martes, 28 de julio de 2015

El origen del Estado nación, la democracia moderna y el nacionalismo en Europa

Capítulo 15 Los naipes están echados, el mundo que viene.


La Revolución Francesa y la Revolución americana constituyen un momento de ruptura con el viejo orden monárquico – feudal cuya principal implicancia histórica y político cultural es la necesidad que se le presenta a la racionalidad política de crear un estatuto jurídico de estabilidad social basado en el autogobierno, es decir, elaborado según procedimientos democráticos.

El fracaso de la pretensión de Napoleón Bonaparte de unificar a toda Europa en torno a un mismo estatuto jurídico surgido de la Revolución pero que él mismo mandó confeccionar en la forma del Código Civil que lleva su nombre derivó en la trabajosa conformación de Estados – Nación autónomos que se dieron cada cual su propia ingeniería constitucional, – y sus propios ejércitos-.

(Hubo que esperar hasta más de una década después del fin de la segunda guerra mundial para que ese proyecto se desenvolviese ya no bajo la forma de una imposición militar sino bajo la forma de una cooperación jurídico – política y económica).

Ante el fracaso de la impetuosa pretensión napoleónica, las nuevas elites burguesas de Europa se vieron ante la necesidad de crear además de un estatuto jurídico que hiciera viable el autogobierno de las sociedades, un relato identitario elaborado según lógicas político culturales en sustitución de los relatos basados en la religión –católica o protestante- que hasta ese momento habían permitido (con mayor o menor calidad institucional y en medio de frecuentes guerras de religión) unificar espiritualmente a la sociedades medievales.

Vamos a ir despacio y haciendo notar o procurando hacer notar en cada apreciación analítica del proceso histórico que estudiamos toda su significación política.
Como hemos visto en capítulos anteriores el Imperio Romano y la Iglesia Católica habían estabilizado a Europa según un orden religioso – militar y jurídico que comienza a resquebrajarse a partir de la reforma protestante y que acentúa su descomposición con la emergencia de una nueva clase social, la burguesía, que para su desenvolvimiento como clase social hegemónica, puesto que “creaba la riqueza de las naciones”, necesita modificar, superar las limitaciones de la estructura de poder absolutista monárquico – feudal.
Paralelamente, la ruptura de una cosmovisión religiosa totalizadora abrió espacio al desenvolvimiento de la subjetividad de los individuos particulares en un plano más complejo que el de la mera aceptación de un destino “revelado”.

Para estar en el mundo los individuos ya no necesitaban – ni aceptaban- seguir una moral religiosa única, con lo que el pluralismo de las concepciones del mundo le exigía a la racionalidad política (recuperada del acervo intelectual griego) encontrar explicaciones al modo de operar en la sociedad de esa racionalidad política, de sus potencialidades y limitaciones.

La obra de Kant procuró hacerlo, como vimos en el capítulo anterior.

Pero como el propio Kant puso en evidencia, la racionalidad política de los individuos particulares no puede desenvolverse sino en el interior de la sociedad y por tanto, condicionada por ella.

Las sociedades, que durante muchos siglos – la Edad Media- en su lento desenvolvimiento parecían no cambiar significativamente, comenzaron a cambiar o pretender cambiar todo, todo el tiempo.

Esa aspiración revolucionaria, además de tener una explicación en la forma “racional” de intervenir de los individuos en la sociedad tenía que tener una explicación en el proceso de evolución de las sociedades en su conjunto, en la relación entre ellas de las comunidades humanas, en las condiciones materiales en que tal desarrollo tenía lugar.
Es decir, en el desenvolvimiento en la Historia de la especie humana organizada en comunidades de intereses y en comunidades espirituales.

Al estudio de ese desenvolvimiento dedicó su obra Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

En el próximo capítulo vamos a analizar la significación que su filosofía tuvo en la historia de occidente, pero antes reparemos en algunos conflictos y desarrollos civilizatorios que abrió el surgimiento del Estado – nación tal y como quedó conformado luego de las revoluciones americana y francesa y tras el fracaso de la pretensión de Napoleón Bonaparte de “acelerar” la historia.

