jueves, 17 de noviembre de 2016

El aporte del liberalismo político a la evolución de la racionalidad política en occidente


Capítulo 13 de Los naipes están echados, el mundo que viene


Los totalitarismos del siglo XX, todos ellos, fueron el resultado en occidente de una reacción contrarrevolucionaria al programa de la modernidad en su sentido esencial: la democratización política de la sociedad.

Y más allá de occidente fueron el resultado de una dialéctica de conflicto entre elites económicas occidentales y elites burocráticas orientales.

La democratización pluralista, es decir, política, de la sociedad, constituye el objeto primordial del programa de la modernidad, tanto en su matriz liberal republicana como marxista.

Las diferencias entre uno y otro programa radican esencialmente en consideraciones sobre la significación de la economía (el lugar que se ocupa en la producción del mundo material para asegurar las condiciones de existencia como factor esencial en la formación de las ideas o la significación de la lucha de clases en la historia y el rechazo de esta posición) y la consideración sobre la ética como fenómeno característico de la racionalidad política en la determinación de las aperturas del proceso civilizatorio.

Si el liberalismo político hubiese contribuido al proceso civilizatorio únicamente mediante la ruptura de la pretensión homogeneizante y por eso mismo inexorablemente totalitaria de una religión monopólica enclaustrada en el Estado en alianza con el mundo de los propietarios (señores feudales) ya habría realizado suficiente aporte, pero Locke, Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Kant y más tarde Hegel, Kelsen, Hannah Arendt, John Rawls y Jürgen Habermas hicieron bastante más que eso, contribuyeron decisivamente a resignificar históricamente el rol de la dialéctica Política / Derecho como lógica de superación del inexorable autoritarismo de los privilegiados en la defensa de sus intereses ya conquistados.

Como hemos hecho y continuaremos haciendo todavía más de una travesía al pasado de occidente para procurar entender mejor cómo se fue constituyendo el programa de la modernidad vamos a reiterar el sentido fundamental de este escrito: diagnosticar el estado actual del mundo para anticipar cómo puede resolverse en medio de un proceso que conduzca al desarrollo de ese acumulado cultural y no a su deterioro, el conflicto entre la “razonabilidad” propia de la gestión del desarrollo por parte de los intereses del capital y la política, en tanto representación y praxis de los intereses y las exigencias de la sociedad.

Los acontecimientos mundiales de las últimas décadas ponen de manifiesto que la política prevalecerá sobre los intereses y lógicas del capital únicamente si una muy relevante mayoría de los ciudadanos del mundo, (ya formados en el liberalismo igualitario, en el republicanismo, en el marxismo o en el humanismo judeo - cristiano) logra elaborar una plataforma civilizatoria consensuada en torno a un programa democrático – igualitario.

Algunos rasgos de ese posible programa serán expuestos en las conclusiones de estos apuntes (Tomo II) , pero antes tenemos que someter a crítica a los proyectos políticos de la modernidad, y analizar, aunque sumariamente, los contenidos y las causas de los fenómenos anti políticos (anti modernos) más radicales, como el nazismo, el estalinismo y el neoliberalismo.

La apertura del pluralismo como plataforma política de transformación de la sociedad medieval, empujada por las ciencias de la naturaleza, que mediante sus descubrimientos dieron un impulso radical a la racionalidad política por sobre la racionalidad religiosa hegemónica propició una revolución intelectual.

A algunos autores de esa revolución los hemos mencionado en capítulos anteriores, pero para presentar la memoria histórica de la civilización occidental resulta imprescindible detenernos todavía en el pensamiento de los pensadores y filósofos que al procurar explicar esa transformación, contribuyeron a darle sentido, esto es, a recuperar la potencia inmanente del fenómeno político.

Será necesario asimismo, reparar, aunque sea brevemente, en la reacción a esa evolución cultural democratizadora tomando en cuenta, procurando comprender, su dramatismo.
¿Por qué su dramatismo?

Porque casi dos mil años de estabilidad social construidos sobre un modelo disciplinador (del conflicto humano: sus ansiedades, su agresividad, sus pulsiones animales acentuadas por la sociedad dividida en clases) basado en una moral dogmática y en una dogmática legal que le era inexorablemente propia debieron ser sustituidos por una cultura política que al sostener como su principal rasgo al pluralismo (característico de la sociedad compleja que el capitalismo de la sociedad industrial impulsaba) resultaba necesario crear un tipo de institucionalidad totalmente basada en el fenómeno político, en la racionalidad política.

La racionalidad política es consustancial el fenómeno humano, pero únicamente puede crear estabilidad social y evolución civilizatoria “inventando” instituciones que controlen, administren, sí, también disciplinen, sin el recurso de una moral impuesta por los dioses, sino mediante formas de autogobierno, los conflictos propios de la naturaleza animal original del ser humano y mientras no sea posible superarla, también los conflictos derivados de la sociedad dividida en clases.

Y en buena medida eso procuró hacer Immanuel Kant.

Kant procuró sustituir el peso disciplinador de la rígida (para las masas) moral religiosa, por una moral civilizatoria basada en la razón.

Por eso su obra, a la que analizaremos más en profundidad en el próximo capítulo, está teñida de un voluntarismo moral, el del deber ser, que constituyó una epopeya sublime del humanismo pero que en el mismo momento en que se enunciaba ya no resultaba suficiente para contener a las poderosas fuerzas liberadas por el capitalismo.

No obstante y este es asunto complejo al que necesitamos dedicar unas cuantas líneas en nuestro esfuerzo por comprender la formación del ser sustancial de occidente, el deber ser kantiano (basado en la razón) abría una oportunidad a la política como superación de la mera imposición por la fuerza (lo contrario de la política) en la medida en que constituyese una institucionalidad basada en el derecho y en cuyo ambiente de estabilidad más o menos aceptada consensualmente la sociedad se educase en la democracia.

A eso apostaron, a ese universalismo democratizador, Kelsen, Arendt, Rawls y Habermas, y por ello tendremos que detenernos también en el análisis de lo esencial de su propuesta civilizatoria, aun cuando la misma está siendo fuertemente desafiada en el presente momento histórico.

(Continuará)

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