viernes, 9 de septiembre de 2016

Lucha de clases, conflicto entre imperios expansionistas, conflicto entre occidente y “el resto” …

Capítulo 2 Los naipes están echados, el mundo que viene.


Desde fines del Siglo XIX hasta la segunda guerra mundial el conflicto estructural entre el capital y el trabajo asalariado, que el fortalecimiento del sistema financiero, la extensión de la revolución industrial y su expansión a la producción agropecuaria acentuaba en el continente europeo, adquirió un carácter radical.

Al igual que la competencia entre potencias europeas por el control del embrionario mercado mundial.

Un mundo de tradiciones fuertes asentadas en instituciones muy antiguas se desmoronaba…

Los grupos de interés privilegiados más vinculados al viejo patriciado feudal, acostumbrados a disponer del control monopólico del Estado en las estructuras monárquicas o imperiales, por un lado y las organizaciones revolucionarias que desafiaban esos privilegios por otro, ingresaron en un conflicto radicalizado que producía altos niveles de inestabilidad.

Algunos pocos países lograron evitar caer al interior de sí mismos en ese nivel de radicalidad del conflicto de clases.

Estados Unidos, Inglaterra, Holanda, Suiza, Uruguay, Canadá, Australia, Suecia…

Las naciones que lograron evitar ser arrastrados por la híper – polarización del conflicto de clases lo hicieron creando instituciones democráticas garantistas, sistemas educativos y de sanidad accesibles a la mayoría de la población, políticas públicas que propiciaban un desarrollo sostenible, incremental, de sus economías, mecanismos más o menos eficientes de distribución de la riqueza y progresivamente mayores niveles de libertad individual a sus ciudadanos.

Los países europeos o los que se constituyeron como naciones autónomas al independizarse del imperio británico se beneficiaron del enorme, inmenso proceso de acumulación de capital que habían generado las incursiones expansionistas tanto inglesa como francesa, portuguesa, española, belga, alemana, holandesa…y que mayoritariamente fueron a dar a sus economías.

La segunda revolución industrial había generado en Inglaterra y Francia un desarrollo inmenso de las fuerzas productivas (de la tecnología con la que esas naciones producían y perfeccionaban sus condiciones de existencia, de las formas de organización del trabajo) lo que comenzaba a modificar radicalmente las relaciones de poder al interior de esas naciones, así como a las que de una u otra manera se encontraban en su órbita más cercana de influencia.

En el plano de las ideas la aspiración de que la racionalidad política surgida de procesos deliberativos no sometidos a mecanismos coercitivos (la imposición meramente por la fuerza de decisiones estatales o dogmas de comportamiento con base en tradiciones religiosas, previas a la revolución burguesa) impregnaba la acción de millones de individuos de las clases que no disponían de otro poder que el que emergía de su organización colectiva en partidos o gremios con base en su capacidad de generar riqueza o en su protagonismo en la generación de la riqueza.

Las dos guerras mundiales que fueron el resultado de esa dialéctica de conflicto entre clases sociales viejas y emergentes y naciones que habían desarrollado la revolución industrial y las que no lo habían hecho afectaron significativamente a las naciones involucradas en esas conflagraciones bélicas.

Estados Unidos, Canadá, Australia, Suecia, Uruguay… que en buena parte de ese conflicto permanecieron ajenos y que en cambio aprovecharon sus capacidades exportadoras de alimentos, energía o minerales para con esos recursos perfeccionar la calidad institucional de sus democracias disponen hasta hoy de ventajas comparativas medida en términos de estabilidad política y potencialidades de desarrollo.

Ciertamente esa es la única generalización posible de enunciar en relación a esas naciones, pues en otros campos por razones que analizaremos más adelante (formas de resolver en su interior los conflictos de clases, modelos de inserción internacional de sus economías, significación demográfica) se fueron diferenciando desde el fin de la segunda guerra mundial.

El conflicto por el rol de dirección del proceso histórico entre la burguesía, las oligarquías feudales y a partir de la revolución rusa, el proletariado, explica la radicalidad de la lucha de clases, que se convirtió literalmente en “guerra de clases” durante el período que analizamos y vamos a analizar detalladamente más adelante.

En el período que analizamos paralelamente al “estado de guerra de clases” que el desarrollo radicalmente competitivo entre naciones con voluntad imperialista en toda Europa propiciaba, comenzaba a tener lugar, de modo cada vez más acentuado, la radicalización del conflicto entre “nacionalidades” por el control de las reglas de juego del comercio internacional ya imprescindible para dar sostenibilidad el desarrollo del capitalismo en cada país.

Ninguno de los clásicos del marxismo alcanzó a discernir la enorme relevancia que este último conflicto adquiriría en el devenir de la evolución histórica de la lucha de clases a nivel global.

Rosa Luxemburgo fue quizá la única en intuir la dramática interferencia en el proceso de emancipación que el nacionalismo imperialista (y como consecuencia el nacionalismo anti imperialista) en los países industrializados significaría.

La importancia que en el occidente europeo adquiriría el nacionalismo en sustitución de la religión, como factor de homogenización identitaria de las comunidades en su afán por preservar su ser colectivo no fue suficientemente valorada, posiblemente, porque entre mediados del silgo XIX y principios del XX la horrible imagen de la sobreexplotación de los asalariados en casi toda Europa (obreros y campesinos) excitaba la idea de la viabilidad de la superación definitiva de la sociedad dividida en clases.

En cierto sentido puede decirse que desde la Comuna de París hasta la Revolución bolchevique tuvieron lugar dos procesos paralelos, la intensificación de la lucha de clases radicalizada y como respuesta y consecuencia del expansionismo imperialista, la emergencia del nacionalismo como un problema político de la más alta importancia.

Desde el fin de la segunda guerra mundial hasta la caída del Muro de Berlín, sin embargo, comenzó en Europa un proceso de debilitamiento de la significación política del nacionalismo, que iba siendo sustituido como factor de homogeneización por la organización de las sociedades con base en un consenso democrático garantizado jurídicamente: el Estado de Derecho.

Desde fines de la década del 90, como respuesta a ese fenómeno, el debilitamiento del nacionalismo como factor cohesionante de los países europeos como entidades particulares (ya analizaremos la re emergencia de ese fenómeno en la actualidad y sus causas, así como su pervivencia -la del nacionalismo- en otras regiones del mundo) comenzó a estimularse en buena medida artificialmente, para amortiguar otra vez la significación de los conflictos de clase que reaparecían, lo que Samuel Huntington llamó el “choque de civilizaciones” entre occidente y el integrismo islámico.

Había que evitar el conflicto entre países integrantes de un mismo bloque, ya organizados militarmente en la OTAN…

También a fines de la década del 90, muy lentamente, comienza a surgir otro conflicto geopolítico global, consecuencia de la emergencia de China como potencia productiva.

Así, una esfera de conflictos desestabilizadores parece comenzar a superarse cuando aparece otra…

Al análisis de las causas profundas por las cuales eso ocurre se aboca este libro.

(Continuará)

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