miércoles, 19 de octubre de 2016

¿Qué es occidente?


Capítulo 9 de Los naipes están echados, el mundo que viene.

Necesitamos formularnos esta interrogante para analizar qué tipo de “racionalidad” es predominante hoy en las elites occidentales.

Al decir que puede haber una “racionalidad” predominante estamos diciendo que hay otras, también de matriz evolutiva en occidente, que, desde la misma tradición, la someten a crítica, desafían su hegemonía.

Esto es, diferentes modos de pensar, siempre condiciones por el estado de situación en que se desenvuelven y el lugar desde el que piensan intervienen en el proceso de evolución conflictiva de las sociedades.

Hemos señalado ya, que la “racionalidad política” que surge de la capacidad transformadora de la naturaleza (en el proceso de reproducción de sus condiciones de existencia) y de sí misma como ser social, es lo propio de la especie humana.

La especie humana es la única que transforma su ser en el mundo y lo hace a la vez “pensando” y desenvolviéndose en una realidad que condiciona su menú de posibilidades.
Pero a esa racionalidad política consustancial a lo humano se le opone, digamos simplificadamente, una manera de intervenir “razonadamente” (el sentido común social de una época) en la realidad contingente según cómo esta se presenta en un estadio histórico determinado.

El capitalismo, en su actual estado de desarrollo estructural, la globalización: ¿qué tipo de “razonabilidad” económica (es decir, vinculada al perfeccionamiento de sus condiciones temporales de existencia), produce?

Necesitamos hurgar en el origen de la idea de occidente para determinar si el proceso de la globalización, al poner en crisis el espacio político institucional donde la democracia se materializó, (el Estado – Nación) permite o no albergar la expectativa de que la política (la racionalidad política) prevalezca sobre las lógicas del capital, (la razonabilidad económica, modos de desenvolverse en la realidad según como esta se presenta en su forma competitiva entre comunidades y clases sociales).

En algún momento, más adelante, tendremos que estudiar cómo ha evolucionado la relación capital – trabajo asalariado, (cómo ha evolucionado el trabajo mismo y qué transformaciones podemos anticipar operará la robotización radical que está comenzando) pues esa relación conflictiva fue determinante en los “modos de pensar” de diferentes grupos humanos durante los siglos XIX y XX.

Recurramos ahora para iniciar la breve travesía que procurará dar respuesta a la pregunta sobre, digamos, “el ser de occidente”, a uno de los pensadores más lúcidos del Uruguay, Don Arturo Ardao, quien luego de situar a principios del Siglo XVIII lo que considera el paso decisivo en la conformación de la identidad político – cultural de occidente, “la ruptura con la revelación cristiana a través del gran fenómeno moderno de la crisis de la fe”, sostiene lo que sigue.

“Aunque común al Occidente, tiene ese fenómeno en Inglaterra su centro principal de iniciación e irradiación. Desde mediados del siglo XVII a mediados del XVIII, se extiende un período de la vida inglesa que es la verdadera matriz de los grandes acontecimientos que a partir de fines del último conmueven y transforman al mundo.

Inglaterra se adelanta entonces al cumplimiento de aspectos fundamentales del programa de la modernidad. Allí se constituye por primera vez el constitucionalismo parlamentario con sus libertades políticas esenciales. Allí se constituye definitivamente después de tres siglos de tanteos, la ciencia físico-matemática de la naturaleza. Allí se constituye la filosofía del conocimiento, de la política, de la educación y de la religión, que el iluminismo iba a desarrollar. Resulta impresionante comprobar cómo se aprietan, en menos de un lustro, las tres fechas capitales de esos grandes aspectos de la transformación histórica de Inglaterra que por mucho tiempo servirá de lección o de inspiración al resto de los pueblos: la Revolución de 1688 es precedida en 1687 por la aparición de los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural, de Newton y seguida en 1690 por la aparición del Ensayo sobre el Entendimiento Humano y Dos Tratados sobre el Gobierno, de Locke.

En el ambiente profundamente crítico en que esos hechos se producen y que esos hechos acentúan, bajo el incontrastable imperio, filosófico y político de la idea de tolerancia, se acelera al ingresarse al siglo XVIII el proceso del racionalismo religioso”.

