lunes, 26 de diciembre de 2011

Elogio de la excelencia

Elogio de la excelencia

I

En un sentido cultural profundo la política es en su origen y hasta hoy, la contestación intelectual a la construcción mitológica – religiosa del mundo.

No es posible comprender la hondura revolucionaria de la democracia republicana a la que esa contestación intelectual condujo sin dimensionar hondamente esa particularidad de la política como arte de organización del poder y producción de cultura diferenciada de la cosmovisión religiosa del mundo.

La cosmovisión religiosa del mundo permitió al hombre iniciar el proceso de superación de su animalidad, encontrar un lugar y diseñar una moral, establecer un orden y un sentido en el “caos” en que el ser se encontró una vez observada su singularidad: el uso de instrumentos, el lenguaje, la posibilidad de matar y amar inteligentemente.

Lo que no se comprende se explica en la acción de los dioses, que fundan un mundo en el cual los seres humanos recreando su acción mediante rituales y transmitiendo de generación en generación mediante mitos su sabiduría podrán habitar protegidos hasta alcanzar el cielo.

“Hay algo más que esto”, pudo haber pensado un brujo, “hay lo trascendente que nos explica”.

Un paréntesis. Estos apuntes podían haber discurrido meramente como una crítica al cinismo, (pues lo que me ocupó en el origen de la reflexión refiere al crudo cinismo de la mentalidad totalitaria) entendido como aquella actitud que ridiculizando la posibilidad de modificar una realidad propone desconocerla, presentarla como inmodificable, acaso para beneficiarse de ella...
Pero el cinismo es una escuela filosófica muy compleja, con algunas de cuyas miradas me siento identificado. En Oscar Wilde he aprendido a entender la fuerza transgresora de la ironía…


En lugar de una crítica a un modo de mirar deliberadamente otra cosa para poner en evidencia lo irracional de la otra, quizá resulte mejor entonces un elogio. Lo que han hecho con el cinismo los ladinos de todas las layas no justifica tanto esfuerzo.
Procuremos entonces un elogio de la excelencia, que es la aplicación de la inteligencia a la búsqueda de la perfección y que en buena medida explica por qué el ser humano ha logrado “sobreponerse al infierno”... mirando de frente la sustancia de las cosas.

Imagino que la idea del infierno (así como la religiosidad en su conjunto) tuvo su origen en un esfuerzo por ordenar la convivencia humana observando la naturaleza y el cosmos. Se entendió en ese esfuerzo que donde no hay espacio organizado se expande el “caos”… que donde no hay ley se impone el más fuerte.
La idea del infierno constituyó así el factor coercitivo no violento (porque establecía una fuerza con capacidad de poder mayor a la de las primeras clases dirigentes) mediante el cual se “igualaba” a todos los individuos, se superaba la división. “Todos somos iguales ante Dios”.

Esto último refiere al origen de las religiones: un arriba divino, un punto desde el que se mira (se entiende) y el debajo de la tierra, el mundo de los demonios, de donde no en vano hay que sacar a los que nos legaron una tradición, un estado de cosas administrable por conocido.
De ahí el ascenso del alma de los que se van. La igualdad de todos ante Dios.

Una geometría simbólica sencilla para ordenar el caos. El azaroso misterio de la existencia personal a la que era menester darle un sentido trascendente y el de la sociedad, a la que era menester darle un sentido político que se ajustara a esa interpretación, la única posible cuando carentes de comprensión científica diseñamos el discurso con el cual superar al monstruoso miedo al existir consciente.

Esto es, desde el origen mismo de la construcción de una cosmovisión religiosa comienza en su interior, en los procesos de construcción misma del relato, una dialéctica de disputa entre la reproducción del arquetipo los de arriba –los dioses- y los de abajo –los hombres- y la constatación de igualdad de todos ante los dioses. La existencia de intermediarios que hablan con los dioses justifica los beneficios que a esos intermediarios se concede, la mortalidad de los mismos la desmiente.
Tanto que hay que construir pirámides para imponerlo como verdad revelada. Es la primera batalla “política”, que se prolongará hasta bien entrado el Siglo XVIII y que tuvo su primer escenario de reflexión político cultural en la Grecia antigua.
Vamos despacio que el asunto es complejo. Procuro demostrar que la excelencia es enemiga de la artimaña, y que de esta última práctica se benefician los poderosos…

De un lado lo divino, lo bueno para la comunidad, para que la comunidad, el “nosotros”, sobreviva; del otro lo infernal, el caos de la violencia y de la muerte. La primera versión de lo “bueno” y lo “malo”. Ya vendría luego el Dios todopoderoso, el poder absoluto, y las tablas de la ley.

La violencia, que en su origen resultó de la imposición física de los más fuertes, devino luego en un orden económico y religioso, útil a la estabilidad…

“La Justicia (el derecho, el orden organizado en la ley) es el último recurso del statu – quo, escuché decir, hace poco, en una apreciación que interpreta mal a Marx y a Benjamin.

Al contrario, la Justicia, el derecho, es el recurso de los que nada tienen, aunque su estructuración republicana, política, únicamente alcance su madurez última una vez que deja de estar sometida a la presión del poder económico que surge de la sociedad dividida en clases.

La sociedad dividida en clases no es el resultado de un maligno que diseñó como artimaña discursos para someter a los demás, aunque luego el poder elaboró, refinó discursos con la intención de preservar privilegios, es el resultado inexorable de la cosmovisión religiosa a la cual el hombre primitivo diseñó de modo intuitivo (sin los suficientes instrumentos de conocimiento que adquiriría después) para comprender y darle un sentido a lo que lo rodeaba y en medio de lo cual se sentía singular, único.
De ahí que el Estado – nación haya representado en una dialéctica revolucionaria, un proceso complejo tanto de contención del poder como de abuso del poder y así, una y otra vez hasta el presente, en que todo comienza a cambiar.

Desde que el hombre perdió su condición animal y al adquirir el lenguaje, necesitó constituir un “yo” para relacionarse con el “otro”, y un “nosotros” para relacionarse, diferenciarse, con / de, los otros… eso explica la dimensión al mismo tiempo psicológica (religiosa) y política de su ser en el mundo.

Es posible que la cosmovisión mitológica – religiosa del mundo sea sustituida en el futuro por la búsqueda de la perfección, aspiración ya de modo sublime anticipada por el arte.

El proceso será lento, muy lento, pero lo nuevo es que la acción política con la cual se aspira a lograr esa transformación civilizatoria puede desenvolverse por vez primera con un marco conceptual enteramente político, no religioso, como incluso ocurrió con el marxismo, inexorablemente influido por el pensamiento de su época, por Hegel en particular.

Cómo la racionalidad política de esta nueva etapa cultural que se le abre a la humanidad y que será dramática, como puede verse en el ultraconservadurismo creciente de TODAS las religiones y en el intento igualmente conservador de preservación de singularidades, raciales, nacionales, etcétera, resolverá el problema del sentido del ser, sin caer en un pragmatismo cientificista dogmático al revés, como ya ocurrió, es algo que no me animo a anticipar pero supongo que la creación y disfrute de la belleza ocupará progresivamente el lugar de la Fe.

Continuará

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