lunes, 23 de enero de 2012

Elogio de la excelencia (Segunda parte)



Acaso sorprendido por la “irracionalidad” con que los hombres cada tanto aplicaban el dogma de la Fe a la persecución de las ideas de quienes aspiraban a entender el mundo sin recurrir a la cosmovisión mitológico – religiosa del mundo, Spinoza diseñó un modelo de conocimiento al que sintetizó con la siguiente exhortación: “amar intelectualmente a Dios”.

Se esforzó por enseñar a los individuos de su época, que él mismo así ayudó a hacer surgir en tanto que tales, como individuos singulares, a distinguir entre lo que imaginamos para ir conociendo fragmentos de la realidad, y lo que esa misma realidad nos devuelve luego como sustancial, demostrando que el proceso del conocimiento nunca es completo, nunca es de una vez y para siempre.

Explico por qué apunté que con su actitud él mismo ayudo a consolidar la idea del individuo.

Hasta ese momento de la historia (exceptuando a la antigua Grecia) puede indicarse que los seres humanos venían al mundo, caían en él, con un programa completo acerca de cómo entender su ser en el mundo. En ese programa no había lugar para la duda.

¿Qué procuraban hacer Spinoza y tantos otros como él en ese tiempo y en todos los tiempos?

Incitar a los hombres a buscar la excelencia.

A los uruguayos cuando reflexionamos sobre estos asuntos nos suele venir a la memoria, a partir de una formidable puesta en escena de una obra de Brecht por el teatro El Galpón, la frase de Galileo Galilei: “Y sin embargo se mueve” (eppur si muove)

Podríamos también citar la frase con que Lutero consolida lo que Hegel llamó “el principio de la subjetividad” cuando en respuesta al Emperador y a la representación del Papa que lo juzga por sus ideas dice: “Puesto que vuestra graciosísima majestad y vuestras señorías me piden una respuesta, se la daré lisa y llana: a menos que se me convenza por testimonio de la Escritura o por razones evidentes – puesto que no creo en el Papa ni en los concilios sólo, ya que está claro que se han equivocado con frecuencia y se han contradicho entre ellos mismos- estoy encadenado por los textos que he citado de la Escritura y mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios”.

Como señala Manuel Jiménez Redondo en su introducción al libro de Habermas “Más allá del Estado nacional”, Lutero reclama el derecho a decidir él solo ante un Absoluto, “a decidir él mismo en una absoluta soledad en la que en definitiva no puede ser sustituido por nadie” la interpretación que finalmente haya de dar a su propia existencia.

Con Spinoza y con estos y otros gestos la inteligencia humana fundaba el pluralismo y la modernidad, que luego, influida todavía de modo decisivo por el pensamiento mitológico -religioso se orientaría por caminos similares a los que procuraba dejar atrás.
Es menester apuntar aunque con brocha ancha, que el proceso de sustitución de la cosmovisión mitológica religiosa del mundo y sus instituciones que resultó extenso y dramático, confluyó con la creación del Estado - nación como el modo en que por una parte, el poder aseguraría el ejercicio de esa libertad de pensamiento tan dolorosamente conquistada, y sin lo cual ya no podía gobernar (la idea de soberanía y legitimidad) siguiendo a Hobbes y a Maquiavelo y a Montesquieu y a Locke y a Rousseau y a Jefferson por citar algunos de los más lúcidos pero por otro, siguiendo a Hegel y luego a Weber lo situaría (al Estado - nación) en el lugar en que antes habían actuado los mediadores entre Dios y los hombres.

Es importante comprender la significación de este proceso mediante el cual la sociedad y el poder en pugna sustituyen la intermediación de la autoridad de los brujos y los guerreros y luego de la Iglesia por la autoridad del Estado – nación como “el espíritu absoluto” donde yace la autoridad casi incuestionable pues en el curso de los próximos decenios la sociedad deberá encontrar las formas institucionales democráticas con las cuales dejar atrás este largo, (aunque no tanto si se toma en cuenta el tiempo de presencia del hombre sobre la tierra), proceso político – cultural en el que progresivamente ha dejado atrás su animalidad y en el que dejará en el futuro atrás a la sociedad dividida en clases.

Será necesario para ello pensar y pensar mucho sobre cómo superar la noción que hemos creado de Estado y de derecho, público y privado, en un proceso en el que hemos ganado libertades, pero no la libertad y la igualdad a la que podemos aspirar.

Para llegar allí, todavía hoy se trata, como pedía Spinoza, de “amar intelectualmente a Dios”, Una tarde apenas lluviosa hace ya muchos años Juan Capagorry me espetó una de esas frases con las cuales concluía conversaciones: “Escapar de la crítica, de la acción crítica, es una manera dócil de aceptar ser domesticado como un perro”. Leyendo a Spinoza y a Marx en estos días, creo haber comprendido mejor a qué se refería.

Y tengo la impresión, por ahora es sólo eso, que lo que está ocurriendo en el mundo tiene la gravedad de los acontecimientos que tuvieron lugar en los decenios previos a las revoluciones inglesa, americana y francesa. Que acaso nunca antes en la historia de la humanidad el poder en su sentido más hondo está en juego en todas partes. Que salvo algunos países como China, Estados Unidos, Brasil, Alemania e Inglaterra todos los demás pueden sencillamente dejar de existir como los conocemos; que al interior de las naciones y en el plano geopolítico global la pugna entre grupos de interés por “controlar” parcelas del poder del Estado es desenfrenada pues los aterra el riesgo de la incertidumbre ante los cambios que vienen de señalarse.
Ya no opera la autoridad de Dios, ya no opera la autoridad del Estado – nación según su configuración decimonónica, ya no operan los relatos finalistas de tipo mesiánico, (sean religiosos o religioso – políticos) y por tanto, únicamente los proyectos y modelos de gestión de las destrezas productivas que aseguran calidad de vida a comunidades numerosas son valorados por la sociedad como viables.

Por eso la demanda de excelencia.

Las consecuencias de esta transformación revolucionaria que tiene lugar ante nuestra inquietud o entusiasmo es de tal magnitud que interviene en todos los aspectos de la vida, desde el económico – social hasta el existencial – espiritual, desde el político – cultural hasta, incluso, el antropológico - tecnológico: el modo de ser del individuo también será afectado en su sustancia.

Gerardo Bleier

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