Sugiere el maestro pues, que en la conformación de occidente desempeña un estatus muy relevante el conflicto entre la noción de autoridad sustentada en un poder externo inmodificable y ajeno a la acción (y aunque si a la interpretación metafísica, no a la crítica) humana y una nueva noción de autoridad que empuja la clase social surgida ya en el inicio de la revolución industrial: la burguesía.

La radicalidad de ese conflicto caracterizaría el devenir histórico de occidente hasta mediados del Siglo XVIII, pero continuaría influyendo decisivamente en los acontecimientos futuros.

Voltaire permaneció tres años en Inglaterra antes de iniciar su crítica feroz de la intolerancia religiosa.

Fue en Inglaterra y Alemania donde el conflicto entre catolicismo y protestantismo había sembrado otro debate político – cultural decisivo, referido a la relación del individuo como sujeto autónomo con la palabra de Dios y sus significaciones disciplinadoras. Se trataba también de una crítica de la autoridad. La primera crítica radical luego de por lo menos 1500 años.

El tema de la autoridad – de la democracia ya experimentada y pensada en Grecia, pero deliberadamente “olvidada” como fenómeno político - comenzaría a ocupar la reflexión de los más lúcidos pensadores, desde Hobbes a Rousseau, (el autor intelectual de las Revoluciones Francesa y Americana con su reflexión sobre la idea de la voluntad general sustituyendo al acatamiento a un poder divino inmutable) hasta Hegel, que impactado en su juventud por la Revolución Francesa sustituiría (en una compleja y sofisticada reflexión crítica) a la religión por la idea del Estado como “Espíritu absoluto” donde los seres humanos “realizan” su potencia activa y su racionalidad política.

En próximos capítulos vamos a profundizar en el análisis de las implicancias de ese proceso, de la dialéctica de conflicto entre la racionalidad religiosa que había cumplido durante más de mil años un rol político cultural estabilizador (aunque petrificando los roles sociales) y la recuperación a partir de una lectura filosófica, ya no teológica, del pensamiento griego, de la racionalidad política como aptitud sustancial de lo humano.

No muchos años antes del tiempo histórico que ahora nos ocupa Spinoza había incorporado por primera vez la problemática de la racionalidad política como conflicto con la moral de la tradición judía, y, por tanto, también cristiana.

(El decreto de su expulsión de la comunidad judía holandesa es una exposición transparente de la dramaticidad del proceso histórico que comenzaba a tener lugar: una forma de estabilidad social sustentada en una rígida moral religiosa empezaba a ser desafiada por la racionalidad POLITICA, para la cual la libertad de pensamiento del individuo no puede naturalmente obstruirse sin castrarlo).

Con Spinoza leído y releído llegó Voltaire a Inglaterra. La Revolución Francesa y Napoleón irradiarían luego a toda Europa el espíritu de la modernidad que nos cuenta Ardao había nacido en Inglaterra.

“Dos términos de prestigio ascendente desde los albores del Renacimiento llegan ahora a su plenitud histórica: naturaleza y razón”, nos sigue diciendo Ardao.
Para posibilitar la libertad política, resultaba necesario erradicar la idea de la intervención de Dios en las cosas humanas.

“Cuanto más se prestigian (naturaleza y razón) más se solidarizan, aproximándose a la identidad. El espíritu matemático fue estableciendo entre ellos un secreto enlace, una oculta sinonimia, que alcanza su culminación en la obra de Newton, expresión grandiosa de la racionalidad de la naturaleza. Lo natural es racional y lo racional es natural. Puede trocarse un término por otro. De ahí el iusnaturalismo: el derecho racional es derecho natural. Del mismo modo en la esfera religiosa: la religión racional – que es la que importa al fanatismo racionalista de la época- es religión natural”, (la que no depende de la intervención de Dios en los asuntos humanos), escribe Ardao.
Se accede al conocimiento de Dios como creador de la naturaleza a través de la razón, ya no a partir de la “revelación” por Dios mismo, lo que lo constituye en gobernador “absoluto”.
“Si hay, pues, de ahora en adelante, ruptura con la revelación, no la habrá con las inevitables implicaciones históricas de la religiosidad cristiana. Esta seguirá desde afuera la marcha del racionalismo y este seguirá siendo en sí mismo un proceso crítico de dicha religiosidad. No es por azar que el tránsito se produce inicialmente en Inglaterra, preparada para protagonizarlo por la evolución singular que en ella cumple el protestantismo, gran puente de pasaje del catolicismo al deísmo racionalista”.

