domingo, 16 de octubre de 2016

Conflicto de intereses y “realidad”: primera aproximación

Capítulo 8 de Los naipes están echados, el mundo que viene.

"El pensamiento de Marx ha nacido como crítica de la ideología y su tradición no puede dejar de ser anti-ideológica sin desnaturalizarse".
Manuel Sacristán

El más importante aporte civilizatorio, revolucionario, de Carlos Marx al pensamiento occidental, es el que refiere a su descubrimiento de la relevancia de la ideología como modo de interpretar la realidad.

Pensamos según un abanico de posibilidades que surgen de la observación de los fenómenos que “parece” constituyen “la realidad” y que, al presentarse como verdaderos (lo sean o no) condicionan nuestra actitud política, el carácter de nuestras decisiones.

Por su relevancia para el futuro de la humanidad, en este escrito vamos a subrayar la significación de ese descubrimiento.

¿Por qué es tan relevante reflexionar sobre ese rasgo sublime de la teoría crítica que Marx elaboró y cuya originalidad consiste en que se aplica a sí misma, lo que la distingue de todas las elaboraciones intelectuales precedentes de las que se nutrió?

Porque su pensamiento, su determinación de interpretar la realidad como proceso, en tanto relaciones entre fenómenos, como elaboraciones intelectuales que son el resultado de las dificultades para distinguir entre la “apariencia” de los acontecimientos humanos y su sustancia “velada”, su esfuerzo por hurgar en el modo de funcionar de los procesos según como aparentan desenvolverse tomados aisladamente pero también según como efectivamente se desenvuelven cuando los observamos en su devenir histórico, es el modo en que hoy “piensa” la República Popular China y buena parte de la elite de Rusia educada en el marxismo.

Y aunque es el modo en que progresivamente vuelve a “pensar” un porcentaje cada vez más relevante del mundo universitario en occidente, NO es el modo en que está pensando y, por consiguiente, tomando decisiones, buena parte de la elite de los países con mayor capacidad militar del mundo.

La “racionalidad política” (lo propio de la condición humana junto a su capacidad transformadora de la naturaleza) no opera de la misma manera si se la activa MERAMENTE según estímulos económico - estructurales (el lugar que se ocupa en la producción o en la economía global), si se la activa MERAMENTE con base en identidades singulares (como tal o cual posición sustentada en tal o cual fe religiosa, en tal o cual doctrina filosófico – política), que si se la activa tomando en consideración su carácter inevitablemente “ideológico”.

En las citas de textos de Federico Engels que publicamos en capítulos anteriores (en las que analiza el proceso revolucionario europeo durante el Siglo XIX) se observa claramente esa conciencia de la relevancia de lo ideológico en el modo de participar de los acontecimientos humanos mientras estos tienen lugar.

“Era, pues, lógico e inevitable que nuestra manera de representarnos el carácter y la marcha de la revolución “social” proclamada en Paris en febrero de 1848, de la revolución del proletariado, estuviese fuertemente teñida por el recuerdo de los modelos de 1789 y de 1830”, dice Engels al analizar las causas de la expectativa revolucionaria del proletariado desde la segunda mitad del siglo XIX.

En ese “nuestra manera de representarnos” está expuesta su inteligencia crítica respecto de la influencia de lo ideológico. En ese momento, por tales y cuales acontecimientos que tenían lugar ante nuestra inquieta mirada podíamos especular con tales y cuales consecuencias o tendencias.

Analizado luego el fenómeno con datos estadísticos, elementos fácticos, (cómo actuó tal o cual clase social y la reflexión sobre las causas por las que según esos datos fácticos actuó de una manera y no de otra) surgen elementos que no podían percibirse en toda su complejidad en el mismo momento en que ocurrían.

Por eso dice Sacristán, el pensador marxista español en la cita con la cual comienza este capítulo: "El pensamiento de Marx ha nacido como crítica de la ideología y su tradición no puede dejar de ser anti-ideológica sin desnaturalizarse".

Es decir, el marxismo no puede convertirse en un dogma sin desnaturalizarse.

Desde el punto de vista de la exigencia de una alta calidad interpretativa de los fenómenos que tienen lugar en el mundo previa a la toma de decisiones, la conciencia respecto a cuánto interviene lo “ideológico” en la “racionalidad política” es dramáticamente relevante en relación a cómo se dirimirán los conflictos de intereses, la competencia entre comunidades, en los inmediatos años por venir.

Es extremadamente relevante en relación a la potencia de lo político de prevalecer o no sobre las lógicas del capital.

Aquí es importante formular un apunte muy simplificador pero necesario para comprender el carácter de los conflictos que afectan a la civilización.

El sistema de producción que ha logrado extenderse al mundo entero, el capitalismo, opera según unas determinadas lógicas sobre las cuales no puede sencillamente intervenirse, para modificarlas, únicamente por el esfuerzo de la voluntad política.
No obstante ello, desde el punto de vista de los intereses de la humanidad, o desde el lugar del proletariado (entendido como la suma de todos los individuos que no disponen de capital en condiciones de producir más capital) las características funcionales del sistema capitalista no contribuyen al desenvolvimiento de la civilización en un sentido democrático igualitario.

De modo que la aspiración de superar al capitalismo como sistema de producción no deja ni dejará de estar presente en la imaginación y la voluntad política de cientos de millones de personas en todo el mundo.

