sábado, 26 de julio de 2014

Gaza: “Todo revestimiento ideológico de la muerte es un doble asesinato: del hombre y de la razón”

En el mundo está teniendo lugar un complejo proceso de re-configuración de las estructuras de poder en la globalización.

Esa es la razón estructural que explica la entidad de las batallas político – culturales, económicas y territoriales (militares) que se desenvuelven cuando esto escribo en Ucrania y en todo el Medio Oriente, con particular dramaticidad en Gaza, Siria e Iraq.

Procuremos pues, en ese contexto, el de la re-configuración de las relaciones de poder en la globalización, hacer un esfuerzo de comprensión sobre esos acontecimientos, la guerra en Gaza aquí y el conflicto en Ucrania en una próxima nota.

Comencemos entonces el esfuerzo interpretativo por lo general, de fondo, para luego realizar algunos apuntes sobre lo particular.

Las comunidades humanas compiten entre sí desde que en tiempos de escasez en los territorios en que habitaban debieron expandirse más allá de los mismos. Este conflicto se ha desarrollado durante miles de años.

La evolución del animal al hombre (a la cultura) sufre de vez en vez retrocesos por esa particularidad competitiva histórica de las comunidades.
Para sostener y (justificar cuando no eran necesarias) esa pugna, esa “competencia” con otras comunidades encubriendo los conflictos de clase al interior de las mismas los grupos privilegiados de las sociedades han recurrido a diversos instrumentos, pero siempre e históricamente al miedo al otro amenazante.

En la dialéctica de la evolución de la especie mientras unos individuos pugnaban por crear cultura mediante la religión, la política, la ciencia y el derecho, otros pugnaban por preservar privilegios alimentando el miedo al otro para alterar, manipular a su favor, el contenido civilizatorio de todas esas construcciones sociales (la religión, la política, la ciencia y el derecho).

El despliegue del conocimiento científico que ha ido acompañando ese proceso histórico posibilita que la humanidad ingrese a un nuevo periodo de su evolución cultural.

Esa posibilidad altera el ánimo de los grupos privilegiados que intuyen comienza a concluir una época, comienzan a perder legitimidad una batería de instrumentos que hasta ahora habían utilizado con éxito para consolidar su posición dominante. Algunos de esos discursos en la mirada popular ya más instruida que en otras épocas entran en la zona incluso del ridículo, de la caricatura.

Este nuevo escenario cultural empujado por la profundidad de la revolución científico técnica y la aceleración de los procesos de modernización capitalista está ocurriendo desde hace algunas décadas y es irreversible.

Lo que antes se afirmó puede decirse todavía de manera más clara: detrás de las batallas entre religiones, nacionalismos y bloques de poder yace una monumental pugna por la riqueza pero también por la Verdad.

Por la legitimidad de las construcciones sociales, de las ingenierías políticas, en su capacidad de generar igualdad y libertad a los integrantes de las sociedades.

Se acentúa por ello lo que podríamos denominar como “la guerra de la verdad”, de lo que los pueblos comienzan a aceptar como verdadero o rechazar como falso.

Durante más de trecientos años occidente desarrolló un enorme proyecto civilizatorio y al mismo tiempo lideró todos los emprendimientos expansionistas o imperialistas.

Esa peripecia histórica desarrollada casi en forma “monopólica” llega a su fin.

Se ha iniciado un proceso de transición hacia nuevos equilibrios de poder entre occidente (con sus conflictos y competencias internas) por un lado y China, India, Rusia y Brasil (con sus conflictos y competencias internas), por otro.

Si estos últimos logran recoger las mejores tradiciones occidentales, realizar ingenierías democráticas socialmente más justas y darle sostenibilidad al desarrollo autónomo de sus tecnologías ingresaremos política y culturalmente en una nueva época.

Esto es, el cambió de época comenzó y es irreversible, pero occidente cuenta todavía con capacidad económica y militar para preservar algunos de sus privilegios obtenidos en los últimos trecientos años. Y naturalmente, procura hacerlo.

