jueves, 13 de octubre de 2016

“Las revoluciones no se preparan, brotan”

Capítulo 7 de Los naipes están echados, el mundo que viene.



Durante miles de años, los seres humanos han procurado establecer leyes, normas amenazantes, apelaciones ejemplarizantes, con el propósito de contener, administrar, el conflicto entre interés privado (o grupal) y reproducción social de la vida.

De otra parte, la inquietud natural por preservar la vida, perfeccionarla, incluso por eternizarla…y desde el punto de vista psicológico el conflicto entre lo posible y lo deseado, han constituido lo propio de la acción más o menos voluntaria de los seres humanos.

En “La vida del espíritu” Hannah Arendt realiza un exhaustivo análisis de esta particularidad de lo humano; estudia cómo la filosofía griega y las religiones judía y cristiana fueron buscando “soluciones” en la obediencia a la ley emanada de la Asamblea, en la obediencia a un Dios todopoderoso, en la idea de una justicia divina que enmendara las desigualdades, con el objeto en todo caso esencial de comprender y al mismo tiempo administrar la conflictividad inherente a ese poder de la vida activa que es la voluntad, la capacidad de transformar a la naturaleza.

1-2 Tú, que querías entablar juicio conmigo,
con el Todopoderoso,
¿insistes todavía en responder?

Job
3-4 ¿Qué puedo responder yo, que soy tan poca cosa?
Prefiero guardar silencio.
5 Ya he hablado una y otra vez
y no tengo nada que añadir.
Ketuvim. Libro de Job

Si algo caracterizó la mentalidad de los individuos más instruidos durante buena parte del Siglo XIX y principios del XX es que volvieron a atreverse a desafiar al poder supra terrenal, a todo poder que no fuese el resultado de una decisión colectiva adoptada democráticamente.

Y eso quizá explique la deriva ultraconservadora de la religión organizada como poder institucional durante ese periodo de la historia…

A la religión no se la somete a crítica, o deja de operar como norma.

Las religiones más sofisticadas re interpretan el sentido del dogma y así evolucionan, participan a su modo del proceso de superación de los rasgos constituyentes del origen animal de la especie.

No nos es dado aquí centrarnos en el estudio de cuan profundamente alteró la espiritualidad de las sociedades europeas el inicio del proceso de modernización capitalista de sus economías, la ubicación de la experiencia humana en un lugar radicalmente diferente al que la había caracterizado en términos de obediencia durante los siglo anteriores, la honda transformación que representó el tránsito de la estabilidad que derivaba de la petrificación de los roles de la nobleza, el clero y el campesinado a la inestabilidad que supuso el desafió a la eternización de esos roles por parte de las nuevas clases sociales, la burguesía y el proletariado, desde la Revolución francesa en adelante…

Pero sin reparar en ese fenómeno, no es posible comprender, ni la entidad de los conflictos que caracterizaron al Siglo XX, ni el carácter profundo que hoy explica el conflicto entre occidente y el mundo islámico.

A modo de apunte resulta oportuno señalar que esa monumental transformación de la sociedad y de las ideas sobre todas las cosas que esa transformación produjo, no tuvo lugar en un período extenso de tiempo, como el que ocupó a los individuos que tomando tradiciones mitológicas, intuiciones intelectivas sobre “el bien y el mal”, reflexiones sobre el sentido del ser, elaboraron a lo largo de muchos siglos el texto que luego resultó en “el libro sagrado”, porque en él estaban contenidos los aprendizajes históricos de la especie humana en el proceso de búsqueda de su evolución como tal especie.

Al contrario, la racionalidad política como aptitud sustancial de lo humano debió elaborar respuestas al nuevo estado de cosas, a la transformación profunda que tenía lugar (y que, además, como resultado esencialmente de una transformación profunda también de los medios de comunicación, desde el tren y el telégrafo hasta el teléfono comenzó a desenvolverse a mayor velocidad) en un espacio de tiempo superior al necesario para poder elaborarlo, interpretarlo.

La reacción a este vértigo arrollador de cambios no deseados por las estructuras de poder explica en buena medida al nazismo y actualmente al fundamentalismo islámico.

Pero también explica en buena medida el voluntarismo en sentido contrario, la pretensión de un cambio radical aun cuando las condiciones para ese cambio radical, civilizatorio, no estuviesen dadas.

Y eso a pesar de que el más sofisticado pensador de esa transformación, Carlos Marx, había subrayado, enfatizado, con insistencia, que “las revoluciones no se preparan, brotan”.
En el capítulo anterior citamos una frase sobre la “cuestión nacional” del pensador judío ruso Dov Ber Borojov.

Concluyamos este con otra apreciación del mismo autor:

“En los conflictos prolongados, el futuro jamás pertenece a las adaptaciones simples y primitivas. Pero mientras hacen su aparición las adaptaciones más complejas, se extienden y se difunden las reacciones primitivas. El futuro pertenece, sin embargo, a las formas de adaptación complejas, por más que, momentáneamente, aparentan imponerse las formas primitivas”.

(Continuará)

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