Pero esa voluntad civilizatoria, tendiente a la superación del capitalismo como aspiración revolucionaria, si se sigue a Marx, no debería obnubilar la acción de individuos concretos actuando en un contexto específico.

La forma de ser del sistema capitalista, sus características funcionales, no las supera la voluntad política de ningún grupo humano o clase social.

Aunque puede modificarlas.

El capitalismo librado a sus lógicas (más si empujado por la “ideología” que le es propia, el neoliberalismo) produce unas consecuencias, el Estado democrático – igualitario como forma política de contención de esas lógicas, produce otras consecuencias.

La dialéctica que surge del conflicto entre la actividad del hombre condicionada por los modos de reproducir sus condiciones de existencia (el feudalismo, el capitalismo) y la capacidad del ser humano de transformar la realidad es la sustancia de la política democrática.

En los anteriores capítulos realizamos una primera observación respecto a cómo la voluntad política del proletariado procuró “superar al capitalismo” desde la Comuna de París hasta la Primavera de Praga, del fracaso de ese esfuerzo en cuanto a conseguir ese objetivo mediante el control monopólico del aparato del Estado, pero también de la significación de ese esfuerzo en términos civilizatorios pues posibilitó el desenvolvimiento del Estado de Bienestar, de la democracia, en buena parte del mundo.

Lo que le ocurrió al proletariado en el Siglo XIX, un exceso de voluntarismo que por eso mismo terminó conduciendo hacia lógicas militaristas –como el estalinismo - le está ocurriendo ahora a una parte de la élite occidental muy poderosa porque interviene simplemente “empujando” a las lógicas propias del sistema capitalista y cuenta por ello, en su apoyo, con el respaldo de cientos de instituciones de diversa naturaleza que no es que operen como “demonios” incontrolables, o como demiurgos todopoderosos (el FMI, la Comisión Europea, la Reserva Federal de Estados Unidos por citar algunos), sino que desde el punto de vista de la praxis económica propia del sistema “hacen lo que tienen que hacer”.

Lo hacen naturalmente en general defendiendo unos intereses de clase y no otros, pero intervienen sobre la “realidad” de las reglas de juego según como éstas operan en el capitalismo.

Si un Estado cualquiera, compitiendo con otro en la producción de riqueza para producir y perfeccionar sus condiciones de existencia según las lógicas del sistema capitalista, gasta más de lo que genera, se endeudará, perderá autonomía, dejará de contar con los ingresos necesarios para asegurar la calidad de vida de la comunidad que lo constituyó…
Y esa condición estructural no la modifica ninguna voluntad política a corto plazo.

Ciertamente, resulta perturbador que a ese actuar reproduciendo acríticamente las reglas de juego de funcionamiento del sistema además le añada un decir ideológico vulgar, en la forma de los discursos del lugar común utilitario de la tradición anglosajona, pero no es con “pataleos” al aire que se modificará ese estado de cosas.

La República Popular China, que “pataleó” durante algunos años por su impotencia competitiva, liderada por Deng Xiaoping introdujo transformaciones profundas en su economía, implementó audaces reformas que la terminaron situando como la única potencia capaz de intervenir sobre la realidad geopolítica mundial en condiciones de igualdad respecto de las potencias surgidas de la revolución industrial iniciada “a todo vapor” en la Inglaterra del Siglo XVIII.

La República Popular China, y Vietnam y Cuba, fueron experiencias histórico -políticas que heredaron la tradición revolucionaria del proletariado surgida también de esa revolución industrial y de los nuevos conflictos de clase que instaló en la sociedad mundial.

Representan en el panorama mundial actual una presencia histórica derivada de la Revolución bolchevique en Rusia y del proceso histórico político que comenzó con la publicación del Manifiesto Comunista a mediados del Siglo XIX, proceso que analizaremos en profundidad.

La conciencia del voluntarismo militarista que caracterizó en algunos períodos las luchas del proletariado por superar la sociedad dividida en clases condujo a esas naciones a implementar reformas económicas y en un futuro próximo, implementarán también reformas políticas para adaptar su estructura institucional al nuevo estado de cosas en la globalización, (la extensión del capitalismo como modo de producción a todos los países del mundo).

El Partido Comunista de la República Popular China fundamenta que realizará una transición de la “dictadura del proletariado” (el control monopólico del aparato del Estado por un partido que se erige en representante de esa clase social) a lo que denomina un Estado Socialista de Derecho.

Aunque no conocemos todavía todos los contenidos de esa experiencia podemos sin embargo anticipar que de resultar exitosa generará una doble competencia entre las potencias occidentales y China.

Una competencia por la hegemonía en la determinación de las reglas de juego del comercio mundial, que ya tiene lugar, y una competencia político – cultural entre ese Estado Socialista de Derecho y el Estado de Derecho que surge de la dialéctica de conflicto – cooperación entre la burguesía y el proletariado en occidente.

Pero antes de ahondar en el estudio de esta competencia en dos niveles (productivo y cultural) que se vislumbra, vamos a profundizar en el análisis de la evolución histórico política en los países occidentales más desarrollados, desde el inicio de la aventura imperialista hasta la constitución del Estado de Bienestar en los años posteriores a la segunda guerra mundial. Así podremos, bastante más adelante en este escrito, observar con mayor profundidad el estado actual de esa experiencia civilizatoria protagonizada esencialmente por la Unión Europea.

(Continuará)

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