Si lo que viene es desde el punto de vista civilizatorio más democrático, más justo que lo que ha producido la tradición occidental es algo que nadie puede todavía afirmar a ciencia cierta y además, como siempre, dependerá de la dialéctica de conflicto y la inteligencia de los pueblos para hacer prevalecer como proyecto estratégico (no siempre será posible a corto plazo) los intereses de la sociedad por sobre los de los grupos de privilegio.


En este contexto, en los últimos años, Estados Unidos parece aspirar a dejar atrás “el conflicto entre civilizaciones”, que le ha resultado como discurso polarizador costoso e ineficiente desde el punto de vista de sus intereses y promueve en cambio un escenario de conflicto (administrado y más barato) con China y Rusia. Administrado porque sabe que ya es tarde para resolverlo militarmente y por eso mismo, más barato.

En este escenario apenas esbozado , el sistema de castas y sectas (económicamente ineficiente) que se organiza en torno del islam intuye que será barrido de la historia, pues el autoritarismo de sus élites privilegiadas fundamentado en la religión comenzará a ser permanentemente contestado por sus pueblos mayoritariamente sojuzgados.

Eso radicaliza a la mayoría de los grupos de privilegio de las sociedades islámicas hacia un antioccidentalismo vulgar y hacia el uso de prácticas terroristas que son las únicas con las que puede competir militarmente allí donde hay intereses y proyectos político culturales en disputa.

Ocurre que el proceso de descomposición de los modelos de gobierno o autoridad de esas sociedades será muy largo, pues la inexistencia de tradiciones democráticas, experiencias exitosas de construcción de estados pluralistas (laicos), es decir, neutrales en relación a las opciones morales, ideológicas y religiosas de sus habitantes permite todavía a los grupos privilegiados de esas comunidades administrar el resentimiento de sus masas de asalariados hacia formas de nacionalismo o exclusivismo religioso dogmático.

Esa quizá sea la razón por la cual la élite intelectual norteamericana resolvió (esta formada en la lógica del enemigo, tiene que tener un enemigo para administrar su propia descomposición, la del sueño americano como realidad de masas) dejar de polarizar con el mundo islámico y procurar en cambio recrear algo parecido a la “guerra fría”.


Esta circunstancia, esta decisión de las élites norteamericanas más inteligentes (entre las que hay cientos de intelectuales de tradición judía por otra parte) deja a Israel en una posición de debilidad que no había tenido hasta ahora en sus casi setenta años de existencia.
La irresolución del conflicto con el pueblo palestino adquiere así una trascendencia global en la que se juegan la preservación de sus privilegios las burguesías de occidente.

Si el conflicto entre israelies y palestinos no se resuelve, la estrategia de las élites burguesas occidentales no tiene razonablemente posibilidades de ponerse en práctica con la legitimidad competitiva que requiere.

Eso quizá explique la dramática ultra derechización, cercana al racismo contra todo lo árabe, que se ha apoderado de la élite gobernante israelí.
También naturalmente, el asedio permanente del fundamentalismo islámico, que ha usado a Israel como “cabeza de turco” para justificar la enorme desigualdad intrínseca a la forma de organización no democrática de sus sociedades.

Anticipándose a este escenario, desde hace por lo menos veinte años, la derecha israelí albergaba la expectativa de poder configurar a prepo un único estado multicultural (judeo – árabe) con un único ejército bajo su control exclusivo.

La absoluta inviabilidad de ese proyecto, la complejidad de los desafíos que la re-configuración de las relaciones de poder en la globalización le presentan, pero también la derechización de la mentalidad de la sociedad israelí en su conjunto, sometida al terror de las prácticas fundamentalistas islámicas pero también al discurso del terror de sus propias élites gobernantes con el que se pretendió legitimar el proyecto de un solo estado multiétnico ponen a Israel en una situación en la cual su viabilidad como Estado autónomo comienza a estar en juego muy seriamente.

Esto porque toda guerra es siempre una involución civilizatoria, y un estado de guerra permanente lo es todavía mucho más.

