jueves, 6 de octubre de 2016

La democracia, Marx, y la Biblia

Capítulo 6 de Los naipes están echados, el mundo que viene.



“El pensamiento progresista no ha abarcado todavía en toda su magnitud la cuestión nacional, en tanto que la cuestión social ya fue objeto de estudios profundos y prolongados. Se puede afirmar, sin temor a la exageración, que la cuestión nacional está aún a la espera de su intérprete, y que se encuentra actualmente tan a oscuras como algunos decenios atrás”.
Dov Ber Borojov


Esta cita de Borojov, un intelectual marxista judío ruso escrita en 1906, bien podría suscribirse aun en la segunda década del Siglo XXI.

Y si en lugar de la cuestión nacional, incorporásemos a la frase, “la cuestión democrática”, que es una manera profunda de referirse a la estabilidad política como condición de desarrollo económico y cultural de las comunidades, la apreciación hubiese tenido también validez por lo menos hasta la Primavera de Praga.

La izquierda internacional, por razones que estamos analizando, no le prestó durante el Siglo XIX y hasta la segunda mitad del Siglo XX la suficiente atención, ni a la cuestión nacional ni a la cuestión democrática.

Parte de la dinámica y potencia adaptativa a las demandas de la sociedad del mundo del capital en la segunda mitad del Siglo XX obedece precisamente a que supo aprovechar esta debilidad de los partidos proletarios.

El liberalismo igualitario, así como el republicanismo, que en su origen partían de la misma preocupación marxista por la predominancia de lo político por sobre las lógicas del capital, tomaron distancia de los partidos de izquierda, lo que permitió a las elites burguesas atraer a sus representantes, sobre todo en las universidades, hacia sus intereses.

Con mucho mayor trascendencia cuando comenzaron a conocerse historias de la deriva totalitaria del estalinismo.

Pero antes de continuar el análisis de estos problemas que nos permitirán disponer de mejores elementos para diagnosticar el estado de situación del mundo, hagamos un breve, brevísimo viaje, por la historia de la civilización occidental.

Desde tiempos inmemoriales, las comunidades humanas construyeron relatos mitológicos, luego filosófico – políticos (en la Grecia Clásica) luego teológicos, (aquí nos importa resaltar la tradición judía y más tarde la cristiana y la musulmana en torno a un mismo libro), luego filosófico – jurídicos, (durante la República romana), luego histórico – políticos, (los Estados – Nación) con los cuales procuraron organizar la estabilidad necesaria para perfeccionar sus condiciones de existencia como tales comunidades.

Durante miles y miles y miles de años a través de la tradición oral de las primeras elaboraciones mitológicas las comunidades primarias surgidas de la horda todavía caracterizada por el ser animal original de los seres humanos, fueron dando cuerpo comunitario a una manera de entender su singularidad, su capacidad de transformar a la naturaleza.
Adoraron dioses, elaboraron normas, crearon el lenguaje…dibujaron signos sobre piedras, comenzaron a interpretar esos escritos…

Iniciaron el proceso de creación y desarrollo de la cultura.

Ese proceso tuvo lugar a partir de grupos pequeños, más bien aislados de otros grupos pequeños, clanes familiares unidos por la “comunión” de intereses en la organización de su supervivencia.

Luego comenzaron a interactuar, a cooperar y a competir…

De ese proceso histórico – cultural de construcción de identidades, (maneras de situarse para sobrevivir en el mundo) surge, con base en el posterior asentamiento en territorios específicos, en un lenguaje y una tradición compartidos, lo que luego conocimos como “la comunidad espiritual” denominada nación.

Al mismo tiempo, al interior de esas comunidades se fueron generando diferenciaciones de clase, durante miles y miles y miles de años estratificadas en función de la fuerza (todavía animal) o la “sabiduría”, (ya humana), luego en relación con la propiedad de la tierra…con la habilidad en el manejo de las armas, más tarde en relación con la propiedad del capital necesario para asegurar en cada época según diferentes tecnologías, la reproducción y perfeccionamiento de las condiciones de existencia de TODA la comunidad de tradiciones compartidas.