No podemos ocuparnos aquí de las razones por las cuales Napoleón no logró su objetivo unificador, pero es altamente probable que la insularidad de Inglaterra y su entonces superior desarrollo capitalista lo hubieran hecho inviable más allá de la batalla de Waterloo. Ya había competencia de elites “nacionales” por la hegemonía en el control del comercial mundial, aunque embrionariamente todavía.

En cualquier caso, la constitución en relativamente pocas décadas de los principales Estados nación modernos en Europa tuvo dos muy relevantes efectos histórico – políticos.
Permitió el proceso de experimentación y desarrollo de la democracia en su forma ya clásica del Estado de Derecho y esto es muy relevante para lo que ocurriría después, el establecimiento al interior de esos estados del monopolio de la fuerza coercitiva en los Ejércitos y las primeras instituciones policiales profesionales.

Al mismo tiempo para darle consistencia “espiritual” (y evitar que operara como un factor de división creador de permanente inestabilidad) al pluralismo político recién inaugurado, las elites de cada una de las naciones debieron elaborar el relato histórico de las identidades nacionales. La “justificación” histórica de la necesidad de la existencia de diferentes estados.

La administración de las diferencias en la comunidad aldeana de la Edad Media era bastante más sencilla que la administración de las diferencias en la sociedad civil de las grandes ciudades, sociedad civil que emergía junto al Estado – nación y la revolución industrial.

El primero en comprender la entidad de este fenómeno político – cultural, el sociólogo Ferdinand Tönnies, uno de esos bellos espíritus que de vez en vez aparecen en el mundo de las ideas creyó ver en la transición de la espiritualidad comunitaria (que no necesita del Derecho) a la dinámica competitiva de la sociedad civil, el surgimiento del individualismo moderno…

Pero la reflexión más honda y rigurosa sobre estos dos fenómenos característicos del Estado moderno, en control monopólico profesional (legitimado democráticamente a través del Derecho) de la fuerza coercitiva y el surgimiento del “espíritu” de la nación en la forma de identidades competitivas la realizaron Hegel y Weber primero, Hanz Kelsen luego.

Cuando se estudia la obra de Hegel y la de uno de sus herederos intelectuales, Max Weber, o cuando se lee a Goethe, se pone de relieve la enorme significación histórica que estos dos fenómenos tuvieron particularmente en Alemania, que al iniciar el proceso de modernización capitalista de su economía con bastante retraso en relación a Inglaterra y Francia observó más que participó, reaccionó ante, más que protagonizó, aquel enorme salto civilizatorio que conocemos como el proceso de consolidación de “la libertad de los modernos”, conquistado en intensos procesos revolucionarios en Inglaterra, Francia y Estados Unidos.

Pues a pesar de la delicada espiritualidad de Tönnies y del acierto de algunas de sus observaciones, (la distinción entre comunidad y sociedad civil) la comunidad no necesita del Derecho porque la autoridad radica en el “Padre”, “comprensivo y misericordioso” a veces, pero más bien autoritario siempre…

Y de lo que se trataba como operación intelectual de la racionalidad política era de crear instituciones que administraran el pluralismo de las visiones del mundo y la lucha de clases que el desarrollo del capitalismo establecía como características sustanciales de la sociedad moderna.

(Continuará)

Nota: El peculiar dato histórico de que el proceso revolucionario cuando se pone en movimiento es protagonizado por Inglaterra, Estados Unidos y Francia pero analizado en Alemania, puede decirse incluso estudiado y “sufrido” en Alemania, es todavía más significativo si a los nombres ya mencionados de Kant, Hegel, Weber y Kelsen se añaden los nombres de autores muy relevantes como Simmel, Eugen Ehrlich y Jellinek.
En términos generales puede decirse que la revolución fue pensada en Inglaterra y Francia, (Hobbes, Locke, Rousseau, Montesquieu, los enciclopedistas) pero analizada en Alemania. Y este fenómeno tendría consecuencias muy significativas en el decurso del proceso histórico del Siglo XX (y los tiene aún hoy) como trataremos de mostrar en próximos capítulos.

Hegel.

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