jueves, 27 de octubre de 2016

El conflicto entre democracia y autoritarismo

Capítulo 10 de Los naipes están echados, el mundo que viene.

Imaginemos una asamblea en la Atenas de Pericles, que es donde la democracia se pone en práctica por primera vez en la historia de la civilización.

Todos los ciudadanos pueden tomar la palabra, son considerados iguales y por lo tanto comienzan a prepararse para discutir, deliberar, pensar colectivamente.

Pericles establece la educación pública y gratuita para todos los habitantes de la ciudad. Dialogan sobre los asuntos cotidianos y sobre las razones por las cuales es conveniente tomar tal o cual opción y no otra para resolver un problema de la comunidad.

Finalmente, la Asamblea decide.

La práctica deliberativa los educa en la política, la democracia, en la igualdad...

Lo que hace de esa experiencia (que en su momento más intenso apenas se extendió por treinta años), el salto civilizatorio más relevante en la historia de la humanidad (a tal punto que todavía hoy sigue influyendo en el modo de pensar de occidente) es esto:

la aptitud política de los seres humanos comienza a prevalecer sobre la mera imposición del más fuerte en la resolución de todo tipo de conflictos.

El incremento del comercio, la diversificación de las actividades productivas generaría luego la necesidad de regular todo tipo de transacciones, algunos siglos después la República Romana elabora normas, CONTRATOS, que establecen las reglas de juego de ese intercambio. Crea al Derecho.

El Estado de Derecho, en sus componentes esenciales, queda prefigurado.

Pero habría que esperar al Renacimiento, la recuperación de ese espíritu en algunas ciudades italianas, para que occidente volviera a pensar la Democracia y la República. Es decir, otra vez, la superación por medio de procedimientos democráticos, de las meras lógicas de la fuerza impuesta por quienes, al disponer del poder, (la propiedad de la tierra, de los ejércitos y de las almas) aspiraban y siguieron (y siguen) aspirando, a imponer las reglas de juego en el funcionamiento de la sociedad.

Cuando se impone la fuerza, las reglas de juego favorecen a quienes la detentan. Cuando prevalece la política, las reglas de juego favorecen a la sociedad en su conjunto, a la sociedad como un todo orgánico, que es lo que es al estar compuesta por individuos iguales, genética, e intelectivamente.

Para consolidar la viabilidad de la idea de República, Maquiavelo hace notar que la regulación de la vida pública tiene que realizarse mediante la aplicación de la racionalidad política y no mediante el acatamiento de disposiciones tomadas por quienes se atribuyen monopólicamente el rol de intermediarios con el “poder divino”.

Como en la Grecia democrática, la ciencia comienza a atreverse a investigar la forma de desenvolverse de la naturaleza. Sus leyes. Galileo, Copérnico, Newton aportan los elementos para comenzar a comprender el modo de ser de la naturaleza que se muestra muy diferente a como la religión la había imaginado.

Spinoza, Locke, Descartes, Hobbes, Rousseau, Kant se ocupan de aplicar esos nuevos conocimientos acerca del modo de ser de la naturaleza a las formas en que, atendiendo a esos nuevos conocimientos, debería organizarse la sociedad.

Había que sustituir a las disposiciones emanadas del cielo, por formas de autoregulación que generaran la estabilidad necesaria para el desenvolvimiento más o menos armónico de la sociedad a los efectos de que esta pudiera recrear y perfeccionar sus condiciones de existencia.

A todos ellos, por lo tanto, les inquietó comprender cómo funciona la mente humana, mejor, cómo toma decisiones. Esto es, les preocupó entender qué cosa es la “racionalidad” política.

Como aquí queremos llegar a enunciar muy sucintamente a la obra el Emperador Justiniano, no podemos ocuparnos de analizar lo que identificó o diferenció a los autores antes mencionados pero lo principal quedó expuesto: tenían que sustituir un modo de pensar religioso, por uno basado en la “razón”, que a su vez aspiraba a “leer” en el modo de ser de la naturaleza el modo en que debía desenvolverse la sociedad.

Y todos ellos contribuyeron de un modo u otro en ese proceso, que fue, luego de la creación en Atenas de la primera experiencia democrática, y la creación del Derecho en la Roma republicana e imperial, el tercero más importante en la historia de la civilización occidental.

Siguiendo a esos autores, e incorporando luego a Hegel, a Marx y a Hannah Arendt es que el autor de este escrito considera que la facultad humana de elegir entre opciones es propiamente lo político y que, por ello, como subrayó Marx, la praxis política es la expresión que “más se acerca” al ser transformador y social de la especie humana.

Que lo político es una aptitud del ser social de la especie humana que al separarse de e intervenir sobre, la naturaleza, por medio del trabajo, para perfeccionar sus condiciones de existencia, comienza a razonar sobre las consecuencias de esa capacidad de elección, sobre los insumos necesarios para optimizarla como cultura.

La aptitud política propia de la especie humana la conduce, en un lento y no lineal proceso, a la experimentación y reflexión crítica, a razonar empírica y teóricamente sobre las consecuencias que para perfeccionar sus condiciones de existencia tiene el acto de elegir, adoptar decisiones entre opciones diferentes.

