poder Judicial.

Desde el punto de vista de la “racionalidad” política, que completaba el proceso de superación dialéctica de la “racionalidad religiosa”, la amalgama de los derechos fundamentales y de la separación de poderes, el autogobierno del pueblo soberano instituido por el sufragio, quedaba embrionariamente establecido en su forma clásica en occidente: el Estado de Derecho.

Y, sin embargo, los problemas del pluralismo como sustancia esencial de la racionalidad política consustancial al ser social de la especie humana apenas comenzaban a expresarse en toda su complejidad, porque ¿se puede ejercer alguna libertad, si se carece de los medios materiales para poner en acto esa potencia?

¿O si el Derecho no es capaz de contener las formas de imposición militar de grupos de privilegio de cualquier naturaleza?

¿O si la competencia entre estados nación por prevalecer en el plano internacional impone la lógica de las bayonetas por sobre las lógicas del Derecho?

(Continuará)

Nicolas Maquiavelo

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