Durante este proceso de la civilización algunos fenómenos se reiteran y van generando como vimos, “aprendizajes”.

Siempre que el sistema asegurase las condiciones de existencia (aunque en diferentes roles), de TODA la comunidad, el mismo se reproducía; cuando esto no ocurría una revolución modificaba o comenzaba a modificar, corresponde mejor decir, ese estado de cosas.

(Lenin escribió en una ocasión que a él le bastaba con que la Revolución bolchevique hubiese durado apenas un poco más que lo que duró la Comuna de Paris).

Para perfeccionar sus condiciones de existencia las comunidades necesitan incorporar destrezas productivas, innovaciones tecnológicas, elaboraciones culturales que faciliten que los integrantes de las mismas no se maten entre ellos, (el control de la original agresividad animal por la supervivencia) parecen necesitar la elevación de sus conocimientos de la naturaleza y de sí mismos, ser capaces de crear productos que las enriquezcan también espiritualmente para afrontar en común las adversidades…

He aquí expuesto con deliberada simpleza el proceso de la civilización.

Cohesión espiritual de la comunidad, administración de los conflictos al interior de sí mismas como forma de asegurar la estabilidad necesaria para “progresar” en el perfeccionamiento de sus condiciones de existencia, tales parecen ser los “aprendizajes naturales” del proceso de la civilización.

Pero hay un componente más, que es propio de lo humano, y es el fundamento de tales aprendizajes: la racionalidad política.

Dejemos en suspenso por ahora este breve y simple relato, pero no sin antes hacer mención a un descubrimiento de esa racionalidad política.

La potencia de lo humano para perfeccionar sus condiciones de existencia se encuentra obstaculizada por la reproducción sistemática (aunque en diferentes formas institucionales) de la diferenciación por roles, (la división del trabajo) por el hecho de que unos grupos de individuos “explotan” la capacidad de trabajo de otros “grupos de individuos”.

Situémonos ahora nuevamente a fines del Siglo XIX.

Millones de trabajadores de toda Europa “descubren” que las horribles condiciones de su existencia son el resultado de que siguen siendo “esclavos”.

Los unía el pesado trabajo en las fábricas, los unía la inquietud sobre sus condiciones de existencia, los unía la precariedad de sus condiciones de vida…decidieron transformar más o menos “racionalmente”, más o menos intuitivamente, más o menos “organizada o espontáneamente”, ese estado de cosas.

Disponían una “guía” para hacerlo: el estudio de la sociedad y sus rasgos estructurales esenciales (los enunciados muy simplificadamente antes en este texto) y se lanzaron a intentarlo.

No tenían nada para perder “más que sus cadenas”, como pregonaba el Manifiesto Comunista.

¿Se le puede reprochar a los proletarios que aspirasen a dejar de ser “esclavos”, aun cuando no disponían de las condiciones “ideales” para lograrlo?

Mientras buscaban la manera de lograrlo las naciones (las comunidades espirituales) de las que formaban parte comenzaron a competir entre ellas por el control de las reglas de juego del comercio mundial…

La cuestión nacional emergió en toda su dimensión competitiva.

Vladimir Ilich Uliánov, (Lenin), escribió un libro titulado: “Imperialismo, fase superior del capitalismo” que daba cuenta del fenómeno que venía a complejizar las expectativas emancipadoras, aunque sin imaginar el peso que tendría en la psicología de las sociedades ese apego a la comunidad nacional.

En el mismo momento histórico, aún otro fenómeno, otro aprendizaje, iba tomando cuerpo en las conciencias del proletariado.

Ninguna comunidad puede protagonizar conflictos radicalizados en su interior de modo extendido en el tiempo pues de lo contrario – en un mundo con grupos humanos en competencia- ese proceso conduce a su autodestrucción.

La cuestión de la estabilidad institucional, de la calidad de las reglas de juego de la convivencia al interior de las comunidades, es decir, la cuestión de la democracia, en suma, emergió en toda su dimensión civilizatoria.

Pero no nos adentraremos todavía en tales profundidades. Antes resulta necesario observar, aunque también muy simplificadamente, el proceso de elaboración… de la Biblia…la palabra de Dios.

(Continuará)

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