El proceso no es lineal (en el sentido de progreso permanente) porque en la sociedad dividida en clases y todas desde el establecimiento de la propiedad privada sobre los medios de producción – la tierra, el capital- lo han sido, una fuerza ya no divina, sino muy humana, procura preservar los privilegios que le concede esa propiedad sobre los medios de producción de las condiciones de existencia.

Con mucho mayor incidencia sobre el devenir de la civilización cuando a partir del surgimiento del capitalismo de Estado la competencia entre comunidades humanas organizadas estatalmente comienza a prevalecer sobre el perfeccionamiento de las condiciones de existencia de la especie como tal especie.

Para preservarlos ciertamente, (a los privilegios) esa fuerza tiene que ocuparse de las condiciones de vida de TODA la sociedad, pues en caso contrario los perdería en un abrir y cerrar de ojos.

Para limitar el poder de esa fuerza de control sobre los medios de producción y perfeccionamiento de las condiciones de existencia de la comunidad, idearon Hobbes y Rousseau la forma del contrato social y la proposición sobre la voluntad general como forma de garantizar la estabilidad de ese contrato, Montesquieu la idea de la separación de poderes que se controlaran unos a otros y Kelsen la estructura jurídica que en la forma de una cultura disciplinante lograría que la política se impusiera sobre el mero conflicto de intereses (de fuerzas).

Pero antes de avanzar en el análisis del proceso que condujo a la regeneración de la cultura democrática en occidente luego de más de mil años de administración casi monopólica del poder por la Iglesia Católica es necesario reflexionar todavía sobre un asunto que sigue siendo relevante.

El libro “El Espíritu de las leyes” de Montesquieu, editado anónimamente, fue prohibido por la Iglesia Católica. Así como la comunidad judía había expulsado a Spinoza, la Iglesia Católica, como sabemos, cometió todo tipo de arbitrariedades y violentas persecuciones contra todo aquel que pretendiera someter a crítica la verdad “revelada”.

¿Significa eso que durante el período histórico que conocemos como la Edad Media, en el que la teología prevaleció sobre la filosofía, no hubo evolución alguna de la racionalidad política?

¿San Pablo, Santo Tomás y San Agustín no contribuyeron en modo alguno al desarrollo de la civilización?

Y los intérpretes judíos de la Tora, que en ese proceso de interpretación iban incorporando sabiduría sobre la condición humana, el libro de los profetas y el Ketuvim, ¿carecían absolutamente de racionalidad política?

En el libro más lúcido que se haya escrito hasta hoy sobre “El proceso de la civilización”, así titulado, su autor, el sociólogo judío alemán Norbert Elías, a partir de una lectura crítica de Marx, Freud y Weber demuestra, tras décadas de minuciosa investigación, que el rasgo sustancial de ese proceso de la civilización es el control de la agresividad propia de la condición original animal de la especie humana.

El pensamiento teológico (es decir, la racionalidad política de la reflexión teológica) y las formas de autoridad moral e institucional que con base en el mismo se constituyeron como hegemónicos en occidente desempeñaron un rol decisivo en el proceso de la civilización.

Por eso es que cuando reflexionamos sobre la evolución de la racionalidad política en las prácticas sociales en occidente referimos a la tradición greco – latina (la comprensión y elaboración de las ideas sobre la libertad, la igualdad y el Derecho que los instituye pues caracterizan al fenómeno humano como potencia, como posibilidad) y cuando reflexionamos sobre la racionalidad ético - política en la administración de la agresividad natural a la condición original animal del ser humano referimos a la tradición judeo- cristiana.

La petrificación de los roles sociales en el feudalismo (señores feudales, clero y plebeyos) extendió –desde nuestra mirada actual- muy mucho en el tiempo el predominio de las lógicas de disciplinamiento moral (el control de la agresividad que refiere Elías) pero es “razonable” pensar que sin esa autoridad imponiendo reglas de convivencia en lo que podríamos denominar “la infancia” intelectual de la sociedad humana, los efectos de sociedad en la búsqueda de la supervivencia de las comunidades hubiesen sido infinitamente más dramáticos en términos de preservación de la vida humana.

La preservación de la vida humana para viabilizar su evolución cultural constituyó el ser sustancial de la teología.

(Por eso nos resulta “irracional” la grotesca manipulación guerrerista de la religión -en particular de la islámica pero no sólo de la islámica- que observamos aplican algunas elites en el Medio Oriente – pero no sólo en el Medio Oriente- en el presente histórico. Ocurre, como veremos en el Tomo II en estos apuntes, que lo que está en juego no es la religión como cultura moral y como espiritualidad, sino -otra vez, como siempre- las formas de organización del poder: la democracia o el autoritarismo).

Nota: el autor es perfectamente consciente de que ha omitido señalar el fenómeno de la esclavitud en Atenas, pero se disculpa señalando que lo incorporará a la reflexión más adelante.

Montesquieu

No hay comentarios: