jueves, 22 de septiembre de 2016

Capítulo 4 de Los naipes están echados, el mundo que viene.



Deng Xiaoping, Lenin, y la Revolución Rusa


El concepto de la “dictadura del proletariado”, en la obra de Marx y Engels, (obra que cambió la manera de interpretar el mundo y al mundo mismo desde mediados del Siglo XIX), no tiene ninguna relevancia teórica, pero implicó una definición más militar que política, sobre la disputa del poder entre la burguesía y el proletariado.

Una definición o uso de una metáfora propia de las condiciones sociales de mediados del Siglo XIX, cuando fue escrita.

Se trata meramente de una contraposición con la cual quería resaltarse, en la convocatoria a la organización política internacional del proletariado, (el Manifiesto Comunista) que en las condiciones del desarrollo capitalista de mediados del Siglo XIX la burguesía en alianza con el viejo patriciado feudal al que apenas había derrotado, reproducía mediante la nueva estructura institucional surgida de la revolución burguesa, formas de sobre - explotación del trabajo ahora asalariado que podía compararse con la esclavitud.

Formas sofisticadas de control de la “fuerza de trabajo” de quienes no disponían de capital propio para asegurar la reproducción de sus condiciones de existencia. Es decir, no disponían más que de su capacidad de intercambiar trabajo por el dinero necesario para asegurar su supervivencia, convirtiéndose así en una mercancía como cualquier otra.

En el desenvolvimiento pasado de las sociedades, la esclavitud había sido el resultado de la imposición por la fuerza de un “derecho” de conquista y había derivado hacia la forma que conocimos más tarde en las Américas, de un “derecho” de utilización de “razas” definidas como inferiores para su instrumentalización en la producción, al mismo nivel que lo habían sido hasta entonces ciertos animales en la producción de alimentos.

La sofisticación teórica de la crítica demoledora de Marx al capitalismo, así como su admiración respecto de la pujanza de ese sistema de producción en relación a todos los anteriores, es asunto del cual nos ocuparemos más adelante en este escrito.

Pero por ahora es relevante procurar interpretar la “mentalidad”, incluso la espiritualidad de los revolucionarios que desde el Manifiesto Comunista hasta la Primavera de Praga se propusieron superar al capitalismo mediante el control monopólico (por el proletariado organizado) del aparato coercitivo del Estado para evitar mediante su uso que los capitalistas más influyentes pudiesen retomar el derecho de propiedad sobre los medios de producción (por ejemplo, la tierra, de la que en el siglo XIX disponía en carácter monopólico una clase social: la terrateniente) es decir, aplicando lo que la mayoría de ellos consideraba que quería significar el concepto de “dictadura del proletariado”.

Es importante hacerlo no para reproducir antiguos y enconados debates (aunque quizá sí para entender la razón de la radicalidad de esos debates, que pueden explicar el origen del estalinismo) sino para diagnosticar correctamente cual es el estado actual de la lucha de clases en el mundo y como se verá más adelante, para fundamentar por qué el autor de estos apuntes considera que el conflicto fundamental de nuestra época no es AHORA el que se desenvuelve entre el capital y el trabajo asalariado (la lucha de clases que la persistencia de esa contradicción en las relaciones de producción recrea constantemente) sino el conflicto entre “la “razonabilidad” propia de la gestión del desarrollo por parte de los intereses del capital” y la política, en tanto representación y praxis de los intereses y las exigencias de la sociedad.

Pero comencemos ahora nuestro “viaje” al Siglo XIX.

El seis de marzo de 1895 Federico Engels publica una nueva edición de la obra de Marx titulada “La lucha de clases en Francia” con una Introducción en la que le interesa sobre todo subrayar (fallece en agosto de ese mismo año) que en las ocasiones en que Marx aplicó su teoría al análisis de la realidad política de los proceso revolucionarios europeos (en este libro y en un folleto posterior “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”) se “proclama por primera vez la fórmula en que únicamente los partidos obreros de todos los países del mundo condensan su demanda de una transformación económica: la apropiación de los medios de producción por la sociedad”.

Y añade Engels que escribe Marx, a propósito del “derecho al trabajo” demandado en el proceso revolucionario de la Comuna de Paris: es “la primera fórmula, torpemente enunciada, en que se resumen las reivindicaciones revolucionarias del proletariado. Pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital y, detrás del poder sobre el capital, la apropiación de los medios de producción, su sumisión a la clase obrera asociada, y, por tanto, la abolición tanto del trabajo asalariado como del capital y sus relaciones mutuas”.

Unas líneas más adelante, en esa misma Introducción, escribe Engels:
“Cuando estalló la revolución de febrero (ver revoluciones de 1848, fecha de publicación del Manifiesto Comunista en Londres y Paris) todos nosotros nos hallábamos, en lo tocante a nuestra manera de representarnos las condiciones y el curso de los movimientos revolucionarios, bajo la fascinación de la experiencia histórica anterior, particularmente la de Francia. ¿No era precisamente de este país, que había jugado el primer papel en toda la historia europea desde 1789 (Revolución Francesa) del que también ahora había partido nuevamente la señal para la subversión general? Era, pues, lógico e inevitable que nuestra manera de representarnos el carácter y la marcha de la revolución “social” proclamada en Paris en febrero de 1848, de la revolución del proletariado, estuviese fuertemente teñida por el recuerdo de los modelos de 1789 y de 1830. Y cuando el levantamiento de Paris encontró eco en las insurrecciones victoriosas de Viena, Milán y Berlín; cuando toda Europa, hasta la frontera rusa, se vio arrastrada al movimiento; cuando más tarde, en junio, se libró en Paris, entre el proletariado y la burguesía, la primera gran batalla por el Poder; cuando hasta la victoria de su propia clase intranquilizó a la burguesía de todos los países de tal manera que se apresuró a echarse de nuevo en brazos de la reacción monárquico – feudal que acababa de ser abatida, no podía caber para nosotros ninguna duda en las circunstancias de entonces, de que había comenzado el gran combate decisivo y de que este combate había de ventilarse y llevarse a término en un solo período revolucionario, largo y lleno de vicisitudes, que sólo podía acabar con la victoria definitiva del proletariado”.

Federico Engels tenía la disposición de ánimo, y quizá sentía la obligación, de explicar el muy complejo pensamiento de Marx en las más variadas circunstancias a los más variados aspirantes a transformar la sociedad de su época.

Era, ciertamente, el único que conocía toda su obra, palabra por palabra, pensamiento por pensamiento, y en algunos casos, además, había sido corredactor de los estudios y ensayos. Por ejemplo, ni Lenin, ni Troski ni Rosa Luxemburgo, ni Gramsci, conocieron el guion filosófico político a partir del cual Marx emprendió el análisis del sistema capitalista: los “manuscritos económico filosóficos” …, de enorme significación respecto de su concepción del fenómeno político.

Sí había leído toda la obra de Marx el líder reformista chino Deng Xiaoping, que además había estado físicamente al lado de Lenin en Rusia, cuando unos pocos años después de la Revolución bolchevique procuró implementar lo que denominó la Nueva Política Económica luego de comprender dos cosas: que lo que el Manifiesto Comunista denominaba la “dictadura del proletariado” no podía extenderse más que unos pocos años y que la superación del capitalismo mediante procedimientos militar voluntaristas podía arrastrar a la revolución (mucho más si aislada en las fronteras de un solo país) al burocratismo y el autoritarismo.

Lo anterior lo expresa Lenin en desesperadas cartas al Comité Central del Partido Comunista de la Rusia soviética poco antes de morir, cuando ya Stalin comenzaba a desafiar su liderazgo incuestionable de esa Revolución que cambió al mundo y que venía precedida de esa mentalidad según la cual el desarrollo del capitalismo y su expansión a toda Europa produjo lo que Engels denominó en el texto que citamos arriba como “la fascinación” de la experiencia histórica (revolucionaria) de casi todo el Siglo XIX y a partir de esa “fascinación” la expectativa de “que había comenzado el gran combate decisivo y de que este combate habría de ventilarse y llevarse a término en un solo período revolucionario, largo y lleno de vicisitudes, que sólo podía acabar con la victoria definitiva del proletariado”.

Esto es, la experiencia de las revoluciones burguesas, pequeñoburguesas, campesinas y proletarias de los siglos XVIII y XIX condujo a los fundadores de la idea de la superación de la sociedad dividida en clases a considerar posible su realización concreta en la Europa continental.

Esa expectativa se acentuó en el proletariado de todo el mundo a partir de la Revolución rusa, aunque al fracasar la revolución en los países desarrollados de Europa (Inglaterra, Francia y Alemania) la experiencia soviética quedó confinada a las fronteras nacionales de un solo país, (lo que no coincidía con la idea de Marx) pero cuya significación histórico – política en el Siglo XX fue decisiva para los hechos que tuvieron lugar y en los que por eso mismo nos detendremos en próximos capítulos.

Antes tenemos que continuar leyendo a Engels, que pocas frases después de lo aquí publicado sostiene: la “historia nos dio también a nosotros un mentís y reveló como una ilusión nuestro punto de vista de entonces”, el que albergaba la expectativa de una revolución proletaria liderada y conducida por las mayorías, y no por minorías de diferente naturaleza, como todas las revoluciones anteriores….

(Continuará)

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