sábado, 1 de octubre de 2016

Revolución o reforma

Capítulo 5 de Los naipes están echados, el mundo que viene.


Poco antes de morir, luego de reafirmar que la voluntad de superar la sociedad dividida en clases tenía que constituir necesariamente el contenido humanista que reuniese a los proletarios del mundo entero en una misma organización política – y de rechazar toda pretensión de ocultamiento de ese postulado- Federico Engels explica a sus contemporáneos las causas por las cuales considera que en términos generales ya no tendrían lugar levantamientos revolucionarios que condujesen al control monopólico del aparato del Estado por minorías de ninguna naturaleza.

Anticipaba una inexorable excepción, la que conduciría a rupturas en la institucionalidad democrática por parte de los grupos de privilegio ante el avance político – electoral y organizacional de los partidos proletarios.
Añadía, rememorando la historia del cristianismo en el Imperio Romano, que de todas maneras tarde o temprano se produciría el acceso al poder de los partidos proletarios.

“Los cristianos fueron incapacitados para desempeñar cargos públicos, no podían ser siquiera cabos. Como por aquel entonces no se disponía aún de jueces tan bien amaestrados respecto a la “consideración de la persona”, como los que presupone el proyecto de ley antisubversiva de Her von Koller, lo que se hizo fue prohibir sin más rodeos a los cristianos que pudieran reclamar sus derechos ante los tribunales. (El 5 de diciembre de 1894 se presentó al Reichstag un nuevo proyecto de ley contra los socialistas). Los cristianos, -continúa relatando Engels-, la arrancaban de los muros burlándose de ella y hasta se dice que le quemaron al Emperador su Palacio en Nicomedia, hallándose él dentro. Entonces, éste se vengó con la gran persecución de cristianos del año 303 de nuestra era. Fue la última de su género. Y dio tan buen resultado, que diecisiete años después el ejército estaba compuesto predominantemente por cristianos y el siguiente autócrata del Imperio Romano, Constantino, al que los curas llaman el Grande, proclamó el cristianismo como religión del Estado”.

Con esta frase concluye el último escrito público de Federico Engels, su introducción al libro “La lucha de clases en Francia” de Carlos Marx, el 6 de marzo de 1895.

En los años siguientes no hubo un solo país europeo en el que no se sancionasen decretos persecutorios contra los partidos proletarios, en el que no se asesinase a alguno de sus principales líderes y se enviase a prisión a los más influyentes de ellos.

Tampoco hubo un solo país europeo en el que los partidos proletarios dejaran de crecer en su representación institucional en los parlamentos nacionales, las asambleas constituyentes y las gobernaciones locales.

En 1919 fue asesinada en Berlín una judía polaca que la historia posterior ha demostrado fue, en su breve, pero intensa vida, una de las más lúcidas herederas de Federico Engels, se hizo llamar Rosa Luxemburgo.

La breve vida intelectual y política de Rosa Luxemburgo resulta de enorme relevancia para continuar hurgando en la “mentalidad”, en la espiritualidad de aquella época que marcó a fuego al Siglo XX hasta la Primavera de Praga.

Rosa tuvo el coraje y la inteligencia de someter a severa crítica tanto a Vladimir Ilich Lenin como al importante intelectual socialdemócrata alemán Eduard Bergstein.
Al líder ruso por lo que ella consideraba que debía ser la organización política del proletariado, siempre sometida de un modo radicalmente democrático al estado de la conciencia del movimiento obrero respecto de su potencia emancipadora del capitalismo; al intelectual del Partido Socialdemócrata alemán por su renuncia a que el proletariado preservara como postulado político – cultural la superación de la sociedad dividida en clases.
Luxemburgo fue, además, la única dirigente revolucionaria en comprender la entidad que adquiriría la cuestión nacional, la emergencia del nacionalismo, como un factor de división del movimiento proletario internacional.

De la dialéctica de conflicto entre la alta burguesía aliada con las oligarquías monárquico – feudales y el proletariado organizado surgiría en buena parte de Europa el Estado de Bienestar, del conflicto entre la alta burguesía de la Europa continental y la Revolución bolchevique las condiciones para que ese Estado de Bienestar prosperase, pero antes el viejo continente protagonizó dos guerras mundiales y muy radicales debates sobre los contenidos de la democracia y en la izquierda, sobre las “vías” y formas de organización para conducir el proceso de transformación de la sociedad.

Del proceso de expansión imperialista y los diferentes grados de desarrollo capitalista de las principales naciones europeas emergería, también en esos años, el nacionalismo como fenómeno histórico – político muy influyente en el acontecer del Siglo XX.

La interpretación correcta de las angustias y expectativas de la sociedad en los países europeos de principios del Siglo XX es muy relevante para entender las causas del surgimiento de fenómenos como el fascismo y el nazismo.
“Viva la guerra” gritaban Mussolini y Hitler unos pocos años después del tiempo histórico que analizamos; “Viva la Paz”, gritaban los partidos proletarios que procuraban evitar en condiciones histórico políticas muy adversas, como veremos más adelante, que el nacionalismo imperialista logrará, como logró luego, dividir al movimiento obrero europeo.
Los proletarios europeos terminaron en aquellos días matándose entre ellos al servicio de formaciones institucionales incluso monárquicas, como en Italia, o racistas, como en la Alemania de Hitler, en lugar de unificarse para expandir a toda Europa el proceso revolucionario de toma del poder iniciado en la Rusia soviética.
Las razones por las cuales tales hechos ocurrieron hay que buscarlas tanto en el grado diferente de desarrollo capitalista de los diferentes países (lo que explica el nacionalismo imperialista) como en la crisis de las formas tradicionales de construcción de estabilidad social y política que tuvo lugar por la aceleración del proceso de modernización capitalista y todos sus enormes efectos de sociedad: la crisis de autoridad y legitimidad de los poderes tradicionales – el patriciado feudal y la Iglesia Católica-, la debilidad política de la burguesía, ocupada meramente en asegurar la prosperidad y expansión al resto del mundo de sus negocios…
Y mientras todo esto ocurría, atacados con ferocidad por las fuerzas más reaccionarias, en el sentido histórico – cultural, los partidos proletarios se auto -debilitaban en discusiones tácticas – revolución o reforma-, metodológicas –partido de “vanguardia” o radicalismo democrático del movimiento–, y teórico políticas – posibilidad real según el desarrollo de las fuerzas productivas de iniciar o no entonces el proceso de superación de la sociedad dividida en clases-.

Pero esos mismos partidos proletarios serían luego, organizados como partisanos, lo únicos en enfrentar al nazismo en casi toda Europa, como habían sido antes los protagonistas de la experiencia de la Comuna de Paris, de las demandas democrático igualitarias en toda Europa, de la República española, creando así, en términos histórico políticos, las condiciones para la democratización de la Europa de postguerra, ahora puesta en cuestión por razones que analizaremos bastante más adelante.

(Continuará)

Federico Engels

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