De suerte que lo que comenzó siendo una actitud defensiva ante la negación a su derecho de existencia por parte de algunos corrientes fundamentalistas del islam puede terminar constituyéndose en una sucesión incontrolable de acciones guerreristas que terminarán por descomponer la cultura democrática y transformadora en que se fundó desde el punto de vista político cultural el Estado de Israel.

Es decir la gobernante ya casi ultraderecha israelí está poniendo en juego nada menos que la capacidad de aporte civilizatorio de la tradición judía en momentos en que tiene lugar un cambio de época, en momentos en que mas aportes podría realizar esa tradición cultural / identitaria, una de las que más ha aportado al proceso civilizatorio a lo largo de la historia.

Hace unos años, reflexionando (aprendiendo) con el profesor Julio Rodríguez sobre las lógicas del terror como discurso identitario, esto es, sobre las lógicas del terror como anulación o descomposición de toda identidad y de todo discurso (el terror anula la política, es una mera respuesta animal al miedo a perder algo: una forma de haber estado en el mundo en posición de privilegio), el maestro sugirió algunas ideas que luego escribió en un artículo periodístico.

El artículo se tituló Terrorismo y condición humana y fue publicado en la revista montevideana Caras y Caretas en febrero de 2006.

Para empezar a concluir esta primera parte de estos apuntes voy a reproducir un fragmento de ese artículo.

“Lo único racional es el miedo. Siempre. El miedo es maravillosa señal biológica de que estamos ante una situación límite de la razón, y por lo tanto, de la supervivencia. Pero desde que la razón buscó refugio en el cerebro y el cerebro se derramó en el entorno como cultura, matar es matar, vivir es ayudar a vivir y no a morir. Todo revestimiento ideológico de la muerte es un doble asesinato: del hombre y de la razón. Y un asesinato con felonía porque se disfraza de razón y con falsificación, porque llama vida a la muerte.
El ser humano avanzó en sucesivos rizos de la homonización a la civilización.
Derrotado, el animal en retroceso se disfraza. Roba del humano el discurso como interpretación y emboza su apología de la violencia y de la muerte, senderos de cadáveres necesarios para acceder a la felicidad y a la justicia, según unos, o para mantenerlas, según los otros.
En el terror como diálogo (Julio podría haber escrito y de eso hablamos aquella tarde que rememoro, como anulación del diálogo, es decir, de lo humano) ninguna de las partes aduce su derecho solitario (exclusivo) a la existencia.
Su coartada es el otro que lo crea y lo justifica (al terror). El crescendo de la reciprocidad del terror redobla el recíproco derecho a existir (matando)”.

En los últimos años la sociedad israelí se dejó arrastrar hacia lo que Julio Rodríguez llamaba el diálogo del terror, cuando en realidad hay una sola forma de derrotar al terror, no compitiendo en su terreno.

Entre otras cosas porque la única acción humana más degradante que la guerra son los discursos con lo que se pretende justificar: exclusivismo religioso, nacionalismo vulgar, pretensiones territoriales exclusivistas pre culturales, todas formas ideológicas propias de un estado de desarrollo de la sociedad humana a las que nació para contribuir a superar el judaísmo, con todas las complejas contradicciones de su propia evolución histórica.

Es precisamente por ello que la inteligencia judía que puede presionar a la derecha israelí (que sabe que el estado nacional es un fenómeno histórico que así como surgió desaparecerá un día), tiene en este momento histórico la obligación cultural con su propia tradición de detener la barbarie hacia la que ha derivado la gobernante derecha en Israel.

Entre otras cosas para contribuir a que la tradición cultural judía cumpla un rol civilizatorio, y continúe desarrollándose y evolucionando mientras el hombre necesite interrogarse sobre las particularidades de su ser “entre el cielo y la tierra”.

Continuará
Gerardo Bleier

Nota: Observará el lector que buena parte de estos apuntes están presentados como una sucesión de titulares sobre cada uno de los cuales podría escribirse añadiendo más argumentos. Son sin embargo un esfuerzo de síntesis que aunque no siempre logrado, procuran anticipar futuros intercambios. En los próximos meses, algunas de las apreciaciones y generalizaciones continuarán desarrollándose en otras notas de este mismo blog.

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