No olvidemos que el protestantismo surge como crítica a la obediencia a una autoridad terrenal (el Papa) que se erige como intermediación exclusiva entre Dios y sus “criaturas”. Luego, sin embargo, el protestantismo produciría una subjetividad individualista, Dios como experiencia personal a la que se vivencia únicamente a través de la Fe, que tendría singular influencia en el desarrollo del capitalismo tal y como lo expuso Max Weber. (Volveremos sobre este fenómeno pues resulta muy relevante a nuestro análisis de la “razonabilidad” de las elites occidentales y que en realidad Weber desarrolló a partir de apuntes de Federico Engels).

Pero ahora nos importa concluir este capítulo prestando atención a dos enunciados que aparecen en las citas precedentes del libro “Racionalismo y liberalismo en Uruguay”, formuladas como al pasar por su autor, Arturo Ardao, pues refieren a asuntos de enorme significación histórica.

En una de ellas el maestro alude a que la “idea de tolerancia” es la que activa el programa de la modernidad en su origen. De la idea de la tolerancia surgiría después en occidente el concepto y la praxis del laicismo, es decir, de la neutralidad del Estado (garantizada por el Derecho) en relación a las creencias religiosas. Y este proyecto civilizatorio está en la raíz del liberalismo político.

Es su contribución esencial en la regeneración de la cultura democrática de la tradición greco – latina.

Como vimos (aunque muy superficialmente) sin embargo, la conquista de ese “derecho humano” que el conocimiento científico fue consolidando, tuvo que sortear un largo período de espantosas persecuciones, se mandaba a la hoguera, se encarcelaba, se excomulgaba (se le negaba la vida eterna) o se expulsaba por “herejía” a quienes se atrevían a someter a crítica o meramente a dudar de la autoridad de Dios representada por la Iglesia Católica con sede en Roma.

Así, este conflicto generó una brutal radicalidad en muchos de los individuos o comunidades humanas que lo padecieron.

A esa radicalidad acumulada en millones de individuos luego se le añadiría otra subjetividad “herida”, conformada por otras persecuciones, la de quienes desde la Comuna de Paris aspiraron ya no sólo a conquistar el derecho a la libertad religiosa “en toda su extensión imaginable”, y la igualdad de todos los individuos ante la ley, matriz del liberalismo político, sino que aspiraron además a lograr como libertad, como “Derecho”, la emancipación de toda forma de “esclavitud”, matriz del socialismo.

Reparar en la extensión y complejidad de este proceso de acumulación de resentimientos contra la autoridad absolutista y contra la autoridad monárquico feudal y burguesa de las primeras etapas de desenvolvimiento del capitalismo es absolutamente esencial para comprender a Robespierre y a Lenin (y luego al estalinismo) no como fracasos del programa de la modernidad, (Libertad, Igualdad, Fraternidad que son lo inmanente a la condición política del ser social de la especie humana como aspiración evolutiva) sino como resultado histórico de la radicalidad y violencia que caracterizó durante tres siglo al proceso civilizatorio.

También lo es, como veremos, para comprender el estado actual del conflicto entre occidente y al mundo islámico.

Pero Ardao formula aún otra apreciación sustancial como al pasar.

Dice: “Si hay, pues, de ahora en adelante, ruptura con la revelación, no la habrá con las inevitables implicaciones históricas de la religiosidad cristiana. Esta seguirá desde afuera la marcha del racionalismo y este seguirá siendo en sí mismo un proceso crítico de dicha religiosidad”.

¿Qué nos quiere hacer notar aquí el filósofo uruguayo?

Que el proceso civilizatorio puso en un lugar a la Iglesia Católica (y a otras instituciones, como la Masonería y los partidos liberales, conservadores y proletarios) pero que la propia evolución político – cultural de la humanidad luego los puede situar en otro. Que organizaciones humanas que en un determinado momento del proceso histórico adoptan, por el lugar que ocupan en la estructura de poder, posiciones conservadoras o revolucionarias, pueden luego adoptar posiciones en sentido contrario.

Y para pensar en toda su complejidad los contenidos actuales del ser de occidente, debemos analizar ese fenómeno en toda su dimensión estructural, lo que comenzaremos a hacer en el próximo capítulo.

(Continuará)

Arturo Ardao

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